He
reflexionadodurante
mucho tiempo sobre si debo escribir esta carta, y
ahora me he decidido a hacerlo. El hecho de que escriba
a máquina se debe a que
sólo de esta manera
puedo escribir de una manera
objetiva.
En
estos últimos años sólo he podido
pensar, con un peso en el corazón, en la vida
de Sandor. Resultó víctima de su espíritu
de investigación científica, una suerte
de la que me he librado sólo por mi propia
falta de sed de conocimientos.
Primero
debo hablar de mí mismo. Aun antes de meterme
en el psicoanálisis, tenía como convicción
básica de mi pensamiento la idea de que en
el ser humano, aparte de la psique con que se ocupa
la ciencia, existen miles y millones de vidas interiores,
más o menos independientes, que se agrupan
algunas veces de una manera, a veces de otra, funcionando
juntas o en oposición, y que, incluso, son
muy independientes algunas veces. Con esta conclusión
me he satisfecho y nunca he tratado de estudiar ese
cosmos. No está dentro de mi naturaleza preocuparme
con cosas que considero inexplicables.
En
mi estrecha amistad con Sandor observé relativamente
pronto que él juzgaba de la misma manera estas
cosas, pero me impresionó ver que quería
investigar científicamente el mundo del hombre
y, si era posible, pintarlo de tal manera que se
pudiera participar en eso que podría llamarse
un drama.
Este
esfuerzo resultó dominante en él. Delante
de mí se valió de la expresión: “Yo
atomizo el alma.” Pero esa atomización, cuando
se intenta seriamente, sólo puede terminar
en la autodestrucción, porque el otro hombre
es y seguirá siendo un secreto para nosotros;
sólo podemos atomizar nuestra propia alma,
y eso nos destruye. La forma en que Sandor, cuyo
genio y valor siempre he admirado, fue liberado finalmente
de los dolores de una lucha sobrehumana no tiene
que ver con esto.
Una
que otra vez intenté señalarle
los peligros de ese camino para él; pero
así como no es posible detener una tempestad
rugiente con una mano, tampoco yo pude ayudar a
Sandor.
Cuando
alguien dice que posiblemente yo hubiera podido hacerlo, ¿es
un error? A pesar de lo cercanos que estábamos
uno del otro, estaba ya muy lejos de mí en
un vuelo hacia las estrellas que yo no podía
ni quería seguir.
No
puedo decirle más. Los acontecimientos externos
de la vida de este hombre, tan raro entre los hombres,
sólo han tenido sentido en la medida en que
señalaban que pertenecía a los que
dan, una y otra y otra vez.