LA INCLUSIÓN DE LAS IDEAS DE FERENCZI EN EL TRABAJO DE FRIEDA FROMM-REICHMANN
Extracto del libro “Salvar una persona es salvar al mundo: La historia de Frieda Fromm-Riechmann” por Gail A Hornstein, Págs. 81 - 83.
Al sostener que la técnica correcta era la que funcionaba, no necesariamente la que figuraba en el manual, Frieda se aliaba con el punto de vista tan elocuentemente expresado por el analista húngaro Sandor Ferenczi. Durante décadas, Ferenczi había sido el colega más íntimo de Freud, el que se reunía con él en las vacaciones durante las cuales desarrollaron muchas ideas fundamentales del psicoanálisis. Los dos hombres intercambiaron más de mil cartas durante un período de 25 años, y Freud llamaba a Ferenczi un “maestro del análisis”.
Universalmente considerado como el clínico más brillante del primer movimiento psicoanalítico, Ferenczi lograba tratar los casos más dificultosos. Pero a principios de los años veinte se convenció de que el “análisis no es un instrumento que funcione al margen de la persona que lo utiliza”, y cada vez más centraba su atención en la aportación del analista a la relación terapéutica. Ferenczi tomó gran cantidad de pacientes psicóticos e introdujo una serie de modificaciones técnicas destinadas a crear un ámbito seguro y alentador donde podían exteriorizar y resolver sus traumas infantiles.
Esto era perturbador para Freud. Quería que el contexto psicoanalítico fuera un ámbito distante y científico, como un laboratorio o un quirófano, donde el analista mantuviera una actitud “neutral”. La participación activa de Ferenczi le recordaba la relación de Breuer con Anna O., o la relación de Jung con Sabina Spielrein, transferencias intensas y erotizadas que habían intimidado a Freud, instándole a desarrollar un modo de trabajo más controlado. También le preocupaba que Ferenczi afirmara que definir a un paciente como “imposible de analizar” era retraumatizante, y que los fracasos se debían a las dificultades de contratransferencia del terapeuta, no a la resistencia del paciente.
Frieda por su parte, admiraba a Ferenczi por su empeño en ayudar a los pacientes. Su alumna Clara Thompson escribiría: “Poseído de una genuina compasión por todo sufrimiento humano [ Ferenczi ] abordaba cada caso nuevo con una creencia entusiasta en su capacidad para ayudar y en la valía del paciente. Su esfuerzo era infatigable y su paciencia inagotable. No estaba dispuesto a admitir que algunas enfermedades mentales fueran incurables, y siempre sugería que quizá aún no hubiéramos hallado el método correcto”.
Igualmente convencida de que el peso recaía siempre sobre el analista, Frieda alababa la flexibilidad de Ferenczi. Encontraba muy útiles muchas de sus modificaciones técnicas, sobre todo la utilización de sesiones prolongadas para romper las defensas de pacientes muy retraídos, y la imitación de movimientos corporales como un modo de comprender recuerdos que no se podían expresar verbalmente. Ante todo, coincidía con Ferenczi en que el analista al admitir sus errores, podía crear un contraste crucial entre la terapia y las relaciones traumáticas del pasado del paciente.
Además de estudiar los trabajos clínicos de Ferenczi, Frieda lo veía cuando él iba a la clínica de Groddeck para sus frecuentes “vacaciones terapéuticas”. (Muchos colegas de Ferenczi emulaban su ejemplo, y en verano había tantos analistas en Baden Baden como hoy en Wellfleet, Cape Cod). En 1927, cuando Ferenczi regresó de dar conferencias en Estados Unidos, pasó un largo periodo con Groddeck, y Frieda iba desde Heildelberg una vez por semana para sesiones informales de supervisión. En una carta a Freud, Ferenczi la llamó “una persona astuta y muy dotada para el análisis”, todo un cumplido viniendo del hombre a quien se consideraba uno de los grandes clínicos del movimiento psicoanalítico.
Frieda admiraba a Ferenczi y Groddeck por su “respeto por el paciente”. Rechazando la “pose de infalibilidad” que Freud había adoptado para mantener a distancia la patología del paciente, Frieda admitía sus propias limitaciones. Esto le permitía valorar a los pacientes como personas talentosas a pesar de sus dificultades, en vez de despreciarlos como “chusma”, como había hecho Freud.
Sin embargo, la admisión de Ferenczi de que los sentimientos de contratransferencia negativa podían influir sobre la resistencia del paciente también alentaron la tendencia de Frieda a culparse a sí misma cuando las cosas salían mal. Hasta cierto punto, esto protegía a los pacientes, que no debían sobrellevar la carga de sus ineptitudes. Pero la actitud de responsabilizar al psiquiatra de cada fracaso en el tratamiento, llevada al extremo, amenazaba con hacerlo sentir tan culpable que se volvía inútil para su paciente. Frieda era consciente de este peligro; se esforzaba continuamente por seguir la guía de Ferenczi y usar los sentimientos de contratransferencia como una sutil fuente de información más que como un medio de autoflagelación.
Hallo inspiración en la convicción de Ferenczi de que la terapia con psicóticos requería la modificación de los métodos analíticos convencionales. Aunque sus detractores siempre describieron los desvíos de Frieda como “extremos”, ella restaba importancia a las diferencias, diciendo que sólo quería “Cambiar algunos énfasis de doctrina de la técnica psicoanalítica con el objeto de destacar ciertas partes que no se han subrayado demasiado, y de no tomar tan en serio otras”. No queriendo ser una hereje, expresaba sus ideas cautelosamente, para no ser desterrada como Adler o Jung.
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