Sandor Ferenczi
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Evidencia Testimonial:

 

OBITUARIO FREUD A FERENCZI. 1993  

Traducción directa del alemán José L. Etcheberry.

Hemos hecho la experiencia de que desear es barato, y por eso nos obsequiamos con largueza unos a otros los más cálidos y mejores deseos, entre los que descuella el de una larga vida. La doble valencia de este deseo, precisamente, es puesta en descubierto en una famosa anécdota oriental. El Sultán llamó a dos sabios para que le dijeran su horóscopo. “Te tengo por dichoso, señor – dijo uno -; en las estrellas está escrito que verás morir a todos tus parientes antes que tú”. Este vidente fue ajusticiado. “Te tengo por dichoso – dijo también el otro -, pues leo en las estrellas que sobrevivirás a todos tus parientes”. A este le dieron una rica recompensa; los dos habían expresado el mismo cumplimiento de deseo.

En 1926 debí escribir la nota en memoria de nuestro inolvidable amigo Karl Abraham. Pocos años antes, en 1923, pude saludar a Sandor Ferenczi al cumplir sus cincuenta años de vida. Hoy, apenas una década después, me duele haberlo sobrevivido también. En aquel ensayo que escribí para su jubileo pude rendir público tributo a su polifacético talento y su originalidad, a la riqueza de sus dotes: es que la discreción debida al amigo me impedía entonces hablar de su personalidad amable, humanitaria, abierta a todo lo sustantivo.

Desde que el interés por el joven psicoanálisis lo atrajo hacia mi, compartimos muchas cosas. Cuando en 1909 fui llamado a Worcester, Massachusetts, para dictar unas conferencias durante una semana conmemorativa, lo invité a acompañarme. La mañana del día en que yo iniciaba mis conferencias, paseábamos frente a los edificios de la universidad y le pedí que me propusiese el tema sobre el cual yo hablaría, y él me bosquejó lo que media hora después expuse en una improvisación. De ese modo participó en la génesis de las Cinco conferencias (Freud, 1910a). Poco más tarde, en el Congreso de Nuremberg de 1910, lo moví a proponer que los analistas se organizasen en una asociación internacional, tal como lo habíamos meditado entre ambos. Su propuesta fue aceptada con escasas modificaciones y está en vigencia todavía. Durante varios años sucesivos pasamos juntos en Italia las vacaciones de otoño, y más de un ensayo que luego apareció en la bibliografía bajo su nombre o el mío cobró allí, en nuestras charlas, su forma primera. Cuando el estallido de la Guerra Mundial puso término a nuestra libertad de movimientos, pero paralizó también nuestra actividad analítica, él aprovecho la pausa para iniciar su análisis conmigo, interrumpido después por su llamado a filas pero que pudo proseguir más tarde. Y el sentimiento de solidaridad que nació entre nosotros bajo tantas vivencias comunes no sufrió mengua ninguna cuando él, en un momento de la vida por desgracia demasiado tardío, se unió a la destacada mujer que hoy lo llora como viuda.

Una década atrás, cuando la Internationale Zeitschrift (y la International Journal) consagró a Ferenczi una separata al cumplir él cincuenta años, se habían publicado ya la mayoría de los trabajos que hicieron de todos los analistas sus discípulos. Pero se reservaba todavía su obra más brillante y fecunda en ideas. Lo supe, y en la frase con que concluía mi contribución le pedí que nos la enviara. Así, en 1924 apareció en Versuch einer Genitaltheorie (Ensayo de teoría genital). Ese opúsculo es más bien un estudio biológico que psicoanalítico, una aplicación a la biología de los procesos sexuales, y, más allá, a la vida orgánica en general, de los puntos de vista e intelecciones que el psicoanálisis había producido: es quizá la más atrevida aplicación del análisis que se haya intentado nunca. Como idea conductora, se insiste en la naturaleza conservadora de las pulsiones, cada una de las cuales quiere restablecer un estado que una perturbación exterior obligó a resignar. Los símbolos se disciernen como testimonios de conexiones antiguas; con notables ejemplos se muestra cómo las peculiaridades de lo psíquico conservan las huellas de antiquísimas alteraciones de la sustancia corporal. Cuando uno lee ese escrito cree comprender numerosas singularidades de la vida sexual que nunca antes había podido abarcar en su concatenación, y se enriquece con vislumbres que prometen unas intelecciones profundas en vastos campos de la biología. Es en vano intentar separar desde ahora lo que puede aceptarse como conocimiento digno de crédito y lo que, a modo de una fantasía científica, procura colegir un conocimiento futuro. Uno deja ese pequeño libro con este juicio: “Es demasiado para una sola vez, lo releeré pasado un tiempo”. Pero no sólo a mí me ocurre eso; es probable que efectivamente llegue a existir un “bioanálisis” como Ferenczi lo anuncio, y en tal caso no podrá manos que remontarse al Versuch einer Genitaltheorie.

Tras este elevado logro ocurrió que el amigo se fue a apartando de nosotros poco a poco. De regreso de un periodo de trabajo en Estados Unidos, quien antes había tenido la más viva participación en todo cuanto acontecía en los círculos analíticos pareció retirarse cada vez más a un trabajo solitario. La necesidad de curar y asistir se había vuelto hiperpotente en él. Es probable que se propusiera metas inalcanzables con nuestros actuales medios terapéuticos. Desde fuentes afectivas inextinguibles le afluyó el convencimiento de que era posible conseguir mucho más con los enfermos si se les daba bastante del amor que habían añorado de niños. Quiso averiguar cómo podía lograrse esto en el marco de la situación psicoanalítica, y hasta no lograr éxito se mantuvo segregado, inseguro tal vez de coincidir con los amigos. Dondequiera que pudiese haberlo llevado ese camino, no pudo recorrerlo hasta el final. De manera paulatina se revelaron en él los signos del grave proceso de destrucción orgánica que probablemente ensombrecía su vida desde varios años atrás. Poco antes de cumplir los sesenta años murió de anemia perniciosa. Es imposible creer que la historia de nuestra ciencia haya de olvidarlo.

 

SIGMUND FREUD. OBRAS COMPLETAS

SANDOR FERENCZI. (1993)

Editorial Amorrortu, 1991

James Strachey

Mayo de 1933

 

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