Editorial Biopsique
-Quienes somos - Contacto -Suscripción Newsletter.
·
Biopsique Servicios
Guías Utiles
Bibliografía
Hemeroteca
Correo de Psicoterapia
Catálogo de test
·Indepsi Servicios
Glosario Psicometría
Software
Guias Psicodiagnóstico
Glosario Rorschach
Guías Psicoterapia
·Categorías Temáticas
Libros Destacados
Artículos
Areas de Conocimiento
Biografías
Galería de Fotografías
·Temas de Psicoanálisis
Iniciados
Avanzados
Expertos
·Recursos
Instrucciones
Clientes Biopsique
·Buscadores

 

 

 

 
Artículo Destacado: Expertos
·
                                 

 

 ACERCAMIENTO AL PENSAMIENTO DE WILFRED R. BION

 

Hay que pasar el mal trago.

(1979)

 

Cuando dos personalidades se encuentran, se produce una tormenta emocional. Si hacen suficiente contacto como para percatarse uno del otro, o como para no percatarse uno del otro, se produce un estado emocional por la conjunción de estos dos individuos, y, de no haberse encontrado, el desorden resultante difícilmente hubiera llegado a considerarse como una evolución necesaria en el estado de sus asuntos. Pero como efectivamente se han encontrado, y como efectivamente se ha producido una tormenta emocional, las dos partes que participan de esta tormenta quizá decidan “pasar el mal trago lo mejor posible”.

En el análisis, el paciente entra en contacto con el analista al ir al consultorio y comprometerse en lo que aquél piensa que es una conversación de la que espera que, de algún modo, le resulte beneficiosa. Por su parte, el analista también espera que se produzca algún beneficio, para ambos. El paciente o el analista dicen algo. Curiosamente esto tiene un efecto: perturba la relación entre las dos personas. Lo cual también sería verdad si no se dijera nada, si ambos permanecieran en silencio. A menudo permanezco en silencio, esperando ver u observar o darme cuenta de algo que podría entonces intentar interpretar; generalmente le dejo la iniciativa al paciente, si puedo. Permanecer en silencio, intervenir con algún comentario o hasta decir “Buenos días” o “Buenas tardes”, desata lo que a mí me parece una tormenta emocional, pero la cuestión es cómo superarla lo mejor posible, cómo invertir una circunstancia adversa –como prefiero llamarla por ahora- en una buena experiencia. El paciente no está obligado a reaccionar igual; puede no desearlo o no ser capaz de convertir la situación en una buena experiencia; su objetivo puede ser muy distinto. Recuerdo una oportunidad en la que un paciente estaba ansioso de que yo le organizara su estado mental, un estado mental al que yo no quería organizar. Estaba ansioso por hacerme surgir poderosas emociones para que me sintiera enojado, frustrado, decepcionado, de modo que no pudiera pensar claramente, por lo tanto, tuve que elegir entre “aparecer” como una persona benevolente o “aparecer” calmo y lúcido. Pero interpretar un papel es incompatible con la posibilidad de ser sincero. En una situación así, el analista está intentando soportar determinado estado mental (e incluso una inspiración), lo que, en su opinión, resultaría benéfico y un progreso para el actual estado mental del paciente. El paciente puede resentirse por esa interferencia, y como réplica, querer provocar poderosos sentimientos en el analista y dificultarle la posibilidad de pensar claramente.

En la guerra, el objetivo del enemigo es aterrorizarnos tanto que no podamos pensar claramente, mientras que nuestro objetivo es seguir pensando con claridad por más adversa o atemorizante que sea la situación. La idea es que pensar con claridad permite percatarse de la “realidad”, evaluar adecuadamente lo que es real. Pero percatarse de la realidad puede involucrar percatarse de lo desagradable, porque la realidad no es necesariamente placentera o amable. Esto es así para toda indagación científica, ya sea sobre personas o cosas. Es posible que nos estemos desenvolviendo dentro de un campo de pensamiento (una cultura e, incluso, una cultura provisoria) por el que sufrimos la dolorosa convicción de que no conduce a nuestro bienestar. Atreverse a reconocer los hechos del universo en el que existimos exige coraje. Ese universo puede no ser agradable y es posible que estemos dispuestos a salir de él; si no podemos salir de él, si, por alguna razón, nuestra musculatura no responde o no es la apropiada para evadirse o retirarse, entonces podemos vernos reducidos a otras formas de escape, como irnos a dormir, o volvernos inconscientes del universo del que no deseamos estar conscientes, o permanecer ignorantes o idealizar. El "escape” es una cura fundamental; básica. El niño, que no quiere reconocer su desamparo, idealiza o ignora. (Utilizo “ignora” como el proceso que se requiere para alcanzar la “ignorancia”) También recurre a la omnipotencia; de este modo, omnipotencia y desamparo están inseparablemente asociados. La tendencia es objetivar la omnipotencia en la persona del padre o la madre, de un dios o un diosa. A veces resulta más fácil gracias a ciertas dotes físicas, como por ejemplo, una buena presencia; Helena de Troya pudo movilizar grandes poderes mediante su belleza, según sabemos por Homero (“¿Es éste el rostro que lanzó mil barcos al mar y quemó las altísimas torres de Ilión?”). Prácticamente lo mismo puede decirse del hombre tan afortunado como para ser Paris o Ganímedes, cuya habilidad para disponer de la omnipotencia se veía facilitada por sus dotes físicas, su capital físico. El cuerpo puede ser utilizado para compensar lo desagradable de la mente; recíprocamente, la mente puede ser utilizada para compensar lo desagradable del cuerpo. El supuesto básico del psicoanálisis consiste en que la “función” mental puede usarse para enmendar las falaces soluciones que acabo de esbozar brevemente. Pero , a veces, un poder cosmético no es suficiente; la solución con la que la persona ha sido tentada no resulta en la realidad suficientemente fuerte o durable como para enfrentar las exigencias posteriores de la existencia. Por ejemplo , si un soldado recibe cierta autoridad en virtud de su apariencia física, las circunstancias que implica entablar una guerra quizá le impongan una carga a la belleza cosmética que la misma no pueda soportar.

Yo haría una distinción entre la existencia (la capacidad de existir) y la ambición o la aspiración a llevar una existencia que valga la pena (la calidad de una existencia, no la cantidad; no la extensión de la propia vida, sino la calidad de esa vida). No hay escalas que nos permitan medir calidad y cantidad, pero la existencia debe ser contrastada con la esencia de la existencia. El hecho de que el paciente, como el analista, aún existan no alcanza: esta carencia es inseparable del manejo responsable de la existencia de las dos personas, analista y analizando, en la misma habitación al mismo tiempo.

Yo proclamo que este trabajo es científico, pero no creo que ustedes estén de acuerdo en que merezca ser categorizado de ese modo, pues continuaré con una serie de afirmaciones para las que no tengo ni el más mínimo respaldo fáctico. Son las siguientes: el self que el psicoanalista observa –cuando el analista tiene las mismas características- tiene, de acuerdo con los embriólogos, ciertos objetos en crecimiento que ellos denominan corteza y médula de la glándula suprarrenal. Tales nombres dan cuenta de un patrón que se observa en individuos diferentes en momentos y épocas diferentes. Con el transcurso del tiempo, estos cuerpos se hacen funcionales y producen una sustancia química que se relaciona con la agresión, la lucha o el vuelo. Prefiero ser menos preciso y excluir todo elemento finalista diciendo que la glándula suprarrenal no provoca lucha o vuelo, sino su “inciativa”. Los términos que utilizo, lucha, vuelo, iniciación, serían apropiados si el objeto que se observa tuviera una psiquis. Para superar la dificultad, el obstáculo que surge a causa de mi falta de inteligencia o conocimiento, recurriré a conjeturas imaginativas en contraste a lo que yo llamaría hechos. La primera y más inmediata de estas conjeturas imaginativas se refiere a que los cuerpos suprarrenales no piensan, sino que las estructuras que lo conforman se desarrollan físicamente y como anticipación física al cumplimiento de una función que conocemos como pensar y sentir. El embrión (o sus cavidades ópticas, auditivas, glandulares) no piensa ni ve ni escucha ni se evade, pero el cuerpo físico se desarrolla anticipándose al hecho de tener que proveer el aparato que cubra las funciones de pensar, ver, escuchar, evadirse, etcétera, etcétera. A partir del hecho de que no puedo saber –y resulta de lo más improbable que llegue a tener la inteligencia necesaria para ello en el curso de mi efímera existencia-, intento transmitirle al cuerpo político esta dificultosa pesquisa hacia el conocimiento, por si mis propias anticipaciones conducen a la contagiosa e infecciosa transmisión de estas conjeturas, las que pueden, a su debido tiempo, convertirse en realidades.

Hasta aquí sólo estoy tratando el cuerpo físico como si anticipara funciones que se darían más tarde, pero que ya tendrían un equipamiento corporal apropiado para servir a los propósitos de una función particular a la que llamamos “psiquis”. Esto es lo que yo llamo una “anticipación física”, una anticipación corporal que hace posible la posterior operación funcional de la mente. Recurro a la psicología para descubrir una cuestión física; luego recurro a una cuestión física para describir algo psicológico.

Paso ahora a referirme al problema de la comunicación en el interior del self. (No me gustan los términos que implican “el cuerpo” y “la mente”, por lo tanto, utilizo self para incluir lo que llamo cuerpo o mente y “un espacio mental” para ideas posteriores que pueden llegar a desarrollarse. La expresión filosófica de esta aproximación es el Monismo). Cuando nos ocupamos del psicoanálisis, donde la observación debe jugar un rol extremadamente importante –como siempre se lo ha admitido en una indagación científica-, no debemos restringir nuestra observación a una esfera demasiado estrecha. ¿Qué observamos entonces? La mejor respuesta que conozco la provee Milton en la introducción al Libro Tercero de El Paraíso perdido [1]. Cuando el paciente viene al consultorio, el analista tiene que ser sensible a la totalidad de esa persona; debiera ser posible, por ejemplo, percibir cierto rubos en el rostro, propio de la manifestación física de la corriente sanguínea, tanto como ser capaz de escuchar las palabras que esa persona murmura como parte integrante de la operación de la musculatura vocal; no enfatizar particularmente la actividad de los músculos voluntarios, como tampoco los sonidos que producen las cuerdas vocales y el aparato vocal, sino más bien la cosa en su totalidad [2]. O, para ponerlo de otra manera, el analista necesita ser capaz de oír no sólo las palabras, sino la melodía, de modo de poder percibir ciertos detalles que no pueden transcribirse con facilidad mediante los trazos negros que hacemos sobre el papel, que tienen distintos significados cuando se producen en tono sarcástico o como manifestación de afecto o comprensión, o cuando los produce una persona que tiene experiencia en el ejercicio de la autoridad, por más que las palabras puedan ser las mismas en cada instancia. Por ejemplo, quizá sea posible pensar en términos de un mundo ideal, una Utopía, como lo hizo Sir Thomas More, y escribirlo en términos que también aquellos que se preocupan por leer su libro puedan entender. Hay diferencia cuando, en la sesión analítica, las palabras las dice un analizando que es un hombre de autoridad, acostumbrado a imponer autoridad. Cuando él habla sobre cierta constitución ideal, lo que tiene para decir será diferente de lo dicho con las mismas palabras por una persona que no tiene tal poder ni tal autoridad.

Lo que digo puede resultar penosamente obvio. Mi justificación es que muy a menudo lo obvio no se observa, especialmente aquello que constituye la diferencia. Por eso pienso que vale la pena mencionar estos hechos obvios, los que, por otra parte, no pasarán a ser el objeto de estudio del que dependa ningún tipo de progreso científico. Cuando digo “científico” en este contexto, me refiero al proceso de real-ización en contraste con el proceso que se halla en el otro “polo” del mismo concepto, ideal-ización, la sensación de que el mundo, la cosa, la persona, no se adecuan a menos que alteremos nuestra percepción de esa persona o cosa idealizándola. Real-ización es hacer lo mismo cuando sentimos que el cuadro ideal que presentamos en nuestras formulaciones es inadecuado. Por eso debemos considerar cuál es el método de comunicación del self con el self.

Se ha trabajado mucho en el estudio del sistema nervioso central, el parasimpático y el aparato nervioso periférico. Pero no hemos considerado el papel que desempeña (en caso de que desempeñe alguno) en la comunicación del pensamiento o en la anticipación del pensamiento, el sistema glandular. Así como la tuberculosis del pulmón puede estar comunicada, dicen, con los linfáticos de los miembros inferiores, así tal vez los pensamientos que estamos acostumbrados a asociar con las esferas cerebrales podrían estar comunicados con el simpático o parasimpático y viceversa. Tal conjetura podría servir para el particular estado que el paciente manifiesta cuando dice que está aterrorizado o muy ansioso y no tiene la más mínima idea de por qué. Estamos familiarizados con el uso de la asociación libre a los fines de la interpretación ; me pregunto si también será posible usar o interceptar estas comunicaciones antes que alcancen las esferas cerebrales, antes que alcancen el área a la que consideramos propia del pensamiento consciente o racional. ¿Pueden desempeñar algún papel en todo esto las que yo he llamado “conjeturas imaginativas”? Agregaría también “conjeturas racionales” es decir conjeturas que parecen estar vinculadas con la actividad razonadora o con la actividad que ejerce una ratio. Compárese este tipo de pensamiento con el que se manifiesta mientras nos damos vueltas en la cama cuando dormimos y tenemos lo que describimos como una “mala noche”, o con el paciente que habla sobre su catarro o rinitis. Los anatomistas llaman a una parte del cerebro el “rinencéfalo”, como si pensaran que existe algo así como un cerebro nasal. Sé por los embriólogos y fisiólogos que el sentido del olfato es un receptor a distancia en un medio acuoso (los tiburones proveen un modelo de este tipo de receptor). Pero el ser humano tiene que llevar al mundo algo de este fluido intracelular tras el nacimiento, cuando el medio ya no es acuoso sino gaseoso. El fluido acuoso, en vez de ser una ventaja, puede transformarse en una carga; el individuo puede sufrir de rinitis y de dificultades para respirar. O un paciente quizá se lamente de no poder detener el torrente de lágrimas (otra secreción de los fluidos que tiene sus aplicaciones: puede irrigar el globo ocular y eliminar el polvo y la suciedad, pero un exceso encegue con lágrimas al paciente).

A riesgo de parecer monótono o, de que, en caso contrario, se considere que estoy cambiando de tema, propongo ahora repetir los aspectos esenciales de lo que he estado diciendo. Supongamos cuando estamos dormidos nos encontramos en un particular estado mental en el que vemos paisajes, visitamos lugares y desarrollamos actividades que no solemos desarrollar cuando estamos despiertos –aunque podemos desarrollar actividades cuando estamos despiertos que son reminiscencias de sueños; la gente dice que va a un lugar a donde siempre ha “soñado” con ir, hablando metafóricamente-. El cambio del estado mental en el que nos encontramos cuando dormimos (estado D) a aquél en el que nos encontramos cuando estamos despiertos (estado P) recuerda el pasaje del fluido acuoso al fluido gaseoso, de lo prenatal a lo postnatal. Tenemos un prejuicio a favor del estado P: la gente, sin dudar, comenta que ha tenido un sueño cuando, por lo general, quiere decir que eso no ocurrió realmente. Yo diría que ése es un prejuicio propio de una persona que está a favor de la musculatura voluntaria, que no le atribuye importancia a dónde pueda ir a menos que pueda hacerlo mediante el uso de sus músculos voluntarios. No escuchamos mucho acerca de los lugares que visitamos, los paisajes que vemos, las historias que escuchamos y la información a la que se puede acceder cuando estamos dormidos, a menos que traduzcamos todo eso a algo propio de un estado de vigilia.

¿Quién o qué decide la prioridad del estado P sobre el estado D? Mi pregunta puede parecer algo ridícula. Pero voy a exagerar la proposición cambiando su forma y diciendo: ¿quién o qué decide el estado mental de un hombre que afirma, según lo cuenta Hanna Segal, que cualquiera puede darse cuenta que la persona que toca el violín en realidad está masturbándose en público? Desde este vértice, ¿puede el paciente psicótico alzar su reclamo cuando se le opone el criterio de la persona “normal”? ¿Sería posible que el psicótico dijera: “Pobre muchacho, piensa que se trata del concierto para violín de Brahms, por supuesto, pero él es desafortunadamente normal”? Esta tema se oscurece aún más cuando afirmo que el estado P, y el relato acerca de lo que hicimos cuando estábamos dormidos, se describen según los términos de una extrema vigilia ¿Qué ocurre con el psicoanalista que piensa que lo que le contó una persona que está despierta merece una interpretación que revele un significado distinto al perfectamente simple y llano relato de los sucesos, cuando se considera que éstos son descripciones fácticas de sucesos fácticos?

Después de todo, ¿qué hay de malo con el suceso fáctico de la persona que está dormida? ¿En qué sentido es éste el criterio incorrecto’ ¿En qué sentido deberíamos inclinar la balanza? ¿A favor del estado P, cuando en realidad hemos sometido la experiencia que tenemos cuando estamos dormidos a un trabajo propio de vigilia? ¿O a favor de traducir de acuerdo con la teoría psicoanalítica, los sucesos del día o los sucesos del pensamiento consciente a alguna otra forma de pensamiento que se da mediante el proceso de trabajo onírico? En otras palabras, ¿qué pasa con el proceso, llevado a cabo mediante un trabajo propio de la vigilia, de traducir los sucesos, los lugares donde hemos estado, los lugares que hemos visto mientras dormíamos, al lenguaje de una persona que está despierta? ¿Qué trabajo se necesitaría para traducir el estado mental de la persona que ve que el violinista se está masturbando en público a los términos utilizados por la gente que piensa que se trata del concierto para violín de Brahams? ¿Es razonable llamar a esa elaboración una actividad “curativa”? Ciertamente, ninguna elaboración que se hiciera para convertir el estado mental de la persona que piensa que hiciera para convertir el estado mental de la persona que piensa que el individuo en cuestión se está masturbando en público sería considerada una cura; en general, el voto mayoritario parecería estar a favor del criterio de que esa persona se ha deteriorado, que ha sufrido una desgracia como resultado de su experiencia analítica.

Si se considera, en una decisión imparcial, que el estado D merece el mismo respeto que el estado P, entonces el lugar donde uno fue, lo que uno vio y experimentó, deben ser considerados con un valor semejante. Esto queda implícito cuando Freud, al igual que muchos predecesores, considera que los sueños merecen el mismo respeto. Por lo que podemos afirmar que el trabajo de la vigilia debiera ser considerado tan respetable como el trabajo de la vigilia debiera ser considerado tan respetablemente como el trabajo del sueño. Pero ¿por qué se considera que el estado mental en el que nos encontramos cuando estamos despiertos y conscientes, cuando somos lógicos, es el que tiene ”nuestros rasgos característicos”, si sólo se trata de la mitad de nuestros rasgos? ¡Que terrible es encontrar la mitad de un gusano en la manzana. Igualmente, encontrar que tenemos sólo la mitad de nuestros rasgos es un descubrimiento de lo más perturbador. Es una de las razones por las que existe una división de opiniones entre tener todos nuestros rasgos característicos o volver a tener sólo una mitad, los de la vigilia, conscientes, racionales y lógicos. Sólo aquellas matemáticas generalmente aceptadas por la mayoría, por la cultura que prevalece, por la moda social y civil dominante, son consideradas válidas.

Supongamos que respetamos por igual ambos estados mentales o la cantidad de estados mentales que sea. ¿qué estado mental elegiremos entonces para una interpretación? ¿La acción verbal? Este es un problema cotidiano. En nuestra cultura actual no se considera correcto emitir una respuesta arrebatada, efectuar un abandono inmediato de la escena entre el impulso y la acción, convertir el impulso directamente en acción sin que intervenga dilación alguna. Se considera igualmente incorrecto prolongar el pensamiento hasta el punto en el que la acción se dilata tanto que directamente no tiene lugar en absoluto o en el que el pensamiento se transforma en un sustituto de la acción. Cuando se reclama una acción virtualmente instantánea, es probable que se precipite una respuesta arrebatada, que el impulso se precipite directamente en la acción sin la intervención del pensamiento. Freud escribió Dos principios del funcionamiento mental; yo sugiero Tres Principios de Vida. Primero, sentir; segundo, un pensamiento anticipatorio; tercero, sentir más pensar más Pensar. El último es sinónimo de prudencia o previsión – acción.

Un hombre tiene mucha actividad muscular: cuando despierta dice que ha pasado una mala noche. ¿Adónde ha ido? ¿Qué ha visto? ¿Quién era? ¿Qué hizo? ¿Debería prevalecer el estado P y convenirse su superioridad? ¿Debería esta persona respetar el estado mental asociado a tanta actividad física? Lo cierto es que esa actividad física que ha experimentado el paciente es inequívoca ya sea que él o su analista la reconozcan o no; a menudo, el paciente admite, de mala gana, que está cansado.

Tal vez el problema pueda encararse más fácilmente por proyección. Considerémoslo no en cada uno de nosotros individualmente, sino como un problema del cuerpo político. ¿Podemos, entonces, ubicar en la comunidad el origen, la fuente, el centro de la tormenta emocional? En mi experiencia, esta tormenta siempre es causada, se asocia con o está centrada en una persona que piensa y siente y que puede hacer que su self se infecte o se vuelva contagioso. Para tomar un ejemplo bien notable, Shakespeare; se dice que la lengua inglesa no ha sido la misma desde entonces. Me he preguntado por qué asistimos a conferencias científicas. ¿Si ustedes quieren obtener una idea de la gente y del mundo en que se comporta, eligen una obra de Shaskespeare o vienen a escucharme una conferencia “supuestamente” científica? No voy a incomodarlos a ustedes o a mí mismo apremiándolos con semejante pregunta, especialmente en tanto que no tengo que emitir una solución a ese problema. Sin embargo, tiene una larga historia que se extiende a etapas anteriores a Shakespeare e incluso anteriores a la existencia del inglés moderno. Parece haber perturbado a los arios, si bien ellos estaban especialmente preocupados con los problemas de la subsistencia material y la conquista. No creo que sea simplificar demasiado la cosa, si afirmamos que aun desde los más tempranos tiempos de la historia humana de los que tenemos testimonio, en el Rig Veda, parece haber existido cierta necesidad de desarrollar lo que ahora llamamos una “filosofía del pensamiento”. Pero la discusión filosófica sobre la antigua sabiduría del Rig Veda y del resto de los Vedas (los antiguos textos hindúes) terminó siendo víctima de cierta hostilidad, como ocurrió con la filosofía de los griegos en la época del Platón y Sócrates [3]. Esta atemorizó y disgusto tanto a las autoridades que el Emperador Justiniano cerró las escuelas de filosofía. Pero había reaccionado demasiado tarde: un germen de pensamiento filosófico escapó hacia Edesa en Babilonia, donde fue nuevamente suprimido. Pero entonces, gracias a la divulgación del Cristianismo mediante el empleo de la lengua griega, la lengua de los filósofos comenzó a ser estudiada otra vez como una rama del estudio del cristianismo. Para hacer corta una larga historia, dicho germen fue nuevamente aprisionado en Bizancio hasta la caída del Imperio Bizantino y de Constantinopla. Esta sabiduría perdida luego fue liberada y desplegada para dar lugar a la virulenta turbulencia emocional que conocemos como el Renacimiento.

El conocimiento parece tener esta capacidad de supervivencia gracias a los cambios de ruta y a su reaparición en lugares inesperados [4]. Galeno estableció los valores de la observación y se le concedió autoridad y respetabilidad (como a Freud hoy en día) y un poder con el que se podía suprimir la indagación. Por entonces. La anatomía no se estudiaba mirando el cuerpo humano, pero Leonardo, Rafael y Rubens, estudiaron el cuerpo y como resultado de esta reacción entre los artistas, los anatomistas también comenzaron a observar los cadáveres, los fisiólogos a estudiar la mente.

¿Estudiará el psicoanálisis la mente viviente? ¿O se utilizará la autoridad de Freud como disuasión, como una barrera para no estudiar a la gente? El revolucionario se vuelve respetable, una barrera contra la revolución. La suposición de que el animal se vea invadido por un germen o por alguna especie de “anticipación” de un medio destinado a la reflexión desagrada a los sentimientos vigentes. Esta guerra no ha terminado aún.


[1] Milton, El paraíso perdido, Libro III

Por ello mucho más, Celeste Luz,

Brilla dentro, y las fuerzas de la mente

Irradia, dales vista, y toda niebla

Dispersa: que yo vea y que refiera

Lo que al ojo mortal es invisible

[2] Donne, El segundo aniversario.

Su sangre pura y elocuente

Hablaba en sus mejillas, y era tan clara la expresión

Que casi se podía decir que su cuerpo pensaba.

[3] Platón, Diálogos-Teeteto

Sócrates: El oficio de partero, tal como yo lo desempeño, se parece en todo lo demás al de las matronas, pero difiere en que lo ejerzo sobre los hombres y no sobre las mujeres, y en que asisten al alumbramiento, no los cuerpos, sino las almas. La gran ventaja es que me permite discernir con seguridad si lo que el alma de un joven siente es un fantasma, una quimera o algo real. Por otra parte, tengo de común con las parteras que soy estéril en cuanto a sabiduría; y sobre lo que muchos me has recriminado, es verdad que, aunque interrogo a otros, yo mismo no puedo responder nada, pero no hay sabiduría mí.

[4] Milton, Lycidas

Regresa Alfeo, se ha ido la temible voz

Que cortó tus aguas; regresa Musa siciliana......

 
 
Buscar en toda la red

La Página de Editorial Biopsique es propiedad del Instituto de Desarrollo Psicológico Indepsi (c) 1998-2012