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ACERCAMIENTO
AL PENSAMIENTO DE WILFRED R. BION
Hay
que pasar el mal trago.
(1979)
Cuando
dos personalidades se encuentran, se produce una
tormenta emocional. Si hacen suficiente contacto como
para percatarse uno del otro, o como para no
percatarse uno del otro, se produce un estado
emocional por la conjunción de estos dos individuos,
y, de no haberse encontrado, el desorden resultante
difícilmente hubiera llegado a considerarse como una
evolución necesaria en el estado de sus asuntos. Pero
como efectivamente se han encontrado, y como
efectivamente se ha producido una tormenta emocional,
las dos partes que participan de esta tormenta quizá
decidan “pasar el mal trago lo mejor posible”.
En
el análisis, el paciente entra en contacto con el
analista al ir al consultorio y comprometerse en lo
que aquél piensa que es una conversación de la que
espera que, de algún modo, le resulte beneficiosa.
Por su parte, el analista también espera que se
produzca algún beneficio, para ambos. El paciente o
el analista dicen algo. Curiosamente esto tiene un
efecto: perturba la relación entre las dos personas.
Lo cual también sería verdad si no se dijera nada,
si ambos permanecieran en silencio. A menudo
permanezco en silencio, esperando ver u observar o
darme cuenta de algo que podría entonces intentar
interpretar; generalmente le dejo la iniciativa al
paciente, si puedo. Permanecer en silencio, intervenir
con algún comentario o hasta decir “Buenos días”
o “Buenas tardes”, desata lo que a mí me parece
una tormenta emocional, pero la cuestión es cómo
superarla lo mejor posible, cómo invertir una
circunstancia adversa –como prefiero llamarla por
ahora- en una buena experiencia. El paciente no está
obligado a reaccionar igual; puede no desearlo o no
ser capaz de convertir la situación en una buena
experiencia; su objetivo puede ser muy distinto.
Recuerdo una oportunidad en la que un paciente estaba
ansioso de que yo le organizara su estado mental, un
estado mental al que yo no quería organizar. Estaba
ansioso por hacerme surgir poderosas emociones para
que me sintiera enojado, frustrado, decepcionado, de
modo que no pudiera pensar claramente, por lo tanto,
tuve que elegir entre “aparecer” como una persona
benevolente o “aparecer” calmo y lúcido. Pero
interpretar un papel es incompatible con la
posibilidad de ser sincero. En una situación así, el
analista está intentando soportar determinado estado
mental (e incluso una inspiración), lo que, en su
opinión, resultaría benéfico y un progreso para el
actual estado mental del paciente. El paciente puede
resentirse por esa interferencia, y como réplica,
querer provocar poderosos sentimientos en el analista
y dificultarle la posibilidad de pensar claramente.
En
la guerra, el objetivo del enemigo es aterrorizarnos
tanto que no podamos pensar claramente, mientras que
nuestro objetivo es seguir pensando con claridad por más
adversa o atemorizante que sea la situación. La idea
es que pensar con claridad permite percatarse de la
“realidad”, evaluar adecuadamente lo que es real.
Pero percatarse de la realidad puede involucrar
percatarse de lo desagradable, porque la realidad no
es necesariamente placentera o amable. Esto es así
para toda indagación científica, ya sea sobre
personas o cosas. Es posible que nos estemos
desenvolviendo dentro de un campo de pensamiento (una
cultura e, incluso, una cultura provisoria) por el que
sufrimos la dolorosa convicción de que no conduce a
nuestro bienestar. Atreverse a reconocer los hechos
del universo en el que existimos exige coraje. Ese
universo puede no ser agradable y es posible que
estemos dispuestos a salir de él; si no podemos salir
de él, si, por alguna razón, nuestra musculatura no
responde o no es la apropiada para evadirse o
retirarse, entonces podemos vernos reducidos a otras
formas de escape, como irnos a dormir, o volvernos
inconscientes del universo del que no deseamos estar
conscientes, o permanecer ignorantes o idealizar. El
"escape” es una cura fundamental; básica. El
niño, que no quiere reconocer su desamparo, idealiza
o ignora. (Utilizo “ignora” como el proceso que se
requiere para alcanzar la “ignorancia”) También
recurre a la omnipotencia; de este modo, omnipotencia
y desamparo están inseparablemente asociados. La
tendencia es objetivar la omnipotencia en la persona
del padre o la madre, de un dios o un diosa. A veces
resulta más fácil gracias a ciertas dotes físicas,
como por ejemplo, una buena presencia; Helena de Troya
pudo movilizar grandes poderes mediante su belleza,
según sabemos por Homero (“¿Es éste el rostro que
lanzó mil barcos al mar y quemó las altísimas
torres de Ilión?”). Prácticamente lo mismo puede
decirse del hombre tan afortunado como para ser Paris
o Ganímedes, cuya habilidad para disponer de la
omnipotencia se veía facilitada por sus dotes físicas,
su capital físico. El cuerpo puede ser utilizado para
compensar lo desagradable de la mente; recíprocamente,
la mente puede ser utilizada para compensar lo
desagradable del cuerpo. El supuesto básico del
psicoanálisis consiste en que la “función”
mental puede usarse para enmendar las falaces
soluciones que acabo de esbozar brevemente. Pero , a
veces, un poder cosmético no es suficiente; la solución
con la que la persona ha sido tentada no resulta en la
realidad suficientemente fuerte o durable como para
enfrentar las exigencias posteriores de la existencia.
Por ejemplo , si un soldado recibe cierta autoridad en
virtud de su apariencia física, las circunstancias
que implica entablar una guerra quizá le impongan una
carga a la belleza cosmética que la misma no pueda
soportar.
Yo
haría una distinción entre la existencia (la
capacidad de existir) y la ambición o la aspiración
a llevar una existencia que valga la pena (la calidad
de una existencia, no la cantidad; no la extensión de
la propia vida, sino la calidad de esa vida). No hay
escalas que nos permitan medir calidad y cantidad,
pero la existencia debe ser contrastada con la esencia
de la existencia. El hecho de que el paciente, como el
analista, aún existan no alcanza: esta carencia es
inseparable del manejo responsable de la existencia de
las dos personas, analista y analizando, en la misma
habitación al mismo tiempo.
Yo
proclamo que este trabajo es científico, pero no creo
que ustedes estén de acuerdo en que merezca ser
categorizado de ese modo, pues continuaré con una
serie de afirmaciones para las que no tengo ni el más
mínimo respaldo fáctico. Son las siguientes: el self
que el psicoanalista observa –cuando el analista
tiene las mismas características- tiene, de acuerdo
con los embriólogos, ciertos objetos en crecimiento
que ellos denominan corteza y médula de la glándula
suprarrenal. Tales nombres dan cuenta de un patrón
que se observa en individuos diferentes en momentos y
épocas diferentes. Con el transcurso del tiempo,
estos cuerpos se hacen funcionales y producen una
sustancia química que se relaciona con la agresión,
la lucha o el vuelo. Prefiero ser menos preciso y
excluir todo elemento finalista diciendo que la glándula
suprarrenal no provoca lucha o vuelo, sino su
“inciativa”. Los términos que utilizo, lucha,
vuelo, iniciación, serían apropiados si el objeto
que se observa tuviera una psiquis. Para superar la
dificultad, el obstáculo que surge a causa de mi
falta de inteligencia o conocimiento, recurriré a
conjeturas imaginativas en contraste a lo que yo
llamaría hechos. La primera y más inmediata de estas
conjeturas imaginativas se refiere a que los cuerpos
suprarrenales no piensan, sino que las estructuras que
lo conforman se desarrollan físicamente y como
anticipación física al cumplimiento de una función
que conocemos como pensar y sentir. El embrión (o sus
cavidades ópticas, auditivas, glandulares) no piensa
ni ve ni escucha ni se evade, pero el cuerpo físico
se desarrolla anticipándose al hecho de tener que
proveer el aparato que cubra las funciones de pensar,
ver, escuchar, evadirse, etcétera, etcétera. A
partir del hecho de que no puedo saber –y resulta de
lo más improbable que llegue a tener la inteligencia
necesaria para ello en el curso de mi efímera
existencia-, intento transmitirle al cuerpo político
esta dificultosa pesquisa hacia el conocimiento, por
si mis propias anticipaciones conducen a la contagiosa
e infecciosa transmisión de estas conjeturas, las que
pueden, a su debido tiempo, convertirse en realidades.
Hasta
aquí sólo estoy tratando el cuerpo físico como si
anticipara funciones que se darían más tarde, pero
que ya tendrían un equipamiento corporal apropiado
para servir a los propósitos de una función
particular a la que llamamos “psiquis”. Esto es lo
que yo llamo una “anticipación física”, una
anticipación corporal que hace posible la posterior
operación funcional de la mente. Recurro a la
psicología para descubrir una cuestión física;
luego recurro a una cuestión física para describir
algo psicológico.
Paso
ahora a referirme al problema de la comunicación en
el interior del self. (No me gustan los términos que
implican “el cuerpo” y “la mente”, por lo
tanto, utilizo self para incluir lo que llamo cuerpo o
mente y “un espacio mental” para ideas posteriores
que pueden llegar a desarrollarse. La expresión filosófica
de esta aproximación es el Monismo). Cuando nos
ocupamos del psicoanálisis, donde la observación
debe jugar un rol extremadamente importante –como
siempre se lo ha admitido en una indagación científica-,
no debemos restringir nuestra observación a una
esfera demasiado estrecha. ¿Qué observamos entonces?
La mejor respuesta que conozco la provee Milton en la
introducción al Libro Tercero de El Paraíso perdido .
Cuando el paciente viene al consultorio, el analista
tiene que ser sensible a la totalidad de esa persona;
debiera ser posible, por ejemplo, percibir cierto
rubos en el rostro, propio de la manifestación física
de la corriente sanguínea, tanto como ser capaz de
escuchar las palabras que esa persona murmura como
parte integrante de la operación de la musculatura
vocal; no enfatizar particularmente la actividad de
los músculos voluntarios, como tampoco los sonidos
que producen las cuerdas vocales y el aparato vocal,
sino más bien la cosa en su totalidad .
O, para ponerlo de otra manera, el analista necesita
ser capaz de oír no sólo las palabras, sino la melodía,
de modo de poder percibir ciertos detalles que no
pueden transcribirse con facilidad mediante los trazos
negros que hacemos sobre el papel, que tienen
distintos significados cuando se producen en tono sarcástico
o como manifestación de afecto o comprensión, o
cuando los produce una persona que tiene experiencia
en el ejercicio de la autoridad, por más que las
palabras puedan ser las mismas en cada instancia. Por
ejemplo, quizá sea posible pensar en términos de un
mundo ideal, una Utopía, como lo hizo Sir Thomas
More, y escribirlo en términos que también aquellos
que se preocupan por leer su libro puedan entender.
Hay diferencia cuando, en la sesión analítica, las
palabras las dice un analizando que es un hombre de
autoridad, acostumbrado a imponer autoridad. Cuando él
habla sobre cierta constitución ideal, lo que tiene
para decir será diferente de lo dicho con las mismas
palabras por una persona que no tiene tal poder ni tal
autoridad.
Lo
que digo puede resultar penosamente obvio. Mi
justificación es que muy a menudo lo obvio no se
observa, especialmente aquello que constituye la
diferencia. Por eso pienso que vale la pena mencionar
estos hechos obvios, los que, por otra parte, no pasarán
a ser el objeto de estudio del que dependa ningún
tipo de progreso científico. Cuando digo “científico”
en este contexto, me refiero al proceso de real-ización
en contraste con el proceso que se halla en el otro
“polo” del mismo concepto, ideal-ización, la
sensación de que el mundo, la cosa, la persona, no se
adecuan a menos que alteremos nuestra percepción de
esa persona o cosa idealizándola. Real-ización es
hacer lo mismo cuando sentimos que el cuadro ideal que
presentamos en nuestras formulaciones es inadecuado.
Por eso debemos considerar cuál es el método de
comunicación del self con el self.
Se
ha trabajado mucho en el estudio del sistema nervioso
central, el parasimpático y el aparato nervioso periférico.
Pero no hemos considerado el papel que desempeña (en
caso de que desempeñe alguno) en la comunicación del
pensamiento o en la anticipación del pensamiento, el
sistema glandular. Así como la tuberculosis del pulmón
puede estar comunicada, dicen, con los linfáticos de
los miembros inferiores, así tal vez los pensamientos
que estamos acostumbrados a asociar con las esferas
cerebrales podrían estar comunicados con el simpático
o parasimpático y viceversa. Tal conjetura podría
servir para el particular estado que el paciente
manifiesta cuando dice que está aterrorizado o muy
ansioso y no tiene la más mínima idea de por qué.
Estamos familiarizados con el uso de la asociación
libre a los fines de la interpretación ; me pregunto
si también será posible usar o interceptar estas
comunicaciones antes que alcancen las esferas
cerebrales, antes que alcancen el área a la que
consideramos propia del pensamiento consciente o
racional. ¿Pueden desempeñar algún papel en todo
esto las que yo he llamado “conjeturas
imaginativas”? Agregaría también “conjeturas
racionales” es decir conjeturas que parecen estar
vinculadas con la actividad razonadora o con la
actividad que ejerce una ratio. Compárese este tipo
de pensamiento con el que se manifiesta mientras nos
damos vueltas en la cama cuando dormimos y tenemos lo
que describimos como una “mala noche”, o con el
paciente que habla sobre su catarro o rinitis. Los
anatomistas llaman a una parte del cerebro el
“rinencéfalo”, como si pensaran que existe algo
así como un cerebro nasal. Sé por los embriólogos y
fisiólogos que el sentido del olfato es un receptor a
distancia en un medio acuoso (los tiburones proveen un
modelo de este tipo de receptor). Pero el ser humano
tiene que llevar al mundo algo de este fluido
intracelular tras el nacimiento, cuando el medio ya no
es acuoso sino gaseoso. El fluido acuoso, en vez de
ser una ventaja, puede transformarse en una carga; el
individuo puede sufrir de rinitis y de dificultades
para respirar. O un paciente quizá se lamente de no
poder detener el torrente de lágrimas (otra secreción
de los fluidos que tiene sus aplicaciones: puede
irrigar el globo ocular y eliminar el polvo y la
suciedad, pero un exceso encegue con lágrimas al
paciente).
A
riesgo de parecer monótono o, de que, en caso
contrario, se considere que estoy cambiando de tema,
propongo ahora repetir los aspectos esenciales de lo
que he estado diciendo. Supongamos cuando estamos
dormidos nos encontramos en un particular estado
mental en el que vemos paisajes, visitamos lugares y
desarrollamos actividades que no solemos desarrollar
cuando estamos despiertos –aunque podemos
desarrollar actividades cuando estamos despiertos que
son reminiscencias de sueños; la gente dice que va a
un lugar a donde siempre ha “soñado” con ir,
hablando metafóricamente-. El cambio del estado
mental en el que nos encontramos cuando dormimos
(estado D) a aquél en el que nos encontramos cuando
estamos despiertos (estado P) recuerda el pasaje del
fluido acuoso al fluido gaseoso, de lo prenatal a lo
postnatal. Tenemos un prejuicio a favor del estado P:
la gente, sin dudar, comenta que ha tenido un sueño
cuando, por lo general, quiere decir que eso no ocurrió
realmente. Yo diría que ése es un prejuicio propio
de una persona que está a favor de la musculatura
voluntaria, que no le atribuye importancia a dónde
pueda ir a menos que pueda hacerlo mediante el uso de
sus músculos voluntarios. No escuchamos mucho acerca
de los lugares que visitamos, los paisajes que vemos,
las historias que escuchamos y la información a la
que se puede acceder cuando estamos dormidos, a menos
que traduzcamos todo eso a algo propio de un estado de
vigilia.
¿Quién
o qué decide la prioridad del estado P sobre el
estado D? Mi pregunta puede parecer algo ridícula.
Pero voy a exagerar la proposición cambiando su forma
y diciendo: ¿quién o qué decide el estado mental de
un hombre que afirma, según lo cuenta Hanna Segal,
que cualquiera puede darse cuenta que la persona que
toca el violín en realidad está masturbándose en público?
Desde este vértice, ¿puede el paciente psicótico
alzar su reclamo cuando se le opone el criterio de la
persona “normal”? ¿Sería posible que el psicótico
dijera: “Pobre muchacho, piensa que se trata del
concierto para violín de Brahms, por supuesto, pero
él es desafortunadamente normal”? Esta tema se
oscurece aún más cuando afirmo que el estado P, y el
relato acerca de lo que hicimos cuando estábamos
dormidos, se describen según los términos de una
extrema vigilia ¿Qué ocurre con el psicoanalista que
piensa que lo que le contó una persona que está
despierta merece una interpretación que revele un
significado distinto al perfectamente simple y llano
relato de los sucesos, cuando se considera que éstos
son descripciones fácticas de sucesos fácticos?
Después
de todo, ¿qué hay de malo con el suceso fáctico de
la persona que está dormida? ¿En qué sentido es éste
el criterio incorrecto’ ¿En qué sentido deberíamos
inclinar la balanza? ¿A favor del estado P, cuando en
realidad hemos sometido la experiencia que tenemos
cuando estamos dormidos a un trabajo propio de
vigilia? ¿O a favor de traducir de acuerdo con la
teoría psicoanalítica, los sucesos del día o los
sucesos del pensamiento consciente a alguna otra forma
de pensamiento que se da mediante el proceso de
trabajo onírico? En otras palabras, ¿qué pasa con
el proceso, llevado a cabo mediante un trabajo propio
de la vigilia, de traducir los sucesos, los lugares
donde hemos estado, los lugares que hemos visto
mientras dormíamos, al lenguaje de una persona que
está despierta? ¿Qué trabajo se necesitaría para
traducir el estado mental de la persona que ve que el
violinista se está masturbando en público a los términos
utilizados por la gente que piensa que se trata del
concierto para violín de Brahams? ¿Es razonable
llamar a esa elaboración una actividad
“curativa”? Ciertamente, ninguna elaboración que
se hiciera para convertir el estado mental de la
persona que piensa que hiciera para convertir el
estado mental de la persona que piensa que el
individuo en cuestión se está masturbando en público
sería considerada una cura; en general, el voto
mayoritario parecería estar a favor del criterio de
que esa persona se ha deteriorado, que ha sufrido una
desgracia como resultado de su experiencia analítica.
Si
se considera, en una decisión imparcial, que el
estado D merece el mismo respeto que el estado P,
entonces el lugar donde uno fue, lo que uno vio y
experimentó, deben ser considerados con un valor
semejante. Esto queda implícito cuando Freud, al
igual que muchos predecesores, considera que los sueños
merecen el mismo respeto. Por lo que podemos afirmar
que el trabajo de la vigilia debiera ser considerado
tan respetable como el trabajo de la vigilia debiera
ser considerado tan respetablemente como el trabajo
del sueño. Pero ¿por qué se considera que el estado
mental en el que nos encontramos cuando estamos
despiertos y conscientes, cuando somos lógicos, es el
que tiene ”nuestros rasgos característicos”, si sólo
se trata de la mitad de nuestros rasgos? ¡Que
terrible es encontrar la mitad de un gusano en la
manzana. Igualmente, encontrar que tenemos sólo la
mitad de nuestros rasgos es un descubrimiento de lo más
perturbador. Es una de las razones por las que existe
una división de opiniones entre tener todos nuestros
rasgos característicos o volver a tener sólo una
mitad, los de la vigilia, conscientes, racionales y lógicos.
Sólo aquellas matemáticas generalmente aceptadas por
la mayoría, por la cultura que prevalece, por la moda
social y civil dominante, son consideradas válidas.
Supongamos
que respetamos por igual ambos estados mentales o la
cantidad de estados mentales que sea. ¿qué estado
mental elegiremos entonces para una interpretación?
¿La acción verbal? Este es un problema cotidiano. En
nuestra cultura actual no se considera correcto emitir
una respuesta arrebatada, efectuar un abandono
inmediato de la escena entre el impulso y la acción,
convertir el impulso directamente en acción sin que
intervenga dilación alguna. Se considera igualmente
incorrecto prolongar el pensamiento hasta el punto en
el que la acción se dilata tanto que directamente no
tiene lugar en absoluto o en el que el pensamiento se
transforma en un sustituto de la acción. Cuando se
reclama una acción virtualmente instantánea, es
probable que se precipite una respuesta arrebatada,
que el impulso se precipite directamente en la acción
sin la intervención del pensamiento. Freud escribió
Dos principios del funcionamiento mental; yo sugiero
Tres Principios de Vida. Primero, sentir; segundo, un
pensamiento anticipatorio; tercero, sentir más pensar
más Pensar. El último es sinónimo de prudencia o
previsión – acción.
Un
hombre tiene mucha actividad muscular: cuando
despierta dice que ha pasado una mala noche. ¿Adónde
ha ido? ¿Qué ha visto? ¿Quién era? ¿Qué hizo? ¿Debería
prevalecer el estado P y convenirse su superioridad?
¿Debería esta persona respetar el estado mental
asociado a tanta actividad física? Lo cierto es que
esa actividad física que ha experimentado el paciente
es inequívoca ya sea que él o su analista la
reconozcan o no; a menudo, el paciente admite, de mala
gana, que está cansado.
Tal
vez el problema pueda encararse más fácilmente por
proyección. Considerémoslo no en cada uno de
nosotros individualmente, sino como un problema del
cuerpo político. ¿Podemos, entonces, ubicar en la
comunidad el origen, la fuente, el centro de la
tormenta emocional? En mi experiencia, esta tormenta
siempre es causada, se asocia con o está centrada en
una persona que piensa y siente y que puede hacer que
su self se infecte o se vuelva contagioso. Para tomar
un ejemplo bien notable, Shakespeare; se dice que la
lengua inglesa no ha sido la misma desde entonces. Me
he preguntado por qué asistimos a conferencias científicas.
¿Si ustedes quieren obtener una idea de la gente y
del mundo en que se comporta, eligen una obra de
Shaskespeare o vienen a escucharme una conferencia
“supuestamente” científica? No voy a incomodarlos
a ustedes o a mí mismo apremiándolos con semejante
pregunta, especialmente en tanto que no tengo que
emitir una solución a ese problema. Sin embargo,
tiene una larga historia que se extiende a etapas
anteriores a Shakespeare e incluso anteriores a la
existencia del inglés moderno. Parece haber
perturbado a los arios, si bien ellos estaban
especialmente preocupados con los problemas de la
subsistencia material y la conquista. No creo que sea
simplificar demasiado la cosa, si afirmamos que aun
desde los más tempranos tiempos de la historia humana
de los que tenemos testimonio, en el Rig Veda, parece
haber existido cierta necesidad de desarrollar lo que
ahora llamamos una “filosofía del pensamiento”.
Pero la discusión filosófica sobre la antigua
sabiduría del Rig Veda y del resto de los Vedas (los
antiguos textos hindúes) terminó siendo víctima de
cierta hostilidad, como ocurrió con la filosofía de
los griegos en la época del Platón y Sócrates . Esta atemorizó y
disgusto tanto a las autoridades que el Emperador
Justiniano cerró las escuelas de filosofía. Pero había
reaccionado demasiado tarde: un germen de pensamiento
filosófico escapó hacia Edesa en Babilonia, donde
fue nuevamente suprimido. Pero entonces, gracias a la
divulgación del Cristianismo mediante el empleo de la
lengua griega, la lengua de los filósofos comenzó a
ser estudiada otra vez como una rama del estudio del
cristianismo. Para hacer corta una larga historia,
dicho germen fue nuevamente aprisionado en Bizancio
hasta la caída del Imperio Bizantino y de
Constantinopla. Esta sabiduría perdida luego fue
liberada y desplegada para dar lugar a la virulenta
turbulencia emocional que conocemos como el
Renacimiento.
El
conocimiento parece tener esta capacidad de
supervivencia gracias a los cambios de ruta y a su
reaparición en lugares inesperados .
Galeno estableció los valores de la observación y se
le concedió autoridad y respetabilidad (como a Freud
hoy en día) y un poder con el que se podía suprimir
la indagación. Por entonces. La anatomía no se
estudiaba mirando el cuerpo humano, pero Leonardo,
Rafael y Rubens, estudiaron el cuerpo y como resultado
de esta reacción entre los artistas, los anatomistas
también comenzaron a observar los cadáveres, los
fisiólogos a estudiar la mente.
¿Estudiará
el psicoanálisis la mente viviente? ¿O se utilizará
la autoridad de Freud como disuasión, como una
barrera para no estudiar a la gente? El revolucionario
se vuelve respetable, una barrera contra la revolución.
La suposición de que el animal se vea invadido por un
germen o por alguna especie de “anticipación” de
un medio destinado a la reflexión desagrada a los
sentimientos vigentes. Esta guerra no ha terminado aún.
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