DEFENSAS EN CONTRA DE LA INTIMIDAD. I
Las formas que tiene el sujeto para mantener al otro a distancia, o directamente por fuera del espacio compartido -defensas ante las angustias de la intimidad-, podrán transcurrir desde el alejamiento físico, o el retiro esquizoide en presencia del otro, o los estados disociados en que se preserva una parte de sí por fuera de la organización de la personalidad que participa en los intercambios con el otro -múltiples selves, Bromberg (1996) hasta la agresividad para distanciar al otro (Bleichmar, 1997; Mahler, 1981).
Por otra parte, se puede buscar la intimidad en una de sus formas –corporal, afectiva, instrumental o cognitiva- pero rechazarse las otras no porque impliquen intimidad sino porque afectan el sentimiento de seguridad en los sistemas motivacionales del narcisismo, de la autoconservación, de la regulación del equilibrio psicobiológico. Así un miembro de la pareja puede buscar la intimidad en el plano sexual pero esto significa entrar en contacto con un otro que le desrregula psicobiológicamente llenándole de ansiedad, o que le transmite su tristeza, o que desea imponerle sus ideas generando tensión en el sistema narcisista. Pero, a la inversa, la intimidad puede ser sobresignificada desde el sistema narcisista: “el/ella comparte conmigo… luego, me valora”, con lo cual se refuerza su búsqueda.
Esta reacción diferencial a la acción del otro desde los distintos sistemas motivacionales -se le acepta desde uno, se le rechaza desde otros- permite una descripción más fina de lo que se llama ambivalencia, fenómeno omnipresente en toda relación precisamente porque el sujeto se vincula desde una multiplicidad de sistemas motivacionales y modalidades de búsqueda y rechazo que propone al otro y desde los cuales reacciona a las propuestas de éste. Más que ambivalencia entre dos categorías (amor-odio), con lo que nos encontramos es con polivalencia, es decir, valencias de signos opuestos entre los sistemas motivacionales.
Los desencuentros resultan de las múltiples combinaciones que se pueden generar entre el deseo de intimidad, las formas de lograrlo y las necesidades que siente un sujeto desde sus sistemas motivacionales. Ferenczi (1933) habló de confusión de lenguas para referirse a la condición en que alguien se dirige a un otro en búsqueda de cuidado y protección y este último le responde mediante su deseo sexual. No importa que el primero sea el niño y el segundo el adulto, lo decisivo del aporte de Ferenczi es que ilustra acerca de una de las variantes del desencuentro entre dos subjetividades.
Así como la sexualidad puede ser algo en sí misma, por el casi puro placer pulsional, o ser un instrumento para alcanzar la intimidad, los deseos y necesidades de los demás sistemas motivacionales se pueden alcanzar sin que la intimidad esté de por medio. El placer narcisista es dable de obtenerse en algunos casos, precisamente, porque el sujeto siente que el otro no le interesa, ni lo que siente, ni lo que piensa ni lo que hace. Igualmente con la regulación psicobiológica o la autoconservación que es alcanzada mejor por alguna gente en soledad, sin la presencia física, emocional, instrumental o cognitiva del otro.
En: http://www.elalmanaque.com/Oct05/20-10-05.htm