George Groddeck
· Quienes somos · Contacto · Sucripción Newsleter · -
Indepsi
Su Vida
Biografia
Línea de Vida
Galería Fotografías
Su relación con....
Epistolario
Literatura
Bibliografia
Artículos
Revisiones
Publicaciones
Pares
Busqueda

Estadisticas

 

 
Articulo Destacado

El escrutador de almas de Georg Groddeck

por Sandor Ferenczi

 

Traducción: Nicolás Gelormini.

* Publicado en Imago Zeitschrift como reseña de la novela de Georg Groddeck Der Seelensucher. Ein psychoanalytischer Roman, Internationaler Psychoanalytischer Verlag. Leipzig y Viena, 1921 (Hay versión castellana. El escrutador de almas. Novela psicoanalítica, Ediciones Era, México, 1971). a Dra. María Laura

 

Muchos conozcan quizás el nombre de Groddeck dentro de la cultura alemana como el de un médico temperamental, para el cual la petulancia científica de muchos eruditos no es sino una monstruosidad y el cual –como su alma gemela Schweninger– observó con ojos propios a hombres y cosas, enfermedades y procesos de curación, los describió con palabras singulares y nunca se dejó encerrar en el lecho de Procusto de una terminología convencional. Algunos de sus artículos parecen corresponderse con ciertas tesis del psicoanálisis, pero este autor se dirigió en un comienzo también contra la escuela freudiana, como contra toda escuela en general. Su fanatismo por la verdad se demostró finalmente más fuerte que el odio a toda erudición de escuela: reconoció públicamente que se había equivocado al atacar al creador del psicoanálisis y –lo que es aún más inusual– puso al descubierto coram publico su propio inconsciente, el cual, demostró, albergaba la tendencia de ponerlo en contra de Freud por pura envidia. Uno no debe asombrarse de que Groddeck, incluso después de haber adoptado el psicoanálisis, no haya tomado el camino de un discípulo común de Freud sino el suyo propio. Nunca le sobró interés para las enfermedades psíquicas, el verdadero campo de la investigación analítica, incluso las palabras “psyche” y “psíquico” suenan mal a su oído monístico. Opinó con total consecuencia que, si tenía razón con su monismo y las enseñanzas del psicoanálisis eran correctas, estas últimas debían ser válidas también en el campo de lo orgánico. Con ánimo insolente apuntó entonces las armas analíticas contra las enfermedades orgánicas e informó enseguida de historiales que curiosamente confirmaban sus suposiciones. En muchos casos graves de enfermedad reconoció el dominio de intenciones inconscientes que, según él, juegan un rol preponderante en la causación de cualquier tipo de sufrimiento. Las bacterias, según su opinión, están siempre y en todas partes; depende de la voluntad inconsciente del ser humano elegir cuándo y cómo se servirá de ellas. Todavía más, también el surgimiento de tumores, hemorragias, inflamaciones, etc. puede ser favorecido o incluso producido por tales “intenciones”, de manera que Groddeck presenta estas tendencias como conditio sine qua non de cada proceso de enfermedad. El motivo central de estas intenciones latentes creadoras de enfermedad es, según él, casi siempre el instinto sexual; el organismo se enferma fácil y gustosamente, cuando con ello puede conseguir placer sexual o sustraerse al displacer del mismo tipo. Y así como el psicoanálisis cura enfermedades anímicas a través de la concientización de mociones ocultas y el levantamiento de la resistencia contra tendencias inconscientes, así pretende Groddeck haber influenciado el curso de graves enfermedades corporales a través de la cura metódico-analítica.

No tengo conocimiento de que otros médicos hayan ensayado y comprobado estos curiosos efectos curativos, de modo que, por el momento, no podemos decir si nos encontramos aquí frente a un nuevo y genial método de curación o al poder sugestivo de una única y extraordinaria personalidad médica. Sin embargo, en ningún caso se le puede negar consecuencia a las demostraciones del autor o seriedad a sus ideas rectoras.

Este investigador nos depara ahora una nueva sorpresa, por cierto, no pequeña: en esta última obra se presenta como novelista. No creo que por parte del autor se tratase en primer lugar de la conquista de la fama literaria; Groddeck encontró en la novela la forma adecuada para expresar de la mejor manera posible las últimas consecuencias de sus conocimientos sobre la enfermedad y la vida, los hombres y las instituciones. Quizás tiene muy poca confianza en la capacidad de aceptación de sus contemporáneos para lo nuevo e inusual y por ello necesita suavizar la rareza de sus ideas con ayuda del humor y de la ficción para, por así decirlo, sobornar al lector con premios en placer. Yo no soy literato y no me atribuyo ningún juicio sobre el valor estético de esta novela, pero creo que no puede ser malo un libro que, como éste, logra atrapar al lector de principio a fin, presentar difíciles problemas biológicos y psicológicos en forma chistosa, divertida. Tampoco puede ser malo un libro que logra cubrir con su velo de fino humor escenas cínicas y vulgares, escenas grotescas y profundamente trágicas, en fin, escenas que tendrían que provocarnos repulsión debido a su desnudez.

El ingenioso medio, del cual se sirve Groddeck, consiste en presentar a su protagonista Müller-Weltlein, el “escrutador de almas”, como un loco genial del que el lector nunca puede saber a ciencia cierta cuándo narra los productos de su genio y cuándo los de su locura. Así, Weltlein puede explayarse sinceramente sobre temas que Groddeck no podría haber comunicado en un libro científico o un libro fantástico tomado en serio, sin desafiar a todo el mundo. El desencajado burgués habría pedido en seguida a gritos el chaleco de fuerza; pero dado que aquí el burlón autor se lo pone desde un principio, al protector de la moral no le queda más que hacer un gesto de asentimiento y compartir la risa. De todas maneras, muchos pensadores, médicos y filósofos de la naturaleza reconocerán en este libro principios de una concepción del mundo liberada de todas las cadenas de la mística y el dogmatismo tradicionales y a su vez también recibirán de a ratos ingeniosas instrucciones para el enjuiciamiento de hombres e instituciones. El valor educativo del libro reside, sin embargo, en que Groddeck, como alguna vez Swift, Rabelais y Balzac, arranca la máscara al espíritu de época, pietista e hipócrita, y muestra, aunque comprendiéndolos en su naturalidad, el horror y la lujuria ocultos.

Es apenas posible resumir el contenido de la novela. Su protagonista es un solterón de edad mediana, cuya soledad, ocupada por reglas y apacibles lecturas, se ve molestada por la sorpresiva aparición de una hermana que ha enviudado y su hijita núbil. Nunca se nos dice de forma explícita qué sucede verdaderamente entre esta hermana y nuestro protagonista y apenas lo podemos adivinar a partir de oscuras alusiones. En las camas de la casa anidan insectos -chinches-, en cuya aniquilación Weltlein participa celosamente. Durante la caza de estos parásitos sedientos de sangre, el protagonista se vuelve "loco", es decir, se libera de las ataduras, que establecen de ordinario la herencia, la tradición y la educación. El protagonista se "altera", cambia de nombre y se convierte en vagabundo, aunque su dinero y las antiguas relaciones le siguen asegurando el acceso a las capas altas -y muy altas- de la sociedad. Y donde quiera que se dirija, Weltlein hace uso de su libertad de loco para arrojar a la gente la verdad por la cabeza; así, también el lector llegará a escuchar verdades que incluso Groddeck no se atrevería a decir sin el traje de bufón. Así, vemos y oímos a nuestro Müller-Weltlein actuar de este modo en la cárcel de una comisaría, en un club de bowling burgués, en la sala de enfermos de un hospital, en una galería de arte, en el jardín zoológico, en un vagón de cuarta clase, en una concentración popular, en un congreso feminista, entre experimentadas prostitutas, entre embusteros y chantajistas, o incluso de juerga con un príncipe de la realeza prusiana. En todos los sitios habla y se comporta como un verdadero "enfant terrible" que se da cuenta de todo y lo dice sin consideración. Weltlein reconoce abiertamente la esencia inevitablemente infantil del adulto y se burla de de los hipócritas jactanciosos y fanfarrones. El leitmovit de su locura, su "estereotipia", por así decirlo, sigue siendo -evidentemente, un resto mnémico del acontecimiento traumático aludido- la chinche, cuyo múltiple simbolismo no se cansa de repetir. Pero ya antes de volverse loco, el protagonista se divertía como un niño con cada semejanza simbólica que descubría y en cuyo rastreo era un maestro. El simbolismo, que el psicoanálisis no sin vacilar coloca como uno de los factores productores de pensamiento, está instalado hondo para Weltlein en lo orgánico, quizás en lo cósmico, y es la sexualidad el centro alrededor del cual gira todo el mundo simbólico. Toda obra humana es representación figurativa de los genitales y del acto sexual, de esta imagen originaria, de este modelo de toda ansia y aspiración. Una grandiosa unidad domina el mundo; la duplicidad de cuerpo y alma es una superstición. El cuerpo entero piensa; los pensamientos pueden ser expresados bajo la forma de un bigote, de un callo, de deposiciones. El alma es "contagiada" por el cuerpo; y el cuerpo, por los contenidos del alma; no habría que hablar de un "yo"; uno no vive sino que es "vivido" por algo. Los "contagios" más fuertes son los sexuales. Quien no quiere ver el erotismo se vuelve miope, quien no "puede oler" algo, se resfría; la forma de la zona erógena elegida puede manifestarse en la constitución del rostro, por ejemplo, como papada. El religioso es "contagiado sacerdotalmente" por su talar, no es la mujer la que teje la media sino el trabajo manual el que enreda al género femenino en una insignificancia digna de piedad. La producción más alta del ser humano es el parto; los esfuerzos espirituales del varón son sólo ridículos intentos de imitación de aquél. El ansia de hijos está tan generalizada -en el hombre y en la mujer- que "nadie se vuelve gordo, a no ser por un deseo de hijo insatisfecho". Incluso la enfermedad y las heridas no son solamente fuente de sufrimiento, de ellas brota también "la nutricia fuerza de la completud".

Naturalmente, en donde mejor se siente Weltlein es en el cuarto de los niños, donde puede divertirse, jugar con aquéllos y disfrutar de su erotismo aún ingenuo. Pero con mucha malicia golpea contra los eruditos, especialmente los médicos, cuya estrechez es el blanco preferido de su burla. Tampoco el dogmatismo psicoanalítico se salva de esta fina ironía que se vuelve pura ternura si se la compara con la crueldad con que es puesto en ridículo "el psiquiatra de escuela". No sin melancolía escuchamos el final del destino catastrófico de este mártir sonriente. Weltlein muere en un accidente de ferrocarriles, aunque incluso después de la muerte no reniegue de su cinismo: su cabeza no se encuentra por ningún lado y su identidad puede ser determinada sólo por medio de algunos restos de su cuerpo, algo que intenta hacer -curiosamente- sólo la sobrina.

Esto es una muy apretada síntesis del contenido de esta "novela psicoanalítica". Seguramente el Weltlein de Groddeck será "interpretado, comentado, destruido, insultado y mal comprendido hasta la muerte", como dice Rabelais en los Contes Drôlatiques. Pero así como nos fueron conservados Pantagruel y Gargantúa, del mismo modo un tiempo futuro quizás permita que se le haga justicia a Weltlein.

 

En: http://www.elsigma.com/

 

 

 
 
Buscar en toda la red

(c)Sandor Ferenczi Homepage es propiedad del Instituto de Desarrollo Psicológico Indepsi 1998-2012