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Claude Lorin.
En Agosto 1976. Decido
partir para Hungría, con la esperanza de encontrar
los “Escritos de Budapest” -todos los primeros
textos de Sándor Ferenczi- y de verificar con mis
propios ojos si, realmente como algunos decían,
estos textos “no valían ni un comino”.
El rumor que corría en París era de que los
fragmentos de esta “vulgaridad”, si es que
existían, no guardaban ningún interés,
y que en realidad bastaba con que se quedaran allí donde
estaban y se pudrieran. La tradición quiere que
Ferenczi sea ahora y siempre reconocido en una posición
deferente con respecto a Freud, y que sus primeros textos
sean desilusionantes y muy inferiores a sus últimos
escritos.
¿Sorprendente,
no? ¿Quién osaría decir algo semejante,
acerca de la famosa Neurótica del joven Freud? Sin
ninguna seguridad y sin otro espíritu de misión
que la aventura de mi propio análisis -la atracción
del espiritu húngaro- me proyecto entonces a la
costa de Balaton, a bordo del cual el autor de Thalassa,
personaje poco conocido a la época, soñaba
frecuentemente. Budapest entonces, vía Viena, donde
Sándor había realizado sus estudios de medicina,
después Vács y Esztergom ( en donde encuentro
a Györgyi Kurcz, encantada de escuchar un poco del “habla
francesa”), después Bákony, un bosque
tenebroso del que me queda un inquietante recuerdo de sombras
errantes, que una tarde extrañamente azul, se inclinaron
sobre mi murmurando en un extraño modo. Impregnado
de Novalis, de Shelling y de Goethe, me imaginaba al Rey
de los Alisos... El lugar, ocultando brujas y vampiros,
no era para nada seguro. Después el Balaton, inmenso
lago rapsódico rodeándolo todo, cerca de
la vieja estación de trenes de Földward-Install,
la enigmática presencia del joven Sándor.
La extrañeza de
la lengua húngara -la que, fascinado, he decido
aprender- se mezcla en mi cabeza con miles de leyendas
del Bosque Negro, sobre un tema continuo de Bártók.
Encontrar “el oro” en ese lugar pareciera muy
improbable... ¿Porqué, “el oro”?
Porque, precisamente a propósito de los textos de
Ferenczi, Freud había exclamado: “¡Es
oro puro!”.
Kaposvár, después
Pécs y Szeged en donde encuentro a Györgyi,
quien intrigada por mi obsesión, acepta de buena
gana ayudarme. Sin tardar nosotros nos dirigimos a la capital.
Siguiendo su consejo[1], a mediados de Agosto cuando el
aire fresco estaba tramado con una bruma persistente, entro
solo en una librería antigua y le pregunto a una
muchacha que escucha mi vacilante húngaro, si ella
tenía los textos de Sándor Ferenczi. Ella
desaparece abruptamente por la trastienda, y regresa escoltando
a un anciano de tez pálida vestido con un viejo
traje gris oscuro.
Él: - Jó nápot
urám, Szolgalhátok valamivel ? (Buenos días,
señor, puede serle útil en alguna cosa?)
A causa de mi mal acento,
repito mi pregunta. Él me mira fijamente y responde:
- Sándor Ferenczi,
soy yo. ¿Para que me quiere Ud.? ¿Qué desea?
Silencio, desconfianza,
duda.... Luego yo digo:
- Paracsol? Hógy
hiviák? (¡Perdón! ¿Cómo
se llama usted?)
- Sándor Ferenczi.
Una docena de pensamientos
se agolpan en mi cabeza. ¿Quién era ese hombre? ¿Un
pariente, un descendiente, un bromista, un fantasma?. Ciertamente
no el doble de Ferenczi. Con los ojos muy abiertos, observo
el rostro agudo del anciano y comienzo a escuchar una explicación
en alemán: el anciano de barba era su homónimo,
y conocía vagamente los trabajos de su “doble”.
Luego de una formidable risa, me indica un lugar donde
yo podría encontrar los textos del “otro” Sándor
Ferenczi. Yo se lo agradezco, pero mi turbación
es tal, que queriendo decir “voy a tomar el tranvía”,
yo digo lustwagen en lugar de lastwagen (camión),
una especie de palabra compuesta que si existiera en Alemán
querría decir “auto(vehículo)placer”.
De hecho, tomo sin poner en duda, un tranvía llamado
deseo...
El lugar indicado era
un edificio inesperado: un gran patio pavimentado, escalera
y corredores apretados, galerías bajas, muros gruesos
ahuecados..., entro y me pongo febrilmente a la búsqueda
de los textos. Examino uno a uno montañas de libros,
de pasquines, de revistas impregnadas con un olor a papel
usado o gastado por el tiempo. Registro durante horas los
ficheros, hurgando en los montones de papeles: ¡nada!
La información del anciano era falsa. En mi urgencia
por conocer el secreto de estos escritos, me había
alegrado prematuramente. Imposible, desde luego, dormir
tranquilamente. Salgo a caminar por Budapest, respirando
profundamente el aire de la noche.
Dos días, después,
frente a la casa de Imre Hermann, Györgyi y yo, decidimos
visitar otra biblioteca. Encuentro, precisamente un texto
de Hermann publicado en 1974 en la revista Orvosi Hetilap.
Estas hojas amarillentas era una de las revistas medicas
húngaras en las cuales, según mis referencias
se debían encontrar algunos de los escritos inéditos
de Sándor. El empleado que nos recibe, después
de escuchar perezosamente la explicación de Györgyi
de cuales eran nuestras intenciones y nuestros deseos,
coloca plácidamente su galleta sobre el mostrador
y nos dice:
-Puede ser que estén
allí. Yo no lo se. Vean ustedes mismos. Y nos encontramos,
nuevamente, frente a un montón de revistas apiladas
entre las cuales descubrimos, evidentemente, no un ejemplar
relacionado con los escritos de la juventud de Sándor,
pero si un artículo, y luego otro, y otro más,
después que llevaban su firma en las revista de
Gyórgyászat y Orvosi Hetilap. Me armo de
paciencia. Abro los ojos muy abiertos. ¡Desparramados
con numerosas referencias falsas los primeros textos de
Sándor, por tanto tiempo en cuarentena, estaban
allí! ¡Desde luego, manos a la obra! Descifro
las viejas revistas, soñando con dar a conocer in
extenso estos artículos, para que ellos vivan finalmente
su propia existencia. ¡Felicidad, máxima!
Lo primero que encuentro
es “Espiritismo”, primer articulo de Sándor
que trata sobre la espinosa y mística cuestión
de la creencia en los espíritus. Desentierro textos
que tratan de enfermedades que, hoy en día, están
casi desaparecidas: el hiperdactilismo, el impétigo,
la hipospadiasis, el saturnismo, el tabes... Inspecciono
todo escrupulosamente. La historia de Ferenczi comienza.
Día tras día,
cada encuentro me deja en un estado de íntimo júbilo.
Recopilo inmediatamente los escritos teóricos con
el fin de separarlos de lo puramente neuropsiquiátrico. Descifro
con Györgyi cinco textos sorprendentes: “El
amor y la ciencia”, “Consciencia y desarrollo”, “Lectura
y salud”, “La paranoia” y “La
homosexualidad femenina”.
Me reúno con el
doctor Koska, algunos miembros del equipo de Lockzy, merodeo
cerca del hospital de Saint-Roche, donde Sándor
había ejercido, y luego dejo Hungría.
De regreso a París,
los problemas comienzan. Gérard Mendel, de las ediciones
Payot, me envía donde Judith Dupont. Después
de algunas felicitaciones murmuradas en un tono de apariencia
jovial, Judith Dupont, me lanza miradas golosas: ella desea
que yo le deje los textos como si fueran suyos. Me rehuso:
yo había autentificado estos escritos, pasado meses
traduciéndolos, corrigiendo los errores, invirtiendo
innumerables horas en los pasajes más difíciles
de comprender... La dama entonces me lleva gentilmente
a la puerta, y desde ese momento paso a ser “el enemigo”. Una
carta de las Ediciones Payot me llega: a pesar de su interés
por el tema, la dirección decidió no publicar
los textos inéditos de Ferenczi.
Corro como un loco donde
Gallimard: Jean-Bertrand Pontalis me escucha como a un
niño (tengo apenas veintisiete años) e intenta “comprender” mi
demanda. Cae el veredicto: Pontalis, también desiste
.
Jacqueline Rousseau, quien
dirige en Donoël la colección “Freud
y su tiempo”, amistosa y cortésmente, se lamenta
de que yo no haya podido trabajar con George Kassaï.
Por ese entonces, yo asistía
a la presentación de casos y a los seminarios de
Lacan, con quien había participado en una conversación,
acerca de San Agustín2, en un tren que nos llevaba
a Estrasburgo. Decido tomar contacto con él. Por
razones que se me escapan, la cita con Lacan, para hablar
acerca de los artículos de Sándor, nunca
tuvo lugar.
La secretaria de la Escuela
freudiana, Nicole Sels, me propuso, que mientras
tanto, haga la traducción de un texto inédito
de Hermann3 . Acepto y me aboco sobre un texto rico y original,
y luego sobre un texto inédito de Géza Róheim4.
Estos dos autores son alumnos de Ferenczi. Sin embargo,
nunca olvido los textos de Ferenczi. Los abandono, los
retomo, y los vuelvo a dejar. Avanzo en el estudio del
húngaro y en la traducción con Györgyi:
archivo los artículos traducidos.
En el Instituto Psicoanalítico
de París, ciertos psicoanalistas tienen un punto
de vista insolente hacia el que han llamado recientemente “el
hijo preferido del psicoanálisis5”. Ferenczi
es sospechoso: mantener una tradición, por valiosa
que fuera, era, según Sándor, atrofiar un
pensamiento en movimiento. Sus primeros textos lo demuestran.
El freudianismo predicado que imperaba durante la década
de 1980 tuvo por consecuencia cubrir, con una discreta
antipatía, la obra de Ferenczi. En esta época,
los portavoces freudianos, en su mayoría, proclamaban
en carteles y seminarios la obra de aquél que se
llamaba a sí mismo “inaccesible”.
Una excepción,
sin embargo: Vladimir Granoff quien, fuertemente inspirado
en sus trabajos, otorgaba a Sándor un lugar en su
cátedra. Cátedra que, precisamente, se refería
a la filiación.
La técnica activa
de Ferenczi, marginada del anclaje vienés, reforzaba
la infidelidad a Freud, vía Lacan, pues Sándor
-“Visir y cabeza de turco”, como decía
Jones - conspira en la desmitificación. Si
el cadáver de Sándor, descansa sobre el sillón
de los psicoanalistas, él se encuentra terriblemente
presente en mí tanto que termino por comprender
que nada es tan peligroso como una idea cuando se tiene
una sola idea.
Daniel Sibony encuentra los
textos “demasiado médicos”. Dos días
después me hace llegar, piadosamente, un boletín
de adhesión para ser llenado y reenviado a la Causa
freudiana. Tenía que funcionar. Marika Torok, sonriente
y muy atenta, me recibe pero prefiere no guardar los textos,
aunque sea sólo para leerlos, diciendo “nunca
se sabe si puede haber un incendio en mi casa”. El
mismo fracaso se produce con Ilse Barande. En pocas palabras
y a instancia de Madame Torok, me agradece haberle dado
la oportunidad de descubrir la existencia de estos textos.
Eso sería todo.
Una maldición pareciera
cernirse sobre estos textos: Una copa de mistral se vuelca
sobre dos hojas originales, roban mi oficina, secuestro
de un texto inédito por parte de un colega húngaro,
se extravían dos textos...
Sin embargo, interesados
por los primeros escritos de Ferenczi, algunos colegas
me ayudan, y entonces comienza un período más
afortunado. Piéra Aulagnier, de quien yo seguía
los seminarios en Sainte-Anne, publica “La Paranoia” y “Dos
errores de diagnóstico” en la revista Topique
(nº 19). Jamás olvidaré su cálida
acogida ni al gigantesco Masai que me abrió la puerta
de su departamento. Jean-François Reverzy, dotado
de una singular curiosidad y conocedor de la materia, publica
in extenso en Transitions un texto de crítica social,
llamado “Contribución a la organización
hospitalaria de los médicos asistentes”, acompañado
de extractos acerca de los trabajos de Ferenczi sobre la
parálisis.
Pero eso no es todo. Frente
a la imposibilidad de dejar este proyecto incompleto, es
que decido reiniciar la tarea, continuando con la traducción
y haciendo los comentarios de una treintena de textos,
y redactando Le jeune Ferenczi (El joven Ferenczi).
En Mayo de 1982. Escribo
a René Major, de quien había apreciado en ”Confrontatión” su
amplitud de criterio. Los primeros escritos de Ferenczi, él
me dice, clarifican tanto el conocimiento y la historia
del psicoanálisis, como la personalidad y los trabajos
ulteriores del médico húngaro. 1983 es el
año del quincuagésimo aniversario de la muerte
de Sándor. Una coincidencia que no me decepciona:
el psicoanálisis se encuentra en “prise au
mot”6. René Major lee mi ensayo y decide publicarlo.
Intento encontrar apoyo.
Escribo a Michel Foucault, con la ilusión de que
me haga el honor de escribir el prólogo. Se toma
algunos días para decidirlo, y luego desde el Collège
du France, me dirige unas palabras fechadas el 15 de Octubre
de 1982:
Estimado Señor,
La calidad de su obra
lo autoriza a publicarla sin que el editor tenga necesidad
de bendición o estimulo cualquiera. Pienso que esto
es un respeto que se le debe a un trabajo que ha llegado
a una madurez que le permite presentarse por su propia
autoridad [...].
En el encuentro de Trissotin
del psicoanálisis de la época, Foucault no
acepta la cortesía. A pesar de su negativa, me alegra
su rechazo.
A fines de 1983, con la
venia del comité de redacción de Perspectives
psychiatriques, organizo un homenaje a Sándor Ferenczi.
Tomo contacto con I. Barande, M. Bonnafé, C. Anzieu,
F. Couchard y otros apasionados de la obra de Sándor. Jaques
Postel testimonia un vivo interés por los textos
de Sándor acerca del amor, y hace publicar en L’ Evolution
Psychiatrique, mi comentario de “El amor y las ciencias”. En
1983, él prologa mi obra Le Jeune Ferenczi. Luego,
publico en el diario médico Gyn-Obs un artículo
llamado “Ferenczi y las mujeres”. ¿Qué sabemos,
verdaderamente, de su vida amorosa? Pocas cosas en
realidad, y algunas bastante extrañas.
Extraña, ciertamente,
su fascinación y su ambivalencia en relación
a las prostitutas que veía en el hospital de Saint-Rock;
bizarra, su curiosidad por los orificios, su saga del útero
(Thalassa), su interés por el recto, la boca, la
vagina ... Su obsesión por la "mujer-pez",
cuyas menstruaciones, creía él, constituían “una
liberación de sustancias tóxicas” (las
menotoxinas) encerradas en el cuerpo femenino". Vaticinando
su concepción de la hipertoxicidad menstrual, del
envenenamiento por “malas sustancias”, cuando
sabemos que ¡Melanie Klein fue su analizada! Intrigante
su idea de que el piojo era un símbolo del embarazo
y el zapato la representación del sexo femenino.
Simpática su defensa encarnada de las lesbianas,
los travestis, los uranianos, al punto que llegó a
asociarse a las actividades de protesta de un comité humanitario
berlinés. Alucinante, en fin su amor loco por Gizella,
cuando, al mismo tiempo, sentía una pasión
por Emma, la hija de Gizella. Freud, que destinaba a Sándor
su propia hija Anna, y desaprobó vivamente este
vínculo, provocó su ruptura: Emma parte a
América, dejando así su madre a Sándor.
Resumen: a los cuarenta y seis años Ferenczi se
casa con una mujer de cincuenta y cuatro años quien,
naturalmente, no podía darle hijos. Sorprendente
destino para un analizado de Freud que, el día mismo
de su casamiento, se entera de que el ex-esposo de su mujer
acababa de morir tras una crisis cardíaca. Equívoca
y en fin muy contestataria, su práctica "activa" que
lo condujo a acercarse a ciertos pacientes, a besarlos
bajo el pretexto de que alguien que sana debe dar su amor
y su reconocimiento a las personas que trata.
Sin embargo. el Ferenczi
excéntrico, indócil, a veces inconveniente,
ese Ferenczi me inspiraba, ya que el genio de su fantasía
era la fuente de enfrentamientos teóricos y clínicos.
Pasaron los años
sin que pudiera trabajar eficazmente sobre los textos que
quedaron sin traducir, y comenzaba a olvidar mi húngaro.
Con ocasión de una mudanza, encontré, enlodado
en el fondo de mi sótano, dejado de lado en cartones
húmedos, los artículos originales, hojas
pegadas, carpetas rotas oxidadas. Decido entonces terminar
y arrancar las últimas hojas a la memoria olvidadiza
del tiempo.
Escribí al Dr.
Béla Buda para preguntarle algunos datos sobre la
infancia y la adolescencia de Sándor. El me dió la
dirección de un tal, Lászlo Benedek, de quién
jamás tuve una respuesta, así como tampoco
la tuve del doctor Györgyi Hidas presidente de la
sociedad Sándor Ferenczi en Budapest.
Descubrí que las
obras de Ilse Barande7, de Pierre Sabourin8 , de Judith
Dupont, y el artículo conmemorativo de S. Lorandt9
están llenos de errores: Ilse Barande, a instancias
de Lorandt, afirma que Sándor era el hijo número
ocho de un grupo de once hermanos. Esto es falso: ellos
eran doce. Una de sus hermanas, llamada Vilma, había
muerto tempranamente. Judith Dupont, sacralizada por la
APF, quien en la Correspondencia Freud-Ferenczi pretendía
recientemente conocerlo todo, simplemente suprimió el
título húngaro de Thalasa10 no obstante esencial
si consideramos que Ferenczi fue uno de los primeros en
subrayar la importancia de las catástrofes, en el
sentido de René Thom, en la vida humana. Igualmente
ella dejó pasar un error grave ya que, en esa misma
obra que ella tradujo del húngaro, el encuentro
Freud-Ferenczi está fechado bajo 1907, lo que es
falso: ellos se encontraron el domingo 2 de Febrero de
1908. Con respecto a la hermana de Sándor, llamada
Vilma, J. Dupont declara que ella murió de difteria
en 1873, es decir el mismo año del nacimiento del
joven Ferenczi. Sabourin, dice que murió en 1881,
a la edad de tres años. ¿A quien creer? Nadie
dice que el padre de Sándor murió en 1890.
Nació en 1830, y habría vivido sesenta años
igual que su hijo (1873 a 1933). Según Sabourin,
el padre hubiera muerto dos años antes en 1888. ¿De
quién fiarnos? En el nacimiento de Enrik (su primer
hijo), la madre de Sándor se hubiera llamado Rosi
Eibensatz. Al nacimiento de Sándor, el registro
del estado civil menciona que su nombre de soltera era
Rosa Eibenzchütz! ¿Cómo estar seguro?
Retomando la obra de Barande,
confronto nuevamente los nombres, las fechas, los títulos
de los artículos con respecto a los originales que
poseo. Puedo sacar a la luz un pozo de errores: el artículo
titulado "Un caso de hiperdactilismo" no es de
1889 sino de 1900 (referencia: Orvosi Hetilap, nº7,
1900). El artículo llamado "El fenómeno
de la rodilla en la crisis epiléptica" está fechado
en 1900 y no en 1901 (referencia Orvosi Hetilap nº33,1900).
El texto llamado "Contribución a la etiología
de la paranoia", firmado por I. Barande, más
no contabilizado en la suma de los artículos que
este autor pone bajo el año de 1902, no se puede
encontrar. Publicado en alemán en un semanario vienes,
el Wiener Mediszenische Wochenschrift, hasta ahora me ha
sido imposible obtenerlo. Siempre según I. Barande,
falta el texto titulado "Contribución a la
conferencia de Károly Schaffer sobre las parestesias
cerebrales, desde el punto de vista clínico y anatómico". Finalmente
encontré este texto cuya referencia es Orvosi Hetilap
nº1, 1902 (y no 1905). El texto que se llamaría "Síntoma
de tétanos en una madre y su hijo de tres años",
no se puede encontrar. Las referencias OH., 1905 no corresponden
a nada. Ídem para el artículo llamado "Del
valor dietético de las preparaciones alimentarias” del
cual no encontré ningún trazo en el Budapesti
Orvosi újság, de 1904. No encontré tampoco
indicación sobre el texto llamado "Cortejo
sintomático de la arteriosclerosis", busco
y, golpe de suerte, encontré el resumen presentado
por Sándor en el 23º Congreso de medicina húngara,
en 1905. Texto corto pero interesante, reportado por Jószef
Szánto, secretario del Congreso, a continuación
del cual aparecían las intervenciones de sus compañeros
con quienes Sándor se entendía en ese momento:
los doctores Sándor Szána, Henrik Szigeti,
Aladár Elfer, Dezsö Vándor, y otros.
El texto supuestamente llamado "Experiencia de seguro
en caso de accidente"(1907) en realidad lleva por
título “Instrucciones legales para los seguros
obreros, destinados a los médicos" (Gyógyászat,
1907). La “Carta a un adolescente que quiere estudiar
medicina”, reportada como una obra de Ferenczi, es
en realidad del profesor Georges Dumas. Sándor sólo
aseguró la traducción del francés
al Húngaro.
¿Pueden estos graves
errores deberse sólo al azar?. No. Se trata, a mi
entender, de un problema de fondo donde la verdad de los
hechos debe ser establecida con precisión. Esta
fue una tarea que, para cada uno de los textos se hizo
en cinco etapas necesarias:
- 1. Traducción literal
al francés palabra por palabra -en “palabras
rasantes” como diría uno de mis pupilos- por
esta joven dama que trabaja siempre a mi lado con su cuidado
escrupuloso: Györgyi Kurcz.
- 2. Reescritura y “limpieza” del
texto después de descifrarlo a fin de tratar de
darle una forma en un francés correcto.
- 3. Búsqueda de
equivalentes latinos, científicos y médicos
que estaban en uso a principios de siglo. Para esto, recurrí a
los conocimientos de mi amigo el Dr. Jérôme
Premmereur.
- 4. Revisión por
los miembros del equipo húngaro de la versión
adaptada en francés, a partir del original húngaro.
- 5. Establecimiento del
texto francés definitivo, tomando en cuenta las últimas
observaciones, objeciones o interpretaciones del “equipo
húngaro”
Luego de un tiempo de
interrupción en este trabajo, habiendo perdido el
rastro de Györgyi durante varios años, me rodeé de
nuevos colegas húngaros: Katalyn Bereny (hija del
ex-director del instituto húngaro de París),
Gábor Kárdos, Klara Almassy, Károla
Foris, Suzana Suba... Sin mis visitas a Budapest y a Miskólc,
mis probabilidades de éxito habrían sido
bajas.
En la misma época,
los textos son cotizados por un agente literario astuto
que me propone vender los derechos extranjeros en Nueva
York. Una amiga que trabaja con un gran editor parisino
me advierte in extremis que el personaje en cuestión
ya les había jugado una mala pasada. Recibo el dato
y, manifiesto hacia él una gran desconfianza. Prudentemente,
me quedo quieto.
En realidad, aunque haya
tenido varias propuestas que buscaban quitarme los artículos
de Ferenczi, una cosa era segura: era el único que
tenía los originales en lengua húngara. Es
más, los dos artículos publicados en Topique
(Nº19, 1977) son precedidos de esta advertencia:
Los textos de Sándor
Ferenczi de los cuales presentamos aquí la traducción
han sido traídos desde Budapest en agosto de 1976
[...] Antes de presentarlos a la revista Topique, hemos
consultado en la edición Payot que nos aseguró que
no entraba en sus proyectos publicar estos textos en el último
tomo de los libros de las llamadas obras “completas”,
y que podíamos, por lo tanto, disponer de ellos.
Firma: los traductores, Claude Lorin, Györgyi Kurcz.
En la universidad de París-X,
en donde en 1980 enseñaba psicología clínica,
Ferenczi era poco conocido, ignorado y de cierta forma
proscrito, bajo el mismo título de Jung Adler, Róheim,
Reik, Abraham, Eitington, Jones y otros, es decir la obra
de los pioneros y los miembros del “comité de
1922”, todos ignorados por los bastiones universitarios
del freudianismo pesadamente edificados en gran parte de
las facultades francesas.
A pesar de la indiferencia
de que J. Dupont mostró hacia mi, debo reconocer
lo el mérito de haber subrayado este fenómeno:
La institución
se defiende, escribe ella, contra los perturbadores,
y Ferenczi era uno. Él molestaba con sus teorías,
sus investigaciones, sus experiencias, por las libertades
que él se permitía tanto en su pensamiento
como en su práctica, con todo su ser11.
En 1991. Recibo una carta
muy cálida de un profesor de Nueva York, Arnold
Rachman, quien en los Estados Unidos, ha escuchado de mis
investigaciones. Le pregunto si tiene fotos del joven Ferenczi.
Me responde en un francés impecable:
Tomé contacto con
una amiga que trabaja en la documentación fotográfica.
No tienen ni una foto en los archivos americanos. Continuaré investigando
las posibles fuentes en Estados Unidos (24 de marzo de
1991).
Ese mismo año,
los días 17 y 18 de Mayo, tiene lugar en Nueva York
una conferencia internacional organizada por la New
York Academy of Medicine y por el Department of Psychiatry
Saint-Luke’s Roosvelt Hospital Center. En pleno período
de exámenes en la universidad, yo no pude dejar
Francia. El tema general de esta conferencia era:
Theorical and clinical contribution of Sándor Ferenczi.
El apoyo de mis colegas
científicos no me falta para mi nominación
como profesor en la Universidad. Tobie Nathan, Didier Anzieu,
Josette Zarka, Françoise Couchard, Roland Gori y André Ruffiot
me motivan para que presente los trabajos de Ferenczi a
los estudiantes en formación doctoral, en el contexto
de sus investigaciones del laboratorio de psicología
clínica y patológica de Grenoble, pero
también a los estudiantes de 2º 3º 4º y
5º años.
Desalojándome del
sello de plomo que constituía la enseñanza
de “maestro Freud”, como le escribe graciosamente
Sándor, decido utilizar algunas veces en trabajos
o en estudios dirigidos algunos artículos de
Ferenczi; “la Paranoia” por ejemplo o “Dos
errores de diagnóstico”, o también ”Espiritismo”,
que son textos tan apasionantes e interesantes como sus
escritos psicoanalíticos. Explico a los estudiantes
la importancia de la regresión thalasal en el trabajo
de los psicólogos clínicos, notablemente
aquellos que tienen que tratar con autismo y con psicosis
infantiles. Evoco mis investigaciones clínicas en
mi relación con los escritos de Ferenczi12. Al mismo
tiempo, retomo los escritos de Ferenczi, los clasifico
una vez más en un orden riguroso, sin censura, y
aparece Ferenczi, de la medicina al psicoanálisis13.
Según mi punto
de vista, la cronología de los textos levanta problemas
importantes. ¿A partir de cuando, por ejemplo, Sándor
fue sensible a los escritos psicoanalíticos de Breuer
y de Freud ?
Agrando los dibujos, las
fotografías y esquemas con que a Sándor le
gustaba ilustrar sus primeros artículos. Fotografío,
a partir del documento brindado por Sándor mismo,
la famosa “Rosa K.”, de quien hace referencia
en “La homosexualidad femenina”. Rosa K., llamada “Monsieur
Robert”, fue representada con su habitual apariencia
masculina, luego desnuda a fin de que el lector pudiera
constatar que se trataba de una joven travesti14.
Decido retornar a Hungría,
busco obtener algún financiamiento para mi viaje
y para la compra de documentos de archivo que espero encontrar
en el 6, de la calle Szilassy (sede de la sociedad Sándor
Ferenczi), ya que he pagado mucho por traductores para
que me ayuden en mi trabajo cuando Györgyi estuvo
ausente.
Béla Buda, responsable
científico de un simposio me envía a János
Füredi, presidente de la Asociación psiquiátrica
húngara.
Ahora bien, ni el gobierno
húngaro ni las autoridades institucionales
húngaras se opusieron a mis búsquedas en
este país. Tuve el placer cuando apareció el
Jeune Ferenczi, de leer una interesante crítica
en el diario literario mensual húngaro Nagy Világ15,
(El Gran Mundo), y de encontrar, más recientemente,
al instituto húngaro de París, MM. János
Hovosi y Sándor Csernus quienes me acogieron con
mucha calidez, preparando ya una conferencia en el instituto
húngaro en el curso del año 1994.
En Budapest, visito nuevamente
el hospital de Szent-Rókus (actualmente Rókus
Kórház). El edificio estaba tal cual como
lo conoció Ferenczi cuando ejercía como médico
en el servicio del Dr. Havas. Vi nuevamente la inscripción
conmemorativa en la casa en donde vivió Ferenczi
en la calle Naphegy, no muy lejos de la villa que
compró un poco más tarde. En Miskólc,
consulté los registros del estado civil en el registro
israelita de la villa, y encontré extractos de los
nacimientos de los niños Ferenczi. Este año
1993, visito, como en 1976, el castillo de Visegrád
y la villa de Esztergom. Nuevamente me pierdo en el bosque
de Mont Bákony. Amigos húngaros me acompañan
a Szeged en donde aprecio e las orquestas gitanas, y termino
mi tour por la región yendo al lago Balaton.
Durante este viaje, tuve
que enfrentarme a la lengua del país cuya dificultad
no subestimaba. El húngaro pertenece a un tipo de
lengua muy rara para nosotros los latinos. Con el fin de
que el lector se haga una idea de la singularidad de la
escritura húngara pongo aquí al lado un extracto
de un artículo de Ferenczi.
La revista médica
Orvosi Hetilap, para la cual Sándor escribía,
no era mas que una hoja. Algunos artículos, muy
cortos, fueron muy difíciles de traducir. Al contrario,
la revista Gyógyászat era más elegante
y más accesible.
Sándor vivió cierto
tiempo en un viejo edificio de Pest. Más tarde,
a instancias de su madre que vivía en una bella
casa con jardín, en Nyiregy Háza, él
compró (por 70,000 marcos) una villa con casa de
un piso, rodeada de un jardín, situada en la calle
Lisznyaï, a un costado del monte Naphegy16 que dominaba
el Danubio, y que desembocaba sobre la calle Orvós
(calle del médico) en donde vivía Vilma Kovács,
una de sus alumnas y analizandos de Ferenczi. En la base
de la colina, en la calle Mészáros (calle
del carnicero) vivieron Michael y Alice Bálint.
Hélas, fue reemplazada por un viejo edificio gris
y sin interés, la villa de Ferenczi desapareció.
Pero aun se puede ver el hotel Royal en donde Sándor
vivió en 1918 cuando, en Abril, el escritor Kósztolány
lo entrevistó, con el objeto que diera sus impresiones
acerca de la guerra y la revolución rusa en el diario
Esztendö.
Hay que visitar también
Pápa (Le Pape), pequeña villa de la coalición
del Oeste de Hungría donde, en el curso de 1915,
Sándor fue médico jefe al interior del regimiento
de caballería, y donde Freud varias veces vino a
visitarlo.
Remontando en el tiempo,
estudio la vida cotidiana de las familias ricas y
pobres de la época. La medicina de la famosa sociedad
real de Budapest frente a la cual Sándor había
expuesto sus primeros casos clínicos, la vida intelectual
y artística de ese momento, no se parecen en nada
a lo que queda ahora, delante de mis ojos. Los documentos
sobre la infancia, la adolescencia y la formación
médica del estudiante de ojos azules se van recomponiendo
lentamente.
En Julio 1993, de vuelta
en Francia, retomo los “Escritos de Budapest”.
Me encuentro con Jean
Allouch quien, revisa cuidadosamente todos los “escritos
inéditos”, decide abrirle al joven Ferenczi
el campo de la historia, así como permitió la
publicación da la obra mayor e inédita de
Eugene Bleuer sobre las esquizofrenias17.
Algunos, sorprendidos
por la historia que les relaté, afirman: “¡Usted
debe ser un loco ferencziano!...”. No soy ni
ferencziano, ni kleiniano, ni winnicotiano, ni augustino,
aunque creo que ninguno de estos autores ha perdido el
tren de la modernidad.
Amo la obra de Sándor
Ferenczi, es verdad. He pasado diecisiete años de
mi vida (de 1976 a 1993) -y lo he hecho con pasión-
en tratar de hacer salir del oscuro limbo del psicoanálisis
un hombre que en realidad nunca verdaderamente se enroló en
las legiones de los psicoanalistas fascinados por la voz
del maestro; un hombre que no temía desafiar el
dogma y que, por esta razón, no es en absoluto responsable
del estado fragmentario del psicoanálisis actual.
Un hombre que jamás se ha encerrado en una
escuela, un instituto, una asociación ni una prisión.
En realidad, amo a Ferenczi
porque jamás fue un hombre de escuela, de sistema
ni de doctrina. No hay pensamiento ferencziano ni “ferenczianismo”,
claro está. Sus escritos son testimonio, es un especialista
de lo arcaico y de lo originario, haciendo referencia a
Lamarck y a Darwin. Por su lado visionario, él anuncia
la teoría de las catástrofes de René Thom.
En definitiva, esto es
lo que Ferenczi me ha enseñado: no ser un celador
fiel; tener sobretodo la pasión de ser uno mismo;
esculpir su vida no siendo émulo de ninguna
persona; buscar sin descanso los hechos, comprender los
procesos sin aplicar la teoría de la suma, y la
afinidad con las ideas de otro.
Esto es “el oro
puro” del que trataba mi última obra. Necesitó,
por cierto, varios años para que abrirnos los ojos,
antes de entender que el verdadero sabio vive sin maestro.
Los textos de Ferenczi
se han salvado. De esta forma, “Los Escritos de Budapest”,
extractos de un vasto campo de investigaciones, han escapado
de pudrirse en el sótano donde casi fueron víctimas.
Para mi, esta publicación es una forma de homenaje
a la independencia de un cierto tipo de pensamiento. Y
también, así lo creo, una victoria sobre
el tiempo.
-
[1].- He relatado
esta anécdota en Le Jeune Ferenczi. París
Aubier, 1983
-
2 .- C. Lorin,
Pour Saint Augustin, París, Grasset, 1988.
-
3 .- Se trata del
artículo
titulado “Consideraciones psicológicas sobre
la teoría matemática de conjuntos” siendo
parte de una traducción colectiva de una obra de
Imre Hermann: Paralelismos, París, 1980.
-
4 .- G. Roheim, “La
sublimación”, traducción del inglés
por C. Lorin en Revista francesa de psicoanálisis,
Nº5 y 6, 1979.
-
5 .- Título de
un artículo hecho en “Quotidien de Paris” (5
de mayo de 1993) en relación a mi libro “Ferenczi,
de la medicina al psicoanálisis”, París,
PUF, 1993.
-
6 .- “La psychanalyse
prise o mot” es el título de la colección
dirigida por René Major, Ediciones Aubier-Montaigne.
-
7 .- I. Barande, Ferenczi,
Paris, Payot, 1972.
-
8 .- P. Sabourin, Ferenczi,
tête de Turc et grand vizir secret, Paris,
Payot, 1985.
-
9.- S. Lórandt, “Sándor
Ferenczi, pionero de pioneros”, en Le Coq-Héron,
Paris, Judith Dupont editora, Nº 85, 1982, pp.
3.
-
10.- El titulo húngaro
de la obra es: Katasztrófák. A nemi müködes
fejlödésében. Psychoanalytikai tanulmány,
Budapest, Editións Pantheón Kiadas,
1929.
-
11 .- J. Dupont, prefacio
en la Correspondencia Ferenczi-Groddeck, Paris, Payot,
1982, pp.23.
-
12.- Esto mediante “casos”,
como Michel L., a propósito de lo cual escribo
un artículo titulado “La piscina, espacio
transicional y lugar de vida en la ciudad”,
en Revista internacional de psiquiatría social,
Transitions, Paris, AS. EPSI, 1982, Nº 11-12.
-
13.- C. Lorin, Ferenczi,
de la médecine a la psychanalyse, op. cit.
-
14.- Rosa K. Confió a
Ferenczi su diario íntimo el cual desafortunadamente
no se ha encontrado.
-
15.- “Una pequeña
monografía de Claude Lorin, llamada Le Jeune
Ferenczi, acaba de aparecer con el editor francés
Aubier- Montaigne. Donde escribe y resume la vida
del analista húngaro a partir del domingo
2 de febrero de 1908, fecha de su encuentro con Freud
[...]. Estudia los argumentos de muchas citas y de
un ensayo de Ferenczi citado in extenso, se trata
de los primeros escritos científicos de
Ferenczi, escritos en húngaro entre 1899 y
1906”,
en Nagy Világ, (diario húngaro Le Grand
Monde), Budapest, 1983.
-
16.- Adaptación
húngara del alemán antiguo Sonnenbergasse:
La montaña soleada.
-
17.- E. Bleuler, Dementia
precox ou groupe des schizophrénies, Paris,
EPEL-GREC, 1993.
-
(Traducción: Equipo
Indepsi - Biopsique)
-
El descubrimiento de los
escritos de Budapest.
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