Y el Yo le dijo al Ello: Soy como tú, somos iguales, sólo que Yo
pronunciado diferente, a la cadencia precisa, como debe ser.
Y el Ello le respondió: Calla baboso.
Peculiar es una palabra que puede definir a Georg Groddeck, heterodoxo es otra. Fue médico, psicoanalista, literato y filósofo, y en todos estos campos destacó por salirse de la norma. Pero empecemos por el principio. Nació el 13 de octubre de 1866 en Bad Kosen, fue el quinto y último hijo de una familia burguesa. Su madre, que sólo vivía para la literatura, no le prodigó demasiados cuidados. Su padre, Karl, médico, pronto decidió que su hijo menor lo sucediese en la profesión, y así fue. Groddeck acogió encantado esta decisión por dos motivos: debido a la distinción de que le hacía objeto su padre escogiéndolo entre sus hermanos y porque pensaba que tenía la dosis necesaria de sadismo que debe tener todo médico.
A los dieciocho años empezó a ayudar a su padre, que entonces trabajaba en una compañía de seguros pasando consulta a las personas que venían a hacerse reconocimientos para ingresar en la mutua de enfermedad. Pero esto no duró mucho, poco después murió Karl, había sufrido varios ataques de apoplejía cada vez más graves. En una de sus convalecencias, Georg lo cuidaba, “... mientras me pasaba horas detrás de él, me llamaba la atención su manera peculiar de respirar, característica de los enfermos del corazón, Primero respiraba profundamente, después aligeraba gradualmente su respiración hasta que casi desaparecía; después venía una terrible pausa en que la vida misma parecía detenerse, pero al fin revivía y volvía a repetirse el mismo ritmo, Por una extraña casualidad descubrí que, cuando la respiración daba las primeras señales de alteración, si ponía mi pulgar en el espacio entre los dos músculos de la nuca presionando las vértebras, la respiración volvía a hacerse normal. De esta manera, controlaba el síntoma durante varias horas. Esto me llenó de alegría, y tenía demasiada poca experiencia para adivinar que mi observación era defectuosa y mi éxito ilusorio, de modo que se me fijó firme la idea de que yo sería una especie de médico milagroso. A esta idea, a esta fe ilimitada en mis facultades de curación, atribuyo gran parte de mi éxito...”
Su padre murió pero dejó bien encarrilado el futuro de Groddeck, él quería ser médico. Por otra parte la enfermedad no le resultaba extraña, desde muy pequeño había vivido rodeado por ella: su hermana y su hermano mayor siempre estaban enfermos, su padre que había estado enfermo durante varios años murió joven y lo siguieron su madre, sus hermanos y su hermana, hasta que con poco más de cuarenta años quedó como único superviviente de la familia.
Karl no había sido un médico ortodoxo, ejercía la profesión con sus propias ideas, con grandes dosis de amabilidad y sin usar fármacos, en los que no confiaba. Cuando murió, Georg se sintió defraudado, más que dolor sentía enfado, sentimiento que nunca dejó de aparecer cada vez que moría uno de sus pacientes, como si le hubiera hecho un agravio personal. Ese año inició la carrera de medicina en la Kaiser Universität de Berlín, y allí encontró a un hombre que pasó a ocupar el lugar de su padre, era Ernst Schweninger. Georg se había identificado con la manera de hacer medicina de su padre y Schweninger era un personaje único que se asemejaba a su padre. No estaba de acuerdo con la medicina académica, no utilizaba medicamentos, sus armas eran la dieta, la hidroterapia, el masaje y su fuerte personalidad, esgrimía un poder absoluto sobre el enfermo y si éste no aceptaba ponerse completamente a sus órdenes y obedecerlo en todo, él no aceptaba cuidarlo. Rápidamente Groddeck pasó a formar parte de su pequeño círculo de fieles, destacando entre ellos. Al finalizar su periodo universitario y después de leer una tesis doctoral sobre los nulos efectos de la hidroxilamina, medicamento que en aquella época se usaba mucho contra enfermedades de la piel, se convirtió en el asistente de Schweninger en el sanatorio que éste regentaba. Allí trabajó varios años hasta que en 1900, ayudado por su hermana Lina, abrió su propio sanatorio en Baden Baden, localidad de la Selva Negra a la que acudía la aristocracia alemana para hacerse tratar.
Era un caserón de cuatro plantas rodeado de bosques y arroyos. Llegaban pacientes con diferentes trastornos orgánicos y se alojaban allí durante una temporada en régimen de pensión completa. Groddeck los trataba mediante el masaje, la hidroterapia y la dieta, en consonancia con las enseñanzas que Schweninger le había inculcado. Pero junto con la severidad de éste en Groddeck había lugar para la benevolencia, podía ser muy amable con los enfermos, y sobre todo era capaz de ser muy tierno con los que estaban cerca de la muerte. Fueron unos años productivos ya que no le faltaban clientes y su tiempo libre lo volcaba en la literatura escribiendo varias novelas cortas que publicó como folletines periodísticos.
Pero llegó un momento en que pensó que se había estancado, no podía llegar más lejos con su forma de trabajar. Entonces apareció Fräulein G. Era una solterona que padecía diversas enfermedades y había sufrido varias operaciones, llegaba muy enferma, al borde de la muerte, por lo que la trató con mucho cariño, estuvo charlando con ella, distraídamente, y empezó a jugar con la borla del tapete que cubría la cabecera del sillón en el que estaba sentado. De pronto la señora cambió por completo, se incorporó y gritando le pidió que dejara la borla en paz, que le molestaba muchísimo. Groddeck la soltó estupefacto. Le preguntó qué otras cosas le molestaban. Ella no podía decírselo hasta que sucediesen, así que siguieron hablando y se dio cuenta de que ella no podía pronunciar la palabra 'armario', ni tampoco 'taburete' ni 'tubo de estufa'. Así que empezó a interrogarla sobre qué significaban tales objetos para ella y de esta forma se concentró en el estudio de los símbolos. Estaba claro que las palabras o los actos prohibidos de Fräulein G. tenían un sentido que se relacionaba con su enfermedad.
Repitió este proceder con sus otros pacientes, todos reaccionaban ante diferentes símbolos así que incluyó esta técnica en su tratamiento. Esto le daba una salida a su estancamiento, le daba material para trabajar y una nueva visión de la enfermedad. En 1913 publicó un libro, Nasamecu, en el que desarrollaba una tesis de Schweninger: la naturaleza sana, la medicina cura. Era un homenaje a su maestro y éste era el momento de escribirlo, antes de que fuese demasiado tarde pues Groddeck había superado a Schweninger situándose en otro nivel. El libro fue muy famoso en la época, no tanto por sus tesis sino porque contenía una crítica al psicoanálisis, aunque era una crítica muy moderada y nada desacertada.
Reconocía que Freud había ampliado considerablemente el conocimiento de la mente y que su técnica podía usarse con mucho provecho, pero pensaba que quizás no fuese adecuada para todos los casos y que aunque quienes la practicaban entonces eran todos médicos quizás llegase un momento en que cualquier charlatán lo hiciese, perjudicando al paciente. Este temor era lógico pues ya en la época y sobre todo en Estados Unidos habían empezado a aparecer personas que se proclamaban psicoanalistas y ofrecían sus servicios sin haber leído nunca a Freud.
Groddeck siguió trabajando en la senda que había encontrado. La enfermedad ya no era un mal funcionamiento mecánico sino que tenía un sentido, era un símbolo, una creación de la persona. Además de ese tratamiento por la palabra ideó una técnica complementaria, consistía en dar unas conferencias semanalmente a los enfermos, éstas fueron más tarde recopiladas con el título de Conferencias psicoanalíticas para uso de los enfermos. Se ponía a hablar, a asociar libremente sobre diversos temas, muchas veces sobre él mismo, a modo de autoanálisis, pero también sobre la vida, el arte o cualquier otra cuestión; de esta forma pretendí a dar ejemplo a los enfermos para que hiciesen lo mismo, no sólo con él en sus charlas terapéuticas, sino también en la intimidad, con lo que podrían dar libre curso a su inconsciente dejando que se expresase para así desentrañar más fácilmente el sentido de su enfermedad.
Se sentía bien, tenía éxito con sus enfermos, su trabajo era original..., hasta que se dio cuenta del parecido de sus ideas con las de Freud. A partir de este momento trabó relación personal con él y pasó a formar parte del círculo de psicoanalistas. Fruto de esta relación es su primer texto psicoanalítico y a la vez es el acta de fundación de la psicosomática moderna, titulado determinación psíquica y tratamiento psicoanalítico de las afecciones orgánicas. Está escrito en forma de autoanálisis e intenta exponer abiertamente sus ideas aunque muchas de sus afirmaciones son tan sorprendentes que hoy día aún no se admiten: cuerpo y mente no son entes separados sino las dos caras de una misma moneda; todo fenómeno humano se expresa simultáneamente de dos formas y para comprenderlo hay que aprehenderlo de esas dos formas, todo síntoma psíquico tiene su expresión física y todo síntoma físico su expresión psíquica; somos personas y la enfermedad atañe a toda la persona, no a una de sus partes.
Así pues, la enfermedad tiene un sentido, un significado, queremos expresar algo y no podemos hacerlo por otros cauces así que recurrimos a la enfermedad y no importa que sea corporal o mental, todas son iguales, una expresión de una intención oculta. Esta intención oculta proviene del Ello, concepto que él desarrolla y que será su creación más original. El Ello es lo que nos hace vivir, la fuerza vital que nos mueve a nosotros y al mundo. Esta fuerza de la que no somos conscientes nos determina, nos vive mientras creemos que somos nosotros quienes vivimos, nos hace ser como somos, necesita expresarse y lo hace a través de nuestro cuerpo y nuestra mente; el Ello se expresa mediante el símbolo y la enfermedad es una de sus formas. Intentará delimitar por medio de ejemplos, pues del Ello no se puede hablar sino sólo balbucear, qué es esta entidad en Sobre el Ello, artículo que nunca vio la luz pero que sirvió a Freud para irse apropiando del término e irlo adaptando a su propia teoría. Groddeck siempre le reprochó esto, en cierto modo Freud se había aprovechado de él, había utilizado su término despojándolo de su sentido originario. Para Groddeck el Yo es un simple títere, una máscara que el Ello usa cuando le conviene y que está totalmente subordinada a éste, mediante el tratamiento intenta dejar salir al Ello, dejar que se exprese pues su falta de expresión es lo que origina los síntomas; en cambio Freud quiere mantener retenido al Ello, el Yo debe dominar la situación, debemos ser civilizados a cualquier precio.
Groddeck nunca se integró en el movimiento psicoanalítico, en parte por su propio deseo de originalidad e independencia. Se denominaba psicoanalista salvaje; a este respecto solía decir que era médico quien se sentía médico y a quien acudían los enfermos para hacerse tratar y no quien meramente poseía un título que lo certificaba. Tuvo varias desavenencias con los integrantes del movimiento psicoanalítico e hizo pocos amigos, sólo Ferenczi, Simmel y Horney. Pensaba que había pocos psicoanalistas que estuviesen a la altura de Freud, o a la suya, y le gustaba provocarles. A estos psicoanalistas que, en su opinión, no tenían un ápice de originalidad y que no comprendían los fundamentos del análisis los llamaba despectivamente "psicoanalistas de oficio" y en el Congreso Internacional de Psicoanálisis celebrado en La Haya en 1920 les dedicó esta frase: “o soy un psicoanalista salvaje y me siento encima de su respetabilidad, no tengo que rendir cuentas a nadie, salvo quizás a Freud, ustedes no son más que unos burgueses de pacotilla, funcionarios del psicoanálisis”.
A estas alturas llevaba varios años dando vueltas a la idea de publicar una novela que tenía escrita desde 1915, y en 1921 la publicó en la editorial psicoanalítica. Se tituló El buscador de almas, y desagradó profundamente a algunos sectores del círculo de psicoanalistas. La tachaban de picante u obscena, además mezclaba las disciplinas oscilando entre las ciencias y las letras, no era un libro apropiado para una editorial científica. Pero a Freud le gustó, incluso le indignaron estas críticas; escribió a Eitingon: “... persistiré en mí opinión de que es una exquisitez aunque, sin duda alguna, ofrecer a las masas la obra de una inteligencia paralela a la de Rabelais, es lo mismo que dar margaritas a los cerdos”. Todo este revuelo le encantó a Groddeck, y aprovechando la aprobación de Freud en 1923 publicó otra obra, El libro del Ello, escrita en clave de cartas a una amiga imaginaria que le interrogaba sobre el psicoanálisis. Entremezclando de forma velada las ideas de Freud y las suyas propias sobre el Ello, la Ficción del Yo, la cultura, la medicina..., el libro le proporcionó la excusa para poner por escrito su teoría de una manera accesible al público cultivado que no perteneciese a la profesión.
Entre 1923 y 1926 escribió toda una serie de artículos que fue insertando en diferentes publicaciones, como El sentido de la enfermedad, Sobre lo absurdo de la “psicogénesis” y Elaboración onírica y elaboración del síntoma orgánico, por los que van desfilando una serie de ideas que forman el núcleo de su teoría: la enfermedad ha de tener un sentido, el síntoma no es algo arbitrario sino que significa algo, por lo que ante cada enfermedad debemos preguntamos para qué sirve, cuál es su utilidad, qué expresa. Piensa que la enfermedad, el síntoma, es la única parcela de libertad que le queda al ser humano, la única parcela en la que puede expresarse libremente, hemos perdido gran parte de nuestra capacidad de comunicación y sólo nos queda la enfermedad como modo de ser verdaderamente dueños de nosotros mismos, mejor dicho, como modo de que nuestro Ello se pueda expresar libremente y sin cortapisas.
Según Groddeck no existe el azar, todo lo que le sucede al ser humano tiene un sentido, se debe a ciertos propósitos, toda enfermedad ha sido creada por el ser humano, o mejor por el Ello, que utiliza cualquier herramienta para alcanzar su propósito siendo la enfermedad una herramienta más. Y da igual que la enfermedad sea física o mental, esa es sólo una división impuesta por la ciencia de la que la vida, o el Ello, nada sabe. Por eso se debe tratar a la persona entera y no a cada una de sus partes; así la discusión sobre los términos “psicogénesis” o “psicosomática” no es gratuita, no es una especulación sutil sobre el lenguaje sino que ahí estamos tratando con principios teóricos fundamentales. El Ello traspasa todas las fronteras y sus procedimientos son idénticos en un suceso mental como el sueño y en un síntoma orgánico, con lo que la forma de encarar ambos fenómenos y de entenderlos no ha de ser diferente. Aunque estas ideas pueden parecer místicas su fuente no lo era en absoluto pues Groddeck siempre utilizó su práctica para apuntalar sus teorías, no se aferraba a ninguna, si no le resultaban eficaces las rechazaba y las cambiaba por otras que sí lo fuesen. En este sentido era un pragmático radical y hay que decir que los éxitos de su trabajo médico eran apabullantes.
Durante todo este período se fue distanciando cada vez más de Freud y del círculo de psicoanalistas. Hacia 1928 Groddeck había integrado las ideas de Freud en su propia teoría, como había hecho antes con las de Schweninger, y a partir de ahí en su práctica se alejó cada vez más del psicoanálisis en el sentido tradicional y sólo lo utiliza fragmentariamente, para la elucidación de un síntoma o para acabar con una resistencia demasiado pertinaz por ejemplo, lo usa como una técnica más entre otras muchas que sólo hay que utilizar a veces y siempre tras haber agotado las demás vías, la dieta, la hidroterapia o el masaje por ejemplo. Enfatiza el concepto del “servir” en detrimento del “tratar”, ya no es el médico quien domina la situación sino el enfermo, el médico deja de ser un dios para convertirse en un siervo a las órdenes del paciente. En este sentido la enfermedad no es el enemigo al que hay que combatir sino que es un lenguaje que hay que comprender, que hay que interpretar, y sirviendo el médico ha de convencer al Ello del paciente de que deje de utilizar este medio de expresión que es el lenguaje materializado en síntoma y pase a utilizar otro que no sea tan peligroso para su vida, como puede ser el lenguaje verbal o el arte.
Hasta ese momento Groddeck había hablado de la influencia del símbolo en el síntoma, a partir de entonces trabajó sobre el símbolo como un síntoma más, utilizando las peculiaridades del lenguaje y del arte para probar lo estrechamente ligados que están el símbolo y la vida. Según esto, el ser humano existe bajo tres formas: hombre, mujer y niño, pero se define como el niño, un niño aún no diferenciado sexualmente, en un estado de androginia primigenio. Con el nacimiento se produce la diferenciación de los sexos y el niño se convierte en hombre o mujer perdiendo su ser original, con lo que la vida humana se descubre como una compulsión de retorno a ese estado paradisíaco fetal. El símbolo es la vía para regresar a este estado bisexual, profundamente todos los símbolos tienen un sentido sexual universal y son la forma oculta de sacar a la luz esta ansia de volver a ser un niño; lenguaje, arte, cultura, enfermedad..., todo son símbolos que remiten a este anhelo universal. Estas ideas las plasmó por escrito en El ser humano como símbolo, libro que escribió en 1933, un año antes de morir exiliado en Knonau, cerca de Zurich.
Angel Cagigas: mailto:acagigas@ujaen.es