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Evidencia Testimonial:

 

CARTA DE GEORGE GRODDECK A GISELA FERENCZI

EL 19 DE FEBRERO DE 1934

 

 

He reflexionadodurante mucho tiempo sobre si debo escribir esta carta, y ahora me he decidido a hacerlo. El hecho de que escriba a máquina se debe a que sólo de esta manera puedo escribir de una manera objetiva.

En estos últimos años sólo he podido pensar, con un peso en el corazón, en la vida de Sandor. Resultó víctima de su espíritu de investigación científica, una suerte de la que me he librado sólo por mi propia falta de sed de conocimientos.

Primero debo hablar de mí mismo. Aun antes de meterme en el psicoanálisis, tenía como convicción básica de mi pensamiento la idea de que en el ser humano, aparte de la psique con que se ocupa la ciencia, existen miles y millones de vidas interiores, más o menos independientes, que se agrupan algunas veces de una manera, a veces de otra, funcionando juntas o en oposición, y que, incluso, son muy independientes algunas veces. Con esta conclusión me he satisfecho y nunca he tratado de estudiar ese cosmos. No está dentro de mi naturaleza preocuparme con cosas que considero inexplicables.

En mi estrecha amistad con Sandor observé relativamente pronto que él juzgaba de la misma manera estas cosas, pero me impresionó ver que quería investigar científicamente el mundo del hombre y, si era posible, pintarlo de tal manera que se pudiera participar en eso que podría llamarse un drama.

Este esfuerzo resultó dominante en él. Delante de mí se valió de la expresión: “Yo atomizo el alma.” Pero esa atomización, cuando se intenta seriamente, sólo puede terminar en la autodestrucción, porque el otro hombre es y seguirá siendo un secreto para nosotros; sólo podemos atomizar nuestra propia alma, y eso nos destruye. La forma en que Sandor, cuyo genio y valor siempre he admirado, fue liberado finalmente de los dolores de una lucha sobrehumana no tiene que ver con esto.

Una que otra vez intenté señalarle los peligros de ese camino para él; pero así como no es posible detener una tempestad rugiente con una mano, tampoco yo pude ayudar a Sandor.

Cuando alguien dice que posiblemente yo hubiera podido hacerlo, ¿es un error? A pesar de lo cercanos que estábamos uno del otro, estaba ya muy lejos de mí en un vuelo hacia las estrellas que yo no podía ni quería seguir.

No puedo decirle más. Los acontecimientos externos de la vida de este hombre, tan raro entre los hombres, sólo han tenido sentido en la medida en que señalaban que pertenecía a los que dan, una y otra y otra vez.

           

          

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