20 de diciembre de 1916
George Groddeck
Biblioteca de Psicología Profunda.
Editorial Paidós. 1983.
La última vez hablé de las asociaciones de palabras para pasar a los acontecimientos de la infancia que nos remiten a la escuela. Todavía habría un buen número de cosas que decir al respecto, pero preferiría dejarlas aparte. La escuela tiene un gran peso en el niño y también influye sobre su vida futura. Pero ahora desearía internarme más en el campo de las asociaciones. Además del oído, debemos tener en cuenta la vista, la lectura y la escritura. Antes que nada me gustaría que todos tuviésemos presente que hay un tiempo en que se aprende a escribir. Existe una ciencia, la grafología, que no es estúpida y nos puede proporcionar correctos conocimientos cuando no se la exagera. En los rasgos de la escritura de una persona se pueden leer muchas cosas acerca de su carácter. Expondré a continuación por qué es así y cómo puede esto fundamentarse desde el punto de vista de la medicina. Pero antes querría también mencionar algo que les hará sentir un mayor interés por la escritura. Todos ustedes conocen a algunas personas que sufren el calambre del escritor. Apenas escriben diez minutos o un cuarto de hora y ya no pueden continuar. Este síntoma se presenta en casi todo el mundo. En determinadas circunstancias, un día el brazo se paraliza, no puede seguir escribiendo. Tal vez pueda volver a hacerlo después de unos segundos, o algunas horas. Estas dificultades al escribir llevan al calambre del escritor; sobreviene una imposibilidad absoluta de continuar escribiendo: el brazo es presa de un calambre, la pluma ya no puede ser llevada hacia adelante. Este hecho se basa en una representación sexual que puede observarse en casi todos los que sufren este tipo de calambre. Estas personas tienen suma dificultad en escribir con una pluma, escriben mejor con una estilográfica, y mejor aun con un lápiz de tinta o con un lápiz común. Primero les da el calambre con una pluma corriente; entonces toman la estilográfica, para abandonarla también y pasar al lápiz. Si el asunto no se detiene aquí, entonces pasan a la máquina de escribir, y por último, también ésta se hace imposible, por las mismas razones. Todo comienza con la pluma: uno tiene la pluma en la mano, la moja en el tintero, deja correr la tinta sobre el papel con un movimiento de arriba abajo, de izquierda a derecha; y todo rápidamente. A quienes sufren de calambres se los acostumbra a escribir despacio, contando; es preciso que justamente durante ese tiempo el alma esté distraída de sus representaciones sobre todo esto. La dificultad de la escritura se basa en que la pluma es un símbolo del instrumento sexual masculino, y el tintero, un símbolo del órgano femenino; y en que estas mismas personas llevan a cabo el acto sexual de una cierta manera, un acto sexual ejecutado rápidamente.
Más bien se suscita el recuerdo del onanismo, de la autosatisfacción: son exactamente esos los movimientos ejecutados en esta circunstancia. De esta manera se reúnen una oleada de representaciones que son rechazadas y que se manifiestan en el hecho de que el cerebro dice: si eres tan tonto que rechazas la representación de que la escritura es un proceso sexual, entonces no te dejo escribir nada más, y la persona contrae el calambre del escritor. Esto es lo se encuentra en todos cuantos sufren ese calambre. Ya he dicho que no sólo aparece el calambre, sino todo tipo de dificultades para escribir. Sobrevienen no sólo en los enfermos, sino también en personas sanas ante ciertas palabras o frases, o ante ciertos papeles. Siempre hay una razón sexual. En lo más íntimo de cada cual existe, aunque no lo sepa, la representación de que la escritura tiene algo que ver con las sensaciones sexuales, y esto se presenta entonces como una molestia. Que las cosas son realmente así, es algo que surge de los términos mismos: estilográfica, pluma, así como del hecho de que antes se usaba una pluma de ganso, pero sobre todo, de las curiosas representaciones despertadas por las diferentes letras y cifras. Pongámonos en el caso del niño que está aprendiendo a escribir, y tiene que escribir toda una página de doces o de cincos: es estúpido y fastidioso. Por consiguiente, no puede menos que tener una multitud de representaciones. Si se considera la forma del 1, se hacen presentes las más diversas representaciones. La primera de éstas es habitualmente la del bastón del padre. De aquí se pasa naturalmente al 1 dentro de la familia, es decir, al padre. Para todos los seres humanos, el 1 es el hombre; es el dedo. Los pueblos primitivos y los niños cuentan con los dedos. El dedo es un conocido símbolo del miembro viril. Gran número de leyendas certifican, especialmente la del cuento de Pulgarcito, que el dedo es, efectivamente, un símbolo de esta clase. Es la prueba de que el dedo se entiende realmente como miembro viril. Pulgarcito que domina al gigante. El pequeño miembro viril, no erecto aún, siempre domina al miembro erecto. Esta es, pues, la primera representación que se hace presente para el 1: el padre y el bastón, y los dos se trasladan luego al miembro viril. Con respecto al 2, la cosa es un poco diferente. Considerado simplemente desde un punto de vista humano, el 2 es la madre, y el 3 es el hijo; 1, 2 y 3 es la familia. Los tres juntos son la Santísima Trinidad. Se mezclan referencias religiosas. Si se consideran las cifras aisladas, entonces el 2 significa no simplemente la mujer, sino que además tiene, en efecto, el aire de una dama en traje de cola. Es la madre en ropa de baile, algo que le acarrea al niño particulares excitaciones y disgustos. Pero además puede percibir nuevamente los pechos, un espectáculo que en otro tiempo era su predilecto y que ahora le parece mal que se les ofrezca a otras personas y no a él. El 2 se convierte en un número desagradable para los niños y los adultos; no se escribe de buena gana, porque tiene su carga. También se lo considera como un cisne. Ahora bien, el cisne es, por su parte, un animal con fuertes connotaciones sexuales, como se expresa en la leyenda de Leda y el cisne, y también en el poema “Muchacho y cisne”, de las Fábulas animales de Spekter. A los niños les atemorizan los cisnes; tienen miedo de que se enojen y los ataquen, etcétera. Pero también, y sobre todo, está el largo cuello, que es una evocación de la parte sexual masculina. El cisne es utilizado por arriba como símbolo de la belleza, y de la fealdad por abajo. Está en relación con una división de lo divino y lo animal en el ser humano. Esta particularidad está también presente en el cisne. También el 3 tiene su carga. Si se lo mira de otra forma, significa los pechos, y también tiene relación con los golpes: se suman el 1, el padre con el bastón, y el 2, la madre en traje de baile y el cisne, que es asimismo una ocasión de recibir golpes. Exactamente lo mismo pasa con el 8; en alemán basta considerar la palabra acht (ocho), pero también nimm dich in acht (¡ten cuidado!). El 8 es igualmente un par de anteojos lo que conduce de nuevo a las más curiosas representaciones. Los anteojos son un instrumento muy raro. Goethe no podía soportar a las personas con anteojos. El anteojo es también una expresión popular para designar el hoyo de los excusados; está en relación con la forma del trasero del ser humano. En sí mismos los anteojos son extraordinariamente molestos para mucha gente. Muchas personas llevan anteojos simplemente porque tienen miedo o porque quieren ocultarse. Tienen ventaja sobre las que no los usan; mantienen ocultos los ojos, mientras que los demás los encaran sin protección. Hay una impresión muy propia de los niños: “éste lleva anteojos para estudiarte exactamente”. Antes se los encaramaba sobre la frente. Los abuelos o los profesores lo hacían mientras hablaban con toda seriedad, y habitualmente ello representaba un instante desagradable. A los niños los anteojos les traen el recuerdo de un caballo. La posición de los anteojos sobre la frente hace recordar la parte del arnés que atraviesa la frente del animal. Además, muchas personas dejan caer los anteojos sobre la punta de la nariz y miran sobe ellos, lo cual es aun peor: miran con cuatro ojos. Particularmente fastidiosos son los anteojos oscuros, porque recuerdan, además, a la lechuza, la representación del ave nocturna. Y más fastidiosos aun para muchos son los quevedos, pese a tener más sentido que los anteojos. Para los miopes, los anteojos representan un absurdo: si se los quitan, los ojos están muertos y ya no se los puede usar. Los quevedos encuentran además una justificación: en el hombre no molestan tanto como en la mujer, ya que en el caso de ésta despierta la imagen de la preceptora, de la pedante, es decir, la voluntad de hacerse notar. Los impertinentes son más agradables, pero pueden llegar a no serlo si se los utiliza de determinada manera. Hay mucha gente que no puede valerse de ellos porque tienen un mango. Asimismo el monóculo tiene sus particularidades.
También el 4 tiene todo tipo de particularidades, y presenta sus dificultades. En él no está tan marcado el simbolismo. Para quienes deben vérselas con fantasías de golpes, el 4 es una silla sobre la cual se ha dispuesto a la persona en cuestión para golpearla. El 4 es poco pronunciado; en cambio es desfavorable, porque transgrede al 3. Al 5 se lo considera a menudo como un 2 al revés, en cierto modo como una madrastra, y está en relación con el 3. El 6 suele ser una pipa para fumar o una nota de música; también puede ser una maza, e igualmente un huevo al que se le ha añadido una varilla. Para muchas personas, el 7 es un hacha con la que se ha ajusticiado a alguien, o una bandera, un estandarte; tiene algo que ver con las reglas, con el amor: “entregarse al enemigo con armas y bandera”. El hombre y la mujer se hallan al principio en una situación hostil, que sólo después se vuelve amistosa. El 9 es una 6 invertido. Y por último tenemos el 10, es decir, el 0: un círculo que eventualmente tiene un gancho. El círculo es la plenitud, la perfección. Si se lo hace girar se convierte en una bola. Es un huevo; es el recuerdo de los maravillosos días pasados en el cuerpo materno, de la existencia esférica. De ahí viene nuestra preferencia por las bolas, así como el juego de las niñas de saltar a la cuerda. Las pequeñas lo hacen porque es una imitación de la existencia infantil; la cuerda constituye la esfera en torno de ellas. El 0 es la bola y el círculo. Y el círculo es el órgano femenino. Todo lo que posee forma redonda, forma de círculo o de agujero, se refiere al órgano femenino. Los niños también lo saben. Pero son cosas que se olvidan y que vuelven a aparecer cuando uno escribe. Entre las letras más difíciles están la r y la k, pero sobre todo la r, porque tiene un ganchillo, que es la colita del muchacho. Así podemos representarnos todas las dificultades que presenta la escritura y cómo se pueden sacar de ellas deducciones sobre el carácter. Basta mirar las r y observar si se dibujan o no los ganchillos, si desaparecen o no. También hay que considerar si la escritura es gótica o latina. Cuando alguien emplea la escritura latina, lo hace principalmente porque la gótica -alemana- exige más movimientos rápidos de arriba abajo y porque está mucho más cargada que la escritura latina. La escritura alemana es más angulosa, sube y baja más que la latina, que es más redonda. La r latina presenta asimismo dificultades. Las dos r tienen ganchillos. Un enfermo confundía a menudo la r con un 3, y una de las razones principales era que el 3 significa el niño. El pequeño apéndice que lleva la r es el apéndice infantil del pequeño. Así ocurre con la r y el 0. También la k tiene ese apéndice. La coma significa igualmente el pequeño miembro viril.
Todo lo que es redondo, cerrado, significa el órgano de la mujer; también el rizo de la g alemana, que es una letra cargada. El redondel es la niña, a lo que viene a agregarse el ganchillo, es decir, el muchacho, y por último el rizo, en el que alguien ha quedado atrapado: la trampa de la rata o el ratón. El lazo también puede significar un látigo que forma un rizo. Volvemos a encontrar el gancho, el rizo y el lazo en la G mayúscula y en la f y la j. La s minúscula alemana -gótica- es claramente un látigo para el niño, tanto más cuanto que también se añade el sonido, el susurro, que con la f se convierte en un silbido. Hay en las letras un sinnúmero de combinaciones entre hombre y mujer, lazos y golpes, a todo lo cual hay que añadir las manchas de tinta los engomados, la falsificación de documentos, los artificios y las estratagemas. También se suma el cálculo y, con él, el complejo de dinero, los pequeños abusos de confianza, los hurtos, y todo esto comienza a gravitar sobre el niño. Y también, con respecto al 2, arriba hay un agujero, un círculo, y abajo está el gancho; es el matrimonio, el coito. El niño siempre se imagina algo ante un número, ante una letra. Y los simples números y letras originan dificultades que no llegan a la conciencia, pero que se pueden observan en toda escritura. Con este motivo pueden sobrevenir perturbaciones circulatorias y de la nutrición, cualesquiera que sean, porque los complejos son innumerables. También es posible descubrir otras pequeñas particularidades. El 3 es igualmente un pájaro. Cuando yo era niño, una vez mi madre dibujó en el pizarrón una casa, luego un hombre que se dirigía a la casa y luego unos pájaros. El hombre, la casa y los pájaros son símbolos del contacto sexual. Mi madre no lo interpretaba. Si tomamos el ejemplo de un juego que una madre juega con sus hijos y lo interpretamos, vemos que en la vida sexual no hay nada que sea malo; al contrario, el mundo se basa en ella y ella determina todo lo que es sagrado, como la Trinidad. Si se reflexiona, descubrimos que también deriva de nociones humanas. Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en forma de paloma constituyen una representación sexual. Y no solo en la religión cristiana se encuentra la Trinidad; es una representación que podemos hallar en religiones dos mil años anteriores al nacimiento de Cristo, y no descansa tan sólo en la familia; en algunos pueblos, como por ejemplo entre los hindúes, está expuesta en forma de miembro viril, lo cual se basa en el hecho de que en realidad hay una tríada: el miembro y los dos testículos. Trazando una línea se obtiene un triángulo; el símbolo de la Trinidad. Uno de los testículos está un poco más arriba que el otro, y el miembro se yergue encima, de modo que se obtiene la forma triangular. Si recordamos que nuestro símbolo de la Trinidad está dotado de rayos, entonces el triángulo significa el órgano sexual masculino y los rayos representan a la mujer: es la reunión misma del hombre y la mujer. Ya he dicho acerca del sol que es doblemente simbólico. Por una parte es la mujer como portadora de fecundidad, y también está dotado de vello pubiano; y por la otra, como hombre, envía flechas; de manera, pues, que es doblemente simbólico, exactamente como la Trinidad. Este doble simbolismo es particularmente importante, porque pone ante los ojos de todos el hecho de que el ser humano no es únicamente hombre o mujer, sino un ser doble, en parte hombre y en parte mujer. Por eso en sus épocas más remotas la humanidad siempre imaginó bisexuales a sus dioses. La leyenda del Talmud lo atestigua; según ella, el ser humano es creado como un ser bisexual. Dios lo divide por el medio, y sólo así se constituyen el hombre y la mujer.
Aquí querría interrumpir; más adelante insistiré sobre este tema. Sólo desearía poner de relieve que con frecuencia el corte súbito se encuentra en una palabra. Después de algunas letras hay un desgarrón. También hay que observar si se escribe con inclinación hacia arriba o hacia abajo; si es hacia arriba, se trata de un temperamento exaltado; estos seres están siempre sexualmente excitados. Si escriben de este modo en algunos momentos, entonces, precisamente en esos momentos están excitados, como por ejemplo en cartas de amor. Si es hacia abajo, en el caso del hombre significa: “contigo no tengo erección”. Y en el caso de la mujer significa: “de ti no querría tener erección”.