Sandor Ferenczi
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Artículos sobre Ferenczi:

 

FERENCZI Y LA CLINICA (A)

 

Jurandir Freire Costa.

 

En psicoanálisis, Ferenczi es sinónimo de clínica. Pero decir esto es decir poco. La prueba es que de él se tiene comúnmente una imagen de técnico, como si eso agotase su contribución a la teoría y a la práctica psicoanalítica. Para muchos, hablar de Ferenczi es lo mismo que evocar la técnica activa, la relajación y la neo-catarsis, y finalmente el análisis mutuo. ¿Cual es la razón de este malentendido? Motivos existen de sobra. Para empezar por el propio Ferenczi quien en muchos lugares y ocasiones insistió en presentarse como un técnico innovador en relaciones con pacientes difíciles. Ocultando así su prodigiosa creatividad clínica, en cierta medida permitió a la posteridad, de buena o mala fe, reducirlo de este modo a los tratados sobre la técnica.

Sin embargo, esta y otras circunstancias no justifican la reducción de la clínica ferencziana a un simple expediente técnico. Cito de memoria, con el riesgo de equivocarme, una expresión que pienso ha nacido en el lacanianismo: “la clínica no es psicobiografía”. Parodiando esta expresión, diría: también no es psicotécnica. Como cualquier clínica, la de Ferenczi no se limita a la búsqueda de las soluciones técnicas capaz de vencer la resistencia de analizandos y analistas –principalmente de los últimos– para el progreso del análisis. Todos sabemos que la clínica es más que eso. Clínica es fundamentalmente la actitud práctica y conceptual que permite aislar el sufrimiento de un sujeto único y singular al tema y dinámica de este sufrimiento. En otras palabras, es el procedimiento que hace comprender cual estructura y cuál economía de deseo inconsciente, está presente en los distintos modos de ser psíquico, y en especial en los cuadros psicopatológicos.

En esto Ferenczi fue un gran maestro. Es esta su faceta de clínico la que pensábamos analizar, tomando, como ejemplo algunas anotaciones teóricas sobre la neurosis obsesiva.

 

I. La obsesión en los primeros escritos.

Como punto de partida, veamos el artículo sobre el “Desarrollo del sentido de realidad y sus estadios”.(1) En este trabajo, el objetivo de Ferenczi fue mostrar la génesis de la adquisición del sentido de realidad. En medio de la demostración aparecen las afirmaciones sobre la naturaleza de las obsesiones. La obsesión representa el retorno a un estadio en el desarrollo del sentido de la realidad dónde “desear era idéntico a hacer”. El obsesivo es descrito como alguien, a semejanza del niño, que no renuncia a la “omnipotencia del pensamiento”, o a la “omnipotencia incondicional” ¿Qué omnipotencia es ésta? Es la “impresión de tener [43] todo lo que es querido y no tener nada más para desear”.(2) La realización alucinatoria del deseo concebida por Freud sería seguida de “la omnipotencia con la ayuda de los pensamientos mágicos”. Los gestos mágicos estarían genética y estructuralmente ligados a la histeria, los “pensamientos mágicos”, y la obsesión.

Hasta acá, todo parece trasuntar un cierto aire de “dejà vu”. Aparentemente, Ferenczi corría detrás de Freud, tratando de esquematizarlo en el estilo de Abraham. A decir verdad, su primera intención era encontrar una matriz genética para la omnipotencia del pensamiento que fuese una contracara, el lado intelectivo, del desarrollo del libidinal. Sin embargo, la burda repetición del evolucionismo freudiano resbala en su sentido clínico. En el origen del “pensamiento mágico” obsesivo o infantil, Ferenczi descubre la intervención del “ambiente”: “En efecto, los deseos que el niño concibe bajo la forma de pensamientos son todavía tan poco numerosos y relativamente tan poco complejos que el ambiente atento y preocupado con el bienestar del niño consigue fácilmente adivinar la mayoría de sus pensamientos, Y, si además de eso, el niño formula sus deseos en palabras, su ambiente devoto se apresura en atenderlo lo más pronto posible. En cuanto a el niño, él cree realmente que posee poderes mágicos: se encuentra en el período de los pensamientos y las palabras mágicas”.(3)

El niño desea, bajo la forma de pensamientos y palabras rudimentarias; el ambiente atento y dedicado adivina y realiza esos deseos; el niño es llevado, entonces, a creer en el poder mágico de las palabras y los pensamientos. Naturalmente, podemos ver en el ambiente del niño ferencziano un precursor del espacio de ilusión winnicottiano o de los enunciados identificatorios, productores del juicio y anticipadores de las ideas de Piera Aulagnier e incluso, del circuito de la demanda y el deseo de Lacan. No es en este aspecto donde vamos a detenernos. Más adelante en el texto, Ferenczi dice: “... todos los niños viven en la feliz ilusión de la omnipotencia de que un día gozaran, por lo menos en el pecho materno. Dependerá de su “Daimon” y “Tyche” poder conservar estos sentimientos de omnipotencia en el transcurso de la vida y se volverán optimistas, o engrosaran el amplio número de pesimistas que nunca aceptan renunciar a los deseos inconscientes irracionales. Estos últimos se sienten ofendidos y rechazados por la razón más fútil y se consideran niños abandonados de la suerte, ya que no pueden ser niños favoritos o preferidos”. (4)

Nótese el redireccionamiento impuesto a la clínica de la obsesión. Ya no se trata de comprender la neurosis exclusivamente por la fijación de una determinada fase libidinal, la fase anal. Ferenczi tiene en cuenta este dato. Continúa viendo en la fijación anal, con sus componentes sádicos y agresivos, una razón privilegiada de la obsesión. La herencia freudiana es respetada, pero no como punto final. Principalmente cuando se piensa en la causa de la obsesión: ¿Por qué la obsesión en esta fase erótica? ¿El entrenamiento higiénico intenso y precoz? ¿La ambivalencia de sentimiento? ¿Conflicto edípico significado regresivamente en el lenguaje de las pulsiones anales? Muy bien, la obsesión puede deberse a todo esto. Pero entenderlo así, ¿no significa hipertrofiar la pulsión infantil sobre un fondo de neutralidad afectiva del adulto? ¿Qué se ha hecho del ambiente en Freud?

El punto no es insignificante, lo que llama la atención de Freud deja a Ferenczi indiferente. Al primero le importa la meticulosidad, la economía o la avaricia del carácter obsesivo; al segundo [44], el pesimismo es lo que le parece relevante. Y, la duda intelectual, como no podía dejar de ser, merece de parte de ambos la misma atención, aunque por motivos bien diversos. Freud, de acuerdo consigo mismo, sitúa la duda obsesiva en el polo de la ambivalencia, junto con los rasgos de carácter antes mencionados. En sus casos clínicos es la dinámica del amor y del odio en la relación con el padre lo que aparece en primer plano. Ferenczi, por el contrario, describe la duda como una pregunta que perdió su dirección original. Pesimista es aquel que rumia el tema del amor y del odio relacionado con su venir al mundo.

En el horizonte ferencziano se vislumbra, desde esta época, lo que más tarde llegará a ser el centro gravitacional de su pensamiento clínico: la confusión entre el lenguaje del adulto y del niño y los efectos traumáticos que de ahí se derivan. A esta altura, sin embargo, el origen del cambio teórico crea más problemas que soluciones. Es el caso de la contradicción aparecida cuando preguntamos: ¿Cómo un entorno dedicado puede dar origen a trastornos psíquicos? ¿Cómo una experiencia necesaria a la adquisición del sentido de realidad puede conducir al pesimismo obsesivo? ¿Qué “Daimon” y qué “Tyché” explican la elección de la neurosis?

Dejemos, un momento estas cuestiones en suspenso. Ellas serán retomadas al final de este trabajo. Por ahora basta con señalar que la intuición de Ferenczi superó su intención. La apariencia evolucionista del ensayo escondía algo de esencial: la omnipotencia del deseo era la misma a lo largo de toda la vida pulsional. Sin saber bien como explicarlo, Ferenczi atribuía a esta omnipotencia incondicional e irracional la primacía en la determinación de la neurosis. Dejemos esto hasta aquí.

Más o menos por el mismo período, Ferenczi abordaba la neurosis obsesiva en otro texto, igualmente conocido por su agudeza clínica: “El homoerotismo: nosología de la homosexualidad masculina”.(5) Una vez más, las ideas de Freud sirven de trampolín para sus propios conceptos, aun tímidos. El artículo trata de mostrar como en ciertos hombres la atracción homosexual no es nada más que un síntoma obsesivo. Tales sujetos presentan un “homoerotismo de objeto”, estructuralmente articulado sobre la neurosis obsesiva, pero con una particularidad: el tema de la duda en la atracción por el mismo sexo. Salvo el deseo homosexual, que puede confundir estos casos con una “inversión sexual” propiamente dicha (“homoerotismo de sujeto”), todos los elementos de la neurosis obsesiva se encuentran de muestra en estos cuadros: “duda torturante”; “desequilibrio entre el amor y el odio”; “sentimientos obsesivos y actos compulsivos” etc...

Con respecto a la dinámica del homoerotismo de objeto, Ferenczi afirma: la historia (revelada por el psicoanálisis) de los homoeróticos del tipo viril es generalmente la siguiente: en la más tierna infancia todos eran agresivos en el plano sexual y también heterosexual (lo que confirma las propuestas de Sadger). Sus fantasmas edípicos eran “normales” y predominaban en proyectos de agresión sexual sádica teniendo como objeto a la madre (o a la persona que ocupaba su lugar) y en deseos de muerte cruel teniendo en cuenta al padre molesto. Todos eran equitativamente precoces en el plano intelectual y, llevados por el deseo de saber, y elaboraron una serie de teorías sexuales infantiles que posteriormente constituirán la base de las ideas obsesivas. Además de la agresividad y del intelectualismo, sus constituciones caracterizadas por un erotismo anal y una coprofilia particularmente marcada [45], fueron duramente castigados por uno de los dos padres por una falta heteroerótica (caricias indecentes a una niña, intento infantil de coito) y reprimieron en esas ocasiones (que se repitió muchas veces) un violento acceso de cólera”.(6) En el período de latencia, Ferenczi continúa, son niños dóciles y en la pubertad esconden su atracción por el sexo femenino. Pero mas allá de los pocos comentarios o desaprobación, “por parte de una persona cubierta de autoridad” resurge “el miedo a las mujeres que provoca inmediatamente, mas allá de un corto período de latencia, un escape definitivo del sexo femenino hacia relaciones sexuales con el propio sexo”.(7)

Antes que nada, se nota en este artículo la pertinencia clínica de la discriminación hecha en el interior de la conducta homosexual entre homoerotismo de sujeto y homoerotismo de objeto. Al igual, revisando la literatura moderna, es relativamente raro encontrar trabajos que enfoquen la homosexualidad masculina desde este ángulo. Lo más importante, sin embargo, son las idas y venidas del pensamiento de Ferenczi. La obsesión homoerótica desaparece de la superficie del texto en presencia de la omnipotencia incondicional, determinando el movimiento obsesivo. Del mismo modo, el ambiente antes sin contorno fijo aparece ahora demarcado con colores nítidamente edípicos. La victoria del clasicismo freudiano es evidente. El niño siguiendo el destino de la pulsión, ataca o ama al padre y la madre, y es castigado por los excesos con que vive el drama edípico. Media vuelta y vuelta y media, y estamos de nuevo en el confortable y familiar “papi-mami”, que tanto molesta, a decir verdad, a los adversarios obtusos y brillantes del psicoanálisis.

En realidad, Ferenczi vacilaba antes sus propios descubrimientos. En la hora del salto, se agarró al viejo evolucionismo psicoanalítico y al resultado previsible del Complejo de Edipo. El trabajo, en ciertos momentos, parece plantarse en el fastidioso y rutinario escenario edípico, dando la impresión de un paso atrás. Como bien dice Michel Silvestre, “para Freud el Edipo tiene un propósito preciso y único: introducir al sujeto el tema de la castración”.(8) Diluir el Edipo en cuanto estructura, en Edipo en cuanto “historia infantil” o “historicidad” significa en el mejor de los casos, volver a la familiaridad enquistada en el nacimiento del psicoanálisis, al final, Silvestre cita a Lacan, “El Edipo no puede mantenerse indefinidamente como un slogan, en las apariencias de una sociedad dónde se pierde cada vez más el sentido de la tragedia”.(9)

Pero el atascamiento teórico de Ferenczi no era gratuito. Comparemos los dos textos. En el primero, sobre el sentido de la realidad, el ambiente atento predispone a la neurosis por la prontitud amorosa en la realización de los deseos; el segundo, sobre la homosexualidad masculina, el ambiente favorece la obsesión en la medida en que se castiga el excesivo deseo agresivo o sexual. Como se aprecia la trama conceptual se complica. Tanto el amor que realiza el deseo como la coerción que impone severos límites a esta realización pueden conducir a la neurosis obsesiva. A primera vista, cualquiera fuese la actitud paternal el resultado sería el mismo. Castigar o gratificar, tiene como resultado la neurotización del niño. ¿Freud tenía nuevamente la razón? ¿En relación a la conducta paternal, cualquier cosa que se haga es igualmente mala? Supongamos que si. En este caso, dada la indiferencia del ambiente frente a la evolución psíquica, ¿quién o qué sería responsable por la producción de la neurosis?

Ferenczi vio lo que tenía que ver, distinguió lo que tenía que distinguir pero continuaba [46] bajo el dominio de Freud. Mejor dicho, de un cierto Freud. En el texto sobre el homoerotismo dijo adiós a la omnipotencia incondicional, pues solo sabia pensar en el ambiente, en términos freudianos.

Consideremos el problema para otro propósito. La riqueza del primer trabajo consistía en mostrar que la satisfacción total u omnipotencia incondicional no eran idénticas a la satisfacción pulsional. La noción engañosa de realización de deseo abrigaba realidades diferentes. La pulsión descrita por Ferenczi “se satisfacía” en investir objetos, cumpliendo las etapas de su desarrollo. El “deseo de no querer” en contrapartida persistía insaciable. Estaba siempre en el punto cero de satisfacción. Era este deseo que volvía a aparecer en los distintos estadios de adquisición del sentido de la realidad, obligando al psiquismo a crear formas de expresión que diesen cuenta de esta exigencia: gestos mágicos, pensamientos mágicos etc. En la dinámica ferencziana, por lo tanto, era la omnipotencia incondicional y no la pulsión lo que movía al psiquismo en dirección de nuevos objetos y nuevos modos de satisfacción.

El ambiente, por su lado, respondía positivamente a esta llamado, marcando el mundo del niño con el sello de la futura obsesión. En el segundo artículo ocurre un cambio. Ferenczi descubre que el ambiente castiga duramente. Pero si observamos cuidadosamente, vemos que el castigo no tiene el mismo objetivo ni el mismo objeto de respuesta amorosa del primer ensayo. El castigo tuvo como objetivo la pulsión que investía sexual y agresivamente al par parental. La diferencia entre los estados de cosas es significativa. En el primer caso, el amor era patogénico, si nos permiten la expresión, porque se convertía en cómplice de la satisfacción total; en el segundo caso, el castigo nada infringía, actuando según la leyes edipianas y aun así funcionaba como factor psicopatológico.

Ferenczi no estaba frente a una contradicción; él estaba frente a una elección. La elección entre una teoría nueva, aunque mal formulada, y una teoría antigua opuesta a los nuevos hechos. La elección recayó en la segunda. Recayó sobre la pulsión la responsabilidad de la neurosis. Los padres del homoerótico obsesivo eran representantes obedientes y ejemplares de la ley de la castración y del tabú del incesto. Actuaban civilizadamente como réplicas acertadas de los Layos y Yocastas post-psicoanalíticos. Era la pulsión que en su ceguera edípica no había sabido atravesar la fase fálica de forma comedida, como prescribía la teoría de la normalidad.

El dilema fue resuelto a bajo costo, como una vuelta de Ferenczi a la casa paterna. Quedaba saber que destino tendría sus observaciones clínicas y su “élan” terapéutico. No demoró mucho, en breve sus dudas desaparecieron. Ferenczi se reconcilió con su verdadera vocación crítica y rompió de una vez con sus amarras del freudianismo oficial. Es lo que se puede ver en sus últimas obras.

 

II. La obsesión reinterpretada

En una obra pequeña de 1923, titulada “El sueño del bebé sabio”, Ferenczi relata el sueño de un cliente donde recién nacidos “capaz de hablar o escribir con perfecta fluidez; de presentar el ambiente con palabras profundas; de mantener conversaciones eruditas; de realizar discursos; de dar explicaciones científicas, y así sucesivamente” (10). Además de pensar que en este tipo de sueño existe una critica irónica a la valorización dada por el [47] psicoanálisis a los eventos de la primera infancia, Ferenczi interpreta el deseo onírico inconsciente como “el deseo de volverse sabio y de superar a los “grandes” en sabiduría y sapiencia, lo que representaría una inversión de la situación vivía en la infancia del sujeto”.

Años después en 1931 y 1933, el sueño es retomado rápidamente en el marco de sus últimas formulaciones teóricas. En 1931, en el trabajo sobre “Análisis de los niños en el análisis de los adultos” (11), el bebé sabio reaparece como una figura particular de un caso general: el clivaje de la inteligencia en el niño infeliz. Ferenczi dice que los niños abandonados o que fueron maltratados moral y físicamente sufren un clivaje en la personalidad también llamada por él, “clivaje narcisista del self”. Como consecuencia, adoptan la posición del padre o la madre de una parte del self. Se vuelven niños solícitos, amables, bien dispuestos, prontos al “maternaje” de otros y muestran una sagacidad y madurez incompatible con su edad biológica. Los que no llegan a este nivel del control del propio dolor permanecen fijados en la hipocondría y la autoobservación.

El trabajo de 1933 es el justamente famoso “Confusión de lenguas entre los adultos y el niño”,(12) En él Ferenczi vuelve a mencionar otra vez el sueño del bebé sabio. Esta vez para reafirmar la noción de clivaje de la personalidad y para atribuir al “traumatismo progresivo” la razón de esta “madurez precoz” tanto en el campo “emocional” como en el “intelectual”. El niño traumatizado es comparado con un fruto herido por un ave o insecto que madura precozmente para defenderse de los “adultos casi locos” que perdieron el autocontrol.

Un poco antes, en 1929, escribiendo sobre “El niño no deseado y su instinto de muerte” (13), Ferenczi notaba que ciertos niños, observando señas de aversión o impaciencia por parte de sus padres, desarrollaban durante sus vidas ciertos rasgos como: el pesimismo moral o filosófico; escepticismo, desconfianza, repugnancia por el trabajo, etc. Algunos, como en un caso clínico descrito, se interesaban por vagas especulaciones cosmológicas y en estas “rumiaciones sobre el origen de las cosas vivas” Ferenczi vio la “continuidad de una cuestión que había permanecido sin respuesta”, es decir, ¿porque ella -el cliente- había sido traído el mundo si los que lo habían traído no desearon recibirlo con amor?.(14)

Estos cuatro artículos tienen en común, dos aspectos que nos interesan para nuestros objetivos. Primero, abordar los síntomas antes descritos como obsesivos bajo la rúbrica general de las neurosis sin especificación; segundo, introducen un factor genético, el trauma, que define la clínica ferencziana en nuevos términos. De inmediato surge una interrogante: ¿Por qué la neurosis no es especificada si los síntomas referidos pertenecen a la categoría de las obsesiones? En nuestra opinión, porque Ferenczi no estaba tan preocupado de la cuestión de la nosología. Su interés se había volcado completamente a la reconstrucción de la etiopatogenia del trauma.

La clínica del trauma es, por consiguiente, lo que da originalidad a la reflexión de Ferenczi. Con ella terminaron los compromisos con la ortodoxia psicoanalítica. En los ensayos iniciales, Ferenczi había descubierto el valor de la omnipotencia incondicional, de la respuesta amorosa a esta omnipotencia y de los castigos paternales como elementos psicopatogénicos. A la luz de las últimas teorías, estos elementos pueden ser considerados factores traumático “avant la lettre”. El retroceso teórico acentuado en el texto sobre el homoerotismo significó el [48] abandono de esta institución y el retorno a un lugar común teórico. El mundo adulto era un espejo inmaculado, sin tachaduras, envuelto perfectamente en las leyes ópticas del Edipo. El adulto reflejaba pura y simplemente los embates pulsionales del niño, ofreciendo la materia prima para la elaboración de la fantasía al mismo tiempo en que imponía el tono obligatorio del orden del parentesco. En la determinación de la neurosis, lo que contaba, de hecho, era el principio del placer, el imperio de las pulsiones.

Armado de esta lógica clínica, Ferenczi puso en práctica “la técnica activa”, corolario necesario de la teoría de la frustración/gratificación de las pulsiones. La pulsión y su correlato, la fantasía omnipotente, tenían que ser dominada para que el niño accediese al principio de realidad. Ahora, fue el fracaso de esta técnica lo que le llevó a rehacer las bases de la teoría. Ferenczi observó que los clientes podían adaptarse a los deseos arbitrarios del analista con excesiva docilidad. La violencia no generaba rebeldía, generaba sumisión. Entre el adulto sumiso y el niño bien adaptado, solícito o diligente el puente estaba establecido. Como el adulto neurótico, el niño podía ser llevado a introyectar al agresor. El trauma tenía su origen en lo parental y no solo en lo pulsional.

El descubrimiento de lo parental como la causa del trauma, llevó a Ferenczi definitivamente fuera de la órbita freudiana. Es bueno recordar, que hasta en la fase de la técnica activa, él admitía como Freud y la mayoría de los analistas que el trauma era un producto de fantasía. El prototipo de esta fantasía traumática era la fantasía de la seducción. Freud había renunciado, a esa altura, por lo menos en parte, a su concepción inicial del padre traumatizante, seductor, como la fuente y origen del deseo sexual. Ahora, reinaba en el psicoanálisis el imaginario histérico. La fantasía de la seducción fue defendida como la única realidad psíquica, como la realidad psicoanalítica por excelencia. Estaba descartada la posibilidad de pensar el traumatismo fuera del escenario edípico. El trauma era el efecto del choque entre el deseo que investía los objetos sexuales, el padre y la madre, y las reglas de parentesco que impedían el libre curso de las pulsiones, señalándole cuales objetos eran permitidos y cuales prohibidos. El único y verdadero trauma era el Trauma de la Castración. La fantasía de la seducción sería una traducción fenomenológica o psicopatológica de esta verdad estructural. Una forma de representar, en el nivel de lo imaginario, las leyes edípicas en su acción coercitiva y por esa razón traumática.

La vida psíquica fue, de este modo, totalmente ligada al complejo de Edipo y al complejo de castración. Ferenczi presentía clínicamente que el psicoanálisis no cabía en esta camisa de fuerza teórica. El quería reposicionar el trauma, tal como había sido pensado inicialmente por Freud. Pero, metapsicológicamente hablando, no sabia a que “brujería” recurrir. El fracaso de la técnica fue lo que colmo el vaso. Ferenczi desafió la corriente mayoritaria del psicoanálisis y volvió a hablar de “adultos locos” resucitando la figura del “padre perverso”. Reencontró, así la intuición de Freud quien a pesar de la fantasía de la seducción histérica, nunca encontró el sentido de su mito del padre primigenio. El padre primigenio no es el padre edípico, el padre muerto, origen de la legalidad y el significante de la castración. Es un padre traumático, o mejor dicho, un padre creado en el intento de dar el nombre, de representar lo irrepresentable. En Freud, como señala Silvestre, él viene a evocar la presencia constante de la aspiración a la satisfacción total, fuente permanente del traumatismo. El padre primigenio es, si pudiera decirse, “un significante inexistente”, porque no es simbólico del placer sin ley [49], sin castración.

Ferenczi se detuvo a medio camino. No tenía el ímpetu ni la perseverancia genial de Freud. Su teoría no supo mantener la equidistancia entre el trauma tal como es representado en la fantasía obsesiva y el trauma tal como podía ser pensado en conceptos puramente metapsicológicos. Continuamente osciló entre la versión obsesiva que le ofrecían sus pacientes -sustitutos de la fantasía de la seducción histérica- y su intuición del origen del trauma, antecedente próximo del mito freudiano del primitivo padre. En sus escritos se quedó amarrado a las apariencias de la experiencia. El padre traumático se convirtió en el padre empírico, en el padre edípico, tal como es escenificado por la fantasía obsesiva. Dicho de otro modo, quiso considerar a la castración responsable por la coerción simbólica y por el verdadero trauma.

Ferenczi se acercó a una metapsicológica de la teoría del trauma más sólida, en varios pasajes de su trabajo. Entre otras, destacamos algunas relacionadas con el problema de la obsesión. La primera aproximación de ello, es cuando él define la omnipotencia incondicional como la “impresión de tener todo de que se es querido y de no tener nada más que desear”. En este pasaje, la aspiración a la satisfacción absoluta es expresada como un imperativo que exige del ambiente una respuesta, bajo la pena de acarrear la muerte del deseo. La omnipotencia incondicional obliga al ambiente a producir significados capaces de nombrar y nominar aquello que le satisfaga parcialmente.

Es en este punto que uno puede concebir la acción de lo parental como fuente del trauma. Lo parental que responde amorosamente o primitivamente es solamente traumático cuándo y porque es capturado por la omnipotencia incondicional. La pasión amorosa o la pasión primitiva, dos modalidades del “lenguaje de la pasión” ferencziana, son traumáticas porque son respuestas sin límites y sin el sentido de la satisfacción absoluta. Los “adultos casi locos “y perversos o furiosos, están siempre en el límite de la ley. La pasión, en el sentido ferencziano y no en sus resonancias “spinozistas o nietzscheanas”, está siempre fuera de la ley. Solo obedecen un mandato, uno del superego arcaico o materno como diría Klein, el superego al cual Freud se refería como depositario de la expresión casi pura de la pulsión de muerte. La pasión es un derivado de la aspiración a la satisfacción total. Lo paternal que ama o castiga según las leyes edípicas no puede ser la fuente de trauma. En caso contrario todos los individuos serían seres patológicamente traumatizados. El trauma que Ferenczi vio en la pasión era el efecto psíquico de la omnipotencia incondicional, libre de las redes simbólicas y no del encuadramiento pulsional en las normas edípicas.

El segundo pasaje y todavía más vigente es su pregnancia clínica y teórica. Al relatar los efectos del trauma en los niños, Ferenczi descubre fenómenos que extrapola a la dinámica de la represión y al registro de la representación. El efecto del trauma, afirmaba era el “clivaje de la identidad” y la “alucinación negativa”. Es decir, aquello que invadía al niño no tenía representación, y por no ser reproducible no podía ser recalculado. El factor traumático no era del orden de la representación inconsciente que aparece y es reconocido como inconciliable con los código internalizados del Edipo y de la castración. Estas simples observaciones son suficientes para descartar la pulsión como origen o fuente del trauma. No hay pulsión sin representación. A menos que se introduzca como hace Laplanche, la noción de pulsión sexual de muerte, lo qué implica otros reordenamientos u otra reordenación de Freud. Pero, respetando los parámetros de la discusión en materia, lo que puede decirse es que el factor [50] traumático era algo que venía de otro lado bajo la forma de lo irrepresentable.

Una vez solo no es un hábito. Pido el permiso al lector para usar cierto expediente cansador por lo abusivo. El adulto ferencziano es literalmente portador de la pasión y no portavoz de algo que se habla o se deja decir. Pasión es dolor y como todo dolor es mudo. El otro parental es la reencarnación de ese “deseo de no desear” y el soporte en el exterior de la exterioridad radical que representa para la psiquis la irrupción de la satisfacción total. En función de esto, el niño no tiene como representar la conducta apasionada y en el lugar de la representación aparecer la “alucinación negativa “.

No obstante éstos y otros destellos instintivos, Ferenczi no se escapó de la trama edípica. Sus últimas palabras fueron a favor del trauma de origen lingüístico o representacional. No le fue posible imaginar un universo de fenómenos que fuese al mismo tiempo psíquicamente activo e irreductible al orden de la representación. Carecía de la dimensión de lo inefable, de lo más allá del principio de representabilidad. Por esta razón, fue muchas veces, erróneamente, rotulado de prefreudiano. Su teoría del trauma no acompañaba su clínica. Ferenczi se asoció, no deseándolo, al idealismo lingüístico cuando intento recuperar en términos metapsicológicos lo que aparece tan verdadero en la fantasía y en el imaginario, rocas duras del ejercicio clínico.

Concretamente, para él la violencia sufrida por el niño solo se volvía traumática cuando era posteriormente desmentida en su realidad por otro adulto. En lenguaje corriente, importaba la versión y no el hecho. Es la lengua, la interpretación, la declaración del adulto lo significativo que traumatiza. Obviamente, no pensábamos subestimar el valor de los significados “a posteriori”, en la teoría psicoanalítica. Pero los significados son solamente vividos o percibidos como traumáticos cuándo y porque fallaron en su designación de un camino que diera una salida parcial a la satisfacción total, esta sí, traumática en sí. El trauma por tanto, no es y nunca será totalmente nominado o dicho. Ferenczi, en la secuencia de su razonamiento, niega aquello que lúcidamente había intuido. Para él todo puede ser dicho; todo puede ser inscrito en el lenguaje. Por lo tanto juzga que el trauma es evitable y completamente recuperable en la experiencia analítica. Sería suficiente con traducirlo al “lenguaje de la ternura” para que el milagro se realice. No parece percibir los límites y alcance de la palabra. Su fe en la omnipotencia de lo simbólico es absoluta. Contradiciendo su experiencia clínica inmensa, no vio que lo que puede ser simbolizado ya fue o es simbólico. El lenguaje apunta hacia lo inefable, bosqueja o trata de cernir, pero no lo elimina, nunca puede reducir su “sustancia” a enunciados, significantes o significaciones.

Más, si la metapsicología del trauma en Ferenczi quedo presa en su tiempo, sus consideraciones clínicas sobre el valor del traumatismo en las obsesiones llegaron fácilmente hasta nosotros. Es innegable, que después de él, la obsesión dejó la somnolencia teórica en que se encontraba. Las viejas jergas burocráticas del erotismo anal y de la ambivalencia pulsional dieron paso a nuevos problemas e investigaciones: la precocidad intelectual; el intelectualismo; las rumiaciones sobre los orígenes; las dudas en cuanto al objeto del deseo sexual; la desconfianza crónica en la palabra de lo demás; el cuidado compulsivo y la culpa; “clivaje de la identidad”, clivaje de la inteligencia, etc.

De la perspectiva de los últimos trabajos, vemos con más claridad en que consiste su contribución a la comprensión de las obsesiones. Los obsesivos fueron en su infancia traumatizados [51] de las mas diversas maneras: el “terrorismo del sufrimiento” practicado por los padres: amenazas de abandono, rechazos, castigos furiosos, agresiones sexuales, culpabilizaciones por faltas inexistentes, manifestaciones implícitas o explícitas de desamor, etc. Cuando los adultos, revelan a través de sus síntomas las defensas que erigieron contra el trauma. En la primera de ellos, el sujeto intenta eliminar el deseo, manteniéndose fiel a la omnipotencia; en la segunda, trata de restablecer la legitimidad del deseo, recurriendo a significantes, significados o enunciados que pueden encuadrar la pasión en el régimen de la expresión simbólica.

¿No es esto lo que vemos, por ejemplo, en la figura clínica del pesimista moral o del niño compulsivamente solícito? El pesimista quiere negar cualquier placer suyo o de lo demás, para entregarse al dolor y al sufrimiento. El niño solícito, siempre dispuesto a atender los deseos de los demás, busca en última instancia impedir que ese deseo emerja adivinando y satisfaciendo un pedido que apenas fue formulado. En ambos casos, es el “deseo de no desear” lo que se mantiene rebelde a la evocación simbólica, sacrificando el deseo de placer.

En cuanto al intento de rehabilitación de la primacía de lo simbólico, él es bien ilustrativo en su argumentación del bebe sabio. El bebé sabio, sueño de niño sagaz y precozmente maduro, que quiere desesperadamente ponerse en el lugar del adulto, de un otro que debería haber podido acercarlo a la esperanza del placer y desde ese lugar darle una respuesta que nunca llegó. En el vocabulario de las primeras teorías, Ferenczi diría que las defensas obsesivas surgen para suplir la incapacidad del niño en introyectar las pulsiones de los adultos que no supieron cumplir su función de objetos mediadores. Considerando sus últimos estudios, diríamos que los obsesivos fueron privados de soportes identificatorios que indicasen las vías de placer y limitasen la satisfacción absoluta. Sin poder disponer de tales instrumentos, navegan entre los introyectos de la omnipotencia incondicional y la búsqueda de protección contra esos introyectos que castigan el pensamiento con la duda. La duda obsesiva, más que un síntoma de ambivalencia pulsional, es fruta de la actividad incesante e insensata de quién piensa disculpar –por desconfianza- al otro como fuente de respuesta a cuestiones del origen y finalidad de si, del mundo y de los otros. El pensamiento obsesivo es un pensamiento paralizado por el esfuerzo de extraer del propio sujeto los marcos identificatorios que nieguen la presencia de un otro o liberen los introyectos superyoicos de gozar sin placer.

Creemos que éstas ideas y otras descubiertas sobre las obsesiones, bastarían por si misma para acreditar el nombre de Ferenczi como uno de los grandes clínicos del psicoanálisis.

 

Bibliografia

1) FERENCZI, Sandor, Le dévelopement du sens de réalité et ses stades, in Oeuvres Complètes, tome II, Paris, Payot, 1970, p. 51-65.

2) _____. Ibid., p. 54.

3) _____. Ibid., p. 60.

4) _____. Ibid., p. 61.

5) _____. L'homoérotisme: nosologie de l' homossexualité masculine, ibid., p. 117-129.

6) Ibid., p. 123.

7) Ibid., p. 123.

8) SILVESTRE, Michel, Le père, as fonction dans la psychanalyse, in Ornicar, n° 34, Paris, Navarim Ed., 1985, p. 14-40.

9) Ibid., p. 25.

10) FERNCZI, Sandor, Le rêve du nourrisson savant, in Oeuvres Complètes, tome III, 1919-1926, Paris, Payot, 1974, p. 203.

11) _____, Child – Analysis in the Analysis of Adults, in Final Contribuitons to the Problems & Methods of psycho-Analysis, London, The Hogart Press and The Institute of Psycho-Analyses, 1955, p. 126-142.

12) _____, Confusion of Tongues between Adults and the Child, ibid., p. 156-167.

13) _____, The Unwelcome Child and his Death Instinct, ibid., p. 102-107.

14) Ibid, p. 104.

 

(A) em Cadernos de Psicanálise do Circulo Psicanalítico do Rio de Janeiro, Ano X, N. 6, 1988, p. 42-52. Entre colchetes, as referências no original da revista.

 

 

En. http://www.jfreirecosta.com/

 

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