George Groddeck
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Georg Groddeck a Sandor Ferenczi

 

Baden-Baden, 12-11-1922.

 

Querido Sandor,

 

Hasta hoy no te contesto al tratado del 11 de octubre, así que me encuentro en una posición ventajosa, ya que tú has olvidado lo que escribiste. Voy a pasar por alto el autoanálisis y sus resultados, pues tengo poco que decir sobre eso, no llego a nada con este modo de expresión. En mi opinión, el analizador principal es la vida misma y lo que hacemos nosotros, los médicos, es la mayor parte del tiempo una sobrestimación de nuestros propios méritos. Somos instrumentos sin voluntad de los que la vida se sirve por algún objetivo siempre indescifrable. Cada vez que un destino benévolo me envía por un breve instante esta intuición me siento bien y sereno, ya puede pasar lo que sea, en mí o a mi alrededor. Pero no veo por qué la vida no debiera utilizarme como instrumento de mi análisis, tan bien como para el de cualquier otro. Basta esperar para ver los resultados. Mi última enfermedad, que al principio había facilitado un material tan escaso, de repente me ha inundado con una oleada de recuerdos, de interpretaciones y de lo que llaman conocimientos. Estoy suficientemente satisfecho con ella.

Creo que la diferencia entre nosotros dos es que tú te empeñas en querer comprender las cosas, y yo no. En otras palabras, recuperado de los procesos de pensamiento de la moda psicoanalítica, me siento a gusto en la imagen del cuerpo materno, con mi oscuridad, y tú te quieres escapar. Como tenemos las pulsiones dirigidas de un modo tan diferente, la materia para discutir no amenaza con faltar, lo que es una garantía para que dure la amistad. Siempre tendremos algo sobre lo que discutir. Así, por ejemplo, tú admites que para el éxito del análisis la transferencia paterna es necesaria. ¿Pero por qué la transferencia materna o sobre los compañeros o sobre el biberón o el ritmo o la muñeca de goma y el sonajero han de ser menos útiles? Me gusta la indeterminación, dudar, y ante todo de buena gana dejo que la gente cuide de mí. Por eso el descubrimiento del Ello me resulta tan acogedor. Tengo la impresión de que te gusta reír, a mí también me gusta. Entonces, ¿por qué debemos tomarnos tan en serio lo que llaman científico? Para mí, es como si la ciencia se detuviese desde que transformada en regla se convierte en ley. Pienso que el proceso del establecimiento de leyes está ya tan avanzado en nuestra especialidad que lo esencial ya no lo pueden descubrir los analistas convencidos sino sólo los escépticos, entre los cuales cuento a Freud, a ti y a mí. Freud se ve obstaculizado por su desafortunada creencia en la necesidad absoluta del bautizo, de dar nombre, pero su genio hace contrapeso. Tú tienes bastante de eso, pero estás empeñado en que se te reconozca y no adviertes que el gran sombrero del adulto rodea su maldita cabeza para que, sobre todo, nada entre ni salga, para nosotros, niños, no es más que un juego, gracias a Dios, un juego. Y yo, para terminar, no produzco nada, soy demasiado maternal, dispuesto a recibir, a dejar crecer; a mis juegos con mi hermana, por lo demás mayor que yo, los llamábamos Madre e Hijo, y yo casi siempre era la madre. Y además soy una máquina de digerir que recoge las ideas extrañas y después de una apropiada elaboración las restituye bajo forma de salchicha, de manera que hace falta mucho trabajo y ciencia para conjeturar la forma de tal o cual elemento constituyente.

No te gustan los análisis de números, quizás en efecto sean falsos, ¿pero qué se puede hacer si son útiles? Y jamás en la vida me harás creer que no has echado mano de lo útil.

Y ahora, presta atención a una frase malintencionada: “el análisis es un fenómeno social, una repetición de la educación de otro tiempo”. Sí, desgraciadamente desembocó en esto, pero si nosotros lo hacemos no es porque esté bien sino porque somos vanidosos y a menudo sembramos la desgracia con nuestra educación. No querer mejorarme ni a mí ni a los demás; quien fuese capaz sería un verdadero mesías.

El hecho de que proyectamos nuestros propios complejos en los descubrimientos científicos es algo obvio. De qué otro modo podríamos descubrir nada.

Ahora, para terminar: nadie busca proseguir mi análisis en mayor estado de tensión que yo. Probablemente no sabes qué expectativas vinculo a eso, pero es algo personal; el que los colegas anticuados insistan de tal forma sobre el análisis de cada candidato es sólo para recalcar el que nosotros, los juiciosos, no lo necesitamos -pues ninguno se ha analizado-. Pero vosotros sois tontos, así que venid y escuchad lo que hombres sabios saben repetir después de Freud sobre Edipo, Totem y tabú(1), teorías sexuales infantiles, complejo anal o de castración, sin comprenderlo. “El mundo es redondo y yo soy el centro”, solía citar mi tía Anna, y es el punto de vista de todos los hombres. Freud llama a esto narcisismo. Esperemos que no haya olvidado reírse.

¿Qué qué pasa con Budapest? No lo sé. Está en manos de los dioses. Por el momento hay muchas posibilidades de que no tenga vacaciones. A uno de mis conocidos más próximos se le ha metido en la cabeza atrapar un teratoma inoperable y ahora quiere que le cuide. Probablemente ha oído decir que en Marienhöhe se muere más fácilmente que en cualquier otra parte.

Saluda a Gizella de mi parte, y dile que su hija y su hermana son dos agradables personas que da gusto cuidar. Pronto os convenceréis de que Elma no ha empeorado aquí.

¿Pero donde tienes la memoria? Hemos hablado mucho de tus problemas respiratorios, pero desgraciadamente te has callado muchas cosas. Pero eso es la vida, reprimir, en eso consiste.

Emmy está resplandeciente, quisiera que pudiéseis verla ahora.

Os saludamos a los dos afectuosamente. Con mi fiel amistad.

 

Groddeck

 

Correspondencia 1921-1933. Sandor Ferenczi; Georg Groddeck. Colección del sillón de orejas. Colección del Lunar. 2003 Introducción. Traducción y edición: Ángel Cágigas.

 

Nota:

1.- Totem y tabú, en Freud, S. Obras completas, Orbis, Barcelona, 1988, pp. 1745-1850.

 

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