Anna Verônica Mautner .
Artículo de Anna Verónica Mautner publicado en el Boletim de Novidades da Livraria Pulsional n. 55, São Paulo, 1993, sobre su conferencia pronunciada en la 4a. Conferencia Internacional de la Sandor Ferenczi Society, en Budapest, del 18 al 21 de julio de 1993.
"Me veo aquí en Pest, desde una gran distancia. Continúo con la visón de quién está mas allá del océano. Son 54 años de memoria. Partí de aquí el día 21 de agosto de 1939. El tren partió de Austria ya anexada, a Yugoslavia, Trieste, Génova. De ahí una nave nos tomó. Pero nunca estuve lejos de aquí. No recuerdo historias de lo que había vivido en Budapest, pero tengo fotografías de entonces en la memoria. Me recuerdo abrazada a una muñeca en la ventana del tren de la estación (del Sur o del Oeste). Veo a mi familia en la plataforma. Tengo ahí un desplazamiento. Me veo desde el tren y me veo en el tren. Partí, pues, y también me quedé.
Quisiera atesorar dos archivos de la memoria: uno de lo que quedó, y otro de lo que se fue; siempre fluí indistintamente desde Itthon (aquí en casa, o en este país) hasta Otthon (a la casa de allá).... Siempre confundí hogar y patria, como lo hace nuestra lengua. Volver a casa, en mí pensar bilingüe, podría ser llegar a Budapest o entrar en mi hogar en São Paulo.
El psicoanálisis como pensamiento teórico llegó tarde a mi vida. Como estructura mental que orienta el ver/percibir/elaborar, pasa por colaterales psicoanalíticos. ¿Cómo así? Por casualidad, mi familia, desde la última generación, siempre vivió en Kristina Ter, lugar donde fue instalada la primera clínica psicoanalítica y donde vivían muchos psicoanalistas. Y, por lo que entendí de las historias nada especificas de mi madre, muchas amigas suyas, compañeras de escuela, eran hijas de psicoanalistas. De este modo el psicoanálisis era una forma de conocer. En mi casa, nunca un tic, o un lapsus, quedo sin una explicación apropiadamente asociada a mecanismos inconscientes que nosotros apenas conocíamos por sus nombres científicos. Pero la manera de enfrentar los hechos de la vida cotidiana involucraba el supuesto de que nada era por casualidad. Si no sabíamos determinar bien la causa, decíamos que desconocíamos la causa. Pero sabíamos -y expresamos el conocimiento– de que había una causa, una razón de ser, una intención, en el comportamiento de las personas. De esta manera yo diría que no sabría pensar si no tuviese la posibilidad de explicarme los mecanismos conscientes. Esta fue la leche que recibí para alimentar mi mente.
Volví muchas veces a este lugar después de la década de los 60. Y en cada ocasión encontraba transformaciones en la política de salud mental. Estuve acompañando el tratamiento de un primo esquizofrénico cuya modalidad de tratamiento cambiaba con la sucesión de ideologías que se sucedían en el país.
Me gustaría tratar algunos temas que de la observación y el estudio de las minorías, me han llamado la atención. A pesar de que Hungría es un estado soberano, ella lo es sólo desde 1918. En mis pensamientos he considerado esta nación como minoritaria, a pesar de contar ella con un territorio variable según la época y su dominador. La nación tiene una increíble añoranza del tiempo en que su territorio llegaba hasta el mar. A pesar de que esto haya durado poco tiempo. La Hungría que yo veo como minoría, de acuerdo a esto, será a veces un personaje principal, a veces un coadyudante de este trabajo, sobre el psicoanálisis húngaro visto por una psicoanalista húngara en la Diáspora.
Pretendo focalizarme aquí sobre tres temas aparentemente dispares, pero que en mi pensamiento se conjugan: 1) la especificidad de la penetración del psicoanálisis en Hungría como fenómeno de modernidad; 2) la importancia de la lengua materna o, como se dice modernamente, la lengua de la intimidad en el mantenimiento de la identidad de las minorías; y 3) la simetría de la lengua materna y la lengua usada en la intervención de la situación analítica.
Viena estaba ahí, sin embargo lejana. Ella estaba ahí con su corona y el escudo de armas de los Habsburgos, con sus dos águilas señalando una presunta igualdad entre las dos naciones, Austria y Hungría. Como sabemos, esa seudo igualdad, ella misma, fue duramente conquistada.
Desde mediados del siglo XV, cuando Austria expulsó a los turcos, hasta 1867 cuando ganó la condición de partícipe del escudo de armas, Hungría fue reconquistando su espacio nacional. Esta dupla monárquica austro-húngara duró hasta 1918. Debemos enfatizar la Ley de las Nacionalidades, promulgada en 1868, por la cual Hungría podía usar su propia lengua en la administración Central y en la Universidad. Y como Nación, alcanzó la indivisibilidad de su territorio. Hasta entonces la lengua húngara pertenecía a la vida privada y a la calle.
Cuando ocurrió en 1908, la primera reunión de psicoanálisis en Salzburgo, los húngaros todavía combatían por su identidad. Era difícil imaginar que los húngaros pudiesen aceptar una teoría de la inclusión del psicoanálisis, venida de la capital del Imperio del cual ellos se querían separar.
Desde el siglo XIX los intelectuales húngaros mantuvieron una lucha sorda por la liberación nacional en un esfuerzo común por completar su identidad moderna, pues sus raíces profundas y arcaicas demandaban modernización. En ese momento, la autonomía era sinónimo de libertad y conexión con el Occidente. Esta modernidad, por razones políticas, no podía venir, pues, de Viena.
En 1905 tuvo lugar en Budapest un Congreso sobre Antialcoholismo. Ese congreso no tendría gran repercusión y ya habría sido olvidado sino fuera porque Stein Fülöp presentó una obra con una visión psicoanalítica, teoría con la cuál había entrado en contacto en Zurich. En 1907 Ferenczi conoce a Jung a través de Stein, y Jung encuentra interesante que Ferenczi conociera a Freud. Jung le escribe a Freud pidiéndole que reciba a Ferenczi y Stein.
La entrevista ocurre el 2 de febrero de 1908. Ferenczi ya había leído a Freud en 1893, pero no había sentido sintonía.
Es así como vía Suiza, que el psicoanálisis puede ser aceptado y posteriormente incorporado al movimiento de modernidad que signaba la formación del estado federal nacional húngaro.
La aceptación fue galopante. Poetas y trovadores, científicos y filósofos se adhirieron a esa nueva forma de investigación, al mismo tiempo que se preocupaban de sus arcaicas raíces magiares.
Muchas veces en la historia de Hungría, que solo conozco superficialmente, noto que los movimientos aparentemente de sumisión, son en realidad la búsqueda de apoyo para la defensa de la identidad.
La cristianización puede ser vista como la sujeción al poder papal o también como la recepción de apoyo en su lucha contra otras naciones y tribus que atravesaban su territorio y ponían en peligro su mayor tesoro: la unidad territorial en la cuenca fértil del Danubio.
La incorporación del psicoanálisis no fue el dominio de un imperialismo intelectual importado desde Viena, pero si una búsqueda de Occidente y su modernidad en un fuerte gesto de la burguesía que de esa manera procuraba mantener su identidad nacional en el momento en que tenía como amenaza el yugo germanizador de la corona austriaca.
Una ideología que viniera desde Suiza era aceptada con más facilidad. Uno año después del encuentro con Freud, en 1909, Ferenczi ya se había formado como psicoanalista conocido y ardiente defensor.
En 1913, ya existía un grupo psicoanalítico oficial en Hungría y la Gran Guerra del 14, no consiguió separar a los psicoanalistas quienes continúan trabajando conjuntamente. Freud y Ferenczi se encontraron varias veces durante la guerra. Fue en Budapest que se abrió la primera clínica para tratar neuróticos de guerra, en 1918; otro húngaro encantado con el psicoanálisis donó dinero para la instalación de la primera editorial de psicoanálisis y el congreso de 1918, fue en Budapest.
El psicoanálisis y la política socioeconómica andaban de la mano en Hungría. En pocos países ocurrió esta sincronía y proximidad. En Berlín, por un corto período de tiempo, encontramos al psicoanálisis y los movimientos comunistas y socialistas caminando en paralelo; en Argentina y tal vez ahora en Brasil.
No tengo la menor intención de haber sido precisa en este pequeño resumen de la historia de la época. Lo que pretendo, si, es mostrar, que el psicoanálisis húngaro se conoce, cuando es inoculado por las ideas de Freud y sus discípulos, en una situación singular. Su transferencia no será con un Freud, padre de la clínica psicoanalítica, si con la modernidad y la liberación nacional, en tanto psicoanalistas. Esta inédita situación fruto de la casualidad, quizás, convierte las transformaciones y sus descubrimientos, en un progreso y no una traición al padre.
El psicoanálisis en Hungría se propaga como un gran estuario lleno de ríos pequeños e islas. Uno va hacia la antropología, otro a la educación, fluye un poco de psicoanálisis hacia la prosa literaria y mucho de él inunda la trama de lo cotidiano de la burguesía local. Los psicoanalistas húngaros son percibidos como audaces en sus experimentos, en sus declaraciones, y por la difusión de esas ideas en otros campos. Reitero, yo postulo la hipótesis de que la transferencia aquí fue con la modernidad y no con un padre severo, Freud.
Dejemos a Ferenczi y sus problemas con Freud a un lado. Puede ser que el dramatismo que envolvió esa relación haya afectado a sus contemporáneos, con el peligro de la dependencia con tan fenomenales padres.
Con el fin de precisar la idea antes expuesta, necesito seguir con un poco más de historia.
A pesar de las insistentes demandas de Freud para que los psicoanalistas de Hungría se mantuviesen apartados de la política, esto fue imposible. El psicoanálisis estaba demasiado ligado a los movimientos libertadores. No era posible no participar en la victoria: el Estado soberano definitivamente conquistado (1918) y la Republica de Consejos de Beka Khun, en 1919.
Todos estaban juntos, en el mismo movimiento impregnado de la modernidad. El psicoanálisis que durante la República de los Consejos había conquistado espacios en los hospitales, en las Universidades, los irá perdiendo para entrar oficiosamente en una semi- clandestinidad, cuando Bela Khun es derrocado. Acabada la República, la nación húngara se volverá un estado totalitario, sectario y expresamente antisemita. Los psicoanalistas, heraldos de la modernidad, que contaban en sus filas con muchos judíos, y que habían conquistado la luz, irán ahora hacia la sombra, donde encontraran una libertad tolerada pero nunca más garantizada.
En esta época de post-guerra, Ferenczi es un protector en torno de cuyo nombre gira el psicoanálisis en Hungría. Pero éste no es un movimiento centralizado en tanto las teorías psicoanalíticas no se limitan en ámbito de la clínica. Y sobre esas influencias ejercidas sobre otros campos de conocimientos, naturalmente, las relaciones transferenciales tenían una influencia secundaria.
Si por un lado Ferenczi mantenía una relación íntima con Freud, y hasta una relación de obediencia, por otro lado tenía su libertad garantizada por el carácter diferente del movimiento psicoanalítico húngaro, el que como hemos visto, estaba mas identificado con las transformaciones socio-culturales que con una figura personal. Para Ferenczi la técnica no era el límite. El paciente se merecía una expansión de la técnica, un "todo intentar" en dirección a la cura.
Diríamos pues, que los húngaros no fueron hijos de Freud, sino hijos directos del psicoanálisis que, además, luego fue esparcido por ellos por los cuatro puntos cardinales en sus sucesivos éxodos.
No podemos hablar de una escuela húngara, en tanto que los intereses de sus miembros fueron siempre muy heterogéneos. La doctora Livia Nemes, discípula de Herman Imre dijo una vez en Brasil, que el psicoanálisis húngaro sería una óptica, no un grupo. Y sería, más o menos esa óptica, lo que me llevó a pensar en una transferencia con los movimientos sociales y no con una persona.
El origen judío de casi todos, los llevó a una primera dispersión en la década del 30 escapando del Nazismo, y una vez más, después de la 2a Guerra, escapando del comunismo.
Después de la 2a Guerra, el Estalinismo encontrará una sociedad de psicoanálisis viva sin embargo vacía. Muchos caciques y pocos indios. Una vez más el psicoanálisis se esconde, como en 1919, esperando días mejores. En 1948 la Sociedad es oficialmente cerrada aunque el ejercicio del psicoanálisis en Hungría no era totalmente clandestino en cuanto la práctica particular en la medicina nunca fue abolida totalmente. Sin embargo, el contacto con el psicoanálisis en el exterior estaba extinguido. Durante más de veinte años el psicoanálisis se quedó en la sombra y solo luego será seguido de ciertas etapas comunes para la formación de una nueva sociedad, la que en 1989, terminará regresando a la I.P.A.
El absolutismo y el totalitarismo que han dominado este último siglo, durante tantos años, han sido enemigos acérrimos de la creatividad y de la autonomía; sea social, nacional o personal. El carácter innovador que es la esencia propia del psicoanálisis es enemigo natural de cualquier régimen totalitario. Ser analista es estar libre frente a un paciente. Dictando reglas no se analiza.
Quiero abordar ahora un segundo tema que me dispongo a presentar: el del lenguaje de la intimidad o lenguaje maternal.
Este pueblo que vivió bajo los regímenes coloniales, totalitarios, en una eterna lucha por su autonomía nacional, entablaba en el campo del lenguaje una lucha aparte.
Como vimos, hasta 1867 la lengua húngara era exclusivamente usada en la casa y en las relaciones coloquiales de la calle o de grupos informales. La administración, el Derecho, la Ciencia usaban otras lenguas: el latín y el alemán.
Las lenguas formales y profesionales evitan la ambigüedad en su desarrollo y maduración. Ellas deben transmitir leyes, ideas, reglas generales, con el máximo de concisión y precisión, pues su objetivo es la obediencia y el conformismo. Mantener el objetivo de igualdad. Para ello, el latín sirvió con gran eficiencia por muchos siglos, tanto al Imperio Romano como al Vaticano. Así, fue anteriormente con el griego, así en los últimos dos siglos con el alemán en Europa.
Cuando el objetivo de una lengua es el mandar, ella va a generar una sintaxis apropiada a esa función. Como lengua viva que es, ella se adapta a las necesidades de sus usuarios.
Pero la lengua materna o de la intimidad ejerce, en todas partes, otra función. Es a través de ella que mantenemos la cohesión de los grupos, la uniformidad de los intereses, de las ambiciones y de los valores.
Pretendo aquí hablar sobre o de algo que encuentro una tarea difícil. Ansío hacer ya lo que me propongo. Un virtuosismo en el decir, un comunicar emocionado, en cuanto mantenga el clima de intimidad, convencer sin intimidar. Me gustaría que lo que tengo que decir, a pesar de lo coloquial, no perdiera la seriedad, para que no se pierda la importancia que atribuyo a este tema. Y en tanto no llego a un discurso satisfactorio para mí, voy vagando por las metáforas, sincronías, correlaciones y analogías, tropezando en las simetrías, en el ansia de infinito.
En el próximo ítem, pretendo comparar el húngaro, lengua materna o de la intimidad por su propia historia, con las intervenciones verbales en la situación analítica.
Tras un tiempo de reflexión percibo la diferencia en un mismo idioma entre lo que se habla en casa y lo que es escrito sobre el mismo tema en un Código de Derecho o en un libro religioso. La lengua maternal o de intimidad requiere despertar el mínimo de resistencia durante la comunicación, en tanto no cuenta con el poder de la imposición del Estado. Esta lengua de la casa, de la infancia, del amor, es una compleja construcción, que se caracteriza por su flexibilidad y capacidad de contener imprecisiones y ambigüedades sin desviarse de su objetivo. Muy por el contrario, ella tiene toda la libertad de apelar a recursos expresivos.
Es un lenguaje en constante transformación bajo la forma de los neologismos, diminutivos, apodos, una vez que se llega al consenso no es por obediencia, es por la naturaleza del diálogo. Como Hungría no desarrolló un lenguaje de poder, por no haber tenido ocasión de usarlo, la Ciencia, en húngaro, es atravesada por las características de la lengua maternal, incluyendo el humor.
Recuerdo la historia que me contaban sobre mi propio nombre. Mis padres lo eligieron para mí, cuando yo acababa de nacer, un nombre muy común en la lengua hablada en Hungría: Panni, que según me consta, es un antiguo nombre de la mitología magiar. Pero la elección de nombres en 1935 estaba bajo el dominio de la iglesia que exigía que los nombres dados a los niños pertenecieran a su tradición. Como ningún magiar con este nombre fue suficientemente canonizado por la iglesia, no existía en el calendario. Mi padre no lo sabía o se olvido, y cuando fue a la oficina del escribano, y le preguntaron por el nombre de la niña, les dijo Panni.
El oficinista que en ese momento representaba la Cristianización (realizada en el año 1000), le dijo que ese nombre no existía; que eligiera un nombre del calendario o de la Biblia. Pero mi padre conocía a muchas Pannis y entonces, muy naturalmente preguntó al representante del Cristianismo, cual era el nombre dado a Pannis. El notario contestó que era Anna. Ahí, mi padre que por casualidad estaba leyendo a Anna Verónica de H. G. Wels, decidió: Anna Verónica. Y acá estoy yo.
En este episodio encontramos algunos elementos de la interacción de algunas culturas y sus respectivas lenguas y funciones. El latín, que vino montado en el Cristianismo, él que se esforzaba por mantener su poder en la vida pública civil, no admitía en su cenáculo, la infiltración de palabras bárbaras. Pero el húngaro siempre quiso mantener sus antiguos nombres, la burocracia sin embargo siempre se opuso, a pesar de la ausencia de poder del Vaticano. Hasta ser alfabetizada yo era Panni. En la escuela empecé a llevar el nombre del poder: Anna Verónica. Y las Marías son Manci, los Andrés son Bandi, y los Esteban son Pista. Es así como permaneció la cultura pagana, a veces entrelazada, otras veces al margen de la cultura escrita, latín, civilizada, estatal.
Y es en este momento del encuentro de dos culturas maduras, uno mucho mas antigua, solamente verbal, y la otra impresa, donde surgen Ferenczi, Freud, Balint, Roheim etc...
La sexualidad vivida en la intimidad de los hogares o de los burdeles escapaba a la homogenización burocrática. Y el psicoanálisis hablaba de todo aquello que ocurría lejos de los aspectos formales de las burocracias estatales. Cuando el psicoanálisis decide imprimir lo hablado, ocurre un choque cultural que también ocurrió con la traducción del psicoanálisis a otras lenguas fuertes, como la anglo-sajona, que estaba políticamente al lado contrario de la germanización.
Es en esta lengua de intimidad donde permanecerán los valores paganos, dionisíacos, de las grandes fiestas, de la música, y de una relación diferente con la culpa. En la casa, ya interpenetrada por el Cristianismo, el pecado era del todo despreciado porque en cierta manera, participaba de la tradición pagana también infiltrada en la sintaxis de la lengua materna.
Vemos cuantas fuerzas están en acción. El paganismo no quiere extinguirse. Se mantiene en los usos y leyendas cotidianas, en las fiestas tradicionales, en el folclore. Pero el húngaro quería transformarse en un estado independiente y por lo tanto su lengua tenía que sufrir una transformación. Tenía que salir de la sombra del hogar a la claridad del Ágora.
Tenía que convertirse en una lengua de la Ciencia, de los negocios, del Derecho, de las relaciones internacionales. Vestigios del poder ancestral del Vaticano e incluso del Imperio Romano, en la importancia del antiguo latín y del griego en la escuela secundaria. Lo público y lo privado competían por un espacio en el lenguaje hablado y escrito. Este es el momento en que surge el psicoanálisis, cuyo tema es él de la lengua materna, y en cuyo espacio público aspiraba a un ocupar lugar entre las ciencias.
De este modo, el húngaro, que desde muchísimo tiempo era la lengua del amor, de la ternura, de la pasión, de la pelea y de las blasfemias, necesitó transmutarse en una lengua para imponer, y ya no convencer. Y cómo vimos, es en ese momento en el que la lengua se hace oficial, y en el que aparecen el psicoanálisis y sus foros científicos.
No sé como ocurrió ese tránsito, pero me imagino que una lengua que por mas de dos mil años estuvo fuertemente separada de la vida pública, tenía que haber necesariamente invertido numerosos recursos tanto para el relato como para la interpretación de las disputas del día por día, de los pequeños dolores, de las afrentas, y de las vergüenzas, todo aquello que ocupa la mayor parte de los relatos de los analizandos y de las interpretaciones de los analistas.
El último tema que me he propuesto lo vengo delineando desde los últimos párrafos. Además de mi hipótesis de que la transferencia en la institución psicoanalítica húngara es específica, diferente de la transferencia de los otros grupos europeos, quiero ahora aumentar este punto en relación a la adecuación del proceso de transformación de la lengua húngara a lo que se define como la forma ideal de intervención en la situación analítica. Como ya expuse, el psicoanálisis, por el camino que hizo para llegara a Hungría, y por el momento en que llegó, encontró poca resistencia en su difusión para la cultura local.
Enfatizaré más un punto curioso. El carácter provinciano del cosmopolita Budapest mantuvo el espíritu de los antiguos médicos familiares. Los médicos/cientistas estaban mas en las grandes capitales que eran los grandes centros de la ciencia: París, Londres, Zurich, Viena. En Budapest, un médico era primordialmente médico y tenía la responsabilidad de curar, de atenuar el sufrimiento. Por eso diría que las personas que fueron tocadas por el psicoanálisis, que se mantuvieron en la actividad clínica, asumían las investigaciones y los experimentos con miras a curar. De ahí, que se justifique talvez, su osadía por la experimentación.
El médico de cabecera funda su actividad en la empatía con el universo de sensaciones de su paciente. Es exactamente esta empatía la que encuentra en la lengua húngara un instrumento fantástico de comunicación. En su Diario Clínico, su último escrito, Ferenczi habla de que el analista captura por empatía, y digiere y elabora por capacidad simpática, esto es por la capacidad de compartir los sentimientos de miedo, de abandono, etc... Los miedos infantiles, las ilusiones sobre el futuro, la inclusión de nuestros poderes de transformar la vida, también encuentran en la lengua húngara amplios recursos, una vez que fue en ese ámbito que la lengua se sostuvo hasta cien años antes.
Si el psicoanálisis pretende transformar las secuela dejadas por las vivencias primarias, ¿que otra lengua se adaptaría mejor sino aquella que desde hace muchos siglos lidiaba con el universo de las fantasías infantiles transformadas en Cultura Popular? Pero no dejaré que ciertas voces me desdigan solo por que no habló el “yiddish” al que Freud renunció pero que tenía en su historia.
Podríamos preguntarnos también ¿por que los curdos no abrazaron al psicoanálisis?; y ¿por qué no los catalanes?, ¿porque ellos no lo hicieron? La lengua materna o de la intimidad es también la de ellos. Allí debemos volver al origen de este trabajo.
Hungría no era un estado federal sino una nación. Dominaba, sin embargo vecina a la capital imperial, Budapest era cosmopolita y provincial. Ella estaba muy lejos y al mismo tiempo muy cerca de Viena.
Bibliografia
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Imre, Hermann . Os instintos do homem. Budapeste, Majveto, 1984.
Jacquard, Jean. Hitoire de la Psychanalyse.
Kovacs, Wilma. Supervisão 1933.
Palmier, Jean . Artigo sobre psicanálise húngara in Le Coq-Héron, n. 82.
Rajka, Tibor . Artigo mimeografado, s.d.
Entrevistas personales con Georges Hidas, Judith Szekacs y Livia Nemes. Además de la Enciclopedia Británica.
En: http://www.geocities.com/hotsprings/villa/3170/annaver.htm
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