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Selecciones Ferenczianas Analíticas

 

CONSIDERACIONES SOCIALES EN DETERMINADOS PSICOANÁLISIS (1922f).

 

 

 

Sándor Ferenczi

 

I- LA “NOVELA FAMILIAR” DE LA DECADENCIA.

Hace algunos años, recibí un telegrama solicitándome una consulta para una joven condesa que residía en una estación invernal de moda. Este requerimiento me sorprendió. En efecto, el psicoanálisis, sobre todo en aquella época, suscitaba por lo general escaso interés en los círculos aristocráticos y, además, el colega que me llamaba, un antiguo profesor de cirugía con el cual mantenía por lo demás relaciones amistosas, no era en absoluto favorable a nuestra ciencia.

El enigma se resolvió en cuanto llegué y me contaron la historia de la enfermedad. La joven condesa se había roto la pierna yendo en trineo; se había desvanecido y, en su inconsciencia, había pronunciado en voz alta injurias, tacos y expresiones muy obscenas; crisis de este tipo se habían reproducido después varias veces. Mi colega se había preguntado en consecuencia si no se trataba de “un caso de histeria con etiología freudiana” y me había mandado llamar.

Al día siguiente conseguí establecer una anamnesis de estilo más o menos psicoanalítico. La paciente, una hermosa joven de diecinueve años, había sido mimada por un padre un tanto débil y tratada con más severidad, aunque con atención y afecto, por su madre. Había realizado ya una transferencia muy intensa sobre el cirujano que la había enyesado y que la cuidaba desde hacía ocho días; respecto a mí se mostró más reservada pero conseguí con ayuda de mi colega y de sus padres establecer los siguientes antecedentes. La paciente había manifestado siempre un comportamiento bastante extraño. En cuanto podía, escapaba de las espléndidas habitaciones del castillo en que habitaba con sus padres y se iba a las más ordinarias. Se hallaba muy unida a una niñera que se había ocupado de ella desde su más tierna infancia. Esta niñera fue obligada a abandonar el castillo yendo a vivir a una dependencia alejada. La paciente (entre los dieciséis y los dieciocho años) siguió frecuentando asiduamente a esta persona de confianza en cuya casa, contra la voluntad de sus padres, pasaba todo el día ayudándola en los trabajos domésticos, incluso los más penosos, como frotar el suelo, alimentar al ganado, limpiar el establo, etc. Nada la repelía tanto como la compañía de las personas de su clase y su mayor disgusto consistía en aceptar o realizar visitas de este tipo. Envió a paseo con bastante brutalidad a varios pretendientes de origen aristocrático que no eran del todo malos.

Algunos años antes había sufrido una neurosis que su madre me describió así: la paciente se encontró bruscamente deprimida y se puso a llorar sin pausa rehusando confiar a nadie la causa de su dolor. Su madre la llevó a Viena con la esperanza de distraerla; su humor no mejoró apenas. Una noche acudió llorando a la habitación de su madre, se deslizó en su lecho y le abrió su corazón. Sufría, según le contó, una angustia espantosa: temía haber sido violada mientras se hallaba inconsciente. El asunto había ocurrido allí, un día en que acompañó a su madre a la estación. Tras la partida de ésta, había regresado rápidamente al castillo en el coche familiar y el trayecto apenas había durado cinco minutos. Pero durante el regreso había sentido cierto malestar y probablemente perdió la conciencia durante un breve instante: el cochero pudo aprovechar su estado para cometer la agresión. Era incapaz de acordarse de si el cochero le había hecho realmente algo; lo único que recordaba es que al despertar le dijo algo, pero no sabía exactamente qué. Su madre se esforzó por tranquilizarla y le explicó que tal acto, a plena luz, en un coche abierto, y en una carretera muy frecuentada resultaba imposible. Sin embargo, la tensión nerviosa de la paciente persistió hasta el momento en que la madre la hizo examinar por toda una serie de ginecólogos eminentes, quienes la declararon virgo intacta.

Durante los dos días que pasé en la estación invernal pude convencerme de que se trataba de un caso de histeria con exacerbación traumática; que existía una relación evidente entre los juramentos groseros de la paciente, sus aficiones campesinas y su fantasía de violación, y que sólo el psicoanálisis podía explicar el caso. Sin ir más lejos, pude establecer la hipótesis, que fue confirmada por los testigos del accidente, de que se había roto la pierna voluntariamente, sin duda por alguna tendencia al autocastigo.

Supe más tarde que la paciente, en vez del tratamiento psíquico previsto, partió para cuidar su pierna a un sanatorio, que se interesó cada vez más por la cirugía, que se hizo enfermera durante la guerra y que por último se casó, contra la voluntad de sus padres, con un joven cirujano de origen judío.

No estoy en disposición de colmar las lagunas de la historia de este caso con el psicoanálisis, pero he de admitir que se trata indudablemente de un caso de relato familiar invertido, un “relato familiar de la decadencia”. Como se sabe, los relatos familiares de los neuróticos son a menudo fantasías de grandeza relativas a la posición social de sus padres, quienes de una condición muy humilde y modestamente burguesa se elevan al rango de los nobles e incluso al rango de familia real. Las investigaciones psicoanalíticas de Rank sobre la mitología han llegado a relatos familiares muy interesantes en lo que se refiere a los mitos de los héroes más conocidos (Moisés, Edipo, Rómulo y Remo, etc.); todos de origen noble, fueron expuestos, educados por pobres campesinos o incluso por animales y consiguieron finalmente recuperar su rango. Según la concepción de Rank, podrían considerarse estos padres nutricios campesinos o animales y los padres de alto rango como simples dobles de la imagen paterna.

Mientras que en el mito estos padres “primitivos” son generalmente tratados como figuras provisionales que deben ceder finalmente el lugar a los padres de alto rango, mi neurótica deseaba abandonar el universo noble para retornar al primitivo. Este deseo aparentemente insensato no constituye una excepción. Toda una serie de observaciones realizadas sobre niños pequeños me han demostrado que gran número de ellos se sienten mejor entre los campesinos, los criados y las gentes humildes que entre su propia familia mucho más refinada. Los niños sueñan a menudo con llevar la vida nómada de los gitanos e incluso con metamorfosearse en animales. En estos casos, lo que atrae a los niños y les hace renunciar voluntariamente al rango y a la buena vida es la vida amorosa sin trabas y por supuesto incestuosa. Podría hablarse en este sentido de criados y gitanos “auxiliadores” que acuden en ayuda del niño en pleno apuro sexual, como los “animales auxiliadores” lo hacen tan a menudo en los cuentos.

Como se sabe, esta tendencia al retorno a la naturaleza se produce a veces más tarde en la realidad; existen gran número de historias, repetidas con complacencia, que se refieren a las relaciones entre las duquesas y los cocheros o chóferes, entre las princesas y los gitanos; el gran interés que suscitan se explica debido a ciertas tendencias humanas universales.

 

PERTURBACIONES PSÍQUICAS CONSECUTIVAS A UNA ASCENSIÓN SOCIAL.

Dispongo de unas cuantas observaciones relativas a neurosis para las cuales la ascensión social de la familia en una época en que los pacientes eran muy jóvenes, en particular tras el período de latencia sexual, ha constituido un factor etiológico de gran importancia.

Tres casos se refieren a hombres que sufrían impotencia sexual; en el cuarto se trata de una paciente afectada por un tic convulsivo. Dos de los pacientes eran primos cuyos padres, se habían hecho ricos y “distinguidos” en el mismo momento, es decir, en una época en que sus hijos tenían entre siete y nueve años. En los tres casos de impotencia, los pacientes habían pasado por un período de sexualidad infantil poliforma extraordinariamente violenta y exuberante, en la que ningún control ni convención social alguna habían obstaculizado su desarrollo. En la edad aludida comenzaron a vivir en condiciones refinadas que les eran totalmente extrañas y que les obligaron a abandonar su antigua residencia en el campo para vivir en la ciudad e incluso en una gran ciudad. Este cambio les hizo perder su audacia y su seguridad de antes, pues su misma exuberancia les obligaba a desarrollar formaciones reactivas particularmente intensas si querían corresponder aunque fuera tímidamente al Ideal del yo del nuevo ambiente. No es extraño que esta ola de rechazos haya afectado con gran fuerza su agresividad sexual y su capacidad genital

En todos estos casos, y particularmente en el de la paciente afectada por los tics, constaté la existencia de un narcisismo muy superior al habitual que adquiría la forma de una sensibilidad excesiva. Los pacientes consideraban como una ofensa personal la más mínima negligencia en las reglas de cortesía corrientes; sufrían todos un “complejo de invitaciones” y podían dispensar un odio eterno a quien un día les hubiera olvidado. Naturalmente, esta susceptibilidad ocultaba el sentimiento de su propia inferioridad social y más en particular la acción inconsciente de excitaciones sexuales perversas. La enferma afectada por tics y uno de los casos de impotencia tenían además otro punto en común: su ascensión, ocurrida durante el período de latencia, no había sido solamente de orden social sino también moral, en la medida en que compensaban al mismo tiempo el carácter ilegítimo de su nacimiento.

Una hermana menor de la paciente, y un hermano menor y otro mayor de uno de los impotentes no habían resultado afectados, sin duda porque habían vivido ese importante cambio de ambiente antes o después del período de sexualidad infantil. El período de latencia tiene una importancia extraordinaria porque es el momento en que se forman los rasgos de carácter y en que se establece el Ideal del yo. Cualquier perturbación en el curso de este proceso, como, por ejemplo, la introducción de una nueva escala de valores morales, con el conflicto inevitable entre el Ego y la sexualidad que implica, puede suponer el desencadenamiento de una neurosis con más frecuencia de la que hasta ahora sospechábamos.

 

 

(Sándor Ferenczi. Obras Completas, Psicoanálisis Tomo III, Ed. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1984).

 

 

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