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Selecciones Ferenczianas Analíticas

 

CRÍTICA DE LA OBRA DE RANK: “TÉCNICA DEL PSICOANÁLISIS”
 (1926f)
.

 

 

 

Sándor Ferenczi

 

Los últimos trabajos de Rank han despertado un gran interés desde dos puntos de vista: ha subrayado con una especial insistencia el factor transferencial o, como Rank lo llama, la “situación analítica”, y por otra parte nos han inducido a tener en cuenta, más de lo que hasta ahora se hacía, el papel maternal desempeñado por el médico en esta situación. En más de una ocasión indiqué la importancia y la utilidad de la primera proposición y he hecho verdaderos esfuerzos para convencerme igualmente del carácter plausible de la segunda. Pero a ello se oponía un obstáculo: el que Rank había omitido hasta entonces ofrecer las indicaciones precisas sobre su técnica. Por eso he celebrado con gran interés, como les habrá ocurrido a muchos otros, la aparición de una obra sobre la técnica psicoanalítica surgida de la pluma de Rank(1).

Desgraciadamente, la lectura de este libro sólo me ha procurado decepciones, como probablemente les ha ocurrido a muchos de mis colegas. Ya el título es engañoso: no se trata de la técnica psicoanalítica sino de una modificación de ésta, que se distingue tanto de la practicada hasta ahora que hubiera sido más oportuno titular este libro “La técnica de Rank” o incluso “La técnica del nacimiento” en el tratamiento de las neurosis. Efectivamente, este título puede inducir a error a muchos que ignoran por completo la evolución actual de Rank, pero que conocen su larga y fructuosa colaboración con el profesor Freud.

La obra en su conjunto se caracteriza por una tendencia a forzar determinados puntos de vista que por otra parte no carecen de interés en sí mismos, y esta exageración es tal que ha conducido con bastante frecuencia al absurdo. En “Perspectivas del psicoanálisis”(2), obra que hemos redactado Rank y yo en conjunto y que se halla expuesta aquí en dos de sus capítulos, puede leerse que el análisis debe consistir en “producir sistemáticamente el material inconsciente en todas sus formas y en interpretarlo tanto en el sentido de la situación analítica como en el del pasado infantil”. Ahora bien, el autor, en este libro, llega a descuidar casi por completo el punto de vista histórico y por último pide que se “haga revivir deliberadamente, a menudo incluso contra las asociaciones y las intenciones del paciente..., algo más preciso en la cura” (p. 20). Se trata de una experiencia afectiva entre el paciente y el médico, o sea, aproximadamente lo que Freud ha llamado “repetición”, salvo que Freud y todos nosotros, que la hemos seguido, permitimos al paciente aquello a lo que le ha empujado su destino personal; mientras que Rank, excesivamente confiado en su teoría del traumatismo del nacimiento como base de las neurosis, incita expresamente al paciente a repetir en la cura una especie de experiencia afectiva del nacimiento que el analista tiene que resolver. Afirma haber visto con bastante frecuencia manifestarse espontáneamente esta tendencia, aunque de forma inconsciente, lo cual hace innecesario esperarla en cada ocasión, y desde el principio del análisis interpreta toda manifestación del enfermo como huida de esta experiencia afectiva. Con la finura que le caracteriza, el autor consigue realizar ese trabajo de interpretación que parecía imposible, pero debe recurrir para ello a una violencia inusitada en el terreno de la interpretación, cuya parcialidad supera totalmente a lo que Jung y Adler han realizado en este terreno. Esta parcialidad es la consecuencia lógica de la convicción que el autor tiene de haber dicho la última palabra sobre las neurosis en su teoría del traumatismo del nacimiento; puede ahorrarse así la molestia y la obligación de considerar cada nuevo caso sin ideas preconcebidas y, por así decir, ingenuamente, según acostumbramos a hacer; pero se priva de la posibilidad de hallar algo nuevo porque lo que busca y encuentra no es más que la confirmación de lo que ya sabe. Por lo demás, me parece absolutamente ilógico negar el valor del elemento histórico y además sobrestimar de este modo la importancia de un determinado factor histórico, el nacimiento. En cualquier caso, el autor omite aquí, como ya lo había hecho en anteriores publicaciones, exponer los fundamentos reales (no especulativos) de su teoría.

También Rank comete el error fatal de introducir un “o bien... o bien” llamativo en lugar de un prudente “no sólo... sino también” cuando se trata de saber en qué medida la acción terapéutica en la cura proviene de una moción intelectual de la motivación rechazada y en cierta medida depende de la pura vivencia afectiva. He sido uno de los primeros en pedir que se conceda más importancia a la vivencia afectiva e incluso he defendido la idea de que se puede y debe acentuar el carácter emocional del análisis, asignando a veces determinadas tareas al análisis además de la asociación libre (“Actividad”). Pero para mí toda esta vivencia en el análisis sólo constituye un medio de llegar de modo más rápido y profundo a las raíces de los síntomas y he concebido siempre este último trabajo, es decir, la protección contra toda recaída, como algo intelectual, como un aumento de la descarga inconsciente del preconsciente. Si nos contentamos con la “abreacción” en el análisis, aunque sea fraccionada, apenas se conseguirá procurar al paciente otra cosa que accesos y explosiones emocionales de la propia enfermedad; los cuales, como se sabe, van seguidos generalmente de un cierto apaciguamiento, pero no protegen en absoluto contra la reaparición de los síntomas, lo mismo exactamente que en el apaciguamiento sugestivo o hipnótico que también ejercía una acción puramente emocional. El autor parecía compartir este punto de vista en la época de las “Perspectivas del psicoanálisis”. Sin embargo, ahora escribe: “No es la comprensión intelectual del origen histórico... la que constituye... el agente principal, sino el desplazamiento afectivo (transferencia) de las mociones impulsivas inhibidas en el conflicto actual sobre el conflicto infantil primitivo y sus representantes en la situación analítica” (p. 12). E incluso llega a decir en otro lugar: “El elemento histórico tiene simplemente valor de conocimiento... no sirve de nada (al paciente) saber cómo y por qué han ocurrido así las cosas, del mismo modo que mi catarro no mejorará aunque sepa dónde lo he cogido”. Este tipo de afirmación resulta corriente en la medicina no psicoanalítica, pero si estuviera justificada significaría el fracaso de todos nuestros esfuerzos. En realidad, el autor no ha conseguido en absoluto en esta obra invalidar la importancia del análisis histórico y tenemos derecho a interpretar su concepción como una regresión a la manera de considerar las cosas preanalítica, que no se halla motivada científicamente. Pues incluso el lugar en el que se ha cogido un catarro puede tener significación analítica y al renunciar deliberadamente a abordar tales cuestiones se renuncia posiblemente a la única posibilidad de penetrar en el sentido profundo de un síntoma. Rank considera muy fácil la tarea suponiendo que el seno materno es el único lugar donde puede localizarse un síntoma (por ejemplo, un catarro neurótico) y el momento del nacimiento, el único tiempo posible de su formación. Incluso quien conceda cierto crédito a la teoría de las neurosis de Rank (y habrá que verificar de nuevo en qué medida es posible) encontrará ilógico el descuidar todo el período entre el nacimiento y la situación analítica actual. Esta actitud recuerda la de los analistas “salvajes” que, sin preocuparse de la superestructura de la personalidad, comienzan el análisis atacando los sueños infantiles. Freud me decía cierto día que eso era tan absurdo como pretender buscar en una casa incendiada la lámpara que causó el incendio.

Para mostrar la ausencia de espíritu critico que caracteriza las interpretaciones a las que se entrega Rank, podría citarse este fragmento de un sueño (p. 76): “Estaba realizando el análisis, tendida sobre el diván. El analista me resultaba muy conocido pero no puedo decir quién era. Quería contarle un sueño en el que se trataba de un viaje que yo había emprendido con amigos comunes. Había comenzado a hacerlo cuando fui interrumpida por una señora anciana, sentada sobre un tronco de abedul, quien pretendía interpretar el sueño de forma popular (al modo de las señoras ancianas). Le dije al analista que le contaría mejor el sueño si ella no me interrumpía. Entonces la hizo callar, se levantó y cogió con ambas manos la hamaca en la que estaba tumbada, me levantó y me hizo colocarme de través sacudiéndome bruscamente. Luego dijo: "Cuando usted nació tenía el rostro muy colorado. Luego le colocaron sobre un diván y el padre se sentó junto a usted". En el sueño, me extrañé de su explicación y pensé: "Eso es ir a buscar las cosas demasiado  lejos...”, etc.

Rank ve en este sueño una comparación entre la vivencia analítica y el propio nacimiento del sujeto, en el que el trabajo del analista es el del tocólogo: sacude a la paciente durante tanto tiempo que ésta acaba por nacer con el rostro colorado. ¿No sería más oportuno interpretar este fragmento de sueño relativo a la situación analítica diciendo que las “escasas interpretaciones de la situación materna en el análisis” que se dieron antes a la paciente bastaron para desencadenar toda su ironía contra estas interpretaciones? Ella llama al analista una anciana señora que interpreta las cosas como las señoras ancianas, no la deja hablar, la interrumpe sin cesar y la sacude hasta que admite la interpretación materna (haber nacido del analista). Rank hubiera permitido que la paciente se burlara de él tomando en serio la aprobación irónicamente exagerada de ésta e incluso utilizándola para apoyar su teoría del nacimiento. Su innovación técnica permite al autor retornar a sus concepciones precedentes sobre algunos hechos fundamentales del psicoanálisis. Por último, no sabe si “hay un desplazamiento o una transferencia de libido” (p. 206). E incluso, podría considerarse según él “el contenido del inconsciente como un cuadro, proyectado en el pasado histórico, de lo que ocurre entre médico y paciente en la situación analítica”. (Naturalmente, con la única excepción de la resolución inconsciente del nacimiento que, según Rank, no surge sólo de una interpretación de la situación analítica sino también de una interpretación histórica.).

La forma en que la técnica últimamente utilizada por Rank procede con los sueños se demuestra también conforme con esta concepción. Freud nos ha enseñado ciertamente que no hay que tomar el análisis de los sueños como un objetivo en sí mismo en el tratamiento y que hay que situar los objetivos de la cura delante de su curiosidad psicológica. Exagerando de modo abusivo esta concepción, Rank llega a descuidar de modo casi completo el material asociativo. “Con frecuencia no tenemos necesidad de ofrecer la traducción de los diferentes elementos del sueño, sino que los interpretamos en conjunto, en particular en las situaciones críticas, gracias a los símbolos transparentes o a los complejos conocidos para considerar el sentido del sueño en el conjunto del análisis” (p. 58). Y “no estamos en absoluto obligados a exigir al paciente sus asociaciones para saber cuál es el elemento mas importante o el fragmento más intensamente rechazado de los pensamientos del sueño” (pág. 59). Termina por preguntarse si las libres interpretaciones simbólicas de Stekel no son preferibles a este rígido dogmatismo. En cualquier caso, esta “reforma” de la interpretación de los sueños equivale a renunciar a todo lo que Freud considera como importante en su teoría de los sueños.

Desgraciadamente, si no hemos podido seguir al autor en su tesis fundamental, apenas lo podemos hacer tampoco en muchas de las diversas teorías que nos presenta. En lo que concierne al hecho de fijar sistemáticamente un término al tratamiento, me he visto obligado a imponer restricciones esenciales a mi primera idea tras una larga experiencia(3); pero incluso tras la lectura de esta obra considero que el autor no ha conseguido hacer plausible su “certeza adquirida paulatinamente en cuanto al interés de dar un aviso anticipado”. Todas nuestras experiencias actuales y nuestra concepción de la naturaleza de las neurosis de transferencia se oponen a la idea de comenzar el análisis con la separación por objetivos “antes de que (el paciente) esté dispuesto a realizar plenamente su fijación neurótica”. Es preciso, por tanto, que se constituya una transferencia de forma apropiada y que se haga consciente antes de intentar liquidarla.

Por último, se halla absolutamente descaminado en lo que se refiere a la teoría del traumatismo del nacimiento que considera incluso al destete y al aprendizaje del caminar como consecuencia del choque producido por el nacimiento. ¿Por qué detenerse aquí y no reconocer la gran importancia histórica del último factor de la separación, el más importante a mi parecer y al de Freud, el que sigue a la disolución del complejo de Edipo?.

Rank se aventura en un terreno particularmente peligroso tratando de sacar argumentos del éxito terapéutico: “Recuerdo haber visto recientemente un caso que un eminente analista no pudo curar tras un largo tratamiento y que arrastraba un conflicto actual no resuelto (p. II)”. Yo podría oponerle otro caso, tratado por Rank en persona según la técnica del traumatismo del nacimiento y de la situación actual, que tampoco él pudo sanar, y arrastraba sin resolver casi toda la historia de la relación con el padre. Pero es mejor renunciar por ambas partes a este tipo de argumentos y, fieles a la costumbre actual, abstenerse de invocar el éxito terapéutico a título de prueba. Pues, a fin de cuentas, se puede “curar” con todas las técnicas posibles: con interpretaciones paternales, interpretaciones maternales, explicaciones históricas, una situación analítica destacada e incluso la antigua sugestión y la hipnosis. Ninguna forma de tratamiento se halla a cubierto del fracaso terapéutico, y aunque se conozcan ya todas las condiciones de aparición de cada neurosis y de cada psicosis, ningún analista inteligente se atreverá a sostener lo contrario.

Quisiera volver una vez más sobre la afirmación de Rank según la cual es el lazo biológico con la madre el que domina regularmente la situación analítica en la capa impulsiva más profunda (p. 4); mientras que Freud atribuye esencialmente al analista el papel del padre. Esta hipótesis, que ya han defendido algunos autores antes de Rank (Groddeck, Jung), tendría valor si se limitara a precavernos contra la subestimación de la transferencia maternal sobre el analista. Pero lo pierde todo si, cayendo en el extremo opuesto, ignora la explicación de los síntomas por el temor al padre o la angustia de castración (que suele ser bastante evidente y a menudo es la única posibilidad) e incluso la considera dañina en la medida en que permite “hundir aún más (al paciente) en el temor infantil al padre del que ningún medio terapéutico puede sacarle”. En los casos graves de neurosis, me he esforzado sinceramente por recalcar el lazo materno con el fin de comprobar la teoría de las neurosis según Rank y debo efectivamente a estas tentativas algunos datos preciosos sobre determinadas capas de la estructura neurótica; he hallado también en los pacientes una cierta tendencia a aceptar estas interpretaciones sin demasiada resistencia. Y es precisamente esta ausencia de resistencia la que me ha desconcertado hasta que he adquirido la convicción de que las explicaciones fundadas en la angustia del nacimiento se aceptaban fácilmente debido a su carencia de importancia actual, y que incluso servían para protegerse contra la angustia de castración, mucho más terrorífica. Es posible que pueda explicarse la experiencia inversa de Rank por el hecho de que ha tenido que ver sobre todo con individuos sanos en un análisis didáctico y no ha tratado a enfermos graves. El “sano” atribuye poca importancia al medio que le permite obtener alguna experiencia analítica: por el contrario, en el caso del enfermo grave, hay que seguir pacientemente el camino que prescribe su destino personal tanto a nosotros como a él, y este camino nos lleva casi siempre a reconocer la importancia capital del traumatismo de la castración o del deseo del pene. El propio autor reconoce que tras la disolución del vínculo materno en la segunda fase del tratamiento, el papel paternal del analista se sitúa en primer plano; pero trata de reducir el alcance de este hecho rehusando atribuir a esta fase la misma importancia analítica y considerándola como una especie de complemento pedagógico del análisis. A pesar de estas exageraciones tendenciosas, el autor tiene el mérito de haber indicado la existencia de los sueños y de las fantasías de angustia del nacimiento. Pero no llega en absoluto a discernir lo que las distingue fundamentalmente de las restantes fantasías inconscientes. Según mi experiencia, se trata en realidad de simples fantasías que provienen de la interpretación y no de reproducciones de procesos y de experiencias reales basadas en el nacimiento del individuo, tal como Rank las presenta y como yo me he esforzado en comprenderlas al principio.

Dejando aparte la comunicación de sus propios casos, el autor intenta demostrar también la oportunidad de su técnica sometiendo a un nuevo análisis un sueño analizado por otro (el profesor Freud) sin el apoyo de sus hipótesis, y ello con el propósito de mostrar todo lo que escapa a nuestra comprensión si no se tiene en cuenta la situación analítica. Declara “que este ejemplo puede servir en cierto sentido de piedra de toque a su concepción fundamental relativa a la importancia de la situación analítica de 1a que la situación maternal constituye el prototipo”. Se trata del sueño de los lobos, bien conocido por todos nosotros, que fue tratado por Freud en “Historia de una neurosis infantil”(4). En este sueño, el paciente se halla en su lecho; delante de la ventana hay una hilera de viejos nogales. Repentinamente se abre la ventana y el soñador ve con espanto que hay lobos sentados sobre el nogal: son seis o siete. Freud interpretaba este sueño desde el punto de vista histórico como la reproducción deformada de la “escena primitiva”, es decir, la observación por el niño de las relaciones sexuales entre sus padres y del afecto de temor que va unido a ello. Por el contrario, Rank interpreta el hecho del sueño como el diván en el que Freud ha tratado a su paciente, los nogales como los mismos nogales que se ven desde la ventana de la consulta de Freud(5), los lobos como “una serie de fotografías de sus discípulos (de Freud) más queridos” (“son, según mis recuerdos, entre cinco y siete, que además cambian periódicamente, o sea, exactamente las cifras entre las que el paciente duda en cuanto al número de lobos”). El paciente veía forzosamente estas fotografías durante su tratamiento y las ha transformado en lobos en el sueño.

No voy a entrar en los detalles de estas dos interpretaciones. El lector interesado podrá leerlas en el original; destacaré tan sólo algunos puntos que indican claramente la temeridad e incluso la ligereza del procedimiento interpretativo de Rank. Señalemos inicialmente que el paciente ha presentado este sueño como un recuerdo de cuando tenía cuatro años, recuerdo de un sueño que se ha repetido a menudo durante su vida, que siempre le ha causado una fuerte impresión y le ha angustiado continuamente. ¿Cómo puede haber reproducido este impresionante sueño infantil el marco del tratamiento, un lugar donde el paciente ha entrado por vez primera muchos años más tarde? Si descartamos las interpretaciones ocultistas (proféticas), la interpretación de Rank implica forzosamente que Freud se ha dejado engañar por su paciente al creer que el sueño databa realmente de la infancia; la verdad es que habría sido soñado recientemente o preparado en función de la situación analítica, todo ello sin que nada revele la duplicidad del paciente cuya honestidad escrupulosa, obsesiva y penosa, se halla afirmada muchas veces en el transcurso del análisis. Por otra parte, las precisiones que acaba de proporcionarme el profesor Freud son absolutamente destructivas para la hipótesis de Rank. Puede establecerse con precisión que en la época en que el recuerdo del sueño fue comunicado por vez primera, en 1911, no había más que dos o tres fotografías colgadas de la pared, de modo que la concordancia entre el número de lobos y el de fotografías, único argumento que apoya la concepción de Rank, parece absolutamente falso. El paciente, interrogado en seguida (sin haber estado al corriente de las reflexiones de Rank), escribe (doctor P.): “No tengo ninguna razón para dudar de la exactitud de este recuerdo; al contrario, la brevedad y la claridad del mismo me han parecido siempre su elemento característico. Además, el recuerdo de este sueño infantil no ha sufrido nunca ningún cambio, que yo sepa; experimentaba la misma angustia ante la idea de reelaborar este tipo de sueños y para precaverme tenía la costumbre, antes de dormir, de representarme cosas que yo temía, sobre todo este sueño. El sueño de los lobos me ha parecido siempre que se hallaba en el centro de mis sueños infantiles..., he contado el sueño de los lobos al comienzo del tratamiento, es decir, según mis recuerdos al cabo de uno o dos meses (en 1911). Tuve que esperar el término del tratamiento para conocer la solución”. En su carta, el paciente añade un material asociativo que refuerza aún más la interpretación del sueño como escena de amor.

Ante este fragmento de análisis rankiano, el crítico debe mantener la sangre fría que exige la ciencia. Lo menos que puede decirse, es que el grado de ligereza e incluso de aturdimiento alcanzado por Rank no puede ser más que el resultado de una absoluta ceguera. La sobreinterpretación que da al sueño de los lobos, lejos de constituir la “piedra de toque” de su teoría, quebranta seriamente nuestra confianza en el juicio del autor sobre la teoría y la técnica psicoanalítica.

Esta nueva técnica de Rank puede ser calificada sin exageración como un golpe frustrado. Sin embargo, recordamos el enorme mérito que adquirió al aplicar el psicoanálisis a las ciencias del espíritu, ámbito en el que parece residir su verdadero talento.

 

Notas:

1.- Doctor Otto Rank: Technik der Psychoanalyse, I, Die analytische Situation, Leipzig y Viena, 1926.

2. Doctor S. Ferenczi y doctor O. Rank: “Perspectivas del psicoanálisis” (Neue Arb. Z. ärztl. Psa., I, 1924).

3. “Contraindicaciones de la técnica activa”, en este volumen.

4. Ges. Schriften, t. VIII.

5. En realidad se trata de castaño.

 

 

(Sándor Ferenczi. Obras Completas, Psicoanálisis Tomo IV, Ed. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1984).

 

 

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