EVIDENCIA TESTIMONIAL
En su seminario del 2 de junio de 1954, Jacques Lacan ha rendido un homenaje a Ferenczi, de la manera siguiente:
“Para el niño estaba al principio lo simbólico y lo real, contrariamente a lo que creemos. Todo aquello que nosotros vemos se compone, se enriquece y se diversifica en el registro de lo imaginario, a partir de esos dos polos. La historia pasada, vivida, el sujeto que aspiramos alcanzar en nuestra práctica, no lo podremos alcanzar sino a través del lenguaje del niño en el adulto...”
Ferenczi vio magistralmente esta cuestión. ¿Que es lo que, en un análisis, hace participar al niño al interior del adulto? La respuesta es totalmente clara: lo que es verbalizado de manera irruptiva”.
A propósito de un fin trágico y de la intolerancia de un paciente, frágil, de cara a las exigencias de un psicoanálisis llamado clásico, citamos el texto del gran poeta húngaro Jozsef Attila (traducción de Nicolás Abraham)
“No subsiste ninguna duda sobre la relación que existe entre el desencadenamiento de su enfermedad de la cura psicoanalítica que el perseguía. Poemas que rompen, en tanto que exoactuación, reclamaban que el punto final fuese puesto a las insoportables frustraciones de la cura y que la promesa simbolizada por la presencia del analista, de la mujer, encontrase un fin en el matrimonio. Es notable que las numerables frustraciones reales de las cuales Attila había sufrido a lo largo de su vida no tuviesen por razón de su voluntad de vivir. Se necesito la situación particular del psicoanálisis para precipitarlo en su enfermedad fatal. Para comprender su intolerancia a las exigencias de un psicoanálisis clásico, será suficiente con leer la poesía citada acá. Ella data de antes de 1932 y relata, según el relato de una hermana mayor, de que extraña manera aquella le alimentaba en ausencia de su madre, cuando él aún no tenía dientes. La espantosa justicia de su intuición de bebe en destreza hace de este jefe de obra poético un autentico documento humano...”
PESADILLA
“ ... Ella tiene siete años. El día la llama
La llama a dar vueltas en el espacio.
Porque mamá cuenta sobre ella
Para cuidar al niño, esta peste...
... pero los ojos hinchados van a abrirse
El bebé se puso a gritar
Ella lo talla y sin decir palabras
Se levanta a calentar la leche,
Sobre el niño ya pálido y azul
Fija una mirada indiferente
Mariposa muerta en sus cabellos
Lleva alas en su cinta
En la boca abierta ella empuja
La mamila del biberón
El niñito tose y se atora
Y grita, aquel palo que se rompe
Como la mar él es palpitante
La buena leche corre y llora en verso
Ahora ella sacude... el niño
Y tragando, traga y busca
Después la grande le da la leche
El no es nada más que tiesura y espasmo
También él se tranquilizará,
De la boca de nuevo, él lo arranca!
El niño no sabe más lo que debe
Alegrarse o infinitamente llorar.
Ira lo sacude y lo lleva
Babeando sobre sus labios la leche
Como que viene de nacer al mundo
Tiene la cabeza carmesí,
Tales versos en la frente, sus venas salen
Y su grueso moretón se pone tieso,
El grita y se sofoca, el tiene hambre y miedo
Sus encías se asoman hacia la sombra
Solo un hombre esperando de Dios,
Viviría esa pesadilla de monstruo.
De espanto el niño esta asustado
Como! Que va? Y que reprende ?
Cual el asesino la niña es fría
Ciega hacia abajo vuelve a tomar su canto
Así hace ella su tarea
En silencio, una media hora;
Y cuando una vecina golpea
Sobresalto, después da de buen corazón
Abrir la puerta de un aire dulce
“Deben ser sus dientes” dice ella
Luego se sienta en la alcoba y juega
A jugar con sus diez dedos pálidos
Desde hace semanas, la madre
vuelve en la tarde y lo toma en brazos
Su hijo. El se aferra a su carne
Y de la buena leche no come más...”
Ese “culpable inocente” como lo escribe Eva Brabant era uno de esos grandes poetas húngaros, así como Sandor Petôfi, poeta y militante de la comuna de 1848, y Endre Ady, héroe del patriotismo democrático y amigo de la familia Ferenczi.
A la instancia de Jozsef Attila, Ferenczi quiere ser aquel que no olvida. La pesadilla, para él, no es solamente creación onírica, sino testimonio de una tortura de infancia, pesadilla vivida, cómodamente desterrada de la memoria, salvo aquel que, tal como un poeta, es capaz de reinventar lo trágico. Ese sadismo nutricio sobrepasa la ficción, como toda realidad asesina: “solo un hombre pariendo de Dios, viviría esa pesadilla de monstruo”.
Ferenczi: paladin et grand vizir secret. Pierre Sabourin. Editions Universitaires 1985. pp
216 a 219. (traducción Indepsi)