Sandor Ferenczi
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Miembros de la
Sándor Ferenczi Society
Budapest, Hungria

Sándor Ferenczi Institute Nueva York, U.S.A.

 

Evidencia Testimonial :

Claude Lorin.

En Agosto 1976. Decido partir para Hungría, con la esperanza de encontrar los “Escritos de Budapest” -todos los primeros textos de Sándor Ferenczi- y de verificar con mis propios ojos si, realmente como algunos decían, estos textos “no valían ni un comino”. El rumor que corría en París era de que los fragmentos de esta “vulgaridad”, si es que existían, no guardaban ningún interés, y que en realidad bastaba con que se quedaran allí donde estaban y se pudrieran. La tradición quiere que Ferenczi sea ahora y siempre reconocido en una posición deferente con respecto a Freud, y que sus primeros textos sean desilusionantes y muy inferiores a sus últimos escritos.

¿Sorprendente, no? ¿Quién osaría decir algo semejante, acerca de la famosa Neurótica del joven Freud? Sin ninguna seguridad y sin otro espíritu de misión que la aventura de mi propio análisis -la atracción del espiritu húngaro- me proyecto entonces a la costa de Balaton, a bordo del cual el autor de Thalassa, personaje poco conocido a la época, soñaba frecuentemente. Budapest entonces, vía Viena, donde Sándor había realizado sus estudios de medicina, después Vács y Esztergom ( en donde encuentro a Györgyi Kurcz, encantada de escuchar un poco del “habla francesa”), después Bákony, un bosque tenebroso del que me queda un inquietante recuerdo de sombras errantes, que una tarde extrañamente azul, se inclinaron sobre mi murmurando en un extraño modo. Impregnado de Novalis, de Shelling y de Goethe, me imaginaba al Rey de los Alisos... El lugar, ocultando brujas y vampiros, no era para nada seguro. Después el Balaton, inmenso lago rapsódico rodeándolo todo, cerca de la vieja estación de trenes de Földward-Install, la enigmática presencia del joven Sándor.

La extrañeza de la lengua húngara -la que, fascinado, he decido aprender- se mezcla en mi cabeza con miles de leyendas del Bosque Negro, sobre un tema continuo de Bártók. Encontrar “el oro” en ese lugar pareciera muy improbable... ¿Porqué, “el oro”? Porque, precisamente a propósito de los textos de Ferenczi, Freud había exclamado: “¡Es oro puro!”.

Kaposvár, después Pécs y Szeged en donde encuentro a Györgyi, quien intrigada por mi obsesión, acepta de buena gana ayudarme. Sin tardar nosotros nos dirigimos a la capital. Siguiendo su consejo[1], a mediados de Agosto cuando el aire fresco estaba tramado con una bruma persistente, entro solo en una librería antigua y le pregunto a una muchacha que escucha mi vacilante húngaro, si ella tenía los textos de Sándor Ferenczi. Ella desaparece abruptamente por la trastienda, y regresa escoltando a un anciano de tez pálida vestido con un viejo traje gris oscuro.

Él: - Jó nápot urám, Szolgalhátok valamivel ? (Buenos días, señor, puede serle útil en alguna cosa?)

A causa de mi mal acento, repito mi pregunta. Él me mira fijamente y responde:

- Sándor Ferenczi, soy yo. ¿Para que me quiere Ud.? ¿Qué desea?

Silencio, desconfianza, duda.... Luego yo digo:

- Paracsol? Hógy hiviák? (¡Perdón! ¿Cómo se llama usted?)

- Sándor Ferenczi.

Una docena de pensamientos se agolpan en mi cabeza. ¿Quién era ese hombre? ¿Un pariente, un descendiente, un bromista, un fantasma?. Ciertamente no el doble de Ferenczi. Con los ojos muy abiertos, observo el rostro agudo del anciano y comienzo a escuchar una explicación en alemán: el anciano de barba era su homónimo, y conocía vagamente los trabajos de su “doble”. Luego de una formidable risa, me indica un lugar donde yo podría encontrar los textos del “otro” Sándor Ferenczi. Yo se lo agradezco, pero mi turbación es tal, que queriendo decir “voy a tomar el tranvía”, yo digo lustwagen en lugar de lastwagen (camión), una especie de palabra compuesta que si existiera en Alemán querría decir “auto(vehículo)placer”. De hecho, tomo sin poner en duda, un tranvía llamado deseo...

El lugar indicado era un edificio inesperado: un gran patio pavimentado, escalera y corredores apretados, galerías bajas, muros gruesos ahuecados..., entro y me pongo febrilmente a la búsqueda de los textos. Examino uno a uno montañas de libros, de pasquines, de revistas impregnadas con un olor a papel usado o gastado por el tiempo. Registro durante horas los ficheros, hurgando en los montones de papeles: ¡nada! La información del anciano era falsa. En mi urgencia por conocer el secreto de estos escritos, me había alegrado prematuramente. Imposible, desde luego, dormir tranquilamente. Salgo a caminar por Budapest, respirando profundamente el aire de la noche.

Dos días, después, frente a la casa de Imre Hermann, Györgyi y yo, decidimos visitar otra biblioteca. Encuentro, precisamente un texto de Hermann publicado en 1974 en la revista Orvosi Hetilap. Estas hojas amarillentas era una de las revistas medicas húngaras en las cuales, según mis referencias se debían encontrar algunos de los escritos inéditos de Sándor. El empleado que nos recibe, después de escuchar perezosamente la explicación de Györgyi de cuales eran nuestras intenciones y nuestros deseos, coloca plácidamente su galleta sobre el mostrador y nos dice:

-Puede ser que estén allí. Yo no lo se. Vean ustedes mismos. Y nos encontramos, nuevamente, frente a un montón de revistas apiladas entre las cuales descubrimos, evidentemente, no un ejemplar relacionado con los escritos de la juventud de Sándor, pero si un artículo, y luego otro, y otro más, después que llevaban su firma en las revista de Gyórgyászat y Orvosi Hetilap. Me armo de paciencia. Abro los ojos muy abiertos. ¡Desparramados con numerosas referencias falsas los primeros textos de Sándor, por tanto tiempo en cuarentena, estaban allí! ¡Desde luego, manos a la obra! Descifro las viejas revistas, soñando con dar a conocer in extenso estos artículos, para que ellos vivan finalmente su propia existencia. ¡Felicidad, máxima!

Lo primero que encuentro es “Espiritismo”, primer articulo de Sándor que trata sobre la espinosa y mística cuestión de la creencia en los espíritus. Desentierro textos que tratan de enfermedades que, hoy en día, están casi desaparecidas: el hiperdactilismo, el impétigo, la hipospadiasis, el saturnismo, el tabes... Inspecciono todo escrupulosamente. La historia de Ferenczi comienza.

Día tras día, cada encuentro me deja en un estado de íntimo júbilo. Recopilo inmediatamente los escritos teóricos con el fin de separarlos de lo puramente neuropsiquiátrico. Descifro con Györgyi cinco textos sorprendentes: “El amor y la ciencia”, “Consciencia y desarrollo”, “Lectura y salud”, “La paranoia” y “La homosexualidad femenina”.

Me reúno con el doctor Koska, algunos miembros del equipo de Lockzy, merodeo cerca del hospital de Saint-Roche, donde Sándor había ejercido, y luego dejo Hungría.

De regreso a París, los problemas comienzan. Gérard Mendel, de las ediciones Payot, me envía donde Judith Dupont. Después de algunas felicitaciones murmuradas en un tono de apariencia jovial, Judith Dupont, me lanza miradas golosas: ella desea que yo le deje los textos como si fueran suyos. Me rehuso: yo había autentificado estos escritos, pasado meses traduciéndolos, corrigiendo los errores, invirtiendo innumerables horas en los pasajes más difíciles de comprender... La dama entonces me lleva gentilmente a la puerta, y desde ese momento paso a ser “el enemigo”. Una carta de las Ediciones Payot me llega: a pesar de su interés por el tema, la dirección decidió no publicar los textos inéditos de Ferenczi.

Corro como un loco donde Gallimard: Jean-Bertrand Pontalis me escucha como a un niño (tengo apenas veintisiete años) e intenta “comprender” mi demanda. Cae el veredicto: Pontalis, también desiste .

Jacqueline Rousseau, quien dirige en Donoël la colección “Freud y su tiempo”, amistosa y cortésmente, se lamenta de que yo no haya podido trabajar con George Kassaï.

Por ese entonces, yo asistía a la presentación de casos y a los seminarios de Lacan, con quien había participado en una conversación, acerca de San Agustín2, en un tren que nos llevaba a Estrasburgo. Decido tomar contacto con él. Por razones que se me escapan, la cita con Lacan, para hablar acerca de los artículos de Sándor, nunca tuvo lugar.

La secretaria de la Escuela freudiana, Nicole Sels, me propuso, que mientras tanto, haga la traducción de un texto inédito de Hermann3 . Acepto y me aboco sobre un texto rico y original, y luego sobre un texto inédito de Géza Róheim4. Estos dos autores son alumnos de Ferenczi. Sin embargo, nunca olvido los textos de Ferenczi. Los abandono, los retomo, y los vuelvo a dejar. Avanzo en el estudio del húngaro y en la traducción con Györgyi: archivo los artículos traducidos.

En el Instituto Psicoanalítico de París, ciertos psicoanalistas tienen un punto de vista insolente hacia el que han llamado recientemente “el hijo preferido del psicoanálisis5”. Ferenczi es sospechoso: mantener una tradición, por valiosa que fuera, era, según Sándor, atrofiar un pensamiento en movimiento. Sus primeros textos lo demuestran. El freudianismo predicado que imperaba durante la década de 1980 tuvo por consecuencia cubrir, con una discreta antipatía, la obra de Ferenczi. En esta época, los portavoces freudianos, en su mayoría, proclamaban en carteles y seminarios la obra de aquél que se llamaba a sí mismo “inaccesible”.

Una excepción, sin embargo: Vladimir Granoff quien, fuertemente inspirado en sus trabajos, otorgaba a Sándor un lugar en su cátedra. Cátedra que, precisamente, se refería a la filiación.

La técnica activa de Ferenczi, marginada del anclaje vienés, reforzaba la infidelidad a Freud, vía Lacan, pues Sándor -“Visir y cabeza de turco”, como decía Jones - conspira en la desmitificación. Si el cadáver de Sándor, descansa sobre el sillón de los psicoanalistas, él se encuentra terriblemente presente en mí tanto que termino por comprender que nada es tan peligroso como una idea cuando se tiene una sola idea.

Daniel Sibony encuentra los textos “demasiado médicos”. Dos días después me hace llegar, piadosamente, un boletín de adhesión para ser llenado y reenviado a la Causa freudiana. Tenía que funcionar. Marika Torok, sonriente y muy atenta, me recibe pero prefiere no guardar los textos, aunque sea sólo para leerlos, diciendo “nunca se sabe si puede haber un incendio en mi casa”. El mismo fracaso se produce con Ilse Barande. En pocas palabras y a instancia de Madame Torok, me agradece haberle dado la oportunidad de descubrir la existencia de estos textos. Eso sería todo.

Una maldición pareciera cernirse sobre estos textos: Una copa de mistral se vuelca sobre dos hojas originales, roban mi oficina, secuestro de un texto inédito por parte de un colega húngaro, se extravían dos textos...

Sin embargo, interesados por los primeros escritos de Ferenczi, algunos colegas me ayudan, y entonces comienza un período más afortunado. Piéra Aulagnier, de quien yo seguía los seminarios en Sainte-Anne, publica “La Paranoia” y “Dos errores de diagnóstico” en la revista Topique (nº 19). Jamás olvidaré su cálida acogida ni al gigantesco Masai que me abrió la puerta de su departamento. Jean-François Reverzy, dotado de una singular curiosidad y conocedor de la materia, publica in extenso en Transitions un texto de crítica social, llamado “Contribución a la organización hospitalaria de los médicos asistentes”, acompañado de extractos acerca de los trabajos de Ferenczi sobre la parálisis.

Pero eso no es todo. Frente a la imposibilidad de dejar este proyecto incompleto, es que decido reiniciar la tarea, continuando con la traducción y haciendo los comentarios de una treintena de textos, y redactando Le jeune Ferenczi (El joven Ferenczi).

En Mayo de 1982. Escribo a René Major, de quien había apreciado en ”Confrontatión” su amplitud de criterio. Los primeros escritos de Ferenczi, él me dice, clarifican tanto el conocimiento y la historia del psicoanálisis, como la personalidad y los trabajos ulteriores del médico húngaro. 1983 es el año del quincuagésimo aniversario de la muerte de Sándor. Una coincidencia que no me decepciona: el psicoanálisis se encuentra en “prise au mot”6. René Major lee mi ensayo y decide publicarlo.

Intento encontrar apoyo. Escribo a Michel Foucault, con la ilusión de que me haga el honor de escribir el prólogo. Se toma algunos días para decidirlo, y luego desde el Collège du France, me dirige unas palabras fechadas el 15 de Octubre de 1982:

Estimado Señor,

La calidad de su obra lo autoriza a publicarla sin que el editor tenga necesidad de bendición o estimulo cualquiera. Pienso que esto es un respeto que se le debe a un trabajo que ha llegado a una madurez que le permite presentarse por su propia autoridad [...].

En el encuentro de Trissotin del psicoanálisis de la época, Foucault no acepta la cortesía. A pesar de su negativa, me alegra su rechazo.

A fines de 1983, con la venia del comité de redacción de Perspectives psychiatriques, organizo un homenaje a Sándor Ferenczi. Tomo contacto con I. Barande, M. Bonnafé, C. Anzieu, F. Couchard y otros apasionados de la obra de Sándor. Jaques Postel testimonia un vivo interés por los textos de Sándor acerca del amor, y hace publicar en L’ Evolution Psychiatrique, mi comentario de “El amor y las ciencias”. En 1983, él prologa mi obra Le Jeune Ferenczi. Luego, publico en el diario médico Gyn-Obs un artículo llamado “Ferenczi y las mujeres”. ¿Qué sabemos, verdaderamente, de su vida amorosa? Pocas cosas en realidad, y algunas bastante extrañas.

Extraña, ciertamente, su fascinación y su ambivalencia en relación a las prostitutas que veía en el hospital de Saint-Rock; bizarra, su curiosidad por los orificios, su saga del útero (Thalassa), su interés por el recto, la boca, la vagina ... Su obsesión por la "mujer-pez", cuyas menstruaciones, creía él, constituían “una liberación de sustancias tóxicas” (las menotoxinas) encerradas en el cuerpo femenino". Vaticinando su concepción de la hipertoxicidad menstrual, del envenenamiento por “malas sustancias”, cuando sabemos que ¡Melanie Klein fue su analizada! Intrigante su idea de que el piojo era un símbolo del embarazo y el zapato la representación del sexo femenino. Simpática su defensa encarnada de las lesbianas, los travestis, los uranianos, al punto que llegó a asociarse a las actividades de protesta de un comité humanitario berlinés. Alucinante, en fin su amor loco por Gizella, cuando, al mismo tiempo, sentía una pasión por Emma, la hija de Gizella. Freud, que destinaba a Sándor su propia hija Anna, y desaprobó vivamente este vínculo, provocó su ruptura: Emma parte a América, dejando así su madre a Sándor. Resumen: a los cuarenta y seis años Ferenczi se casa con una mujer de cincuenta y cuatro años quien, naturalmente, no podía darle hijos. Sorprendente destino para un analizado de Freud que, el día mismo de su casamiento, se entera de que el ex-esposo de su mujer acababa de morir tras una crisis cardíaca. Equívoca y en fin muy contestataria, su práctica "activa" que lo condujo a acercarse a ciertos pacientes, a besarlos bajo el pretexto de que alguien que sana debe dar su amor y su reconocimiento a las personas que trata.

Sin embargo. el Ferenczi excéntrico, indócil, a veces inconveniente, ese Ferenczi me inspiraba, ya que el genio de su fantasía era la fuente de enfrentamientos teóricos y clínicos.

Pasaron los años sin que pudiera trabajar eficazmente sobre los textos que quedaron sin traducir, y comenzaba a olvidar mi húngaro. Con ocasión de una mudanza, encontré, enlodado en el fondo de mi sótano, dejado de lado en cartones húmedos, los artículos originales, hojas pegadas, carpetas rotas oxidadas. Decido entonces terminar y arrancar las últimas hojas a la memoria olvidadiza del tiempo.

Escribí al Dr. Béla Buda para preguntarle algunos datos sobre la infancia y la adolescencia de Sándor. El me dió la dirección de un tal, Lászlo Benedek, de quién jamás tuve una respuesta, así como tampoco la tuve del doctor Györgyi Hidas presidente de la sociedad Sándor Ferenczi en Budapest.

Descubrí que las obras de Ilse Barande7, de Pierre Sabourin8 , de Judith Dupont, y el artículo conmemorativo de S. Lorandt9 están llenos de errores: Ilse Barande, a instancias de Lorandt, afirma que Sándor era el hijo número ocho de un grupo de once hermanos. Esto es falso: ellos eran doce. Una de sus hermanas, llamada Vilma, había muerto tempranamente. Judith Dupont, sacralizada por la APF, quien en la Correspondencia Freud-Ferenczi pretendía recientemente conocerlo todo, simplemente suprimió el título húngaro de Thalasa10 no obstante esencial si consideramos que Ferenczi fue uno de los primeros en subrayar la importancia de las catástrofes, en el sentido de René Thom, en la vida humana. Igualmente ella dejó pasar un error grave ya que, en esa misma obra que ella tradujo del húngaro, el encuentro Freud-Ferenczi está fechado bajo 1907, lo que es falso: ellos se encontraron el domingo 2 de Febrero de 1908. Con respecto a la hermana de Sándor, llamada Vilma, J. Dupont declara que ella murió de difteria en 1873, es decir el mismo año del nacimiento del joven Ferenczi. Sabourin, dice que murió en 1881, a la edad de tres años. ¿A quien creer? Nadie dice que el padre de Sándor murió en 1890. Nació en 1830, y habría vivido sesenta años igual que su hijo (1873 a 1933). Según Sabourin, el padre hubiera muerto dos años antes en 1888. ¿De quién fiarnos? En el nacimiento de Enrik (su primer hijo), la madre de Sándor se hubiera llamado Rosi Eibensatz. Al nacimiento de Sándor, el registro del estado civil menciona que su nombre de soltera era Rosa Eibenzchütz! ¿Cómo estar seguro?

Retomando la obra de Barande, confronto nuevamente los nombres, las fechas, los títulos de los artículos con respecto a los originales que poseo. Puedo sacar a la luz un pozo de errores: el artículo titulado "Un caso de hiperdactilismo" no es de 1889 sino de 1900 (referencia: Orvosi Hetilap, nº7, 1900). El artículo llamado "El fenómeno de la rodilla en la crisis epiléptica" está fechado en 1900 y no en 1901 (referencia Orvosi Hetilap nº33,1900). El texto llamado "Contribución a la etiología de la paranoia", firmado por I. Barande, más no contabilizado en la suma de los artículos que este autor pone bajo el año de 1902, no se puede encontrar. Publicado en alemán en un semanario vienes, el Wiener Mediszenische Wochenschrift, hasta ahora me ha sido imposible obtenerlo. Siempre según I. Barande, falta el texto titulado "Contribución a la conferencia de Károly Schaffer sobre las parestesias cerebrales, desde el punto de vista clínico y anatómico". Finalmente encontré este texto cuya referencia es Orvosi Hetilap nº1, 1902 (y no 1905). El texto que se llamaría "Síntoma de tétanos en una madre y su hijo de tres años", no se puede encontrar. Las referencias OH., 1905 no corresponden a nada. Ídem para el artículo llamado "Del valor dietético de las preparaciones alimentarias” del cual no encontré ningún trazo en el Budapesti Orvosi újság, de 1904. No encontré tampoco indicación sobre el texto llamado "Cortejo sintomático de la arteriosclerosis", busco y, golpe de suerte, encontré el resumen presentado por Sándor en el 23º Congreso de medicina húngara, en 1905. Texto corto pero interesante, reportado por Jószef Szánto, secretario del Congreso, a continuación del cual aparecían las intervenciones de sus compañeros con quienes Sándor se entendía en ese momento: los doctores Sándor Szána, Henrik Szigeti, Aladár Elfer, Dezsö Vándor, y otros. El texto supuestamente llamado "Experiencia de seguro en caso de accidente"(1907) en realidad lleva por título “Instrucciones legales para los seguros obreros, destinados a los médicos" (Gyógyászat, 1907). La “Carta a un adolescente que quiere estudiar medicina”, reportada como una obra de Ferenczi, es en realidad del profesor Georges Dumas. Sándor sólo aseguró la traducción del francés al Húngaro.

¿Pueden estos graves errores deberse sólo al azar?. No. Se trata, a mi entender, de un problema de fondo donde la verdad de los hechos debe ser establecida con precisión. Esta fue una tarea que, para cada uno de los textos se hizo en cinco etapas necesarias:

  • 1. Traducción literal al francés palabra por palabra -en “palabras rasantes” como diría uno de mis pupilos- por esta joven dama que trabaja siempre a mi lado con su cuidado escrupuloso: Györgyi Kurcz.
  • 2. Reescritura y “limpieza” del texto después de descifrarlo a fin de tratar de darle una forma en un francés correcto.
  • 3. Búsqueda de equivalentes latinos, científicos y médicos que estaban en uso a principios de siglo. Para esto, recurrí a los conocimientos de mi amigo el Dr. Jérôme Premmereur.
  • 4. Revisión por los miembros del equipo húngaro de la versión adaptada en francés, a partir del original húngaro.
  • 5. Establecimiento del texto francés definitivo, tomando en cuenta las últimas observaciones, objeciones o interpretaciones del “equipo húngaro”

Luego de un tiempo de interrupción en este trabajo, habiendo perdido el rastro de Györgyi durante varios años, me rodeé de nuevos colegas húngaros: Katalyn Bereny (hija del ex-director del instituto húngaro de París), Gábor Kárdos, Klara Almassy, Károla Foris, Suzana Suba... Sin mis visitas a Budapest y a Miskólc, mis probabilidades de éxito habrían sido bajas.

En la misma época, los textos son cotizados por un agente literario astuto que me propone vender los derechos extranjeros en Nueva York. Una amiga que trabaja con un gran editor parisino me advierte in extremis que el personaje en cuestión ya les había jugado una mala pasada. Recibo el dato y, manifiesto hacia él una gran desconfianza. Prudentemente, me quedo quieto.

En realidad, aunque haya tenido varias propuestas que buscaban quitarme los artículos de Ferenczi, una cosa era segura: era el único que tenía los originales en lengua húngara. Es más, los dos artículos publicados en Topique (Nº19, 1977) son precedidos de esta advertencia:

Los textos de Sándor Ferenczi de los cuales presentamos aquí la traducción han sido traídos desde Budapest en agosto de 1976 [...] Antes de presentarlos a la revista Topique, hemos consultado en la edición Payot que nos aseguró que no entraba en sus proyectos publicar estos textos en el último tomo de los libros de las llamadas obras “completas”, y que podíamos, por lo tanto, disponer de ellos. Firma: los traductores, Claude Lorin, Györgyi Kurcz.

En la universidad de París-X, en donde en 1980 enseñaba psicología clínica, Ferenczi era poco conocido, ignorado y de cierta forma proscrito, bajo el mismo título de Jung Adler, Róheim, Reik, Abraham, Eitington, Jones y otros, es decir la obra de los pioneros y los miembros del “comité de 1922”, todos ignorados por los bastiones universitarios del freudianismo pesadamente edificados en gran parte de las facultades francesas.

A pesar de la indiferencia de que J. Dupont mostró hacia mi, debo reconocer lo el mérito de haber subrayado este fenómeno:

La institución se defiende, escribe ella, contra los perturbadores, y Ferenczi era uno. Él molestaba con sus teorías, sus investigaciones, sus experiencias, por las libertades que él se permitía tanto en su pensamiento como en su práctica, con todo su ser11.

En 1991. Recibo una carta muy cálida de un profesor de Nueva York, Arnold Rachman, quien en los Estados Unidos, ha escuchado de mis investigaciones. Le pregunto si tiene fotos del joven Ferenczi. Me responde en un francés impecable:

Tomé contacto con una amiga que trabaja en la documentación fotográfica. No tienen ni una foto en los archivos americanos. Continuaré investigando las posibles fuentes en Estados Unidos (24 de marzo de 1991).

Ese mismo año, los días 17 y 18 de Mayo, tiene lugar en Nueva York una conferencia internacional organizada por la New York Academy of Medicine y por el Department of Psychiatry Saint-Luke’s Roosvelt Hospital Center. En pleno período de exámenes en la universidad, yo no pude dejar Francia. El tema general de esta conferencia era: Theorical and clinical contribution of Sándor Ferenczi.

El apoyo de mis colegas científicos no me falta para mi nominación como profesor en la Universidad. Tobie Nathan, Didier Anzieu, Josette Zarka, Françoise Couchard, Roland Gori y André Ruffiot me motivan para que presente los trabajos de Ferenczi a los estudiantes en formación doctoral, en el contexto de sus investigaciones del laboratorio de psicología clínica y patológica de Grenoble, pero también a los estudiantes de 2º 3º 4º y 5º años.

Desalojándome del sello de plomo que constituía la enseñanza de “maestro Freud”, como le escribe graciosamente Sándor, decido utilizar algunas veces en trabajos o en estudios dirigidos algunos artículos de Ferenczi; “la Paranoia” por ejemplo o “Dos errores de diagnóstico”, o también ”Espiritismo”, que son textos tan apasionantes e interesantes como sus escritos psicoanalíticos. Explico a los estudiantes la importancia de la regresión thalasal en el trabajo de los psicólogos clínicos, notablemente aquellos que tienen que tratar con autismo y con psicosis infantiles. Evoco mis investigaciones clínicas en mi relación con los escritos de Ferenczi12. Al mismo tiempo, retomo los escritos de Ferenczi, los clasifico una vez más en un orden riguroso, sin censura, y aparece Ferenczi, de la medicina al psicoanálisis13.

Según mi punto de vista, la cronología de los textos levanta problemas importantes. ¿A partir de cuando, por ejemplo, Sándor fue sensible a los escritos psicoanalíticos de Breuer y de Freud ?

Agrando los dibujos, las fotografías y esquemas con que a Sándor le gustaba ilustrar sus primeros artículos. Fotografío, a partir del documento brindado por Sándor mismo, la famosa “Rosa K.”, de quien hace referencia en “La homosexualidad femenina”. Rosa K., llamada “Monsieur Robert”, fue representada con su habitual apariencia masculina, luego desnuda a fin de que el lector pudiera constatar que se trataba de una joven travesti14.

Decido retornar a Hungría, busco obtener algún financiamiento para mi viaje y para la compra de documentos de archivo que espero encontrar en el 6, de la calle Szilassy (sede de la sociedad Sándor Ferenczi), ya que he pagado mucho por traductores para que me ayuden en mi trabajo cuando Györgyi estuvo ausente.

Béla Buda, responsable científico de un simposio me envía a János Füredi, presidente de la Asociación psiquiátrica húngara.

Ahora bien, ni el gobierno húngaro ni las autoridades institucionales húngaras se opusieron a mis búsquedas en este país. Tuve el placer cuando apareció el Jeune Ferenczi, de leer una interesante crítica en el diario literario mensual húngaro Nagy Világ15, (El Gran Mundo), y de encontrar, más recientemente, al instituto húngaro de París, MM. János Hovosi y Sándor Csernus quienes me acogieron con mucha calidez, preparando ya una conferencia en el instituto húngaro en el curso del año 1994.

En Budapest, visito nuevamente el hospital de Szent-Rókus (actualmente Rókus Kórház). El edificio estaba tal cual como lo conoció Ferenczi cuando ejercía como médico en el servicio del Dr. Havas. Vi nuevamente la inscripción conmemorativa en la casa en donde vivió Ferenczi en la calle Naphegy, no muy lejos de la villa que compró un poco más tarde. En Miskólc, consulté los registros del estado civil en el registro israelita de la villa, y encontré extractos de los nacimientos de los niños Ferenczi. Este año 1993, visito, como en 1976, el castillo de Visegrád y la villa de Esztergom. Nuevamente me pierdo en el bosque de Mont Bákony. Amigos húngaros me acompañan a Szeged en donde aprecio e las orquestas gitanas, y termino mi tour por la región yendo al lago Balaton.

Durante este viaje, tuve que enfrentarme a la lengua del país cuya dificultad no subestimaba. El húngaro pertenece a un tipo de lengua muy rara para nosotros los latinos. Con el fin de que el lector se haga una idea de la singularidad de la escritura húngara pongo aquí al lado un extracto de un artículo de Ferenczi.

La revista médica Orvosi Hetilap, para la cual Sándor escribía, no era mas que una hoja. Algunos artículos, muy cortos, fueron muy difíciles de traducir. Al contrario, la revista Gyógyászat era más elegante y más accesible.

Sándor vivió cierto tiempo en un viejo edificio de Pest. Más tarde, a instancias de su madre que vivía en una bella casa con jardín, en Nyiregy Háza, él compró (por 70,000 marcos) una villa con casa de un piso, rodeada de un jardín, situada en la calle Lisznyaï, a un costado del monte Naphegy16 que dominaba el Danubio, y que desembocaba sobre la calle Orvós (calle del médico) en donde vivía Vilma Kovács, una de sus alumnas y analizandos de Ferenczi. En la base de la colina, en la calle Mészáros (calle del carnicero) vivieron Michael y Alice Bálint. Hélas, fue reemplazada por un viejo edificio gris y sin interés, la villa de Ferenczi desapareció. Pero aun se puede ver el hotel Royal en donde Sándor vivió en 1918 cuando, en Abril, el escritor Kósztolány lo entrevistó, con el objeto que diera sus impresiones acerca de la guerra y la revolución rusa en el diario Esztendö.

Hay que visitar también Pápa (Le Pape), pequeña villa de la coalición del Oeste de Hungría donde, en el curso de 1915, Sándor fue médico jefe al interior del regimiento de caballería, y donde Freud varias veces vino a visitarlo.

Remontando en el tiempo, estudio la vida cotidiana de las familias ricas y pobres de la época. La medicina de la famosa sociedad real de Budapest frente a la cual Sándor había expuesto sus primeros casos clínicos, la vida intelectual y artística de ese momento, no se parecen en nada a lo que queda ahora, delante de mis ojos. Los documentos sobre la infancia, la adolescencia y la formación médica del estudiante de ojos azules se van recomponiendo lentamente.

En Julio 1993, de vuelta en Francia, retomo los “Escritos de Budapest”.

Me encuentro con Jean Allouch quien, revisa cuidadosamente todos los “escritos inéditos”, decide abrirle al joven Ferenczi el campo de la historia, así como permitió la publicación da la obra mayor e inédita de Eugene Bleuer sobre las esquizofrenias17.

Algunos, sorprendidos por la historia que les relaté, afirman: “¡Usted debe ser un loco ferencziano!...”. No soy ni ferencziano, ni kleiniano, ni winnicotiano, ni augustino, aunque creo que ninguno de estos autores ha perdido el tren de la modernidad.

Amo la obra de Sándor Ferenczi, es verdad. He pasado diecisiete años de mi vida (de 1976 a 1993) -y lo he hecho con pasión- en tratar de hacer salir del oscuro limbo del psicoanálisis un hombre que en realidad nunca verdaderamente se enroló en las legiones de los psicoanalistas fascinados por la voz del maestro; un hombre que no temía desafiar el dogma y que, por esta razón, no es en absoluto responsable del estado fragmentario del psicoanálisis actual. Un hombre que jamás se ha encerrado en una escuela, un instituto, una asociación ni una prisión.

En realidad, amo a Ferenczi porque jamás fue un hombre de escuela, de sistema ni de doctrina. No hay pensamiento ferencziano ni “ferenczianismo”, claro está. Sus escritos son testimonio, es un especialista de lo arcaico y de lo originario, haciendo referencia a Lamarck y a Darwin. Por su lado visionario, él anuncia la teoría de las catástrofes de René Thom.

En definitiva, esto es lo que Ferenczi me ha enseñado: no ser un celador fiel; tener sobretodo la pasión de ser uno mismo; esculpir su vida no siendo émulo de ninguna persona; buscar sin descanso los hechos, comprender los procesos sin aplicar la teoría de la suma, y la afinidad con las ideas de otro.

Esto es “el oro puro” del que trataba mi última obra. Necesitó, por cierto, varios años para que abrirnos los ojos, antes de entender que el verdadero sabio vive sin maestro.

Los textos de Ferenczi se han salvado. De esta forma, “Los Escritos de Budapest”, extractos de un vasto campo de investigaciones, han escapado de pudrirse en el sótano donde casi fueron víctimas. Para mi, esta publicación es una forma de homenaje a la independencia de un cierto tipo de pensamiento. Y también, así lo creo, una victoria sobre el tiempo.

  • [1].- He relatado esta anécdota en Le Jeune Ferenczi. París Aubier, 1983
  • 2 .- C. Lorin, Pour Saint Augustin, París, Grasset, 1988.
  • 3 .- Se trata del artículo titulado “Consideraciones psicológicas sobre la teoría matemática de conjuntos” siendo parte de una traducción colectiva de una obra de Imre Hermann: Paralelismos, París, 1980.
  • 4 .- G. Roheim, “La sublimación”, traducción del inglés por C. Lorin en Revista francesa de psicoanálisis, Nº5 y 6, 1979.
  • 5 .- Título de un artículo hecho en “Quotidien de Paris” (5 de mayo de 1993) en relación a mi libro “Ferenczi, de la medicina al psicoanálisis”, París, PUF, 1993.
  • 6 .- “La psychanalyse prise o mot” es el título de la colección dirigida por René Major, Ediciones Aubier-Montaigne.
  • 7 .- I. Barande, Ferenczi, Paris, Payot, 1972.
  • 8 .- P. Sabourin, Ferenczi, tête de Turc et grand vizir secret, Paris, Payot, 1985.
  • 9.- S. Lórandt, “Sándor Ferenczi, pionero de pioneros”, en Le Coq-Héron, Paris, Judith Dupont editora, Nº 85, 1982, pp. 3.
  • 10.- El titulo húngaro de la obra es: Katasztrófák. A nemi müködes fejlödésében. Psychoanalytikai tanulmány, Budapest, Editións Pantheón Kiadas, 1929.
  • 11 .- J. Dupont, prefacio en la Correspondencia Ferenczi-Groddeck, Paris, Payot, 1982, pp.23.
  • 12.- Esto mediante “casos”, como Michel L., a propósito de lo cual escribo un artículo titulado “La piscina, espacio transicional y lugar de vida en la ciudad”, en Revista internacional de psiquiatría social, Transitions, Paris, AS. EPSI, 1982, Nº 11-12.
  • 13.- C. Lorin, Ferenczi, de la médecine a la psychanalyse, op. cit.
  • 14.- Rosa K. Confió a Ferenczi su diario íntimo el cual desafortunadamente no se ha encontrado.
  • 15.- “Una pequeña monografía de Claude Lorin, llamada Le Jeune Ferenczi, acaba de aparecer con el editor francés Aubier- Montaigne. Donde escribe y resume la vida del analista húngaro a partir del domingo 2 de febrero de 1908, fecha de su encuentro con Freud [...]. Estudia los argumentos de muchas citas y de un ensayo de Ferenczi citado in extenso, se trata de los primeros escritos científicos de Ferenczi, escritos en húngaro entre 1899 y 1906”, en Nagy Világ, (diario húngaro Le Grand Monde), Budapest, 1983.
  • 16.- Adaptación húngara del alemán antiguo Sonnenbergasse: La montaña soleada.
  • 17.- E. Bleuler, Dementia precox ou groupe des schizophrénies, Paris, EPEL-GREC, 1993.
  • (Traducción: Equipo Indepsi - Biopsique) 
  • El descubrimiento de los escritos de Budapest.

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