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Decimoseptima Conferencia

6 de diciembre de 1916

George Groddeck

Biblioteca de Psicología Profunda.

Editorial Paidós. 1983.

 

Esta vez me siento en la obligación de abordar algo que debería haber tratado con anterioridad, las asociaciones de palabras. La última vez puse de relieve que las dificultades en la lectura están basadas en el hecho de encontrarse con una palabra determinada en una página, palabra que uno aparentemente se salta, pero que conduce a una asociación e impide que la atención del lector permanezca centrada en el texto. Su vista sigue fija en éste, pero un impulso interno lo fuerza a orientar su pensamiento en una nueva dirección, y como consecuencia de esta lucha ya no sabe qué ha leído, porque sólo los ojos estaban en la lectura, pero no el cerebro. Pero esto es aun más importante en la vida cotidiana y en la conversación que en la lectura, solo que la gente se da poca o ninguna cuenta de que la audición de una palabra determinada acarrea un sinfín de asociaciones completamente extrañas al tema. La represión se produce con gran rapidez, pero a pesar de ello el problema sigue en pie. La importancia de esta perturbación no reside en el hecho de que uno se haya distraído un cuarto de hora, sino en la repetición, es decir, en el hecho de que el ser humano se ve mil veces al día empujado por las palabras hacia una serie de pensamientos complejos, y otras tantas vuelve a desecharla. La repetición frecuente actúa de forma destructiva, fatiga al ser humano y lo hace incapaz de actuar. No todas estas asociaciones se pueden reducir inmediatamente a fenómenos sexuales, pero en la vida de todo ser humano hay una cantidad tal de recuerdos agradables y desagradables, de ensueños e historias esbozadas, que resulta sombroso que el sonido de las palabras no provoque más daño que el que ya ha hecho. Todas nuestras preocupaciones están producidas por asociaciones que se desarrollan en el subconsciente, pero que se pueden detectar si se examina con atención cada caso concreto. Ahora debo rogarles que me disculpen, porque el tema que voy a tratar es, ciertamente, ajeno al médico, aunque de él conozco algunas cosas. Cuando se consideran de manera fugaz las asociaciones de palabras, hay unos cuantos hechos importantes que nos sorprenden en primer lugar: la rima, la aliteración y el ritmo. En el caso de la aliteración, una palabra trae a la mente otra: Stock und Stein (bastón, palo, y piedra). Ahí, nos vienen a la cabeza centenares de ejemplos que nos muestran cómo se constituyen las asociaciones y lo imposible que resulta evitarlas. Estas series se multiplican más con ayuda de la rima y el ritmo. Cuando se dispone de una palabra y se buscan otras por medio de la rima, de pronto se cae sobre una en la cual nos detenemos, porque esta última posee algo que nos perturba. Hay una idea opresora que está vinculada a ella, y ya no es posible ir más lejos. O bien, sucede como en la rima: Rock und Stock, Stein und Bein (vestido y bastón, piedra y pierna); las posibilidades son diversas. Lo importante es que dentro de esa cadena de asociaciones en alguna parte hay una que gravita y exige un serio esfuerzo si se la quiere aislar (entresacar). Al comenzar la enumeración cité una palabra cuya capacidad de asociación es infinita: Stock, que es el palo, el bastón, y Stein , que es la piedra, el escollo. Stock: cuando se piensa en la cantidad de veces se conversa con personas que hablan embarazosamente ( Stocken: vacilar, cortarse al hablar), se descubre todo lo que esto significa. Muchas personas tropiezan no sólo con la palabra, Stock , sino también con su forma: ven un palo. El mejor ejemplo es el de Friedrich Nietzche. Si examinamos su vida y leemos sus escritos, llegamos a la conclusión de que se destruyó en un eterno combate a palos, con el bastón. Ciertamente, es algo que he observado en este hombre, porque me interesa psicológicamente y porque esta es mi firme convicción: en primer lugar, nunca fue un enfermo mental y no padecía reblandecimiento cerebral; en segundo lugar, el principal fenómeno que en realidad provocó su mal, la sobrecarga psíquica, fue la palabra sadismo.

Este es un ejemplo grandioso de la fuerza devastadora de las cosas. En el caso de Nietzsche no se trata simplemente de una enfermedad mental, sino que toda su vida está agobiada por una carga espantosa de accesos de jaqueca, por una grave enfermedad de los ojos y síntomas gástricos que sus médicos nunca pudieron explicarse realmente. A veces mejoraba temporariamente, pero de un modo general estuvo perseguido por todo ello durante toda su vida. Era un proceso que se detenía cuando Nietzsche salía de sí mismo, y también gracias a su brutalidad, pero no eliminó del todo las consecuencias nocivas de esa represión. Recordemos esta extraña anécdota de su vida: cuando tenía doce años se apoderó de una caja de fósforos encendidos y se quemó la mano, presuntamente para demostrar que el acto heroico de Scevola no era para tanto; pero en realidad lo hizo para sufrir. Con un extraordinario refinamiento no dejó de depararse nuevos dolores, psíquicos y físicos, porque no contaba con un buen cauce para sus pulsiones y no se atrevía a elaborarlos en la fantasía. Cito esto para ilustrar lo que una sola palabra puede provocar y de qué modo tan efectivo ésta hace que un ser tropiece, cómo le bloquea en el camino de su vida y le hace darse de bruces una y otra vez en la misma piedra. Aliteraciones por el estímulo surgen a menudo en la vida cotidiana. Y aquí merece la pena citar otro ejemplo. La última vez llamé la atención sobre la relación entre Wald (bosque) y Gewalt (violencia).

Cuando se oye la palabra Wald se piensa en Wiese (pradera), wild (salvaje), Wut (furor), wüten (rabiar, enfurecerse). Wald conduce a Waldemar, Wladimir, nos conduce a Polonia en guerra, y de ahí a Hindenburg, lo cual lleva a Hintenburg (castillo trasero), que golpea a la gente. Y el asunto continúa, sólo que la gente no toma conciencia de ello. Y estaría bien que fuera consciente de estas asociaciones y de las perturbaciones provocadas por ellas. Inténtese prescindir por un instante de la razón y escójase una palabra al azar, de entre las palabras que se le ocurran. Al escribirlas se descubrirá que tienen un sentido; si entre ellas intercalamos verbos, obtenemos una palabra nueva. Habría que llevar a cabo un relato de este tipo, para divertirse, pero no tenemos tiempo, y entonces hay que reprimirlo con un gran gasto de energía. Pero sin alejarnos de la naturaleza, tenemos Wald (bosque), Wiese (prado), Bach (arroyo), Berg (montaña), Burg (castillo). Y algo más: Hügel (colina), Hülle (cubierta). ¿Por qué? Hügel, (colina) conduce a Schwanenhügel (blusa) y al hecho de desembarazarse de esta prenda. Y luego viene Brust (pecho) y también Brüstung (parapeto, pretil). Es increíble lo fuerte que es la impresión producida por las torres rodeadas de parapetos. El mero sonido Brüstung suele producirle vértigo a la gente. No lo sospechan en absoluto. Al escuchar Brüstung nos viene a la mente el recuerdo de un pecho que ya conocemos, y de ahí el pensamiento llega al abismo de la mujer, a la garganta oscura, y en seguida a la caída, y a la asociación entre caída corporal y caída moral. Si se considera una palabra cualquiera y se sigue a través de varias palabras, se llegará a lo que en rigor entiendo por fantasía; a menudo se cree que esto tiene algo que ver con lo fantástico.

Para pasar a otro terreno, no tenemos sólo las aliteraciones, sino que además existe otro fenómeno curioso al que todavía no he encontrado explicación. Quiero hablar de las onomatopeyas dobles, que desempeñan un gran papel en la vida del niño. Basta tomar papá y mamá; en alemán Mama . Si consideramos estas onomatopeyas, advertimos que desempeñan un gran papel en la vida del niño y en la del adulto. Son factores importantes, que entran aquí en consideración. El guau-guau no tiene mucha importancia para el adulto, pero sí la tiene para el niño; la idea del perro interviene profundamente en la vida humana. Dadá para el caballo -en alemán, Hotto -, es otra de estas extrañas onomatopeyas. Y llegamos a palabras como hop-hop, dring-dring y a algunas otras que llevan una gran carga y que están en relación con las excreciones, desempeñando un importante papel en la vida infantil. A las cosas que intervienen profundamente en nuestra vida se las designa de forma doble. La humanidad tiene tendencia a aliterar, a hacer onamotopeyas de acontecimientos y objetos particularmente importantes. Y al hablar de aliteración querría señalar la importancia de algunas letras que empleamos en nuestra vida y que son interesantes. Tenemos, por ejemplo, la s que se utiliza de diferentes maneras y que a veces nos causa cierta incomodidad. El simple sonido de s se relaciona para el niño con la noción de excreción; es para él una invitación a hacer pipí. El mismo sonido se emplea, pero con suavidad, para hacerlo dormir. Así llegamos al balanceo; ambas cosas tienen cierta relación. Cuando la s es más dura, su sonido se emplea como chistido para reclamar silencio. Si le añadimos una t , tenemos la onomatopeya de los golpes. Hay igualmente un nexo entre el dormir, la enuresis nocturna, el silencio reclamado y los golpes, todo lo cual constituye una asociación de ideas, una representación de la fantasía.

Mucho más a menudo encontramos la rima en la vida cotidiana. Lo digo con toda la intención. La rima ha sido sistematizada e incluso se utiliza en la ciencia médica. Se le da a cualquiera una palabra, como por ejemplo tapiz, y se le sugiere que diga todas las palabras que se le ocurran como consecuencia de esta palabra-estímulo. Entonces aparece una oleada de palabras, que a veces forman aliteración y que, juntas, riman, o que están ligadas únicamente por una asociación de ideas: tapiz, tapicería, martinete; o bien: tapiz ( Teppich ), tapicería ( tapete), danza ( Tanz ), lo cual constituye ya toda una historia basada en una multitud de recuerdos agradables y desagradables. En relación a Teppich y Eppich (apio), se me ocurre Esel (asno), y me parece que el apio tiene algo que ver con Baco y la leyenda de Dionisos. No sé si es una idea exacta, pero se me ha ocurrido ahora mismo.

Tapiz, martinete: esto evoca nuevamente la idea de los golpes, me hace recordar a un criado que hace tiempo sacudía las alfombras aquí y que ahora está en el frente. Se llama Cristo, lo cual me hace pensar en la Navidad, y así sucesivamente. Estas asociaciones son muy complicadas. Y luego pienso en un hombre que estaba empleado en la cooperativa; esto me hace recordar una circular del gobierno que anunciaba que seguiríamos con el racionamiento durante tres años más, y entonces me digo que ya no tengo ganas de vivir en Alemania, donde tan mal se nos trata, etcétera. Y conmigo sucede lo mismo que con los demás. Cuando el cerebro asocia muy vivamente no hay más que dos soluciones; o bien uno se queda tan tranquilo y va de un pensamiento a otro, como hago yo, o bien, si uno no puede hacerlo así y la fantasía se niega a proseguir el ensueño hasta el fondo, entonces la única solución es levantar muros, de una u otra manera, mediante el trabajo, mediante una actividad mecánica, mediante consideraciones filosóficas, etc. En resumen, hay que erigir barreras frente a las asociaciones; hay que tratar de restringirlas. Y si las asociaciones son muy desagradables, no queda más salida que caer enfermo; es el último medio, y es un medio eficaz. Uno queda vacío y limita su actividad, porque todo pensamiento, toda conversación, toda charla suscitan nuevamente otras asociaciones, y éstas deben ser rechazadas. El asunto se vuelve mucho más grave cuando la represión se refiere a algo inevitablemente necesario: la pobreza, el trabajo, el hambre; peor, sin embargo, es cuando esto se refiere a la vida sexual, y peor aun si esto ocurre durante la pubertad y durante la edad crítica. Durante esta última, entre los cuarenta y cincuenta años de edad, las enfermedades son tan frecuentes en el hombre como en la mujer. Lo que pesa en este caso es que la humanidad se imagina que la mujer que ya no tiene reglas ha dejado de existir como ser sexuado. Es una de las mayores estupideces que se pueda concebir, y su efecto es realmente devastador. Nunca se insistirá suficientemente en aclarar que eso no es verdad, que no se trata realmente de eso. La edad no determina cesación alguna; modula las pulsiones sexuales, las atenúa por un lado y las refuerza por otro, pero no se trata de una cesación, de la misma forma que tampoco hay un comienzo si no es el de la vida misma.

Tengo que volver a mi tema y querría poner de relieve que en las asociaciones se utilizan la aliteración y la rima. A este respecto es bien sabido que una palabra determinada debe ir seguida por otra, aun cuando a esta última se la utilice muchísimo; por ejemplo, amor y dolor. No es una casualidad. El acercamiento de estas palabras está en la naturaleza de las cosas. El amor debe acarrear dolores. Lust (placer) y Brust (pecho) van asimismo a la par, no sólo a causa de la respiración, sino también a causa del busto femenino, o del tórax masculino bien expandido en demostración de fuerza. Precisamente la fuerza (Kraft ) da lugar a otra cadena de asociaciones con Schaft (asta, mango) y Saft (zumo, jugo): la fuerza proporciona la madera para la lanza del hombre, de la que brota la savia. También está Namen (nombre) y Samen (simiente, grano, germen, semen); schauen (mirar) y trauen (fiar, confiar). Se mira a un ser humano para ver si se puede confiar en él; es lo primero que se hace, incluso aunque no se sepa qué puede hacerse al respecto. Traun (sueño), Schaum (espuma), van ligados, y de manera mucho más estrecha de lo que podría aparecer a simple vista. Traun (sueño), Schaum (espuma), Baum (árbol), Saum (ribete, orla, dobladillado): se trepa el árbol y allí uno permanece aferrado. En la vida del niño esto desempeña una gran papel: la niña trepa por delante del muchacho. El muchacho, si puede, la levanta o la trae hacia él y mira bajo sus faldas. Es una pequeña excitación de la que el muchacho no es quizá consciente, pero que influye durante toda su vida. Yo podría enumerar siguiendo así muchas otras asociaciones que permitirían exponer con mayor precisión mis concepciones acerca de ellas. Pero también desearía subrayar esto: piensen ustedes lo frecuentes que deben ser estas asociaciones. Uno se levanta por la mañana y recibe una carta firmada por Anna. En la carta talvez se dice que Gertrud ha caído enferma, o quizá se trate de Otto. Si uno conoce bien a Anna y a Otto, esto crea un clima para todo el resto del día. Cuando en cierta ocasión se ha pasado una hora agradable a la mesa con Anna, ante una buena cena, basta oír la palabra vino ( Wein ), o leer la palabra weinen (llorar) o acaso Weihnachten (Navidad), para que el nombre de Anna surja inmediatamente. Y un sinfín más de asociaciones se suman a ello. Esto reaparece constantemente a lo largo del día, porque uno es portador de cierto pensamiento que crea clima. Pensamientos por el estilo sobrevienen diez y veinte veces por día, y no es posible eludirlos. Ya he destacado que el nombre de la gente está cargado de significación y desempeña un papel en el desarrollo de la enfermedad. La mención de un nombre puede provocar una bronquitis o un zumbido de oídos. Si a lo largo del día se pronuncian una veintena de nombres que llevan una gran carga, la capacidad de resistencia del organismo: disminuye, se empobrece y tal vez ese día será incapaz de resistir los bacilos de la neumonía; o bien, de esa manera, ciertas toxinas que circulan en él no podrán ser eliminadas. Entonces aparecen inflamaciones, tumores, etc. Algunos nombres están cargados en sí mismos; sobre todo los de pila. Por ejemplo, Peter. Está ante todo el dumme Peter (Pedro el necio), y luego está el Struwwelpeter* (Pedro el desgreñado), un nombre cargado de fantasías de violencia. También Ricardo lleva mucha carga, y agradable tal vez, es Ricardo Corazón de León. Pero si alguien se llama Ricardo, y tiene un corazón de cordero, el nombre de pila deja de ser agradable. Si alguien se llama Sigfrido, y tiene las piernas torcidas o los ojos bizcos su vida transcurre bajo el signo de un espantoso gasto de energía moral. O también, dentro del universo femenino, un nombre como el de María. Si esa persona es sensible, no podrá evitar la asociación con la madre de Dios, y por ello tal vez intentará llegar a ser una madre de Dios, y eliminar todo pensamiento impuro. O Dorotea, con mucha carga desde el Hermann y Dorothea de Goethe. Una joven lee esa obra, y piensa que también ella debe llevar una trenza en forma de corona, o comportarse de tal o cual manera. Así se forman gran número de inhibiciones. Pero no se trata solamente del nombre de pila; los nombres de otras personas están también cargados de otra manera y actúan como inhibidores. Que una persona adopte un nombre de pila es extraordinariamente frecuente. Alguien, que siendo niño, tenía una amiguita llamada, por ejemplo, Helena, y a la que llamaban Lenchen, se casa con una Lenchen. Si se indaga por este camino se encontrará multitudes de Lenchen , es decir, casos en que dicho sonido está presente, siendo lo decisivo el nombre de pila de aquella antigua amiguita. Pero los nombres escogidos por los padres resultan aun más singulares y permiten hacer todo tipo de deducciones acerca de los motivos que los padres tuvieron, siendo además nombres que han llegado a hacerse delicados para sus dueños. Hace días quise hacer notar que hace algún tiempo fueron eliminados los álamos y los abedules, coincidiendo con la época en que se abolieron en las escuelas los castigos corporales. Del mismo modo encontramos entre los nombres modernos ciertas tendencia predominantes, por ejemplo, Ruth -que en alemán se asocia a Rute (vara, vergajo)- y Gertrud, en que la idea de los golpes está dos veces presente - Gerte (vara, pértiga) y nuevamente rud-. Y además Hildegard, Irmgard, Gerhard, Bernhard: en los que destaca el sonido “duro” ( hart); y también los nombres como Magdalena y Eva, las pecadoras. Si se quiere continuar con el asunto en el plano de la historia de nuestra cultura, se llega a conclusiones muy curiosas. Valdría la pena que alguien se ocupase de ello y lo estudiara. Las asociaciones de nombres conducen, como ya he dicho, a perturbaciones de la memoria, por el hecho de que los nombres son lo que más rápidamente se olvida; después estas alteraciones se interpretan como un debilitamiento de la memoria, como un efecto del envejecimiento, o como manifestación del cretinismo ( Vertroddeln ). El glande (la Troddel ) puede en efecto llevar a un anciano a la apoplejía y de allí al cretinismo. Pero no sólo los nombres tienen una carga; también la tienen ciertas palabras, que además producen efectos muy intensos sobre una gran cantidad de personas. Casualmente di hoy con una de estas palabras, una palabra verdaderamente esclarecedora: Lüster (lustre, brillo, esplendor), que se asocia a lüstern (concupiscente, lascivo, codicioso) y provoca curiosísimas asociaciones: lüstern (lascivo) - Lüst (placer), aventuras en el baile, escotada, exhibición de partes del cuerpo, descansar en los brazos de alguien, y todo reunido bajo la idea de un encuentro sexual, como realmente lo es. Muchas mujeres se niegan a tenerlo, o lo esperan impacientes. Muchas otras no soportan el salón de baile, el intencional apretón del hombre que quiere arrimarse a la mujer, o que empuja con una rodilla entre las de ésta, o que deposita un beso en sus cabellos, o acaso esa otra maniobra tan usual: el caballero se apoya contra el respaldo de la silla, colocándose de manera que le permita tener una buena vista del escote y aprovecha esta ocasión para posar su mano en el borde de la silla, de modo que la joven haya de apoyarse necesariamente contra ella, o más tarde, cuando la ayuda a ponerse el abrigo; en fin, una serie de situaciones, de recuerdos, que se explican parcialmente por la infancia. Los niños no ven con buenos ojos que la madre salga a cumplir con sus obligaciones sociales. Se queda mucho tiempo fuera y se ha puesto un vestido con el que no permite que se la toque. No acuesta a los niños, no reza con ellos, o lo hace en un momento en que los niños no quieren todavía. El niño queda en manos de los servidores domésticos que quieren desembarazarse pronto de él y que por consiguiente lo llevan a la cama cuanto antes. El niño queda acostado y a oscuras, sintiendo miedo. Un sinfín de sinsabores se relacionan con el salón de baile, a lo que se añade la circunstancia de que baile y balón no son lo mismo. El baile ( Ball ) es la danza, y el balón ( Ball ) es un juego. Una multitud de muchachos y chicas aparecen en el campo de la imagen; tal vez uno era torpe con el balón. Mi hijo no puede jugar con los demás niños de ninguna manera: es demasiado tímido y torpe, pero le gusta jugar a la pelota y esto llegará después a ser una carga para él, porque no ha aprendido a jugar suficientemente a la pelota.

De brillo, de resplandor, he pasado a lüstern (lascivo). Otra palabra recargada es geil (lujurioso); geil y feil : venal. Una chiquilla venal, una chiquilla lujuriosa, un deseo de lujuria. Llega el recuerdo de unos ojos que nos miraban con cierto aire lúbrico. También la boca es muy característica con respecto a la lubricidad de la persona. Y también vienen a la memoria algunos gestos, ciertos ademanes evocados por esta palabra: un hombre que subía o bajaba la escalera de una manera determinada; o una mujer, una muchacha, que se sentaba de cierto modo o cuyo rostro expresaba determinadas cosas. Una serie de asociaciones que resultan molestas o desagradables. Hay una chiquilla que advierte por primera vez en alguien una expresión lujuriosa: este hombre quedará para siempre en su memoria. Si advierte en la calle una silueta parecida, o alguien con la misma barba, o el mismo nombre (Müller u Otto), volverá a representarse a aquel primer hombre y entonces surgirán grandes dificultades. Y si encuentra a alguien que se llame Otto Müller, no podrá explicarse en absoluto el motivo de que le caiga mal. Si la madre le pregunta: “¿por qué estás tan rara?”, no sabrá decirlo. Y aun cuando lo dijera, diría: “imaginaciones mías”. Y ya entra en escena: el reproche histérico de la imaginación, el reproche frente a la falta de franqueza, el reproche de la mentira. ¡Cuántos estragos se causan con la palabra “mentir”! Para la madre, que no estaba presente en aquella primera experiencia, o que no la tomó a mal, el asunto carece de importancia. Para la joven acaso sea ya irreparable el hecho de haber vivido aquella situación sin haber podido contar con el apoyo de su madre. Se suele decir: “no exageres tanto.” Esta es también una de las expresiones que forman parte de los principios habituales de la educación. “Contar para los demás”, “hacerse el interesante”: son expresiones estúpidas que traducen sólo una profunda incomprensión del alma infantil. La mujer no comprende absolutamente nada del alma infantil. El hombre nunca incurrirá en una grosería así, en esa falta de tacto; comprende mejor la expresión del rostro y el comportamiento del niño. Aun cuando también él resulta a menudo brutal y rudo, nunca causará heridas tan profundas como las que provoca la madre. Ella no lo sabe, porque no comprende en absoluto al niño. Sabe, eso sí, arreglárselas con él, jugar con él; pero ¿comprenderlo? Jamás.

No he llegado todavía al fondo de mi tema. En realidad he tratado también, con demasiado brevedad, el tema que me había propuesto tratar -hacer comprensible la vida de la fantasía-, pero el problema de la asociación era importante.

 

* Struwwelpeter: Pedrito el desgreñado o el del cabello enmarañado, es un cuento sumamente difundido en los países de habla germana. Groddeck le ha dedicado un estudio muy interesante del que hay una versión castellana incluída en sus Estudios psicoanalíticos sobre arte y literatura. Caracas, Monte Avila, 1975. [ E. ]

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