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Decimosexta Conferencia

29 de Noviembre de 1916

George Groddeck

Biblioteca de Psicología Profunda.

Editorial Paidós. 1983.

 

La última vez hablé de la vida en la fantasía y quise preparar a ustedes para el hecho de que en cierta medida es difícil saber a qué atenerse. Tengo que desarrollar algo más este punto para hacer comprender, con la ayuda de algunos ejemplos, la importancia y lo complejo de este tema. Vuelvo a coger el hilo en el punto en que lo había dejado, del principio de que el ser humano siente el deseo de hacer sufrir al otro simultáneamente, y de sufrir él mismo. Son deseos que se desarrollan en distintos grados. De un modo general, este deseo se manifiesta con mayor claridad en la mujer, mientras en el hombre se esfuma un poco y no es tan visible ni tan evidente pues en ella está basado en su naturaleza propia. La mujer debe sentir el deseo de sufrir con el objeto de poder soportar los dolores del parto. La fantasía que pongo de ejemplo es como siempre una fantasía típica; que muchas veces se interrumpe desde que tienen lugar los primeros pensamientos, pero que en sus líneas generales es muy común. Ya verán ustedes que es bastante característica. Cuando uno hace examen de conciencia, o piensa en sus amistades, advierte que hay toda una serie de personas que tienen miedo a la oscuridad, personas que se resisten, por ejemplo, a ir al bosque cuando ya ha atardecido. Hay razones muy precisas para ello y las encontramos en todo el mundo. El miedo a las visiones espectrales que nos asalta en el cementerio es, en efecto, general. Pero en este punto quiero referirme a la mujer. Es bastante común que ni a una chiquilla ni a una mujer les guste atravesar un bosque frondoso, sobre todo de noche. Esto ya les resulta desagradable al caer la tarde, y para muchas de ellas es también desagradable incluso ir al bosque durante el día. Si alguien aparece detrás de ellas, se sienten paralizadas de espanto y permanecen inmóviles, para dejarlo pasar, o bien huyen. La razón de este comportamiento, en cierto modo extraño -cuando se pone de manifiesto cerca de un camino frecuentado-, es la siguiente fantasía: la chiquilla o la mujer en cuestión entra en el bosque (en alemán, Wald ) y desde ese instante empieza a pensar en la violación (en alemán, Vergewaltigung ). Consideremos la relación entre estas palabras, la homonimia entre Wald y Vergewaltigung . Es destacable esta asociación entre términos diferentes; a ello se añade aún otra cosa, una particularidad del bosque, de la espesura: el bosque es el símbolo del vello pubiano. Si se trata de un bosque que sube por una pendiente esto es aún más evidente Y si hay un arroyo o una garganta, la fantasía aumenta hasta hacerse insoportable. La oscuridad, la noche, los árboles, las hojas, la sombra y la idea de la pilosidad de la región pubiana: todo se mezcla y crea el estado de ánimo suficiente para pensar en la violación. Pero la fantasía no ha hecho más que comenzar. Además hay que añadir las historias infantiles de fantasmas y bandidos, los padres, que también han tenido esa fantasía, se la transmiten a los hijos, y así es como el fantasma se despierta a lo largo de la vida en lo tocante a agresión y violación. Pero el asunto no termina ahí. Hay algo más que entra en juego: el deseo inconsciente de la mujer de ser violada, deseo que está presente en todas las mujeres. Generalmente no se manifiesta bajo ese aspecto, sino que se traduce en angustia y asco; el deseo, no obstante, está ahí. La mujer quiere tener un dueño sobre ella; debe tener el sentimiento de la superioridad de la fuerza del hombre. Su mayor deseo es pertenecer a un hombre muy fuerte, y el mayor signo de fuerza es el acto de violencia cruda, la brutalidad, que siempre tendría algo atractivo mientras el mundo exista. Esto lo observamos también en los animales. Las mujeres quieren que se las seduzca; la mujer primitiva huía, pero sólo por el deseo de que se la atrapara y dominara. Es un hecho que aún se manifiesta en un hábito femenino: la manera que tiene la mujer de correr. Entre la forma de correr de un muchacho y la de una chiquilla hay mucha diferencia. El muchacho corre con el pecho echado hacia adelante y a grandes zancadas; la chiquilla en cambio, corre con el busto levantado y las piernas echadas hacia atrás. Es algo heredado de aquella época; la idea de que puede ser atrapada por un bandido o por un vagabundo siempre se expresa bajo el mismo modo, a saber: supone que será atacada por la espalda y tumbada hacia atrás. Es una fantasía elaborada, bajo la más diversas formas, a las cuales se añaden el amordazamiento y la violación por varios hombres, que juega un gran papel; violación que conduce a los mayores horrores y que se complica con una infección o con un homicidio sádico (en alemán, Lustmord : literalmente, asesinato por placer) o con una espantosa mutilación. Las fantasías tienen detalles curiosos: cuerpo destripado, pechos cortados o infección; todo desempeña su papel. Ahora, en tiempo de guerra, también interviene la bayoneta del soldado; de ella provienen todos los relatos sobre las atrocidades cometidas en Bélgica y Prusia oriental y que a menudo se descubren como si fueran leyendas. El cuchillo es el símbolo del órgano sexual masculino. El fantasma de la violación y el de atravesar con una bayoneta coinciden, porque en rigor son la misma cosa. Si tomamos por ejemplo la violación, el asunto no termina ahí, la consecuencia de la violación es un hijo. La joven o la mujer en cuestión ha sido fecundada, queda embarazada y lo esconde y con ello surge el segundo fantasma, el del hijo ilegítimo y el infanticidio. Vuelvo a recordarles lo que ya dije acerca de la especial relación que existe entre la mujer y el hijo recién nacido. Durante el período de embarazo sobrevienen con frecuencia algunos instantes en los que la mujer anhela desembarazarse del hijo. Es un deseo que se instala paralelamente a la fantasía de tener un hijo ilegítimo e inmediatamente matarlo. Sería necesario indagar mucho tiempo antes de hallar esta representación en su propio fuero interno.

También en el hombre se presentan estas fantasías; simplemente, se manifiestan de manera distinta. Suele ser corriente que el hombre tenga la fantasía de hacer abortar de una u otra forma, o de caer en manos de una mujer que le hace víctima de un chantaje, arruinando su vida conyugal y que lo conduce a la bancarrota y finalmente al suicidio. En la mujer lo que ocurre es que la fantasía continúa, y el niño viene al mundo. Ella lo mata, lo arroja a un estanque o lo asfixia; también lo quema en un horno o enterrándolo en cal viva. La fosa de cal viva tiene un significado especial; en ella se encuentran un montón de huesecillos, y la noticia se divulga. La mujer es llevada ante el tribunal y condenada a la cárcel. Este gran escándalo la excluye de su familia. Al padre le echan del empleo siendo blanco del desprecio; sufre un ataque de apoplejía, y la madre debe cuidarlo, pero ésta sufre a su vez un fallo cardíaco o llora hasta perder la vista. A todo ello se añade nuevamente el sentimiento de responsabilidad del que ya he hablado: de los hijos frente a los padres. El hecho de que en algún tiempo odiaron a sus padres, aunque haya sido durante unos pocos minutos, les conduce a hacerse la idea de tener que cometer el mayor de los pecados: matar al padre o a la madre. Hermanos y hermanas se ven arrastrados a ello, y a decir verdad, la fantasía podría concluir de este modo, pero también puede continuar hasta tener un final feliz. En esta fantasía hay algo muy curioso, algo que se da tanto en los niños como en los adultos y los ancianos: la muchacha o la mujer, según el caso tienen la idea del patíbulo, o de la ejecución, aunque ésta no se produzca prácticamente nunca. Todo el mundo sabe que el infanticidio no se castiga con tanta gravedad, que es un crimen de poca importancia. Pero a pesar de todo en él se asocia la idea de la ejecución y a todo esto viene a sumarse la idea del indulto en el último momento. Justo entonces se produce un terremoto, o un oficial del rey llega con el indulto. Puede interesarse por la bella pecadora y cortejarla. Tal vez se casen (aunque esta fantasía no gusta tanto) y mejor aun, la muchacha o la mujer renuncia heroicamente a ese matrimonio. Por un momento saborea la adoración, pero en seguida recuerda su terrible destino, recuerda que no es digna de él. Entonces se retira, se hunde en la espesura del bosque, o se va a vivir al hueco de un árbol, lo cual tampoco carece de significado. Ella ha huido, y el hombre se convierte en un caballero errante que parte en su búsqueda, la encontrará y, ennoblecida su alma, también él renuncia. Mientras tanto ya se han ido haciendo viejos y viven una amistad irreprochable. Pero el asunto también puede desarrollarse de este modo: ella se aleja, el hombre está desesperado, no la encontraría jamás. Un día, está a punto de encontrarla, ella oye entonces su voz, pero se esconde al momento y él, en su desesperación, se entrega a una vida disoluta o de aventurero. Es el fruto de la mujer amada. Seduce a otras mujeres y su madre muere de pena. Al fin regresa, como un hombre abatido, con los cabellos blancos y el rostro surcado por las arrugas, y encuentra a la mujer buscada, se arroja a sus pies y abraza sus rodillas (esto también tiene un significado especial). Ella le acaricia los cabellos, pero él se halla en un estado lastimoso; es acostado en una cama y le sirven té caliente, se declara una enfermedad. Ella lo cuida hasta su muerte; en el último instante, él abre una vez más los ojos y la mira con una sonrisa radiante de felicidad. Pero su mirada se apaga y ella le cierra los ojos. Llora durante tres día y no quiere comer. La voluntad de dejarse abatir por el hambre expresa el hambre sexual. O bien entra decididamente en un convento y, ya en su celda, muere lentamente del mal que la consume.

Les he contado todas estas cosas para mostrarles que existen innumerables variantes. Esta fantasía entra en la vida masculina y femenina. Llega a la conciencia durante la infancia, y durante la pubertad brota como una flor. En seguida es reprimida, se interrumpe, porque es considerada pueril y ridícula. Pero ahí no termina el asunto; antes bien, es justamente ése el momento en que tal fantasía comienza a causar estragos. Las fantasías reprimidas, interrumpidas por miedo o con la idea de que son locuras, continúan actuando y provocan estados muy extraños, suscitan alteraciones de la circulación y trastornos nutritivos, cegueras psíquicas y también sorderas mentales, etc. Desearía llamar la atención sobre la frecuencia de estas fantasías. Basta la palabra bosque o la palabra bandido para suscitar el inicio de una fantasía. En este punto hay que situar también este síntoma que muchos conocen por experiencia: uno está leyendo un libro, una página, y no sabe qué había en ésta. Había una palabra, una palabra que ha estimulado una fantasía; tal vez era la palabra bosque, bandido, brutal, niño, conyugal o ilegítimo, etc.. Palabras de este tipo pueden provocar, siempre que el humor se preste a ello, una efusión tal del talento poético, que por un momento resulta imposible continuar la lectura. Si se ha tenido una vida de fantasía muy rica y se la ha asesinado, o querido eliminar, entonces puede ocurrir que ya no se pueda leer en absoluto. En una línea aparece la palabra solitario, y entonces sobreviene la fantasía de la huída frente al bien amado, etc. O se lee la palabra ojo, y al punto surge la fantasía de haberse puesto furioso, echado mano a un cuchillo y haberle saltado los ojos a la hermana, que estaba al lado. O bien se puede dar con la palabra rosa, y entonces es la fantasía de recibir una rosa del hombre amado, una rosa que se guarda entre las páginas de un libro y que al cabo de unos diez o veinte años, ya después de estar casada con otro varios años atrás, reaparece al abrir de nuevo el libro, y se sueña entre suspiros. Así es como puede ocurrir que se lea mecánicamente con los ojos, sin saber qué se está leyendo y habrá quien en determinadas circunstancias pueda ser incapaz de leer, durante días, meses, o incluso años. Pero si a pesar de todo esto lo intenta durante un par de horas, sentirá vacía la cabeza: la lucha interna por reprimir la fantasía ha adquirido tales proporciones que no puede captar ni una sola palabra de lo que lee. La vista sufre alteraciones porque continuamente se procura concentrarla aunque la mente esté en la otra pare. De allí se derivan los trastornos en el equilibrio de la vista, leves al principio, pero que cobran importantes dimensiones y que desembocan en la miopía o en la presbicia. O bien hay congestiones que provocan zumbidos de oídos, constipaciones, hemorragias abdominales, dolores de estómago, úlceras del intestino, dolores de muelas, etcétera. Si he elegido a la mujer en este contexto, ha sido por la sencilla razón de que ella depende más del hijo y le incumbe aun más que al hombre la voluntad de soportarlo.

Pero las cosas no son tan diferentes en el caso del hombre. Lo único que ocurre es que las fantasías siguen en él otro camino. También se relacionan con el hijo ilegítimo, pero a menudo desembocan luego en una contaminación por sífilis con los consiguientes disgustos para su posición social, a todo lo cual podemos añadir esa característica masculina, a saber: las preocupaciones por alcanzar fortuna, las inquietudes por el dinero con las que debe luchar en su matrimonio, la idea de sentirse atrapado por una muchacha o una mujer a la que antes ha seducido, y que arruina su posición social. El fundamento de esta idea es que el hombre tiene a menudo conciencia de que sus capacidades no justifican la posición social que ocupa y en consecuencia siente miedo de que esto pueda salir a luz algún día. Por eso simula dignidad: adopta una voz profunda de bajo y desarrolla un buen estómago. La calvicie de estos hombres es también muy digna. Tienen una manera especial de vestirse, de pararse y de caminar. En una palabra, todo un sinfín de cosas, cosas con las que se intenta ocultar toda la vanalidad de estos hombres y el escaso valor que ellos mismos se conceden. Además quiero mencionar brevemente otra particularidad y es que, cuando una mujer tiene la idea de haber sido violada, conoce al hombre que lo ha hecho. Tiene esta idea: “es un vagabundo”. Si se la interroga sobre su aspecto se obtienen, en cambio, las más curiosas respuestas. Si se le pide un nombre de pila, dará el de un hombre por el que sintió interés o lo sigue teniendo. Esto prueba que detrás de todo ello se oculta este deseo: “cómo te hubiera gustado que, al menos por una vez ese hombre se hubiera echado sobre ti como tu dueño y señor”. Alguna vez habría que detenerse a pensar en el hecho curioso de que el hombre se acuesta sobre la mujer, está “por encima” de ella. Es importante y arroja nueva luz sobre las respectivas relaciones. La mujer está tumbada debajo del hombre; está “por debajo” de él. El es su amo. En ello queda expresada la forma en que quiere la mujer y quiere el hombre. Todo lo demás es pura palabrería. Mi hermano, ya muerto, me preguntó una vez por qué yo me tomaba tanto trabajo en mi novela para hacer que el hombre fuera un héroe y que la mujer alzara su vista hacia él. La mujer siempre dirige la vista hacia el hombre. Es exacto. En el instante del goce extremo, el hombre baja la vista sobre la mujer y la mujer levanta la vista hacia éste, algo que ya viene expresado en sus respectivas tallas desiguales, sin que haya nada que pueda igualarles: esto domina en la vida. Ahora me gustaría reclamar su atención sobre algo que se refiere a esta situación. Auerbach decía que la palabra salvadora del siglo pasado era este verso de Fausto:

 

Wer immer streben sich vermü, Den können wir erlösen

 

(“Al que siempre se esmera en su aspiración, a ése podemos redimirlo”). Lo curioso en este caso es que todas las mujeres -y también los hombres ya que la mayoría de ellos se han vuelto mujeres- entienden esta aspiración como una aspiración a las alturas en el sentido espiritual del término. El hombre nunca aspira a la altura, sino hacia delante. En cambio, la mujer sí aspira a “subir”, y durante el acto sexual está tendida de espaldas y alza la pelvis, impulsándola hacia arriba. Pues bien, esta particularidad, que va ligada al acto sexual, tiene como resultado la aspiración hacia la altura en la mujer, aspiración que, en cambio, sigue siendo extraña al hombre. A él poco le importa alcanzar un elevado sentido; quiere ser vigoroso y fuerte, ir a la cabeza del mundo, arrollar a los demás seres. No aspira a llegar más arriba; quiere dominar, oprimir. Quiere atravesar y traspasar los obstáculos y aspira a seguir adelante, no a ser más elevado.

La prueba de esto ha sido formulada claramente por Fausto , que hace incendiar la cabaña de Filemón y Baucis por que ésta se opone a su avidez de conquista territorial. Nadie podrá hacerme creer que Fausto sintiera lo que nuestra sociedad denomina deseos de elevación. Y ya que hablo justamente de Fausto , quisiera destacar el fantasma del infanticidio y el incendio. Esto me remite a una fantasía común a mujeres y hombres, que es el deseo de jugar con el fuego y el miedo a ser consumidos por él. Muchas personas no quieren vivir en un piso alto, salvo que se adopten medidas de seguridad. Me acuerdo de un hombre intrépido que regaló extintores al sanatorio porque estimaba insuficientes los que allí había. El miedo de quemarse vivo en la casa trae a colación una multitud de fantasías alimentadas y luego reprimidas. El fuego, el amor y el contacto sexual son una sola y misma cosa. Un amor ardiente, abrasador, inflamado ardoroso: todo coincide. Ya he interpretado también la leyenda de Prometeo. Desearía añadir, para completarlo, que en la palabra Promantha, mantha significa el miembro viril. En hebreo, el miembro viril se dice taladro, barrena; es la misma expresión para ambas cosas. Al órgano sexual femenino se le llama caverna, disco hueco. Las fantasías de incendio tienen su fundamento en el fuego amoroso propiamente dicho, en el calor que se produce dentro. Y el tema adquiere entonces formas diferentes. Uno tiene miedo de ser quemado vivo. Otro se representa el sufrimiento de las quemaduras, o tiene la fantasía de morir miserablemente, o de que su hijo o un hermano hayan sido quemados, etc.

Pero me gustaría hablar ahora de la fantasía que valoriza al héroe: la de salvar a alguien del peligro de las llamas. Voy a contar una. Con frecuencia he tenido la fantasía del incendio, que se desarrolla de esta manera: estoy en una habitación y fumo. No presto mucha atención. La señorita Knoch y el personal pueden confirmar que así suele ser en realidad: donde haya una manta, un escritorio o un objeto de madera allí están también las marcas de mi cigarrillo. No es una casualidad; es el comienzo de una fantasía. Que todavía no haya habido ningún incendio, no es cuestión mía. Es culpa del cigarro o del fósforo. El cigarro está cerca de las cortinas. Salgo. Debido a la corriente de aire de las puertas, el cigarro y las cortinas entran en contacto. Nadie se da cuenta de ello y pronto toda la casa está en llamas. Sé que soy yo. Esta fantasía no se refiere a la Marienhöle. Yo elegiría para salvarla a una mujer saludable, no una enferma. Así, pues, en la casa en cuestión, en la que yo era una invitado (pongamos que sea un castillo), vive una noble damisela de la que estoy enamorado. Tal vez me he disfrazado de cochero y he provocado el incendio en un granero. Muchas personas se han salvado, pero precisamente la joven maravillosamente hermosa ha quedado olvidada entre las llamas. Aparece en un ventana pidiendo socorro a gritos; pero puede ser que no. De cualquier modo, me precipito hacia las llamas, no importa si mojada o no mi ropa, con una escalerilla provista de ganchos, que desempeña un gran papel, fijo la escala en la verja de la ventana y trepo, la escala se rompe, o quizás haya sido la verja y vuelvo a trepar, salvando a la dama. Me hiero pero ella me cura, y la historia termina en que ella se enamora de mí… Ya he dicho que nunca llevo estas fantasías hasta el final. Es un tipo de fantasía bastante delicado si uno es casado. Y además no tiene nada que ver con el amor. Pero, entonces, ¿qué hacer con una fantasía semejante? No queda otra solución que reprimirla, y, a pesar de mi exhortación a no hacerlo, la he exterminado, cosa que crea una impresión desagradable. Hace poco me quemé las cejas con el calentador del agua, estaba en el baño, ya sé que el hecho de reprimir esto no actúa favorablemente dentro de mí. Desde el punto de vista de la salud, no me afecta, porque estoy medianamente protegido por mis propias concepciones; pero sí produce otros daños. En otras personas la represión provoca daños aun mayores.

Debo poner de relieve otro aspecto más de esta fantasía. La quemadura no sólo significa que se enciende un amor ardiente en alguien; también está presente la quemadura de los órganos sexuales. Es una indicación para los casos de contaminación por sífilis y otras cosas por el estilo. Esto interviene a su vez en la vida de fantasía y aporta una nueva serie de perturbaciones posibles, porque la gente tiene por una parte la fantasía del héroe y por otra el fantasma de la contaminación y el de la miseria, y a ello podemos añadir la angustia de que todo esto llegue a saberse y el miedo a sus consecuencias, todo lo cual produce una oleada de fantasías con las que uno mismo se atormenta. Fantasías heroicas y fantasías pecaminosas se entremezclan y producen multitud de consecuencias. Con respecto a la fantasía de incendio, quiero decir que es muy frecuente. Si se da rienda suelta a la fantasía, se es un soñador, pero esto no causa mayores daños, porque la vida se encarga de encauzar las cosas. Hay muchos que se liberan escribiendo por ejemplo novelas o poemas más o menos buenos. Pero la represión es grave, y más grave aun es la obsesión de mantenerlo todo oculto a los ojos de los allegados. Todos dependemos en el más alto grado de quienes están a nuestro alrededor, aunque estemos sanos. Si esas fantasías se presentan y se las reprime a base de fuerza de voluntad, entonces quedarán escondidas en nuestro medio y así es como comienza a minarse toda cohesión.

No hay ser humano que no oculte algo a otro, y la exhortación a compartirlo todo es el mayor absurdo que jamás se haya inventado. Lo más importante no es compartir algo entre todos; lo que importa es no estar ocultándose unos de otros. Se puede ocultar, pero no se debe tener constantemente el sentimiento: debo ocultar. Pues en efecto, entonces se hace presente la desdicha y adquiere las mayores proporciones. Lo menos grave es que la gente discuta y se divorcie, que los niños se marchen de la casa. Es mucho más grave lo que ocurre cuando la gente continúa junta y sigue ocultándose. Es algo que no deja de crecer día tras día, y muy pronto la gente se encuentra en la misma situación que aquellos que ya no se atreven a moverse ni un ápice. Se vuelven mudos, o irritables, o se mienten así mismos, lo que es aun más grave, pues saben que se están mintiendo. El modo de andar, los ademanes, la tos, el resfriado, el olor: todo esto deja traslucir muchas cosas para que sea posible, a la larga, contarle historias a un ser que vive cerca de uno. Las personas se ven obligadas entonces a disimular más cada vez, a rodearse de velos, con lo que se llega a una situación en la que uno se pone una camisa encima de otra hasta que esté tan caliente, tan caliente, que ya no puede ni respirar y se sofoca. La gente se ahoga no sólo moral y espiritualmente, sino también corporalmente. Se producen accidentes. Un hombre lee un libro que no le agrada a su mujer. La oye llegar y lo esconde rápidamente; cae sobre un pliego de la alfombra, porque tiene conciencia de La Caída, y se rompe una pierna. El castigo no guarda la menor relación con la falta. También es así cuando observa un cuadro, halaga a una mujer o le hace un cumplido a una cantante. De lejos ve a su mujer, resbala y se rompe la pierna. Bien mirado, a fin de cuentas había en ello algo reprensible. El hombre en cuestión, cuando elogiaba a la cantante, no sólo había bajado el tono de voz, sino que además había pensado en alguien a quien había querido y besado y con quien tal vez había cometido adulterio. Y así es el castigo por una falta cometida mucho tiempo atrás y que ya sólo queda en la fantasía. Intencionalmente he dado estos pensamientos en forma desordenada y sin vinculación aparente para ofrecer una idea de la abigarrada diversidad con que se entrelazan.

 

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