Traducción
directa del alemán José L. Etcheberry.
Hemos
hecho la experiencia de que desear es barato, y por
eso nos obsequiamos con largueza unos a otros los
más cálidos y mejores deseos, entre
los que descuella el de una larga vida. La doble valencia
de este deseo, precisamente, es puesta en descubierto
en una famosa anécdota oriental. El Sultán
llamó a dos sabios para que le dijeran su horóscopo. “Te
tengo por dichoso, señor – dijo uno -;
en las estrellas está escrito que verás
morir a todos tus parientes antes que tú”.
Este vidente fue ajusticiado. “Te tengo por dichoso – dijo
también el otro -, pues leo en las estrellas
que sobrevivirás a todos tus parientes”.
A este le dieron una rica recompensa; los dos habían
expresado el mismo cumplimiento de deseo.
En
1926 debí escribir la nota en memoria de
nuestro inolvidable amigo Karl Abraham. Pocos años
antes, en 1923, pude saludar a Sandor Ferenczi al cumplir
sus cincuenta años de vida. Hoy, apenas una
década después, me duele haberlo sobrevivido
también. En aquel ensayo que escribí para
su jubileo pude rendir público tributo a su
polifacético talento y su originalidad, a la
riqueza de sus dotes: es que la discreción debida
al amigo me impedía entonces hablar de su personalidad
amable, humanitaria, abierta a todo lo sustantivo.
Desde
que el interés por el joven psicoanálisis
lo atrajo hacia mi, compartimos muchas cosas. Cuando
en 1909 fui llamado a Worcester, Massachusetts, para
dictar unas conferencias durante una semana conmemorativa,
lo invité a acompañarme. La mañana
del día en que yo iniciaba mis conferencias,
paseábamos frente a los edificios de la universidad
y le pedí que me propusiese el tema sobre el
cual yo hablaría, y él me bosquejó lo
que media hora después expuse en una improvisación.
De ese modo participó en la génesis de
las Cinco conferencias (Freud, 1910a). Poco más
tarde, en el Congreso de Nuremberg de 1910, lo moví a
proponer que los analistas se organizasen en una asociación
internacional, tal como lo habíamos meditado
entre ambos. Su propuesta fue aceptada con escasas
modificaciones y está en vigencia todavía.
Durante varios años sucesivos pasamos juntos
en Italia las vacaciones de otoño, y más
de un ensayo que luego apareció en la bibliografía
bajo su nombre o el mío cobró allí,
en nuestras charlas, su forma primera. Cuando el estallido
de la Guerra Mundial puso término a nuestra
libertad de movimientos, pero paralizó también
nuestra actividad analítica, él aprovecho
la pausa para iniciar su análisis conmigo, interrumpido
después por su llamado a filas pero que pudo
proseguir más tarde. Y el sentimiento de solidaridad
que nació entre nosotros bajo tantas vivencias
comunes no sufrió mengua ninguna cuando él,
en un momento de la vida por desgracia demasiado tardío,
se unió a la destacada mujer que hoy lo llora
como viuda.
Una década atrás, cuando la Internationale
Zeitschrift (y la International Journal) consagró a
Ferenczi una separata al cumplir él cincuenta
años, se habían publicado ya la mayoría
de los trabajos que hicieron de todos los analistas
sus discípulos. Pero se reservaba todavía
su obra más brillante y fecunda en ideas. Lo
supe, y en la frase con que concluía mi contribución
le pedí que nos la enviara. Así, en 1924
apareció en Versuch einer Genitaltheorie (Ensayo
de teoría genital). Ese opúsculo es más
bien un estudio biológico que psicoanalítico,
una aplicación a la biología de los procesos
sexuales, y, más allá, a la vida orgánica
en general, de los puntos de vista e intelecciones
que el psicoanálisis había producido:
es quizá la más atrevida aplicación
del análisis que se haya intentado nunca. Como
idea conductora, se insiste en la naturaleza conservadora
de las pulsiones, cada una de las cuales quiere restablecer
un estado que una perturbación exterior obligó a
resignar. Los símbolos se disciernen como testimonios
de conexiones antiguas; con notables ejemplos se muestra
cómo las peculiaridades de lo psíquico
conservan las huellas de antiquísimas alteraciones
de la sustancia corporal. Cuando uno lee ese escrito
cree comprender numerosas singularidades de la vida
sexual que nunca antes había podido abarcar
en su concatenación, y se enriquece con vislumbres
que prometen unas intelecciones profundas en vastos
campos de la biología. Es en vano intentar separar
desde ahora lo que puede aceptarse como conocimiento
digno de crédito y lo que, a modo de una fantasía
científica, procura colegir un conocimiento
futuro. Uno deja ese pequeño libro con este
juicio: “Es demasiado para una sola vez, lo releeré pasado
un tiempo”. Pero no sólo a mí me
ocurre eso; es probable que efectivamente llegue a
existir un “bioanálisis” como Ferenczi
lo anuncio, y en tal caso no podrá manos que
remontarse al Versuch einer Genitaltheorie.
Tras este elevado
logro ocurrió que el amigo
se fue a apartando de nosotros poco a poco. De regreso
de un periodo de trabajo en Estados Unidos, quien antes
había tenido la más viva participación
en todo cuanto acontecía en los círculos
analíticos pareció retirarse cada vez
más a un trabajo solitario. La necesidad de
curar y asistir se había vuelto hiperpotente
en él. Es probable que se propusiera metas inalcanzables
con nuestros actuales medios terapéuticos. Desde
fuentes afectivas inextinguibles le afluyó el
convencimiento de que era posible conseguir mucho más
con los enfermos si se les daba bastante del amor que
habían añorado de niños. Quiso
averiguar cómo podía lograrse esto en
el marco de la situación psicoanalítica,
y hasta no lograr éxito se mantuvo segregado,
inseguro tal vez de coincidir con los amigos. Dondequiera
que pudiese haberlo llevado ese camino, no pudo recorrerlo
hasta el final. De manera paulatina se revelaron en él
los signos del grave proceso de destrucción
orgánica que probablemente ensombrecía
su vida desde varios años atrás. Poco
antes de cumplir los sesenta años murió de
anemia perniciosa. Es imposible creer que la historia
de nuestra ciencia haya de olvidarlo.
SIGMUND FREUD. OBRAS COMPLETAS
SANDOR FERENCZI. (1993)
Editorial Amorrortu, 1991
James Strachey
Mayo de 1933
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