Sándor Ferenczi
Ibsen y Anatole France han alcanzado, mediante la inspiración, los fundamentos de nuestra vida psíquica que el análisis sólo ha descubierto más tarde. En sus relatos, A. France atribuye a sus héroes sus propias observaciones psicológicas. Éstas se hallan dispersas a lo largo de sus obras, en los discursos llenos de unción del abate Coignard dispuesto siempre a comprender y perdonar, en las reflexiones penetrantes de Monsieur Bergeret y en otros lugares. Merece la pena reunir estas ideas.
Sólo en una ocasión expresa directamente el gran escritor francés su posición sobre los problemas psiquiátricos: en su artículo “Los locos en la literatura” publicado en Le Temps en 1887. Voy a reproducir algunos párrafos característicos del artículo y creo que quien esté familiarizado con la lectura analítica podrá traducir sin dificultad al lenguaje psicoanalítico las opiniones de France y constatar hasta qué punto coinciden su concepción y la nuestra respecto a la naturaleza de las psicosis funcionales.
“Un francés que viajaba a Londres fue un día a visitar al gran Charles Dickens. Fue recibido por él y pidió excusas por hacer perder algunos minutos a un ser tan valioso.
“-Vuestra gloria, añadió, y la simpatía universal que inspiráis os exponen, sin duda, a numerosas molestias. Vuestra casa está asediada de continuo. Tenéis que recibir diariamente a príncipes, hombres de Estado, sabios, escritores e incluso locos.
“-¡Sí!, locos, locos, grito Dickens levantándose con la agitación que acostumbraba en sus últimos años, ¡locos! Son los únicos que me divierten.
“Y echó fuera al sorprendido visitante.
“Charles Dickens quería mucho a los locos, y se complacía en describir con ternura la inocencia del bueno de M. Dick. Todo el mundo conoce a M. Dick y casi todo el mundo ha leído David Copperfield; al menos en Francia, pues está de moda en Inglaterra menospreciar al mejor de sus narradores. Un joven artista me ha confiado incluso que Dombey and Son no era legible más que en las traducciones. También me ha dicho que lord Byron era un poeta bastante vulgar, algo así como nuestro Ronsard. No lo creo. Pienso que Byron es uno de los más grandes poetas del siglo, y creo que Dickens ejercitó más que ningún escritor la facultad de sentir; creo que sus novelas son tan hermosas como el amor o la piedad que las inspiran. Considero que David Copperfield es un nuevo evangelio, creo por último que M. Dick, del único de quien aquí trato, es un loco de buena voluntad, puesto que la única razón que le queda es la razón del corazón y éste no se equivoca apenas. No importa que lance ciervos voladores sobre los que escribe increíbles sueños relativos a la muerte de Carlos I. Es bueno; no desea mal a nadie, y esto es una sabiduría a la que muchos hombres razonables no alcanzan. Es una suerte para M. Dick el haber nacido en Inglaterra. La libertad individual es allí mayor que en Francia. La originalidad es mejor apreciada y más respetada que entre nosotros. ¿Y qué es la locura, después de todo, sino una especie de originalidad mental? Digo la locura y no la demencia. La demencia es una pérdida de las facultades intelectuales. La locura no es más que un uso extravagante y singular de esta facultad.”
Esta luminosa definición de France es mucho más acertada que la mayoría de las propuestas por los psiquiatras profesionales, que han pretendido explicar mediante la anatomía las neurosis y psicosis claramente funcionales y colocarles, en la medida de lo posible, la etiqueta de demencia.
“Conocí en mi infancia a un anciano que se había vuelto loco al enterarse de la muerte de su único hijo de veinte años, sepultado por una avalancha del Righi. Su locura consistía en vestirse con tela de colchón. Una vez así, era perfectamente cuerdo. Todos los mozalbetes del barrio le seguían por la calle lanzando gritos salvajes. Pero como unía a la dulzura de un niño el vigor de un coloso, le tenían respeto, causándoles mucho miedo sin hacerles ningún mal. Además daba muestras de excelente cortesía. Cuando entraba en una casa amiga, lo primero que hacía era quitarse la especie de casaca a grandes cuadros que le hacía ridículo. La colocaba sobre un sofá de manera que pareciera recubrir un cuerpo humano. Colocaba allí su bastón como una especie de columna vertebral, poniendo luego sobre el mango de este bastón su gran sombrero de fieltro cuyos bordes bajaba, adquiriendo un aspecto fantástico. Una vez hecho esto, contemplaba por un momento su espolio de la forma que se mira a un viejo amigo enfermo que duerme, y sin más se convertía en el hombre más razonable del mundo, como si de verdad fuera su propia locura la que dormitaba ante él, vestida de carnaval”.
…
“Tuve muchas veces la suerte de verle y escucharle: hablaba de cualquier tema con gran conocimiento e inteligencia. Era un sabio, impuesto en todo lo que hace conocer el mundo y los hombres. Sobre todo tenía en la cabeza un rico repertorio de viajes y era inigualable contando el naufragio de La Medusa o cualquier aventura de marinos en Oceanía.
“Sería imperdonable olvidar que era un excelente humanista porque me dio gratuitamente bastantes lecciones de griego y de latín que me sirvieron de mucho. Su servicialidad la ejercía por doquier. Le vi interrumpir los complicados cálculos que un astrónomo le había encargado para cortar leña y ayudar así a una anciana sirvienta. Su memoria era fiel; recordaba todos los acontecimientos de su vida, excepto el que le había trastornado. La muerte de su hijo parecía haber escapado de su memoria; al menos nunca se le oyó pronunciar una sola palabra que pudiera hacer creer que recordaba su terrible desgracia. Tenía un humor estable, casi alegre, y a menudo descansaba su espíritu en imágenes dulces, afectuosas y placenteras. Buscaba la compañía de los jóvenes. Su espíritu había adquirido un tono pedagógico muy pronunciado al frecuentarlos. (…).
Pero apenas atendía, debo decirlo, al pensamiento de sus jóvenes amigos; seguía el suyo de una manera obstinada que nadie podía romper.”
Si tuviéramos que basar un diagnóstico en la descripción de France, dados los estereotipos, la conservación de la inteligencia, la separación del mundo exterior, síntoma que el escritor atribuye a un traumatismo psíquico, tendríamos que concluir que se trata de una demencia precoz. Y en la interpretación propuesta por France, hallamos nuestros propios puntos de vista en cuanto a la génesis de esta enfermedad. El autor narra el destino ulterior del enfermo en las líneas siguientes:
“Tras haberse vestido durante veinte años en invierno y en verano con un gabán de tela de colchón, apareció un día con una vestimenta de pequeños cuadros que no era ridícula. Su humor había variado igual que su aspecto, pero hacía falta que tal cambio hubiera sido también positivo. El pobre hombre estaba triste, silencioso, taciturno. Algunas palabras que se le escaparon, apenas inteligibles, dejaban traslucir la inquietud y el espanto. Su rostro, hasta entonces encendido, presentaba grandes ojeras. Rechazaba el alimento. Un día habló del hijo que había perdido. A la mañana siguiente lo encontraron ahorcado en su cuarto”.
En su descripción, France atribuye la enfermedad mental a un traumatismo psíquico seguido de una amnesia parcial que afectaba sólo al traumatismo y a las circunstancias que lo rodeaban, sin más perjuicio para la inteligencia; esto corresponde por completo a la teoría de Freud, que también atribuye los síntomas de la psicosis y de las psiconeurosis a este tipo de recuerdos y complejos de representaciones rechazados, que provocan desórdenes a partir del inconsciente. La curación espontánea del enfermo acontece cuando (igual que en el análisis) los recuerdos rechazados vuelven a ser conscientes. Pero este retorno de los recuerdos fue muy brutal y suscitó la desesperación del hombre, por lo que puso fin a sus días.
La muerte del hombre del gabán colchonero -probablemente producto tan sólo de la imaginación poética- recuerda los casos de demencia en los que a consecuencia de una enfermedad orgánica grave o incluso sin causa aparente se manifiestan cambios bruscos en el cuadro clínico. El Dr. Riklin, que ha asistido a muchos partos de mujeres dementes en la clínica psiquiátrica de Zurich, me ha dicho haber observado que el choque producido por el parto volvía temporalmente dóciles, calmosas y sensatas a las enfermas más agitadas.
“…no puedo evitar sentir verdadera simpatía por los locos que no hacen el mal en demasía. Porque no hacerlo en absoluto es muy difícil para los hombres, sean locos o cuerdos”.
…
“No hay que aborrecer a los locos. ¿Acaso no son nuestros semejantes? ¿Quién puede jactarse de no ser algo loco? Acabo de buscar en el Diccionario de Littré y Robin la definición de locura, y no la he encontrado; al menos la que he leído era casi incomprensible. Lo esperaba un poco, pues la locura, cuando no está caracterizada por alguna lesión anatómica, es casi indefinible. Decimos que un hombre está loco cuando no piensa como nosotros y eso es todo. Filosóficamente, las ideas de los locos son tan legítimas como las nuestras. Representan el mundo exterior según las impresiones que reciben. Es lo mismo que hacemos nosotros, que pasamos por sensatos. El mundo se refleja en ellos de una forma diferente a la nuestra. Pretendemos que la imagen que recibimos es la verdadera y la de ellos la falsa. En realidad, ninguna es absolutamente verdadera o falsa. La suya es verdadera para ellos; la nuestra para nosotros”.
Después France narra una fábula en la que disputan un espejo plano y otro convexo, cada uno de los cuales pretende ser el que refleja la imagen verdadera. Y termina con esta advertencia:
“Aprendan, pues, señores espejos, a no tratarse de locos porque no reciben el mismo reflejo de las cosas”. France dedica este cuento a los médicos psicópatas, que hacen encerrar a aquellos cuyas pasiones y sentimientos son muy diferentes a los suyos. “Consideran privados de razón a un hombre pródigo y a una mujer amante como si no hubiera tanta razón en las prodigalidades y en el amor como en la avaricia y en el egoísmo”.
En estas palabras de France, aunque sea de forma exagerada, hallamos nuestra propia convicción de que los síntomas de las enfermedades mentales funcionales sólo difieren de los fenómenos mentales del hombre sano por su cantidad.
“Los médicos psicópatas -prosigue France- creen que un hombre está loco cuando oye lo que los demás no oyen y ve lo que los demás no ven; sin embargo, Sócrates consultaba a su espíritu y Juana de Arco oía voces. Pero, además, ¿no somos todos nosotros visionarios y alucinados? ¿Sabemos acaso cualquier cosa del mundo exterior y percibimos durante toda nuestra vida algo que no sean las vibraciones luminosas o sonoras de nuestros nervios sensitivos?”.
De momento, nosotros los psicoanalistas no vamos a seguir más al autor en sus reflexiones filosóficas. Tenemos que trabajar mucho todavía para reunir y depurar los datos de la clínica psicológica.
En otro párrafo del artículo Los locos en la literatura vamos a ver lo bien que France se identifica con el delirio de un paranoico. Se trata de un cuento muy conocido de Guy de Maupassant, “príncipe de los cuentistas”, Le Horla. En esta narración un hombre es atormentado por un demonio invisible, por un vampiro, que le roba el sueño y le roba la leche que tiene en su mesilla de noche. France añade: “no hay nada más terrible que sentirse perseguido por un enemigo invisible. Pero, ¿digo todo lo que pienso? Para ser un loco este hombre carece de sutileza. En su lugar yo dejaría al vampiro hartarse de leche a placer y me diría: esto va bien; a fuerza de absorber el líquido alcalino este animal no dejará de asimilar algunos elementos opacos, y se hará visible (…). Si os parece, no me detendría en la leche: trataría de hacerle beber grana, para colorearlo de rojo de pies a cabeza”.
Esta proposición humorística no corresponde del todo al espíritu del Horla, donde el poeta, que tuvo un fin tan trágico, no expresa los pensamientos de un paranoico sino, a decir de sus biógrafos, los síntomas de su propia parálisis que comenzaba por pesadillas.
No puedo resistir el deseo de reproducir aquí un extracto de otra obra de France, que propone una explicación psicoanalítica a un desorden mental de ningún modo raro.
Este pasaje es un extracto del artículo titulado El manuscrito de un médico de aldea, que apareció en la colección El estuche de nácar (París, Calmann-Lévy, editores, p. 161), donde el médico rural medita sobre la compasión con mucha profundidad. France nos lo presenta como un anciano doctor que, rodeado de campesinos rudos, ha perdido poco a poco todo sentimiento de compasión hacia sus enfermos. Se ha quedado soltero y todo el tiempo que le deja libre el ejercicio de la medicina lo dedica a su magnífica viña. Una mañana, cuando justamente se hallaba en ella, fue llamado junto al pequeño Eloy, hijo del granjero vecino, que había despertado su atención por sus extraordinarias dotes y cuyo desarrollo intelectual había observado con admiración.
Examinó al enfermo y diagnosticó una meningitis, pero al mismo tiempo observó en sí un curioso cambio psicológico que descubrió y analizó de la forma siguiente:
“Experimenté un fenómeno nuevo por completo. Aunque conservaba toda mi sangre fría, contemplé al enfermo como a través de un velo y tan lejano a mí que me parecía pequeñísimo. Esta perturbación en la idea del espacio fue seguida a continuación por una similar en la idea del tiempo. Aunque mi visita no duró más que cinco minutos, creí que estaba desde hacía mucho tiempo en aquella sala, ante el blanco lecho, y que los meses y los años transcurrían sin que yo hiciera ningún movimiento.
“Mediante un esfuerzo intelectual que me resulta fácil, analicé sobre el terreno estas impresiones tan singulares y enseguida comprendí su causa. Era muy simple. Quería a Eloy. Al verlo enfermo tan inesperada y gravemente “no salía de mi asombro”. Esta es la expresión popular, pero es la justa. Los momentos crueles nos parecen larguísimos. Por ello tuve la impresión de que los cinco o seis minutos pasados junto a Eloy tenían algo de eternidad. Respecto a la visión del niño tan lejano a mí provenía del temor a perderle. Esta idea, fijada en mí sin mi consentimiento, había adquirido el carácter de absoluta certidumbre desde el primer momento”.
Un psicoanálisis metódico no habría dado de este fenómeno una explicación muy diferente. France parece saber que los fenómenos psíquicos inexplicables se hacen explicables cuando mediante la reflexión se intentan buscar los móviles hasta entonces inconscientes. Nosotros diríamos que este médico que por entonces creía haber perdido toda compasión, trataba de rechazar de su conciencia la debilidad que suponía haberse enternecido, aunque fuera ante el lecho del pequeño, pero no había podido impedir que el afecto rechazado se manifestara en forma de perturbaciones espacio-temporales.
Los ejemplos citados demuestran que Anatole France ha realizado un trabajo de analista, independientemente de cualquier conocimiento profesional y en la misma dirección que seguimos nosotros con ayuda de los métodos elaborados por el análisis de Freud. Siempre tiene en cuenta en sus obras los factores psíquicos inconscientes, infantiles y sexuales, hasta el punto de que podemos considerarle como uno de los precursores más importantes de la psicología analítica.
En la Historia Contemporánea de France he hallado un pasaje que me ha convencido de que este filósofo tan atractivo no recurre sólo al oscuro mecanismo de la sensibilidad, sino que dispone también de la libre asociación auténticamente desprovista de prejuicios y trabas, y que se sirve de ella para explorar las profundidades de su alma y las de los demás. Este pasaje se halla en la página 223 del Maniquí de mimbre. El autor habla por boca del profesor Bergeret, el fino pensador a quien no escapa ninguna mentira ni ninguna ilusión humana, y que sin embargo no se transforma en predicador moralista ni en pesimista amargado, sino al contrario: juzga los actos de sus prójimos con buen humor, con caridad, aunque mezcle en ello cierta ironía.
-M. Bergeret, bajo los olmos del Paseo, encuentra un garabato sobre un banco, uno de esos dibujos con tiza con los que los niños expresan sus primeros hallazgos sexuales. Bergeret se sumerge en profundas reflexiones sobre la comunicabilidad instintiva de los niños, que ya había impulsado a Fidias a grabar el nombre de su amada en el dedo gordo del Zeus del Olimpo.
“Y sin embargo, piensa M. Bergeret, el disimulo es la primera virtud del hombre civilizado y la piedra angular de la sociedad. Nos es tan necesario ocultar nuestros pensamientos como llevar vestidos. Un hombre que dice todo lo que piensa y como lo piensa es tan inconcebible en una sociedad como un hombre que anduviera desnudo por completo. Si, por ejemplo, yo expresara en la librería Paillot, donde la conversación es bastante libre, las imaginaciones que se me ocurren, las ideas que se me pasan por la mente: cómo entran por la chimenea una bandada de brujas a caballo sobre sus escobas, si describiera la representación que a menudo tengo de Madame de Gromance(1), las actitudes incongruentes que le atribuyo, la visión que me da, más absurda, más extravagante, más quimérica, más extraña, más monstruosa, más pervertida y desviada de las buenas costumbres, mil veces más maliciosa y deshonesta que la famosa figura tallada en la fachada Norte de Saint-Exupére, en la escena del Juicio Final, por un artista prodigioso que inclinado sobre un respiradero del infierno había visto la Lujuria en persona; si yo mostrara exactamente las particularidades de mis ensueños, se me creería víctima de una manía odiosa; y, sin embargo, sé perfectamente que soy hombre galante inclinado por naturaleza a los pensamientos honestos, instruido por la vida y la meditación en guardar la modestia y la compostura, dedicado por completo a los placeres intelectuales, enemigo de cualquier exceso y detestando el vicio como una deformidad.”
Es consolador para nosotros, los psicoanalistas, que reconozcamos en nosotros mismos y en nuestros pacientes esta mezcla de “perversidad” y de “virtud” como elementos constitutivos de la vida psíquica, que contemos entre los nuestros a Bergeret y, con él, a Anatole France. Esta compañía compensa ampliamente el desprecio de los neuropsiquiatras que no descubren tales horrores ni en ellos mismos ni en sus pacientes, pero que están dispuestos a atribuirlos a nuestra depravada imaginación.
NOTAS:
[1] Dama de la alta sociedad, muy bella, pero poco virtuosa.
(Sandor Ferenczi. Obras Completas, Psicoanálisis Tomo II, Ed. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1984).
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