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Artículos sobre Ferenczi:

 

PRESENTANDO AL ‘‘BEBÉ SABIO’’[1].

 

Judith E. Vida[2]

 

En una revisión previa del concepto del ''Bebé Sabio'' de Ferenczi (1996), había observado que tanto sus aplicaciones como sus limitaciones en el tratamiento analítico aludían a un adulto extraordinariamente inteligente. Los conceptos de Ferenczi sobre ''el origen de la  inteligencia en el trauma'' y del “bebé sabio” con frecuencia me han dejado la vaga impresión de ser fenómenos relacionados entre sí. En este trabajo, consideraré como discutible la idea de que una inteligencia muy alta sea patológica cuando es ''precoz''. Esta revisión del tema sobre el ''bebé sabio'' amplía las ideas de Ferenczi acerca del ''origen'' y uso de la inteligencia a fin de incluir una reflexión de lo que puede constituir un efectivo ''tratamiento'' para aquéllos que sufren la condición de ser superdotados.

 

PALABRAS CLAVES: Ferenczi; ''beb8é sabio''; ''Orfa''; trauma; precocidad intelectual; objeto de la mente.

 

En una revisión anterior del concepto de Ferenczi sobre el ''Bebé Sabio'' (1996), examiné sus aplicaciones sorprendentemente útiles como también sus limitaciones en el tratamiento analítico de un adulto excepcionalmente inteligente. Me había informado -desde hace tiempo- a partir de los ya bien conocidos principios de variabilidad de la dotación genética humana, tanto como por mi experiencia clínica y personal, que la inteligencia muy alta cuando existe y no obstante pueda definirse y medirse, comienza como una predisposición biológica; y no había aceptado la radical concepción sugerida por Ferenczi en relación a que la inteligencia podría ser exclusivamente el producto de un trauma. En el ámbito del psicoanálisis, sin embargo, han existido con frecuencia impresiones similares a las de Ferenczi y se basan teóricamente en la Psicología del Yo y en la de las Relaciones de Objetos Winnicottianas. La consecuencia de esto es que la aparición precoz de una ''muy alta'' inteligencia ha llegado a ser incorrectamente vista como sinónimo de una ''precocidad'' patológica. Esta cristalización puede tener consecuencias perjudiciales para tales individuos. Clínicamente y en la vida real, si uno está dispuesto a mirar sin ideas preconcebidas, la ''precocidad'' no es un concepto simple o sencillo. Los individuos (niños y adultos) ''precoces'' son a menudo mirados con la misma duda que se le otorga a la creatividad, es decir, con la Horneyana combinación de idealización y de odio.

En mi anterior exposición sobre el trabajo de Ferenczi, yo había supuesto que los conceptos de ''el origen de la inteligencia en el trauma'' y de ''el bebé sabio'' confluían entre sí y que Ferenczi se refirió a ellos como si fueran un mismo fenómeno. Llegué al convencimiento, a través de estudios adicionales de la materia, que Ferenczi no utilizó estos conceptos como intercambiables, pero efectivamente hizo uso de ellos aproximándolos, a veces quizás incluso traslapándolos, de manera que se reforzaron mutuamente, dando la impresión confusa de que eran fenómenos relacionados entre sí.

Con el objetivo de continuar con los esfuerzos para profundizar en la comprensión del ''bebé sabio'' y refutar la idea de que una inteligencia muy alta es patológica, cuando es ''precoz'', revisaré el tema sobre el ''bebé sabio'' con el objeto de ampliar las ideas de Ferenczi sobre el ''origen'' y el uso de la inteligencia. Como contrapunto, comentaré sobre una colección de escritos donde se observa, en forma persistente, la precocidad definida como patológica. Este es ''El objeto de  la mente: La precocidad y la patología de la autosuficiencia'' (1995), editado por Edward Gordon Corrigan y Pearl-Ellen. Corrigan y Gordon, al igual que numerosos otros autores, construyeron su premisa en ''el concepto anti-intelectual de la mente'' de Winnicott (Hamilton, 1997, comunicación personal). El trabajo ''Confusión de Lenguas'' de Ferenczi es utilizado en muchos de los ensayos para apoyar la hipótesis de que la inteligencia ''precoz'' es una estructura psíquica patológicamente defensiva cuyo origen reside en el trauma.
Se trata de “El sueño del 'Bebé inteligente'”: ''Más de alguna vez los pacientes me relatan sueños en los que aparece, un recién nacido, niños muy pequeños o bebés en la cuna, siendo capaces de hablar o escribir con fluidez, de comunicar a uno proverbios profundos, de mantener conversaciones inteligentes, de dar discursos, de brindar explicaciones sabias, y así sucesivamente. Imagino que detrás de los contenidos de tales sueños se oculta algo peculiar. . .'' (Ferenczi, 1923/1926, p. 349)

Con esta breve comunicación, Ferenczi anunció con antelación su creciente atención en el metabolismo psíquico del trauma. Si bien el ''trauma'' en el léxico psicoanalítico se refería, ya en aquella época, a un impacto externo sufrido por un individuo vulnerable, a través del tiempo, sin interrupción que iba desde lo moderado hasta lo extremo; es importante recordar que la práctica psicoanalítica de Ferenczi llegó a estar progresivamente centrada en trabajar con pacientes que habían sido dañados por abuso físico y sexual severo en forma constante. Estos fueron los ''casos perdidos'' que no respondieron bien a la práctica intelectual emocionalmente distanciada que caracterizó al psicoanálisis en la década de 1920 (Balint, 1948). Por los restantes 10 años de su vida, Ferenczi, en sus trabajos, mencionó en forma recurrente el concepto del ''bebé sabio'', dentro del contexto de las dificultades que los niños encuentran en su esfuerzo por comunicarse con los adultos, sobre todo en lo pertinente a los asuntos relacionados con estos últimos. Lo anterior alcanzó su culminación tanto en el trabajo ''Confusión de  lenguas'' (1933) donde Ferenczi develó su visión de la naturaleza bifásica del trauma, así como en ''El Diario Clínico'' (1988) que no fue publicado si no hasta 50 años después de la muerte de Ferenczi.

Recordemos este bifásico mecanismo. La primera fase es la real presión del adulto sobre el niño, digamos sexualmente, directa o indirectamente, empleando un lenguaje de pasión en una situación donde el niño entiende y espera el lenguaje de la ternura. En la segunda fase, el niño ahora confundido y dañado, se vuelve hacia el adulto para obtener reconocimiento, explicación y consuelo; el adulto, por el contrario, evita la culpa al desmentir sus acciones abandonando, por tanto, al niño a un estado de indefensión emocional y sexualmente inquieto. El niño(a) está entonces obligado a elaborar una estratagema descrita años más tarde por Fairbairn como ''la defensa moral'', para poner sobre si mismo la negación del adulto, la que ahora existirá en forma inconsciente como sentimiento de culpa. Ferenczi concluyó: ''El temor al desinhibido casi siempre insano adulto, transforma al niño, por así decirlo, en un psiquiatra, y con el fin de llegar a ser uno y defenderse contra los peligros procedentes de personas que carecen de autocontrol, deberá saber cómo identificarse completamente con ellos'' (1933, p.165). Ferenczi pensó que si en la segunda fase ocurriera lo contrario y el adulto a quien el niño recurre en busca de ayuda responde reconociendo la conducta inadecuada, aceptando la angustia del niño y siendo simpático y contenedor, el impacto traumático sería significativamente menor.

Ferenczi llegó a creer que un trauma severo inducía una fragmentación de la personalidad del niño vulnerable, de tal modo que la emoción se separa del intelecto. Como sentimiento se vuelve inconsciente; el intelecto que resulta, puro, perspicaz y agudo, sería precozmente empleado al servicio de la protección del niño.

Junto con la definición de inteligencia ''precoz'', el esfuerzo del bebé para comunicarse con los adultos que lo rodean habría sido un elemento clave en la descripción original del ''bebé sabio''. Ferenczi reconoció el contexto clínico de esto en el trabajo ''Confusión de lenguas'': ''En realidad, es increíble lo mucho que podemos aprender de nuestros hijos sabios, los neuróticos'' (1933, p. 165). Es este esfuerzo por comunicarse podemos distinguir la teoría del bebé sabio de las formulaciones relativas a los orígenes traumáticos de la inteligencia. El punto de contacto entre las dos formulaciones relaciona y coincide con que en la segunda fase del trauma: el adulto implicado deja de comunicarse con el ''bebé sabio'' y desmiente el insight. El ''bebé sabio'', por lo tanto, puede verse aún más traumatizado por el fracaso de los adultos ante la falta de comprensión de las comunicaciones que provienen de su self unificado (cf. El self verdadero de Winnicott).

Irónicamente, como Ferenczi lo demostró en sus posteriores desarrollos comunicacionales buscando validar su propia voz psicoanalítica (cada vez con menos aceptación de Freud), tanto en lo clínico como lo teórico después de 1926, el mismo fue nominado el niño terrible del psicoanálisis. Balint nos cuenta que aunque esto le ofendía, por otro lado estaba orgulloso de ser designado como tal (1948, p. 241). ''La idea de un bebé sabio'', señaló Ferenczi, “sólo podría ser descubierta por un niño sabio'' (1932, p. 274).

Ferenczi reconoció que su idea de la inteligencia como resultado del sufrimiento traumático era una extensión de la noción de Freud, donde se señala que la memoria se desarrollaba, a partir del propio ''tejido cicatrizal de la mente creado por las malas experiencias'', una explicación a partir de la expresión común, que dice ''uno se hace sabio por malas experiencias'' (1932, p. 244). De una manera sutil, hay una fusión aquí entre el (los) órgano (s) de percepción y el procesamiento por un lado, y el contenido que se percibe y se procesa, por el otro. Con el fin de no fusionarlos, se podría decir que ''el órgano'' es una dotación genética individual del equipamiento de procesamiento mental que tiene el potencial de recibir input (estímulos perceptivos), para hacer uso de conjuntos particulares de vías nerviosas y de redes asociativas para variados propósitos, desde la introspección reflexiva hasta la expresiva de la actividad. (Si ''el órgano'' fuera un foco de luz ''muy potente'', podría ser de 200 W, aunque lo habitual sería uno de 100 W; ambos iluminan, pero se vería mucho más en un cuarto oscuro si el foco tuviera una ampolleta de 200 W). Ahora, dejemos al ''contenido'' ser el contenido, los datos, la información, las ''cosas'' que han sido procesadas. Bajo circunstancias favorables de desarrollo, los afectos, apegos y deseos formarán parte del ''contenido''.

 Ahora comencemos a filtrar lo que un individuo ha aprendido de los aparatos que utilizó para aprender con ellos. Es mucho más comprensible desde una perspectiva intuitiva que el trauma organice y controle en gran medida el contenido, los contenidos de lo que se ha aprendido; a que el órgano determine la profundidad, la amplitud, y la riqueza asociativa de los significados de los contenidos; y que la interacción entre los dos influya en la medida en que los afectos, apegos y deseos puedan ser retenidos en la conciencia o deban ser defendidos debido a los grados variables de intolerabilidad.

En mi opinión esta fusión de órgano y contenido ha contribuido a no reconocer esta confusión, enturbiando el pensamiento psicoanalítico sobre la inteligencia extraordinaria (y también sobre la creatividad, en este caso). Esta versión del debate naturaleza versus adquirido refiere al núcleo de la controversia de los parámetros psicoanalítico, de lo externo versus lo interno, (o, si se quiere, de la fantasía versus la realidad). Lo que hace el trauma es invocar al órgano de la inteligencia, exigiéndole su operatividad para ''salvar'' al niño cuando su integridad psíquica se ve amenazada. (Cuando la amenaza de muerte psíquica es extrema e inminente, o cuando hay un sufrimiento somático insoportable; otro principio al que llamamos ''Orfa'' puede entrar en juego. Agregaré algo sobre esto más adelante). Los medios específicos a disposición de un niño para que él se pueda salvar están relacionados con las capacidades innatas del órgano de la inteligencia. Cuando un niño posee una extraordinaria inteligencia en forma innata, él o ella estarán vulnerables de una manera especial. Me he referido anteriormente a esto como una experiencia de penetración del sufrimiento significativamente mayor que la de un niño cualquiera, sea cual sea la forma en que exista la presión dañina infligida por el entorno humano (Vida, 1996). Una inteligencia superior permite una percepción más amplia del sufrimiento, quizás hasta tal punto en que el registro emocional debe ser desmembrado porque el dolor de estar preservándolo a través del órgano que lo experimenta es insoportable. En el sentido físico, el dolor puede volverse insoportable tanto por lo que significa como por lo que es. La visión de lo que significa un ''bebé sabio'' supera lejos la comprensión normal.

No creo que el ''bebé sabio'' en el concepto original de Ferenczi haya (todavía) tenido su intelecto separado de sus emociones. En mi tratamiento del Dr. de A, revisado en el documento anterior (Vida, 1996), fue la reconquista gradual del self emocional del Dr. de A, es decir, fragmento por fragmento, lo que le permitió reconstruirse como un ''bebé sabio"; una versión de sí mismo en la cual pudo comunicar su aflicción y su creciente conciencia de los orígenes de éste. El tratamiento general pudo ser caracterizado como un ejemplo contemporáneo de las ideas de Ferenczi en el documento, ''Análisis del niño en el análisis de los adultos'' (1931). La actuación fue la modalidad esencial que tuvo que realizarse para lograr la representación intelectual, representación del proceso primario, representación emocional, y representación dramática. Una vez que el self del ''bebé sabio'' del Dr. de A fue reconstituido, el tratamiento pudo proceder de una manera más simétrica que un tratamiento convencional. El ''bebé sabio'' necesitó ser un participante activo, con reconocimiento de su sabiduría e incorporación de ésta al tratamiento; mi papel como analista debió ser ''de persona a persona'', haciendo uso de una mayor comunicación de mis estados emocionales reactivos a las manifestaciones y a la información desarrollada gradualmente.

''Orfa'', es un concepto que refiere a la capacidad de un individuo para sobrevivir en circunstancias extremas, el cual surgió durante el innovador tratamiento de Ferenczi con Elizabeth Severn, del cual el análisis mutuo fue una parte inseparable (Smith 1998, 1999, 2001). Ello es descrito, de hecho, en el Diario Clínico de Ferenczi (1988): ''La enormidad del sufrimiento… y la desesperada necesidad de cualquier ayuda externa, la conducen hacia la muerte; pero como el pensamiento consciente está perdido o abandonado, la  organización de las pulsiones de vida  ('Orfa') despiertan…'' (p. 8). Como Smith ha señalado, ''Orfa'' es el último recurso conservador del self, el ''ángel guardián'' (''produciendo alucinaciones que cumplen los deseos y fantasías de consuelo; anestesiando la conciencia y la sensibilidad de las sensaciones en la medida que ellas se hacen insoportables'' [p.9]), el ''proceso de protección maternal innato''. ''Orfa'' debe ser considerado como un concepto mas bien ligado a Severn que a Ferenczi: esta pertenece a la experiencia de ella y los comentarios encontrados en el diario sugieren que el nombre mismo surgió de Severn, quién -Ferenczi escribió- desde la edad de un año y medio hasta los once años y medio ‘‘(ser) hipnotizada y abusada sexualmente llegó a ser un estilo de vida'' (p. 9).

La comprensión de Smith sobre ''Orfa'' no sólo inicia una reconsideración de la importancia del análisis mutuo de Severn y Ferenczi para el desarrollo del psicoanálisis, sino que también propone un replanteamiento sustancial del trauma y su tratamiento. Aunque comentarios adicionales acerca de ambos están fuera de mi objetivo actual, quiero decir que las investigaciones de Ferenczi sobre el ''bebé sabio'' lo prepararon para recibir los aportes de Severn ya que sus ideas aumentaron en torno a la relación del intelecto con el sufrimiento y le sirvieron para ver que ellas eran aplicables a su trabajo con otros individuos que habían sido (quizás con menos severidad) traumatizados. El elemento clave del concepto ''Orfa'' de Smith, según mi opinión, es que Orfa no pertenece al mundo intersubjetivo; Orfa es un ''proceso de protección maternal innato'' (las cursivas son mías) que puede formar parte de la gramática genética de la humanidad, para garantizar ''la continuidad de supervivencia de la especie cuando el apego se hace imposible debido a un trauma'' (1999, p. 357). Ya que Orfa sólo surge en las condiciones más extremas de vida y muerte, y se presenta como un elemento materno, sin embargo innato, aunque yo no lo considero como idéntico al ''bebé sabio''.

En mi opinión, el ''bebé sabio'' debe su vitalidad como constructor a la visión que Ferenczi tuvo sobre la infancia. Ferenczi no vio al niño ni como una tabula rasa, ni como sentimentalmente inocente (ambos juicios han sido injustamente imputados a él), pero si como alguien inocente frente a la hipocresía de los adultos. El niño, él pensaba (igual como lo hizo Anna Freud, Melanie Klein, Donald Winnicott y otros) era únicamente accesible a las operaciones de su inconsciente. El ''bebé sabio'' en virtud de su dotación única, tiene la capacidad de leer no sólo su propio inconsciente, si no el inconsciente de los adultos e inocentemente cree que los adultos apreciarán la información. Cuando los adultos no lo hacen, es traumatizante. Michael Balint lo caracterizó de la siguiente manera:

El mensaje principal de Ferenczi es que uno difícilmente puede poner la suficiente y apropiada atención a las nefastas discrepancias existentes entre las genuinas necesidades del niño y las descontroladas gratificaciones del inconsciente con las cuales los adultos disfrutan mientras crían a sus hijos. Es debido a nuestros miedos inconscientes y represiones que tenemos que elegir tortuosos medios para alcanzar nuestras satisfacciones; también sometemos a nuestros hijos a traumas innecesarios y evitables, y los educamos de una manera tal que los frustramos, y consecuentemente  cuando nuestros hijos sean adultos, transmitirán traumas similares a sus hijos. Esta secuencia fatídica de acontecimientos se asemeja a la sintomatología de una neurosis traumática de las siguientes generaciones; cada generación trata de abreacionar en la medida que  pueda soportar la totalidad de los traumas heredados y pasa el resto a la generación siguiente.  (1948, pp. 247–248)

Los artículos en la obra titulada ''El Objeto de la Mente'' (Corrigan y Gordon, 1995) demuestran reiteradamente una confusión respecto de los orígenes de la inteligencia con el uso de ésta. Ellos usan ''mente'', homologando ''inteligencia'' (que ocupa ambos hemisferios, derecho e izquierdo) con ''cognición'' (que es exclusivamente una función del cerebro izquierdo). En la original concepción de Ferenczi y en la mía, el ''bebé sabio'' en tanto ''bebé'', sigue de hecho siendo vulnerable pero está ofreciendo los productos de su inteligencia para que los adultos más grandes, mayores y presumiblemente más sabios hagan uso de éstos, (y lo ayuden) lo cual ellos asombrosamente no hacen. Y cuando ellos no lo hacen, pueden llegar a ser aún más peligrosos. Ese es el punto en el cual el ''bebé sabio'' usará su inteligencia para protegerse, pero continuará tratando de comunicar su comprensión compleja de lo que está mal. Mientras él pueda sostener su capacidad de sentir, comunicará su propia angustia, como asimismo su información sobre cómo el medio ambiente está fallando. Cuando, como lo expuse anteriormente (1996), el registro emocional debe ser cortado totalmente, porque el dolor de preservarlo es insoportable, y lo que se comunica de hecho, será similar a lo que se desprende del trabajo ''El objeto de la mente'' de Corrigan y Gordon, donde ellos lo caracterizaron como un ''objeto creado omnipotentemente, siempre disponible para dominar y controlar los objetos internos de manera que la dependencia y los sentimientos que generan la ansiedad, la frustración, la ira y la envidia puedan ser eliminados (p.9).

La pieza faltante o errónea -según mi parecer- en esta construcción es el enfoque exclusivo en los objetos internos, sin el reconocimiento de que para el niño los objetos todavía tienen una externalidad importante, y que la ''envidia'' clínicamente parece menos relevante que la ''vergüenza'' y el ''terror''. ''Tal vez'', dice Corrigan y Gordon, ''cuando la mente se ataca y se trata brutalmente, podemos hablar de una precocidad del superego que va de la mano con ''la precocidad del ego'' (p. 13). Aquí la idea potencialmente interesante de la precocidad del superego se empobrece cuando no continúan investigando cómo o qué fue lo que paso para que la mente se dividiera y se volviera contra ella.

En su ensayo, ''La historia de la mente'', Adam Phillips habla de la base winnicottiana en del concepto, objeto de la mente. ''La mente buena, Winnicott continuará diciendo, es la parte del self que desarrollará una comprensión de sus deficiencias ambientales, al servicio de una independencia que pueda mantener el contacto y necesidad de la madre'' (p. 233). ''La mente mala la 'falsa entidad' como Gordon y Corrigan llamaron al objeto mental reactivo al trauma debido a la presión ambiental,  trata de suprimir tanto la necesidad como al objeto'' (p. 234). Phillips plantea que los niños muy pequeños, de hecho, eligen tener una mente buena o mala, como si no hubiera necesidad por parte del niño de elegir la mala.

Lo que se identifica aquí como ''la mente mala'' suena similar a lo que Ferenczi describió como la fragmentación del intelecto de los sentimientos. ''La mente mala'' de Phillips puede ser en efecto un precursor de ''Orfa''. Podríamos aducir la verdadera existencia de una ''mente mala'' como prueba de que, efectivamente, ha sucedido algo abrumador, y de que el dolor insoportable para el niño es lo que ha producido esta fragmentación. (Incluso más, la investigación actual en neurobiología sugiere que ''la fragmentación de la inteligencia de los sentimientos'' de Ferenczi puede en la actualidad entendida como una desconexión de la comunicación entre el lado derecho del cerebro y el izquierdo.)

Phillips modera algo su tono, más adelante: ''Con cuidado materno suficientemente adecuados, en el sentido particular que Winnicott da a estas condiciones, la mente podría ser, en cierto modo, una participante habitual en la vida psíquica más que una preocupación excesiva; una continuación de la madre que uno puede dar por sentado y no un sustituto que uno está continuamente manipulando'' (p. 234). Y finalmente, ''En cambio, cada vez que el mundo no es suficientemente bueno, uno viene a tener una mente'' (p. 235).

Esta última declaración dicotomía intenta cubrir con ingenio una confusión básica del efecto de la fragmentación traumática con el hecho de que el niño tiene una mente que podría estar traumáticamente amplificada o no. Hay una implicancia inquietante en la hipótesis de que un niño traído para tratamiento debe estar de alguna manera equivocado por haber tenido que ''elegir'' tener ''una mente mala''; y que un ambiente ''suficientemente bueno'' es la realidad común, y que el tratamiento corregirá las distorsiones del niño. Esta es la insensibilidad de los adultos a la realidad del niño, insensibilidad que ha sido culturalmente sancionada y a la que Balint se refería como a la transmisión inconsciente de traumas sin metabolizar a través de las generaciones. (Y este es el mensaje de Lloyd DeMause y sus colegas de la psicohistoria [Duffy, 2001]- que eventos históricos son el resultado de la ceguera del adulto a los traumas incrustados en las prácticas de crianza de los hijos, traumas que son liberados y repetitivamente representados durante las siguientes generaciones).

Sin el reconocimiento de que Ferenczi y Balint habían mencionado esto décadas anteriores, muchos psicoanalistas dan crédito sólo a Winnicott en relación a que las características reales del entorno humano de los niños y de los bebés tienen un impacto significativo sobre la adaptación del niño, y que el cambio en el ambiente podría ser necesario para aquél con el fin de reanudar un desarrollo adecuado. Ha sido levemente detectada la poca claridad que hay en el pensamiento de Winnicott. Estamos en deuda con Victoria Hamilton (1996) por su observación de que la existencia de una tendencia alternativa y contradictoria en las ideas de Winnicott en relación a ''la transición del objeto en relación con (el mundo en términos del sujeto) al uso del objeto (el mundo independiente del sujeto)” ‘( p. 388). Ya en 1941, y nuevamente en 1953 y 1969, Winnicott ''desechó'' las declaraciones que sugerían que en lugar de haber un  único proceso en desarrollo  ''que culmina en el reconocimiento de ser totalmente otro o un objeto externo'' (p. 390); pensó que el niño probablemente poseía ''una innata'', o al menos una muy temprana concepción de un mundo externo y de los otros como existiendo en forma independientemente del self'' (p.389). Hamilton cita al filósofo escocés MacMurray, cuyo pensamiento fue preponderante para un grupo importante dentro de los primeros psicoanalistas británicos, y quien escribió: ''. . . la naturaleza humana es. . . la capacidad para pensar y sentir sobre la realidad del mundo externo... Ser nosotros mismos es vivir en comunión con. . . lo que no somos nosotros... (Que) sólo es posible a través de otras personas'' (p. 385, citando MacMurray, p. 14).

El ''bebé sabio'' de Ferenczi es correlativo a Macmurray y una anticipación de Winnicott. El ''bebé sabio'' no sólo tiene una mente, sino, una mente alimentada por una inteligencia innata muy grande. El ''bebé sabio'' ya está más que lo usual, consciente y sensible al ''mundo externo y... otros... que existen independientemente del self''. Él o ella se esfuerzan, a través de cualquier medio disponible, por comunicar esa experiencia. Respuestas receptivas o neutras desde el entorno humano no distorsionarán el proceso de desarrollo del ''bebé sabio''. Pero el ''bebé sabio'', a la vez mejor dotado y más vulnerable que el niño situado al centro de la campana de Gauss (o curva de distribución normal), está en riesgo. Un accidente, un ambiente de abandono o de terror lo (la) colonizará. A pesar de que él o ella puedan usar el intelecto defensivamente para tratar de controlar el ambiente externo nocivo, eventualmente el implante del medio ambiente dañino, que se hace cargo de ocupar el inconsciente, alimentará el mismo potencia intelectual para volverse contra él o ella interiormente. Esto es lo que Corrigan y Gordon vio como ''precocidad del superego''. El tratamiento para el ''bebé sabio'' así colonizado, tiene en su corazón la búsqueda de la externalidad, la cual debe ser encontrada en la autenticidad del terapeuta, aunque no sea una experiencia agradable. El ''bebé sabio'' se restaura por completo sólo cuando la habitación pueda ser construida para lo cual había sido conocida y ha estado ahí, todo el tiempo.

 

Mis agradecimientos a los comentarios de Victoria Hamilton, Ph.D., que fueron una contribución sustancial a este documento.

 

Notas:

[1] Las versiones anteriores de este trabajo se presentaron en el Taller de Lengua e Inglés ''La infancia perdida'', conferencia organizada por la Sandor Ferenczi Society of Budapest, Budapest, Hungría, 23 de febrero, de 2001, y en el Taller de Estudio del niño, en  Ildiko Mohacsy, M.D., presidente, en la Reunión Aanual de la Aacademia Americana de Psicoanálisis, San Diego, CA, 17 de mayo de 1997.

[2]Judith E. Vida, M.D. edits ‘‘On the Arts’’ for this journal. She is a Founding Member and Faculty of the Institute of Contemporary Psychoanalysis in Los Angeles, CA, a member of both American and International Psychoanalytic Associations, and of the Sandor Ferenczi Society of Budapest. Her private practice is in Pasadena, CA.

Address correspondence to Judith E. Vida, 301 S. Fair Oaks Ave., Suite 406A, Pasadena.

CA 91105, USA; e-mail: jvida@spence.net

The American Journal of Psychoanalysis, Vol. 65, No. 1, March 2005 (_ 2005).

 

REFERENCIAS

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