Traducción
Jorge Vallesteros
La experiencia nos
ha demostrado que desear no cuesta nada, y por
eso nos regalamos generosamente, los unos a los otros,
los mejores y más afectuosos
deseos, entre los cuales el primer lugar le corresponde
al deseo de larga vida. Pero justamente este deseo
tiene una ambivalencia que nos es revelada por cierta
anécdota oriental harto conocida. Un sultán
se ha hecho trazar su horóscopo por dos agoreros. “La
fortuna sea contigo, ¡oh señor! – dice
el primero -. En las estrellas está escrito
que veas morir a todos tus parientes antes de morir
tú." Este vidente es ajusticiado. "La
fortuna sea contigo, ¡oh señor! - dice
también el otro -. Leo en las estrellas que
sobrevivirás a todos tus parientes.” Este
es ricamente recompensado. No obstante, ambos habían
expresado idéntica realización
de deseos.
En enero de 1926 tuve que escribir la necrología
de nuestro inolvidable amigo Karl Abraham. Pocos
años antes, en 1923, pude cumplimentar a Sandor
Ferenczi por haber alcanzado los cincuenta años
de vida. Hoy, un corto decenio más tarde,
me duele haberle sobrevivido también a él.
En aquella salutación para su aniversario
hube de celebrar públicamente su universalidad,
su originalidad, la riqueza de sus talentos; en cambio,
la discreción debida al amigo me prohibía
hablar de su personalidad amable, magnánima
y abierta a todo lo importante.
Desde que el interés por el naciente psicoanálisis
lo condujo a mí, muchas han sido nuestras
empresas compartidas. Cuando en 1909 fui invitado
a Worcester, Massachusetts, para dictar allí conferencias
durante una semana de jubileo, le pedí que
me acompañara. Todas las mañanas, antes
de la hora de mi conferencia, nos paseábamos
ante la Universidad y yo lo invitaba a proponerme
el tema a exponer ese día; él esbozaba
así lo que media hora después yo exponía
en improvisación. Fue de esta manera como
Ferenczi tomó parte en la génesis de
las Cinco conferencias sobre psicoanálisis.
Poco después, en el Congreso de Nuremberg,
de 1910, lo induje a proponer la organización
de los analistas en una Asociación Internacional,
tal como la habíamos proyectado juntos. Su
proyecto fue aprobado con pocas modificaciones; hoy
todavía está en vigor. Durante varios
años sucesivos pasamos juntos en Italia nuestras
vacaciones otoñales, y más de un trabajo
que posteriormente fue publicado con su nombre o
con el mío tuvo allí en nuestras conversaciones,
su forma primigenia. Cuando estalló la guerra
mundial, poniendo fin a nuestra libertad de movimientos,
pero paralizando también nuestra actividad
analítica, aprovechó el intervalo para
comenzar su análisis conmigo, que si bien
fue interrumpido por su incorporación a filas,
pudo ser continuado posteriormente. El sentimiento
de íntima y segura comunidad que paulatinamente
se formó a través de tantas experiencias
en común tampoco se vio perturbado cuando,
lamentablemente ya avanzada su existencia, ligose
a la excelente mujer que hoy lo llora como viuda
suya.
Cuando hace diez años la Internationale Zietschrift
y el International Journal dedicaron sendas entregas
especiales a celebrar el cincuenta aniversario de
Ferenczi, ya se hallaban publicados la mayoría
de aquellos trabajos que hicieron de todos los analistas
sus discípulos. No obstante, aún mantenía
en reserva su obra más brillante, más
pletórica de ideas. Yo lo sabía, y
concluí mi mensaje de congratulación
exhortándolo a entregárnosla. Así fue
como apareció en 1924 su Ensayo de una teoría
genital. El pequeño libro es un estudio biológico
más bien que psicoanalítico, una aplicación
de los puntos de vista y de los conocimientos surgidos
del psicoanálisis, a la biología de
los procesos sexuales y aun al problema de la vida
orgánica en general; por cierto, la más
osada aplicación del psicoanálisis
que se haya intentado jamás. Como idea cardinal,
se acentúa la índole conservadora de
los instintos, que tienden a restablecer todo estado
abandonado a causa de una perturbación exterior;
los símbolos se reconocen como testimonios
de conexiones arcaicas; muéstrase, por medio
de ejemplos convincentes, cómo las particularidades
de lo psíquico conservan las huellas de las
modificaciones primordiales y arcaicas de la sustancia
somática. Al leer este trabajo, créese
comprender muchas peculiaridades de la vida sexual
que antes nunca había sido posible captar
en su concatenación, y el lector se siente
enriquecido con sugerencias que prometen conducir
a profundísimas perspectivas nuevas en vastos
sectores de la Biología. Sería inútil
querer discernir ya hoy cuánto puede aceptarse
como conocimiento fidedigno y cuánto hay de
tanteo hacia un conocimiento futuro, a manera de
una fantasía científica. Déjase
este pequeño libro con la impresión
de que leerlo todo es demasiado para una sola jornada,
de que se impone releerlo al cabo de una pausa. Mas
no soy el único que tiene esta impresión.
No obstante, quizá llegue a existir alguna
vez realmente un “bioanálisis” como
Ferenczi lo ha proclamado, y éste tendrá que
invocar sin duda el Ensayo de una teoría
genital.
Después de
esta obra culminante, nuestro amigo comenzó a
apartarse paulatinamente de nosotros. Vuelto de una
temporada de trabajo en Estados Unidos, pareció sumirse
cada vez más
en la obra solitaria; él, que antes siempre
había participado vivamente de cuanto
ocurría
en los círculos analíticos. Supone
que un único problema había embargado
totalmente su interés. La imperiosa necesidad
interior de curar y de socorrer al enfermo se
había
tornado omnipotente en él. Quizá se
hubiese impuesto metas aún inaccesibles
con nuestros actuales recursos terapéuticos.
De sus inagotables fuentes afectivas llegole
la convicción
de que se podría alcanzar mucho más
con nuestros enfermos dándoles en medida
suficiente el amor que anhelaron tener en su
infancia. Se propuso averiguar cómo sería
posible hacerlo en el marco de la situación
psicoanalítica,
y mientras no hubo alcanzado el éxito
en tal tarea, se mantuvo apartado, quizá también
por no estar ya tan seguro de la concordancia
de ideas con sus amigos. Dondequiera que el camino
emprendido por él lo hubiese podido llevar,
no le fue dado recorrerlo hasta el final. Paulatinamente
manifestáronse
los signos del grave proceso destructivo orgánico
que probablemente ya había ensombrecido
su vida desde años atrás. Así,
poco antes de alcanzar los sesenta años,
sucumbió a
consecuencia de una anemia perniciosa. No es
concebible que la historia de nuestra ciencia
llegue a olvidarlo jamás.
Mayo
de 1933
SIGMUND FREUD. OBRAS COMPLETAS
EN MEMORIA DE SANDOR FERENCZI. 1993
Editorial Biblioteca Nueva, 1981
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