George Groddeck
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Vigesimoquinta Conferencia

7 de febrero de 1917

George Groddeck

Biblioteca de Psicología Profunda.

Editorial Paidós. 1983.

 

(1)* …es, efectivamente, el punto destacado, que es importante toda la vida. Ya se lo expresa en nuestra manera de hablar. Decimos que están implicados los órganos sexuales primarios y no nos damos cuenta de que existen, además, otros órganos sexuales que son aun más importantes. Diversas personas que se han interesado en este problema y algunos médicos en reiteradas ocasiones han recomendado que no debe hablarse sólo de órganos sexuales propiamente dichos, porque hay otros, y que tiene que hablarse de órganos sexuales primariosy secundarios. Los primarios son los órganos de la procreación; los secundarios, los pechos femeninos y la boca. La esfera se amplió después y se comenzó a hablar de zonas erógenas, esto es, de ciertas regiones de cuerpo que se supone intervienen en la vida sexual. En tal sentido se han jerarquizado -con razón- la boca, los pechos y el trasero, los ojos, las orejas y la nariz. Poco a poco se llegó a advertir que no era suficiente. Si se prosigue por ese camino, entonces se llega al resultado de que no existe partícula alguna del individuo humano que no esté al servicio de la vida sexual. Lo que cuenta es el hecho de que los demás órganos pueden reemplazar el acto de procreación propiamente dicho. En esto descansa la vida íntegra, es decir, en el hecho de que, en lugar del acto propiamente dicho, interviene un sustituto, una excitación en otro sitio del cuerpo. Durante la infancia no existe, como en la edad adulta, un marcado placer de procreación. Y lo mismo vuelve a ocurrir en la edad crítica. El placer sexual no cesa en ésta, pero adquiere más bien una forma infantil, en la que todas las acciones de la vida provocan placer sexual, tienen un alcance sexual, mientras que el acto de procreación propiamente dicho pasa a un segundo plano. Durante todo el período en que el cuerpo crece no se halla en condiciones de poder crear hijos vigorosos y sanos; del mismo modo, el cuerpo que envejece ya no se encuentra en estado de engendrar un hijo pletórico de fuerza, como ocurre durante el período de florecimiento, lo cual no quiere decir que con la pubertad desaparece toda la sexualidad infantil; al contrario, subsiste con igual intensidad que en la infancia, sólo que se la pone, por lo demás junto con otras cosas, al servicio de la procreación. También a ella se la emplea en el trabajo, en las realizaciones propiamente dichas; pero una de éstas es la procreación. En el niño, esta realización no se da; el niño necesita sus fuerzas para otras cosas. Creer que las realizaciones del adulto son mayores que las del niño es un error. Las realizaciones del niño, que debe comenzar por conocer el mundo son tan grandes, que no le quedan suficientes fuerzas para traer hijos al mundo, mientras que el adulto dispone de fuerzas libres para emplearlas en cosas distintas de la construcción de sí mismo. En la infancia, la sexualidad general aparece con mucho mayor precisión y fuerza que en la edad adulta. Entre los adultos hay algunos que han conservado en muy alto grado su sexualidad infantil y que se mantienen sanos. Hay individuos que conservan la actividad sexual infantil y que dejan muy poca cosa para la procreación; habitualmente enferman. Y por último los hay en quienes la sexualidad infantil se pone aparentemente por completo al servicio de la procreación; son los individuos comunes. Se puede aceptar esta tripartición artificial sin violentar demasiado las cosas. Sin embargo, las cosas se interpenetran. Un ser puede experimentar durante cierto tiempo una sensualidad íntegramente infantil, para luego tener nuevamente, durante mucho tiempo, un período en el que la manifestación sexual infantil pasa al último plano.

Me agradaría explicar qué entiendo por sexualidad infantil y por sexualidad adulta. Cuando sobreviene un deseo sexual cualquiera, se supone que éste actúa sobre los órganos sexuales primarios y que conduce a una acción sexual que debe rematar por ambas partes en una secreción de humor si la relación entre ellas se cumple cabalmente. En el caso del hombre, es la emisión de semen; en el de la mujer, secreciones mucosas. Si se considera esto como la actividad sexual propiamente dicha del período adulto, nada hay entonces de ella en el niño, y es preciso que exista otra cosa. El niño posee otro modo de manifestación sexual, que no desaparece en el adulto, sino que continúa subsistiendo juntamente con el otro modo. Tanto mejor es para el adulto cuando el modo infantil subsiste vigorosamente, con la condición de que la intensidad de la sexualidad infantil dé lugar a la sexualidad adulta, para su florecimiento. La sexualidad infantil se manifiesta en todas las partes y en todos los órganos del cuerpo humano. Primeramente entran en línea de cuenta los órganos sensoriales; si se les pasa revista, puede uno atenerse a los famosos cinco sentidos, respecto de los cuales afirmo que están al servicio de la sexualidad y que no tienen otra tarea que la de preparar al ser humano para la vida sexual. Ya he hablado de la vista y he dicho que el ojo mismo tiene la forma de la parte sexual femenina y que las cosas se reflejan en él como si fueran niños pequeños; de ahí proviene la expresión “pupila”. Pupila significa niña. También he dicho que hay un orificio ocular, que corresponde a la vagina, y que todas las sensaciones de placer y displacer se registran por el ojo. Todo lo que sobresale en una superficie plana es registrado por el ojo como símbolo de lo masculino, porque evoca las partes sexuales del muchacho. Todo lo que forma cavidad está concebido como símbolo del ser femenino. Y todo lo redondo es también símbolo del ser femenino, como todo lo alargado lo es del ser masculino. Esto se puede demostrar mediante la selección que lleva a cabo el ojo. El ojo no lo percibe todo; ve cosas determinadas, hasta cuando observamos a alguien. Las más de las veces no advertimos si éste tiene ojos azules o verdes, o pies grandes o pequeños. El ojo de una persona sólo ve aquello que el estado de ánimo del momento la incita a ver y que le proporciona placer sexual. También el displacer forma parte de ello, porque gusto y asco son una sola y misma cosa que se distinguen gradualmente, no por su esencia. Otro tanto sucede con el oído. Únicamente se registran los sonidos que provocan placer sexual; no lo que no lo provoca, que no se registra. A lo largo del día, en medio de un ambiente lleno de ruidos, sólo se captan cosas determinas. A un ser querido, su paso y su voz, se los reconocerá entre cien, entre mil. Esa voz provoca en el individuo una impresión no comparable con otras. Hay una prueba incontrovertible de esto: la música respecto del oído y la pintura respecto de la vista son por igual artes sexuales. Los sonidos displacenteros son igualmente conocidos y se pueden relacionar con particularidades de la vida sexual. Una de las causas principales que hacen que ciertos sonidos sean desagradables se remonta al nacimiento, a los gritos y los sonidos con que se recibe al niño. También la puerta desempeña su papel, porque abrirla y descubrir un secreto resulta desagradable. El sentido olfativo se encuentra de la misma manera bajo el dominio de la pulsión sexual. Es algo cuyo alcance lamentablemente se nos ha perdido; para captarlo, tenemos que volvernos hacia los animales. Nuestro idioma carece de términos para designar los múltiples matices de las sensaciones olfativas; es demasiado pobre para poder definir los miles y miles de olores que existen. No hay entre los perfumes uno solo en el que no se haya utilizado el almizcle, producto de las glándulas sexuales del almizclero, que lo secreta para atraer a la hembra. Perfumarse tiene el mismo objeto. La mujer se perfuma para atraer al hombre. Cuanto más fuerte sea el deseo, más se perfumará, empleando, para ello, el olor del almizcle. En nuestros días existe cierta aversión por el almizcle, sólo porque uno o dos siglos atrás se lo empleaba con los moribundos. Así como ahora utilizamos el alcanfor, nuestros antepasados utilizaban el almizcle cuyo olor se ha vinculado con la idea de la muerte, motivo por el cual se nos ha vuelto desagradable. Tal vez ya no percibimos como nuestros antepasados la crudeza y la fuerza de los sentimientos sexuales. Schiller expone en Los bandidos cómo tuvo lugar ese proceso lamentable.

Las condiciones olfativas influyen en alto grado en la enfermedad y la vida del individuo humano; nos llevan a sentir repugnancia por muchas cosas, tantas, que no es posible detallarlas. El individuo emplea el olor, como el zorrino, para repeler a otros individuos. No encuentra desagradable su propio olor; y si lo encuentra, quiere decir que está en conflicto consigo mismo y que halla en sí mismo algo que debe tomar en consideración. Los olores cambian continuamente, como todo lo que una persona hace y realiza, por lo demás; y así como el corazón y la respiración nunca se detienen, así también nunca se detiene la exudación. Siempre hay un cambio; ocurre con los ojos, y con los oídos, y con todo. También nuestra razón y nuestra subconciencia hacen abandono del gusto, que es decisivo para innumerables sensaciones sexuales; no somos conscientes de ello. Se dice que la mujer enamorada tiene tendencia a echar demasiada sal. Hablamos del gusto del ser humano; por ejemplo, determinada prenda de vestir no es de mi gusto. Tal vez sería más razonable designar las cosas según la vista; no obstante, hablamos del gusto, y también decimos que un beso tiene gusto, y decimos que tal o cual acción es de nuestro gusto. Me agradaría insistir, además, en lo que se llama quinto sentido: el tacto. Es un sentido extraordinariamente compuesto. En lo que se llama tacto está contenido un sinfín de otros sentidos; no los hemos mencionado por separado, y tampoco es ya necesario. Este sentimiento reivindica en la vida adulta e infantil una gran parte de los procesos. Antes que nada pondré de relieve las cosquillas y las caricias. Cuando observamos a los niños advertimos que se hacen cosquillas y se acarician entre sí. En la vida adulta, cosquillas y caricias pasan a un plano secundario; detrás de otras manifestaciones y sólo en determinadas circunstancias vuelven a primer plano.

En el caso del niño, las cosquillas representan una intensa actividad sexual, que se practica de la más diversa y curiosa manera. En el ser humano hay órganos cabalmente determinados que son particularmente sensibles a las cosquillas. Los niños practican esta tortura o esta alegría en diferentes partes; la practican hasta que la voluptuosidad se convierte en tortura, en terror. Tienen predilección por el hueco de la axila, el doblez de la ingle y los costados, la planta de los pies, las orejas, la nariz, los labios, el orificio sexual y el ano. Se puede verificar que todas las partes en que la piel exterior se transforma en mucosa son particularmente sensibles, y que pueden no sólo proporcionar una sensación agradable, sino también ser utilizadas para la autosatisfacción. Haciendo cosquillas en el oído interno, con una pluma o una orquilla, se puede llegar a provocar un placer sexual completo, como ocurre en el caso del onanismo o en el acto sexual. Los comienzos se remontan a la infancia. Es conocido con respecto a la boca, y en el sentimiento de las cosquillas descansa el beso; sin ello no nos podríamos representar las relaciones amorosas. En cuanto a la nariz, debe tomarse en cuenta la costumbre de hurgársela y de aspirar hondamente; muchos lo hacen de manera tal, que el asunto llega a ser un acto sexual completo, una frotación en el agujero que Dios ha hecho para el caso. Las tres cuartas partes de nuestra higiene, mejor dicho, toda nuestra higiene es únicamente sexualidad. Pero no por higiene nos limpiamos las orejas con la punta del paño del tocador, sino porque es un acto sexual; y nos enjuagamos los labios, no porque estén sucios, sino porque resulta agradable rozárselos, y nos sonamos la nariz porque representa la oportunidad de liberarnos de una manera lícita de nuestras ganas sexuales. Los inocentes que se suenan con los dedos no tienen estas curiosas particularidades. Igual atención debe prestarse al cepillarse los dientes. Se dice que es absolutamente necesario, que sin ello los dientes se echarían a perder, pero me gustaría saber cómo se las arreglan los pueblos primitivos, sin cepillo de dientes y sin dentífrico. Nos echaríamos a perder, es cierto; pero sólo porque habríamos carecido de un acto sexual que es necesario para las personas civilizadas. Por eso nos resulta tan desagradable el espectáculo de cepillarse los dientes, como el aseo con gargarismos: nos recuerdan las abluciones que se hacen cuando no hay niños. Se dice, sin embargo, que muchas personas no saben en absoluto que esto se hace después del acto sexual. También es exacto. Pero las madres, que les inculcan a los hijos la aversión por los gargarismos, sí lo saben, y de tal modo se propaga la aversión de generación en generación, inculcada por la madre al hijo. En este punto cabe asimismo alinear al dentista, un personaje que aterroriza a tanta gente. Se lo teme, no sólo porque haga doler, sino sobre todo porque manipulea en la boca de uno, lo cual se le ofrece al inconsciente como un acto sexual. Por eso es tan desagradable permitir tejemanejes en la propia boca. No queremos admitir la menor identificación entre la parte sexual femenina y la boca, aunque nuestro lenguaje demuestre que este parecido era consciente para nuestros antepasados. No queremos saberlo; lo hemos eliminado de nuestra memoria. Un beso en las partes sexuales lo encontramos menos natural que un beso en la frente o en los cabellos, cuando en rigor no hay una pizca de diferencia. El dentista se vale de pinzas para sacar las muelas: con pinzas se extraen los niños. Utiliza el espejo; el espejo que se introduce en la vagina. El dentista perfora, y esto es lo decisivo. Perfora en un agujero. No hace el agujero; éste ya existe. Hay aquí todo un simbolismo sexual. Luego tapa el agujero. Entre el diente y el niño existe una conexión.

Los dientes son niños; crecen y caen. Luego vienen nuevos dientes, y llegan nuevos niños. Esta ecuación entre los dientes y los niños aparece también en los sueños. El diente que se cae cuando se sueña significa un hijo, es un sueño de alumbramiento.

La característica de la transición entre mucosa y piel, es decir, el hecho de que estas partes sean tan sensibles, adquiere un alcance enorme en la vida, y en esta sensibilidad se basa nuestro habla. El habla no es nada más que un beso permanente que uno se da a sí mismo. Se aprieta el labio superior contra el inferior, luego se lo vuelve a apartar y se lo utiliza de la más sutilmente matizada manera para tocar la mucosa labial. Si la pasión se vuelve más viva, el ser humano comienza a morderse los labios y la lengua. Todas las personas que se aman se besan no sólo con los labios, sino también con la lengua. Cuando un niño conserva su espontaneidad, nunca besa con la boca en punta, que es hipocresía. Aguzar la boca es prepararse para silbar; de nuevo una acción sexual, una acción simbólica. De este modo se le inculca al niño una acción que para el adulto significa: tengo deseos sexuales, me gustaría ir a la cama contigo. El silbido es una invitación; lo hemos tomado de los pájaros. Los pájaros, en condiciones determinadas, silban y cantan. También los seres humanos.

 

Notas:

1*.- Falta el comienzo de esta conferencia [T.].

 

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