Estas nuevas traducciones a partir del alemán de los grandes textos de
Ferenczi, que han tardado mucho tiempo en encontrarse, aparecen aquí asociadas
a fragmentos y esbozos de textos póstumos, y a notas cotidianas de los últimos
años de su vida cuyo espíritu es comparable al del diario. Este,
escrito durante 1932, nos revelará toda su consistencia documental en
una publicación futura, llevando como complemento la correspondencia
con Freud y las cartas circulares del Comité Secreto.
Las dificultades
para la publicación de estas cartas dejan entrever
que la luz que arrojarían sobre los orígenes
del psicoanálisis es todavía demasiado
violenta. De momento, transcurrido medio siglo después
de su muerte, este tomo IV aparece como un contrapeso
a los efectos hipnóticos de las teorizaciones,
y, aún más que los tres volúmenes
precedentes, como un contrapeso necesario a los mitos
que rodean el nacimiento del psicoanálisis.
Deseemos que sirva de antídoto para todos los
lectores que no sean alérgicos a las corrientes
vivificadoras de la historia.
Aunque Ferenczi
no ha sido nunca olvidado en la literatura analítica,
a menudo es mal conocido y frecuentemente despreciado
como ocurre en su patria, Hungría, donde, con
ocasión del primer centenario de su nacimiento,
en 1973, se le reconocía como fundador pero
de una forma ambivalente (véase Judith Dupont,
Coq Héron, n.° 54). El último período
de su vida (1927-1933), del que son testimonio estos
escritos, ha soportado más de un diagnóstico
caprichoso, a tenor de las opiniones de Jones. Este
insistía, en efecto, sobre una denominada “hipocondría”,
e ironizaba sobre los “demonios ocultos” causantes
de su dolencia, sin apreciar en su justa medida la
influencia de la enfermedad que venía padeciendo
desde hacia años: síndrome neuro-anémico
de la enfermedad de Biermer (afección muy dolorosa
y bastante incurable antes del descubrimiento de la
vitamina B 12), de la que iba a morir el 24 de mayo
de 1933 a causa de una complicación llamada
mielitis ascendente.
Sólo
algunos psicoanalistas como Hermann, Balint y Granoff
supieron en su tiempo rectificar esta interpretación
tendenciosa de Jones y otorgar a Ferenczi la plaza
de fundador que le corresponde junto a Freud en todos
los terrenos delicados en los que hoy todavía
interviene el psicoanálisis.
En esta encrucijada
de los años treinta, tras múltiples divergencias
y desviaciones, el psicoanálisis se hallaba
siempre en situación muy conflictiva con la
teoría, lo que para Ferenczi tiene menos importancia
que las cuestiones prácticas. Sus escritos lo
manifiestan mostrando que prácticaba el análisis
también con los psicóticos; leyendo su
diario y varios de los textos aquí presentados,
puede constatarse que los pacientes analizados por él
se hallan a menudo en los límites de la disociación
y de la paranoia, bastante más enfermos que
lo que indicaban los “síntomas favorables” de
la curación, no teniendo él ninguna dificultad
en ocuparse de ellos.
Este es uno
de los puntos clave para comprender la malevolencia
del movimiento psicoanalítico internacional
en cuyo seno Jones le había designado como el
bufón de Freud. Tras haber sido un acérrimo “defensor” de
Freud y su “gran visir” absolutamente “secreto” durante
veinte años, llegó a ser, a pesar suyo,
víctima de su creatividad y de su estilo, convirtiéndose
en la cabeza de turco de todos los conformismos posfreudianos.
Es cierto
que, llevado por su entusiasmo, Ferenczi nunca usaba
subterfugios para contradecir o argumentar a Freud,
quien por otra parte le preguntaba a menudo por el
desarrollo de sus tratamientos más delicados;
también sabía responder a su propia alumna
Melanie Klein cuando le preguntaba: “¿cómo
enseñar el simbolismo a los niños?”. “Tú eres
la que debes aprenderlo todo de ellos...” le respondía.
En el terreno
práctico, los escritos que presentamos ofrecen
grandes posibilidades de captar cierto número
de sus elaboraciones técnicas, por ejemplo:
a) La relajación
es un principio del análisis y no una manipulación.
b) La técnica
activa está dirigida a los neuróticos
de carácter y no constituye una desviación
de las reglas consideradas universales.
c) El análisis
en estado de ansiedad permite un trabajo en determinados
momentos regresivos lo cual es indispensable en los
análisis difíciles.
d) La insistencia
del analista en un “juego de preguntas y respuestas” permite
aproximarse más a determinadas verdades insospechadas
a quienes no separan las técnicas analíticas
para el adulto y para el niño.
e) Por último
a Ferenczi le gustaba trabajar con los elementos propios
de su personalidad: disponibilidad, flexibilidad, y
autocrítica; considera el valor terapéutico
como “elasticidad técnica” y como tacto.
En las creaciones
teóricas de Ferenczi se da una acumulación
de ideas gracias a nociones muy simples, y por ello
muy precisas, que incluso hoy se nos muestran sorprendentemente
modernas:
1. El niño
no deseado, mal acogido por su ambiente, o demasiado
bien acogido y seguidamente rechazado (das unwillkommene
Kind), que va a proporcionar a Ferenczi la ocasión
de establecer la noción de “neurosis de frustración” debida
a un aumento de los impulsos de muerte en el niño:
en este caso, el niño se convierte desde su
más tierna infancia en un puente para el paso
electivo del sadismo inconsciente de sus padres, variando
cuantitativamente sus impulsos de muerte a tenor de
la insistencia del deseo del otro. Con esta noción
que data de 1929, Ferenczi se anticipa a la concepción
del “deseo como deseo de otro” desarrollando por Lacan
y a la del “esfuerzo para volver al otro loco” de Harold
Searles.
2. La confusión
de las lenguas entre adultos y niños (Sprachverwirrung),
título de uno de sus importantes artículos
en el que se va a jugar su fama sosteniendo que la
ternura y la sensualidad del niño chocan a menudo
con las actitudes del adulto cuajadas de movimientos
pasionales y de erotismo seductor o perverso. Desarrolló,
entre otras, las nociones de “identificación
con el agresor” y de “introyección del sentimiento
de culpabilidad del adulto”, cruciales ambas para captar
el fenómeno traumático cuando el niño “dividido
ya, inocente y culpable a la vez, ha perdido confianza
en el testimonio de sus sentidos”.
3. La fragmentación
de la personalidad (Zersplitterung), con lo que la
división interna es tan sólo un caso
particular, consecuencia del odio y del “terrorismo
del sufrimiento”, concepto que anuncia ya las investigaciones
de Winnicott sobre la “capacidad de estar solo” así como
los trabajos de Pancov sobre la imagen del cuerpo en
la psicosis.
4. Por último,
la noción de la función traumatolítica
del sueño, tan útil para entender los
sueños de repetición, que fue una idea
original de Freud desarrollada por Ferenczi y recuperada
por el maestro en 1931 en la primera de sus Nuevas
Conferencias; el lugar privilegiado de las repeticiones
de traumatismo “ignorado hasta entonces por el propio
paciente” lo relaciona Ferenczi a su culpabilidad;
esta noción ha sido utilizada en Francia por
Nicolas Abraham y Maria Torok.
De este modo,
con el concepto de introyección promocionado
por él en la teoría más clásica,
Ferenczi centra su reflexión sobre los efectos
patógenos de lo que llama la conmoción
psíquica. Esta será la línea directriz
de su investigación, incomprendida por el propio
Freud pero adelantada a su época “al menos en
quince o veinticinco años” como ha escrito Michaël
Balint.
Para un lector
actual, interesado por los orígenes y las dificultades
del análisis, este edificio teórico-clínico
se organiza en torno a la seducción y a sus
efectos patógenos. Pero un importante malentendido
persiste a este respecto. Para intentar aclararlo,
lo mismo que la pugna entre Freud y Ferenczi que ésta
ligada a él, será útil tornar
a determinados momentos de equívocos teóricos;
por ejemplo en los Tres Ensayos, texto freudiano revisado
muy a menudo, salvo en su conclusión que permanece
sin cambio, en el que podemos leer:
“Las influencias
exteriores de la seducción pueden interrumpir
o suprimir la fase de latencia, mostrándose
entonces el impulso sexual del niño de forma
perversa polimorfa.”
Por otra
parte, en algunas cartas a Fliess, censuradas por la
descendencia oficial de Freud, Max Schur ha encontrado
detalles que ayudan a comprender la magnitud del conflicto
de Freud a este respecto. Contrariamente a sus sucesores,
Freud nunca se inclinó por opiniones definitivas
a favor o en contra de la teoría de la seducción.
Este radicalismo es un efecto visual ligado a determinados
momentos polémicos en los escritos de Freud.
He aquí el origen:
Antes de
1897 Freud había elaborado una teoría
muy sutil, “la fórmula etiológica de
las neurosis” con tres niveles de causalidad: la herencia,
los casos concomitantes, y las causas específicas,
es decir, las seducciones activas por un adulto en
la infancia, como efecto retroactivo, que da lugar
a un traumatismo en dos tiempos. Con esta nueva concepción
se adelantaba a Charcot, quien como es sabido, sostenía
posiciones muy dogmáticas. Ferenczi cita el
siguiente ejemplo a propósito de un niño:
- La madre: “Todo
viene de que le han hecho miedo...”.
- Charcot: “No
le pregunto eso; siempre es lo mismo. Parece que siempre
hay en los padres un instinto que les empuja a atribuir
estos hechos singulares a una causa fortuita, desestimando
la idea de la fatalidad hereditaria...”.
Para salir
de esta “fatalidad” y de este curioso “instinto”, Freud
ensaya toda una serie de hipótesis. Pero la
cuestión es siempre la misma: ¿cómo
tal conducta perversa de un adulto va a suponer, tras
el prematuro despertar sexual del niño, una
tal psiconeurosis de defensa? Ferenczi nunca elimina
las respuestas aunque atenten a la moral tradicional
y por el contrario insiste específicamente
en su trabajo sobre los traumatismos precoces olvidados.
Para comprender
las consecuencias de estos conflictos hay que detenerse
un momento en el sentido que este concepto de seducción
tiene para Freud y Fliess primero y para Freud y Ferenczi
después. Para estos autores de lengua alemana,
se utiliza siempre el sentido etimológico, o
sea el sentido activo de la palabra Verführung,
es decir seducción como desorientación,
como desviación, en este caso desviación
del deseo del niño por el adulto, y no seducción,
tomada en sentido pasivo, como ocurre en francés,
es decir seducción como encanto o atributo de
la persona que trata de ser objeto del deseo de otro,
ni seducción como fantasía (originaria
o no), y mucho menos “seducción como destino” (Baudrillard,
1979).
Para edificar
con Fliess la “Psicología del futuro” y alcanzar
la “coordinación psicofisiológica” tan
deseada, Freud sólo disponía de las elaboraciones
científicas o supuestamente tales de su “querido
brujo”, de su “único público”, como le
escribía un día: “para colocar mi columna
sobre tu zócalo tengo la impresión de
que no debo escribir nada jamás...”
Esta gran
ilusión de Freud llegará hasta su última
tentativa por hacer coincidir las fechas de seducción
de los pacientes con las famosas fechas periódicas
de las que Fliess se servía para explicarlo
todo mediante la “infalibilidad de las cifras...”
Pero al aparecer
el libro de Fliess (1987), la relación no continúa,
porque muchas revelaciones son ya inaceptables para
Freud, por ejemplo ésta:
“¿El
sexo del niño no podría ser determinado
por la madre en este sentido más que si dependiera
del tipo de período masculino o femenino que
afectaría tras la fecundación al huevo
fecundado?...”
Esto fue
demasiado para el rigoe intelectual de Freud. Antes
de decidirse a investigar en solitario, tiene que renunciar
a esta colaboración ya imposible que solamente
entonces denomina con este curioso nombre latino: “Ya
no creo en mi neurótica...”. Sin embargo no
abandona definitivamente la teoría de la seducción
aunque es totalmente desechada por Fliess, siendo luego
atacado por él a propósito de la prioridad
de la idea de bisexualidad.
Freud sacrifica
su gran proyecto de colaboración, renuncia parcialmente
a sus constataciones anteriores, manteniendo durante
mucho tiempo la imagen de un Fliess-Ideal, incapaz
por ejemplo de errores profesionales, a pesar de la
evidencia contraria que expone Max Schur en “El asunto
Emma”.
Este gran
trabajo psíquico de Freud, en medio de un doble
dolor, ya que es el año en que muere su padre
y el año en que triunfa donde el paranoico Fliess
había fracasado, va a permitirle resolver el
hundimiento depresivo de estos momentos, del que da
cuenta a Ferenczi en 1913 con estas palabras:
“Me ha emocionado
mucho su carta melancólica, en primer lugar
porque me ha recordado mi cuarenta aniversario tras
el cual he cambiado varias veces de piel, lo que sucede
cada siete años como sabemos. En aquel momento,
1896, estaba en el más profundo abandono, había
perdido mis antiguos amigos y no tenía otros
nuevos; nadie se preocupaba de mi y sólo me
mantenía en pie mi cabezonería y el alumbramiento
de la interpretación de los sueños. Cuando
pienso en usted le considero mucho más dichoso
en bastantes aspectos, aunque no sea demasiado llamativa
su situación. Está usted firmemente establecido,
tiene el camino libre, es muy apreciado por un círculo
escogido de amigos del que está destinado a
convertirse en jefe...”
Tras este
lamento de Freud recordando su cuarentena, cuando se
encontraba en el más “profundo abandono” podemos
comprender mejor las consecuencias futuras de la teoría
de este abandono por Fliess de la causa de Freud.
Las justificaciones
que da a Fliess de su cambio de criterio respecto a
las seducciones de los padres indican el final de un
Freud influenciado, pero también presagian las
rupturas sucesivas con sus más íntimos
amigos: con Jung precisamente en 1913, y luego con
Ferenczi en 1931-1932 cuando Freud desarrollaba su
teoría crítica considerando a Ferenczi
como el padrino (godfather) de los desbordamientos
de afección maternal que pueden arrastrar a
los jóvenes analistas a un camino equivocado.
Aparentemente
Freud se distancia de Ferenczi en cuanto a técnicas,
pero si se examina la situación más de
cerca parece que se trata más bien de la excepcional
asistencia que Ferenczi prodigaba a sus pacientes,
cosa que Freud nunca fue capaz de hacer.
La importante
cuestión de la transferencia maternal sobre
el analista, que Ferenczi no podía ni quería
desconocer, es un tema de grandes contradicciones en
Freud, que se muestran como divergencias teóricas
pero que son básicamente oscilaciones que dependen
de los altibajos de su trabajo: a veces la verdad histórica
se estanca, como en su gran trabajo sobre la paranoia,
al interesarse Freud más por el mecanismo que
por la causa, y entonces deja en la oscuridad la persecución
sádica y seductora del padre del presidente
Schreber, el temible doctor Daniel Gottlieh (ver Niederland,
Schreber padre e hijo); en otros momentos Freud recupera
la evidencia de sus constataciones clínicas,
como por ejemplo en 1924 cuando confirma que “la seducción
ha conservado cierta importancia etiológica,
y todavía hoy considero válidos determinados
desarrollos expuestos aquí...”.
En este texto
(“Otras indicaciones sobre la psiconeurosis de defensa”)
no se trata de la seducción como fantasía
ni de la seducción como mascarada, sino que
se trata por el contrario de la seducción como
acto de desviación, acto concreto, trivial entre
un adulto y un niño. Ferenczi ha insistido mucho
sobre esas seducciones que son las violaciones o sus
equivalentes, cuyo indudable sentido de iniciación
sexual oculta malamente las desectructuraciones psíquicas
subyacentes.
Anna Freud
desarrolla este mismo tema en su obra Lo normal y lo
patológico en el niño, y entonces Freud
parece más tranquilo; de lo que se podría
deducir que es la transferencia maternal mantenida
por un hombre lo que Freud no soporta. Dos meses antes
de la muerte de Ferenczi habla de este modo a su discípula
Hilda Doolittle: “No me gusta ser la madre en una transferencia;
esto me sorprende y me choca siempre un poco, porque
me siento muy masculino...”.
De este modo
toda la decepción de Ferenczi frente a las incomprensiones
de Freud puede comprenderse hoy como un ejemplo ilustrado
del conflicto, repetido luego a menudo, entre el psicoanalista
que asiste y el psicoanalista que dirige.
Freud ha
preferido separarse de sus amigos más que de
sus ideas, sobre todo cuando alguno de ellos discutió su
autoridad como en el caso de Jung, no siguió sus
consejos como le ocurría a Rank, o se permitía
una independencia de pensamiento como Ferenczi.
Sin embargo
fue Ferenczi quien acertó a designar con mayor
claridad el doble lenguaje con que puede ser aprisionada
una infancia: lenguaje de la ternura y lenguaje de
la pasión, es decir del arrebato pasional de
los adultos.
Aquí es
donde ha encontrado los traumatismos precoces ligados
a actos perversos genitales, resultantes de una “hipnosis
por intimidación” llamada por Ferenczi “hipnosis
paternal”, donde puede constatarse que el complejo
de Edipo del niño no excluye las violencias
homo o heterosexuales a menudo intrafamiliares.
También
ha descubierto los traumatismos que debían entenderse
como divisiones de la libido del niño, que se
refieren a su alimentación, su defecación,
o cualquier otro aprendizaje: doble coacción
mantenida de forma sutil por la madre, resultado de
un “hipnosis por insinuación”, llamada por Ferenczi “hipnosis
maternal”, donde puede constatarse a menudo que la
importancia del Edipo en el niño no excluye
las perversiones ejercidas por la función maternal.
Esto indica
la importancia de la confusión de leyes entre
el adulto y el niño, como frecuentemente ocurre
con los precintos de la boca de un sujeto o con los
sellos sobre su cuerpo, donde el autocastigo se repite
en sus conductas y en su transferencia, habiendo estallado
desde tiempo atrás toda memoria del hecho sin
que pervivan recuerdos-pantalla ni recuerdos rechazados.
Los traumatismos se han transformado a menudo en acciones
y en imágenes, es decir en alucinaciones, en
vez de verbalizarse; la fantasía inconsciente
-a menudo persecutoria- conserva todo su valor directriz
para convertirse en cicatrización del trauma;
Freud define este estado con el término Narbenbildung
en una carta inédita enviada a Ferenczi en 1930.
Ferenczi
establece esta afirmación fundamental: “LA DESAPROBACIÓN
POR LA MADRE DE LO QUE HA PODIDO PASAR HACE AL TRAUMATISMO
PATÓGENO”.
De este modo
podríamos proponer esta formulación,
siguiendo los múltiples desarrollos elaborados
por Ferenczi al respecto: LA DESAPROBACIÓN DE
LA MADRE COMO DISFUNCIÓN DE LA PALABRA ES UN
AGENTE TRAUMÁTICO QUE REDOBLA LAS INDICACIONES
PRECOCES, QUE SON DISFUNCIONES DE LA LIBIDO DEL NIÑO.
Todo esto
se apoya en una práctica analítica
donde se encuentran:
a) Amenazas
de muerte a menudo incestuosas con chantaje del adulto
al niño y proposiciones eróticas no equivocas
donde se realiza la doble coacción por estos “profesores
de sexualidad” de la infancia.
b) Heridas
simbólicas
por privación de amor, moderno sustituto del
infanticidio o consecuencia de un aborto fracasado
Estas nociones
son tan frecuentes en la clínica psicoanalítica
que el sentido del trabajo de Ferenczi tiene para nosotros
un valor creciente. Recientemente se ha dedicado al “bebé sabio”,
tan querido por Freud, un Manual para uso de los niños
con padres difíciles, que contiene la interrogación
de Ferenczi sobre “la adaptación de la familia
al niño”.
Otros escritos
de Ferenczi recogidos en este volumen son de gran actualidad: “La
formación del psicoanalista”, “La terapia del
carácter”, “El fin del análisis”. Asimismo
otros textos más cortos pero muy precisos sobre
temas poco frecuentes: “La técnica del silencio”, “La
disciplina del Yoga”, o “La iniciativa de los pacientes”.
Pero en el
centro de las preocupaciones de Ferenczi hemos visto
que son los traumatismos psíquicos los que aparecen
con insistencia. Por ejemplo el que llama “La hipocresía
analítica” que contribuye a veces a redoblar
el traumatismo infantil, afirmando a un sujeto en la
culpabilidad que le oprime como una hipnosis suplementaria
que podría designarse como hipnosis psicoanalítica,
que desvía su imagen del cuerpo y dificultad
su capacidad de elección.
La lectura
de estos textos, aparte del placer de descubrir su
afinado estilo, permitirá volver a equilibrar
los fundamentos elementales y prácticos, e impedirá caer
en el culto a la muerte del análisis.
Por último,
en los límites de las posibilidades de escucha,
lo que llama en su Diario “análisis mutuo” es
la tentativa más sincera que jamás se
ha transcrito para que la muestra de la sensibilidad
del analista efectuada ante el paciente sea un acto
de palabra que testimonie las resistencias del analista,
sus límites e incluso su falibilidad. Intentemos
captar, aprovechando su humor y su clarividencia, lo
que convierte al psicoanalista en paciente de sí mismo,
sin falsa vergüenza ante la verdad de la historia,
reinventando teoría y práctica, como
nos demuestra Ferenczi que todavía era posible
en su tiempo.
P. S.