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Vigesimosexta Conferencia

14 de febrero de 1917

George Groddeck

Biblioteca de Psicología Profunda.

Editorial Paidós. 1983.

 

La última vez llegué a un tema importante y traté de mostrar que existe una gran diferencia entre la sensibilidad sexual infantil y la adulta, y que el individuo humano, finalmente, vuelve a una concepción más infantil; que sólo lo que designamos, en el sentido cabal del término, vida sexual, se halla ligado a un período determinado, y que a causa de nuestra manera de hablar han surgido muchísimas desinteligencias. Partiré de la propuesta de que la vida humana se puede concebir así, esto es, que se comienza como niño con el propósito de volver a serlo a través de todo tipo de caminos errados. Una vez que lo hayamos comprendido, ya no nos defenderemos contra la afirmación de que el niño es un ser intensamente sexual, ni tendremos el absurdo pensamiento de que la vida sexual se detiene a los cincuenta años. Reconoceremos que sólo han cambiado las zonas de poder y las manifestaciones de la vida sexual, cosa que sólo es exacta en cierto sentido. Hay, en primer término, individuos que trasladan íntegramente a la vida adulta el modo infantil de vida sexual, de manera que la vida sexual infantil subsiste en ellos con los mismos derechos que la vida sexual adulta; la conservan hasta en la edad más avanzada, o se deslizan nuevamente, sin mayor dificultad, de la edad adulta al modo infantil de concepción de la vida. Estas son las personas dichosas, y también las que tienen alguna importancia en el mundo. Muy cerca de ellos están los que no son tan dichosos, pero que también conservan de una manera preponderante en la edad adulta su dominio infantil de la pulsión sexual; también éstos están, sin excepción, extraordinariamente dotados. Pero el don no logra realizarse, porque no se ha dado el paso de la vida infantil a la vida adulta: sigue predominando el modo infantil de goce, y la pulsión de la copulación propiamente dicha no llega a dominar suficientemente las vallas y las inhibiciones con que nuestra vida culta obstaculiza nuestros impulsos. De una manera general, se puede decir que los individuos de este tipo deberán enfrentar grades dificultades en su vida, que madurarán tardíamente y que si la trasformación se produce a pesar de todo, es decir, si la vida sexual adulta se establece juntamente con la vida sexual infantil, serán capaces de grandes hazañas, y las realizarán. Si esto no se produce, entonces se declaran enfermedades que inutilizan los dones, poco menos que aniquilándolos, y todas las fuerzas de ese ser se emplean en llevar al último plano la pulsión adulta, en reprimirla.

Es un tipo de seres completamente determinado; nos dicen casi a primera vista qué pasa en ellos. No han podido captar e integrar un momento determinado, y los obstáculos residen probablemente en la primera infancia, o sea, en los padres. A menudo he desarrollado este tema; por el instante querría mencionar otra cosa. No hay por qué pensar que ambos modos de vida deben ser igualmente vigorosos siempre. Un día predomina más bien el modo infantil de concepción, y otro lo hace el modo adulto. Es cosa que cambia en días, horas, minutos, segundos, meses y años, y no deja de oscilar. En aquellos que han enfermado se advierte que el combate entre la concepción infantil y la adulta nunca llega a una solución; pero es raro. Pese a todo, hay meses, o días, o semanas, o años que se desarrollan favorablemente. Durante los años de desarrollo, casi todas las mujeres viven ahora este combate con una intensidad tal que se vuelven enfermas, o no sobrellevan sin algunas perturbaciones el retroceso de la sexualidad adulta hacia la infantil. No ocurre de muy distinto modo entre los hombres, en general, sólo que no se presenta con igual nitidez, y tampoco es tan notable, puesto que no hay menstruación. En tercer lugar están, por fin, los seres que aparentemente pierden por completo la vida sexual de la infancia y que adoptan en su lugar la concepción sexual de los adultos. Forman parte de este grupo todos aquellos que hablan del instinto de procreación y de copulación. Es la masa, que no comprende y jamás ha comprendido cosa alguna de la vida; son las personas que cuando llegan a la vejez no saben muy bien por qué están vivas, y caen en el embrutecimiento del que, en realidad, nunca han salido. En vez de volverse infantiles, se tornan pueriles; son precozmente decrépitos y terminan con un reblandecimiento cerebral, lo que no constituye un agradable final de la vida. No pongo el reblandecimiento cerebral en relación con la sífilis; sí pongo en cambio dicho sea paso, un gran signo de interrogación sobre toda la charla acerca de los bacilos.

Tras haber expuesto brevemente que es falso hablar de una aparición de la madurez sexual y de una terminación de la vida sexual, destacaré que en ambos casos se trata de inexactitudes de lenguaje; el niño también es sexualmente maduro, sólo que de un modo diferente del modo del adulto. Y el ser entrado en años no carece de placer sexual; simplemente, no se encuentra bajo la dominación de los órganos sexuales primarios. Una vez más tengo que subrayar que no existe individuo alguno, ni aun el más vigorosamente sensual, que no esté bajo la dominación absoluta de la vida sexual infantil, de las presuntas perversiones. Todos los seres son esclavos indefensos del modo infantil de concepción sexual. No lo saben; se les oculta porque a la vez parece existir una fuerte pulsión -que no la hay, sin embargo- que no les permite concebir la belleza de la vida.

Había comenzado a mostrar con pequeños ejemplos que el término “órgano sexual” no es exacto, porque hasta las mínimas partes del ser humano son perfectamente aptas para suscitar sensaciones sexuales y sensaciones de placer, que en ciertas circunstancias pueden incrementarse hasta provocar un orgasmo sexual verdadero, o un asco absoluto, escalofríos o accesos de fiebre, cosas que sólo gradualmente se diferencian. Luego intenté exponerlo en relación con los cinco sentidos; ahora querría continuar y examinar el campo más importante: la piel.

Todos pueden comprender que la piel es un órgano sexual sumamente excitable y que se cuenta entre las partes que ni aun el más obstinado moralista puede excluir de las sensaciones sexuales; convendrán en esto todos aquellos que han estado alguna vez enamorados y han asido la mano del ser querido. El contacto de la mano se encuentra tan claramente vinculado con una sensación sexual, que habría que ser muy extravagante para dejar de reconocerlo. Fácilmente se advierte que la caricia de la mano ejerce un efecto muy grande; con respecto a esto deseo llamar la atención sobre ciertos pormenores, sobre costumbres populares de los más diversos países y épocas. Conocido es el hábito de estrechar los pulgares. Si uno le desea suerte a alguien, aprieta el pulgar contra la palma de la mano. Es una historia muy simple: si se pasa delante de un hombre y éste estrecha el pulgar, es una invitación a bailar. Quiere entrar en relación con la mujer y le dice: “este pulgar es mi miembro viril; los demás dedos son tu vagina, que es donde yo querría entrar”. En un tratado acerca de los juegos de los gladiadores pude hallar la más curiosa derivación de este uso. Era costumbre que el gladiador vencido demandara merced, y el público dictaminara con el pulgar. Si debía morir, el pulgar apuntaba hacia abajo; si apuntaba hacia arriba, debía permanecer vivo. Insólitamente se lo ha relacionado con el hábito de estrechar los pulgares, pero no es así. En cambio es comprensible que al autor lo asaltara la idea de relacionar ambas cosas. Levantar el pulgar significa vida; es la erección del miembro. Si el miembro pende, entonces se trata del momento posterior al acto sexual: la condena a muerte. La impresión de que ambas cosas son símbolos sexuales debe haber hecho que se relacionaran.

Otro habito muy difundido es el de levantar el índice. Se lo puede ver en la calle, cuando un hombre quiere invitar, un tanto crudamente, a una muchacha o una mujer a acostarse con él. Es asimismo un simple movimiento de erección: te amo. La mujer responde con los ojos, o de alguna otra manera; en todo caso, he podido comprobar que interiormente reacciona con fuerza, casi siempre con repugnancia, y en ciertos casos deja de pasear por la calle. El asunto puede ir aun más lejos; el hombre muestra lisa y llanamente su miembro viril. Es lo mismo, salvo que lo primero pasa por ser más conveniente que lo otro.

Otro uso ampliamente difundido y que actúa en el erotismo de la piel consiste en hacer cosquillas en la palma de la mano; es una invitación precisa. Se la conoce y provoca reacciones igualmente precisas. Hacer cosquillas en la palma de la mano representa una cosa desagradable para el niño, como las cosquillas en la planta de los pies. Esto, que en la vida adulta pasa por un puro asunto sexual, en la vida infantil es practicado con ingenuidad y predilección. Los niños se lo hacen mutuamente, y a menudo a solas; es la transición de los impulsos sexuales, que se dirigen tanto a uno mismo como a otros. Además se mete el dedo en la mano del otro, y también querría poner de relieve que muchas personas tienen la costumbre de frotarse las manos. Hay diversas causas para ello; tiene que ver el hecho de lavarse y también intervienen otras cosas, pero antes que nada es un testimonio de alegría porque provoca placer y una gran excitación. Se lo puede observar, igualmente, en cierta categoría de enfermos mentales. Los epilépticos tienen la costumbre de frotarse las manos; frotarse las manos y masturbarse colma su vida y demuestra que han vuelto a ser íntegramente niños, lo cual me lleva a señalar de dónde proviene el gran descrédito que rodea a la autosatisfacción. Muchos suponen que de este modo uno se vuelve enfermo mental, loco o nervioso. El enfermo mental que se vuelve idiota no transfiere a otro su sensación de placer, sino que la concentra en sí mismo y regresa con ello al estado del chiquillo. Todos los pequeños practican el onanismo sin sufrir el menor perjuicio. Las hazañas y los milagros de los primeros años pueden causar la admiración de los adultos.

Son ésas algunas manifestaciones aisladas de amor en las que se expresa la actividad de la mano como órgano sexual. Cuando algunas personas se vuelven sordas, mudas y ciegas, como Helen Keller, sabemos por observaciones que con el auxilio del tacto están en condiciones de registrarlo todo, y también sabemos que algunos objetos nos resultan agradables, que preferimos asir algo que sea redondo antes que algo cuadrado, y algo que sea macizo antes que una aguja. Hay principios determinados según los cuales la mano siente de una manera, ya agradable, ya desagradable. Y en este punto existe además una diferencia entre hombre y mujer. El hombre se regula más por las formas suaves de la mujer, mientras que la mujer, se regula por el aspecto duro del hombre antes que por lo suave. No puedo desarrollarlo todo; me llevaría demasiado lejos y nos hundiríamos en intimidades. Sólo querría deslindar ciertas cosas dentro de este terreno, en especial el efecto agradable de la caricia, sobre todo la caricia de los cabellos, que a menudo tiene un sentido profundo. Se lo puede observar en todos: si uno quiere acariciar suavemente el rostro de alguien, no toca la piel, sino tan sólo el finísimo vello de ésta; es un goce completamente distinto del de pasarle decididamente la mano sobre el rostro. Esa especial caricia a lo largo de los vellos constituye una excitación tan intensa que entonces se comprende al punto por qué es velludo el cuerpo. Los pelos pubianos tienen que tener un sentido; poseen un acentuado sentido sexual y se los utiliza directamente como órgano de excitación. Se lo puede probar con toda facilidad, ya que los demás pelos dispersos por el cuerpo también son empleados en este sentido: cejas, pestañas y cabellos. En esto se basa la costumbre de peinar y cepillar los cabellos y también el gusto de hacerlo, pero, en ciertas circunstancias, la aversión por el peluquero. Hay mucha gente que no lo soporta; en el fondo, lo que no soportan es el cepillo, el peine y el corte. Esto adquiere un significado especial, debido a que transcurre en cadencia. El peluquero trabaja rítmicamente, y no sólo con las tijeras, como que además lleva el compás. Casi todos los peluqueros lo hacen; balancean las rodillas, y todo el cuerpo las sigue. Para aquel que sea sensible le resulta casi insoportable tener detrás a alguien que realiza una acción sexual y que, al realizarla, arrasa con los cabellos. La persona afectada tiene entonces la sensación de que se produce algo muy inconveniente. Se puede por cierto comprender que en alguna circunstancia pueda resultarle a un hombre mucho más fácil hacerse cortar los cabellos por una mujer antes que por un hombre. No es lo usual y resulta tonto. Y para la mujer tampoco es aceptable, en ciertas circunstancias, hacerse cortar los cabellos por otra mujer: es un acto homosexual. Bürsten (cepillar) es igualmente un término conocido para designar la actividad sexual, una expresión provinciana para el coito, tal como el vocablo wichsen (dar brillo, dar betún, encerar, y en este caso, menearse) que se emplea para designar el onanismo.

Los cabellos se cortan con unas tijeras bastante grandes que tienen un significado particular. Es un instrumento que abre y cierra las piernas como un muñeco, y también tiene significado sexual; además, es un instrumento con el que se corta algo. Los niños sienten una fuerte respulsión por el corte de los cabellos y de las uñas. El cuento de Struwwelpeter (Pedro el desgreñado, el hirsuto) lo ilustra, y ha reforzado sobremanera esta aversión. La imagen con los cabellos enmarañados y las uñas larguísimas causa una gran impresión en los niños. El hecho de experimentar con tal desagrado el corte de los cabellos y de las uñas prueba que deben considerarse órganos sensibles. Algo más se relaciona con este punto: se trata del corte de órganos que forman parte del cuerpo, lo cual conduce al gran problema de la castración. Hay religiones en que se la practica, y entre nosotros se ha conservado la amenaza: cuando un chiquillo juega con sus partes sexuales, a veces se lo amenaza con que se las cortarán. La idea de que podrían ser cortadas o de que se las cortarán es de enorme importancia y obra en alto grado, como factor de enfermedad. A una edad determinada, muy temprano, los niños ya tienen la representación de que, si juegan con sus partes sexuales, se las cortarán, es decir, se verán privados del gran ornamento y se convertirán en chicas. Y las chicas tienen la idea de que se las han cortado, como a la madre. Este pensamiento de amputación es el que recuerdan los niños cuando se les corta los cabellos o las uñas. El horror ante el corte de las uñas proviene en gran parte de la idea de castración. Esta desempeña un papel muy importante en el corte de las uñas entre los niños y que atraviesa toda su vida. Hay en Struwwelpeter otra cosa que oprime aun más a la gente, y es el que se chupa el dedo, que se mete el pulgar en la boca: llega el sastre y le corta los dos pulgares. El hecho de chuparse los dedos es una particularidad de determinación puramente sexual; hay que comprender que esto significa mamar el pezón y el miembro. El niño percibe esta simbólica, y por eso es tan espantosa y temida la sección del pulgar. El niño tiene la idea de que no sólo se castiga el chuparse el pulgar, sino también el juego con las partes sexuales, y de que se lo castiga cortándole el órgano sexual. No lo dice, porque no sabe formularlo y porque los términos de que se vale los aprende de personas prudentes.

He subrayado especialmente la sensibilidad de los cabellos porque quería aprovechar la ocasión para señalar el factor singular y casi decisivo de la castración. La razón última de que este pensamiento revista tan grande alcance es muy comprensible. El miembro erecto pasa a ser un miembro abatido, arrugado, y sobreviene cierta debilidad. Es un proceso natural que no dañaría a nadie si no se vinculara con tan espantoso misterio y si los seres humanos no se hubiesen vuelto completamente incomprensivos. Ya no buscamos el simbolismo. Ya no sabemos que una habitación es una mujer, como lo dice explícitamente el vocablo alemán Frauenzimmer, y que una rosa es una rosa mensual que sangra, y que un melocotón es una mejilla, y una vara o un palo son una parte sexual. Pero todas estas cosas reaparecen en el sueño, toda esta vida interior se hace clara cuando se sabe interpretar el sueño cuando se lo sabe enfocar, y es un arte que requiere aprendizaje. En el sueño, en la formulación inconsciente de las cosas, esos símbolos profundos reaparecen y se los debe interpretar correctamente; se hace presente que una hilera de cuartos significa un burdel, que navegar o volar o trepar escaleras significa un acto sexual, que soñar con un hijo significa algo, etcétera. También en la vida volvemos a encontrar esa simbólica; se la puede reconocer en los actos simbólicos inconscientes de las personas. Además querría señalar algo que se relaciona con el papel que desempeña la piel. Es el modo de andar, que conduce a la esfera sexual de los músculos. El modo de andar es extraordinariamente significativo. Ya he hablado de la actitud: cuando alguien se mantiene erguido, quiere decir que tiene una pulsión sexual que está lista para atacar. El modo de andar muy agachado posee la significación opuesta, o sea, el deseo de descansar, el deseo de no querer ya sentirse excitado, esto es, el deseo de una erección todavía futura para la persona en cuestión. El que camina encorvado es quizá más agresivo aun, porque se encuentra un paso atrás y porque el impulso que va a su frente es aun más fuerte. Por lo que atañe al modo de andar en particular, desearía igualmente destacar ciertos detalles, sobre toda la manera característica de correr de la mujer, arrojando las piernas hacia atrás para defenderse; el varón, en cambio las arroja hacia delante para atrapar algo. Muchas personas caminan con las rodillas flexionadas; otras lo hacen con las rodillas rígidas, y otras, por fin, tienen un andar elástico. Este es el modo hermoso de andar, porque sugiere la posibilidad: “esta persona es ágil; sus deseos sexuales están prontos”. Otros individuos caminan con las rodillas flexionadas; son conscientes de su impotencia, estimulan o quieren ocultar algo, o bien -son raros, pero los hay- son particularmente refinados y quieren tener la posibilidad de un mayor impulso. En el caso de los que caminan rígidos, la primera razón que acude es la de que quieren ocultar algo, que quieren parecer, tanto como sea posible, dueños y señores de sí mismos, pero que una fuerte pulsión los lleva, pese a todo, a la erección. También debe considerarse la posición de los pies; deseo abordarla brevemente. Mi modo de andar, con esta forma de girar los pies hacia afuera, es llamativo, y es que el hecho de separar de este modo los pies permite moverse de izquierda a derecha, lo cual da prueba de un carácter infiel, pero que por otro lado es fiel. Y como a pesar de todo siempre camino derecho, me consuelo un poco. La dirección es en sí misma recta; lo he comprobado últimamente al ver la huella de mis pasos en la nieve: siempre van rectamente unos tras otros, y la única posibilidad que existe es la de desviarse a derecha e izquierda. También tenemos lo inverso, que presenta igualmente particularidades. El modo de andar recto entra en el campo de la actitud erecta. Particularmente interesante es el modo de andar con el cuerpo derecho: se trata de una acción simbólica de autosatisfacción. El patituerto se ve obligado, por su manera de caminar, a estimular sus órganos sexuales primarios. En un momento dado de su vida ha sufrido la prohibición de amarse a sí mismo, se lo ha asqueado de hacerlo y entonces se ha refugiado en el modo de andar, que le permite ejercer cierta estimulación sobre sí mismo. Es así; créanme ustedes.

Para terminar por hoy, simplemente quiero poner de relieve que he destacado el caso de los pies y las piernas por dos razones: porque desempeñan un gran papel en el acto sexual y porque son esenciales en la existencia infantil. En los pequeñitos, en los lactantes, las caricias en los pies poseen una gran importancia. Los pies son acariciados y besados, y los pequeños se meten los dedos de los pies en la boca. También el pataleo representa su papel, así como el juego con las piernas: mi gambeta, tu gambeta, etcétera. Si no hubiera un sentimiento muy fuerte de placer que parte de la planta de los pies, de los muslos, de las pantorrillas y de las corvas, entonces nunca aprenderíamos a caminar erectos, sino que andaríamos a gatas. Debemos además considerar la sensibilidad de la piel de los muslos, muy importante para la procreación. La piel interna de los muslos es, especialmente en las mujeres, muy sensible, y debe serlo, para que se las incite a separar las piernas y prepararse para el acto sexual. En las criaturas, tanto en los varoncitos como en las niñas, esta parte de la piel se vuelve sexual e irritable debido a la mojadura de los pañales durante el primer período de la vida. La irrigación de la piel interna de los muslos por la orina es uno de los goces más intensos que tiene la criatura. Es uno de los medios a los que recurre la naturaleza para crear la gran sensibilidad de la piel de los muslos de la mujer. El líquido cálido incita también a mojar la cama, y hay otras cosas que están en relación con esto. De este modo ya he rozado el tema que querría tratar la próxima vez. Se me ha reprochado cierta inclinación a destruir y no a reconstruir. Me gustaría defenderme. Lo que planteo aquí es, en rigor, constructivo. A estas cosas debemos todos nuestros actos de gente culta y todo nuestro progreso.

 

 

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